La lengua de Eros | Rapsodia II :: Escena 4 - Para leer on line~

Llegamos así a la escena 4 de la Rapsodia II.

Hasta el último día de agosto voy a subir varias escenas y rapsodias (episodios) de mi nueva novela, La lengua de Eros

Al final de la escena os he apuntado algunas notas sencillas que incluye una pequeña lista de personajes para que os familiaricéis con sus roles en la historia.

En función de vuestra respuesta durante esta semana, actualizaré más o menos seguido. Si veo cierto interés, continuaré subiéndola y si no es el caso pues me centraré en subir las otras historias que también esperan :)

Bacchus (Dionysos) por Sergey Solomko. Finales del S.XIX- principios del S.XX

Siguiendo con la estela de obras de arte relacionadas con la mitología griega, os dejo una pintura de Dionysos: dios del vino, del éxtasis, del caos. Poco a poco os iréis haciendo con las muchas historias cruzadas que encontraréis entre las páginas de mi novela. A buen seguro que conocéis más de una... y si no, es una magnífica oportunidad para descubrirlas. Doy fe


Para leer la Escena 4 de la Rapsodia II, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

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Bonito viernes y hasta mañana ;)



Saludinessss

Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala










 RAPSODIA II - Escena 4



Kyros quedó desconcertado cuando, al entrar en la habitación, Tibalt se arrojó a sus brazos y comenzó a llorar. Sintió la necesidad de protegerlo, de acariciarle la nuca. Su hombro comenzaba a humedecerse, advirtiendo los espasmos.

La estancia permanecía en penumbra. La lámpara de aceite tintineaba frente a ellos, alrededor se dibujaban sombras y claroscuros. Una copa yacía en el suelo, rodeada por el agua que había retenido. Ahora permanecía inmóvil. Bajo ella, un fastuoso mosaico se desplegaba: en un gran carro tirado por majestuosas yeguas, dos varones –uno mayor que el otro- protagonizaban una carrera sobre un fondo ingrávido, etéreo. Eran Poseidon y su joven amado Pelops.

—¿Te encuentras mejor? —continuaban abrazados. —Tomemos asiento, ven.

Se acomodaron sobre el camastro y descubrió los ojos lacrimosos cuando la luz le iluminó la cara. Tibalt continuaba tiritando.

—Lo odio. Lo desprecio con todas mis fuerzas.
—¿A quién…?
—Lo odio tanto. ¡Mira! —mostró su muñeca izquierda.
—¿Qué te ha pasado?

La marca de lo que parecía haber sido una cuerda le había desollado la piel.

—¿No habrá sido…?
—No menciones su nombre en mi presencia, te lo ruego.
—¿Por qué te ha hecho esto…?
—Celos.
—¿Celos? Ambos os hicisteis una promesa…
—Cree que aún soy el amado de mi anterior tutor...
—¡Eso es falso…!

Kyros había saltado del borde del lecho.

—Eso mismo traté de explicarle cuando me acusó de romper nuestro compromiso. Pero no me cree. Piensa que miento, que me cito a escondidas. Sus celos son enfermizos.
—Debemos decírselo a Nikandros, él…
—No quiero que esto lo sepa alguien más…
—Pero eres consciente de la gravedad de lo sucedido. Las leyes te amparan. ¡Eres un ciudadano de pleno derecho! Y también lo es él.

Tibalt permaneció en silencio. Kyros aprovechó para acercar el jarrón de agua y otra copa. Se la ofreció una vez colmada.

—Lo que más me apesadumbra de todo este asunto es que dentro de unos años será la competición.
—Eres un atleta extraordinario. Sé que en Olimpia volverás a alzarte con el premio como así fue durante la pasada estación seca.
—Sin embargo, —contempló su muñeca —no estoy seguro de si podré volver a ganar.
—¡Maldito…! Te ató de esa forma para hundir tu carrera como lanzador de disco.

Kyros quedó horrorizado cuando se dio cuenta de la treta. Le ardía la cara.

—Cuando me ató, me aseguró que lo hacía por mi bien. —Tibalt desvió la mirada. —Hoy por la mañana, cuando desperté, no estaba junto a mí. Había salido. Pregunté a nuestros esclavos pero ninguno de ellos supo decirme dónde se había marchado. Cuando me iba ya hacia el gimnasio, apareció borracho e irritado por la puerta de la casa. Comenzó a gritarme, a insultarme con palabras poco honorables, a lanzarme objetos mientras yo intentaba escapar de él. Había atrancado la puerta principal. Los esclavos intentaban apaciguarlo, pero estaba poseído y comenzó a amenazarles si intentaban detenerlo. Subí por las escaleras al piso superior, pero al final me atrapó. Forcejeamos. Sentí en ese momento que acabaría por golpearme o violarme.
—¿Qué sucedió…?
—Al final me ató y se marchó. Me dejó allí, solo. Los esclavos se acercaron temerosos por si regresaba, pero eso no sucedió. Ninguno se atrevía a desatarme. Entonces llegó tu esclavo y me ayudó. Al principio nos asustamos porque creímos que era otra vez él. Pero grande fue nuestro alivio cuando nos percatamos de que no era así. Debe de haberse enfurecido bastante cuando haya comprobado que no estoy allí.
—Pero ya no volverás a ese lugar. Quédate aquí, conmigo.
—La semana pasada me prohibió que acudiese al gimnasio, pero yo me negué. Me acusaba de estar coqueteando…

En ese preciso momento, Nikandros surgía de detrás de ellos. Portaba un platillo repleto de higos secos, de queso.

—Come y descansa. Aquí estás lejos de él.
—No temas, mi buen amigo. No dejaremos que nada así vuelva a sucederte.
—Que los dioses os concedan la gloria que os merecéis. Agradezco vuestra hospitalidad y protección.

Los amantes regresaron a la sala donde la celebración proseguía.


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Los invitados, algunos borrachos, continuaban disertando animosamente, invocaban a Dionysos cuando una nueva vasija de vino era inaugurada. Otros tocaban la lira y la flauta que hacían circular entre los distintos comensales para recitar diferentes poesías.

Los esclavos continuaban trayendo algunas bandejas con fruta fresca, dulces, más carne; y otros retiraban la vajilla vacía. Un perro olisqueaba el líquido aguado que se había derramado junto a él.

Afuera la luna se había ocultado, descansando entre las nubes. Su diosa Selene había visto llegar a Dionysos y a Eros, dispuestos a desatar el éxtasis al final de la noche.


-----∞0∞-----


—Este pastel de queso está insípido. Mi esclava Dyna podría hacerlo mucho mejor —tomó un trozo que masticó sin mucho entusiasmo.

Miraría a su alrededor, sonriendo de manera forzada.

—Si no te gusta, no te lo comas.
—Este banquete es tedioso. ¿Podríamos marcharnos en breve? Estoy agotado.
—Conocí a Nikandros hace ya tantos años que podría jurar que somos como hermanos. Es uno de mis mejores amigos, el más hábil de la caballería cuyo mando lidero. Hoy es un día muy especial para él y es mi deseo acompañarle en semejante celebración junto a ti. Tenías constancia de que hoy acudiríamos a este acto en sociedad pero has preferido hacer otras cosas en lugar de descansar como te sugerí —probó un pedazo de pastel.
—Pero… Diokles…
—Pero debes aprender a saber estar en un acto tan significativo si pretendes llegar a ser un ciudadano ejemplar —dijo con voz algo cansada. —No nos vamos a marchar, si es lo que tratas de conseguir de mí. Así que te aconsejo que disfrutes de la celebración, que no me obligues a hacer algo que no deseo.

Clavó la mirada sobre el joven con el que compartía el diván mientras se llevaba otro pellizco de tarta a la boca.

—Está exquisita, estimado Alexios.

Se giró, exhalando un largo suspiro. Sus ojos volvieron a revolotear en torno a la pareja principal.

¡Cuán afortunado eres, estimado Nikandros! Ares, dios de la crueldad, debe ignorar que no existe un dolor más inmenso que el de acudir a celebrar el juramento que ha unido a mi querido amigo de la infancia con el muchacho más bello y sublime que nunca he conocido… Kyros, tú me rechazaste antes de conocerle pero… ¿por qué nunca me concediste la oportunidad de demostrarte que sería el amante, el tutor que cuidaría de ti con más dedicación y deseo?




Continuará...


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Nikandros: jinete, tutor y amante de Kyros.
Kyros: joven pupilo amado de Nikandros.
Tibalt: atleta, amado de Zarek.
Zarek: tutor y amante de Tibalt.
Diokles: jinete, tutor y amante de Alexios.
Alexios: joven pupilo amado de Diokles.



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Helios: dios del sol, hermano de Selene.
Poseidon: dios de los mares y océanos.
Eros: dios del deseo, del amor sexual entre hombres.
Dionysos: dios del vino, del caos, del éxtasis.
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