La lengua de Eros | Rapsodia II :: Escena 3 - Para leer on line~

Ya está aquí para leer la escena 3 de la segunda Rapsodia.

Voy a subir durante toda esta semana varias escenas y rapsodias (episodios) de mi nueva novela, La lengua de Eros

Al final de la escena os he apuntado algunas notas sencillas a pie de página que incluyen palabras del glosario y lista de personajes.

En función de vuestra respuesta durante esta semana, actualizaré más o menos seguido. Si veo cierto interés, continuaré subiéndola y si no es el caso pues me centraré en subir las otras historias que también esperan :)
Herakles y la hidra de Lerna por Gustave Moreau. 1875/76


Os he incluido esta pintura porque se hace referencia al mito de Herakles y la hidra que habitaba el lago Lerna. Poco a poco os familiarizaréis con las muchas historias cruzadas que encontraréis entre las páginas de mi novela


Para leer la Escena 3 de la Rapsodia II, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

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Bonito jueves y hasta mañana ;)


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala















 RAPSODIA II - Escena 3



—Tienes que tener cuidado. Es muy peligroso —advirtió mientras andaba con paso firme.
—¿Se encuentra cerca? —preguntó mientras observaba a su alrededor.
—Pronto alcanzaremos el lago Lerna, una de las puertas del inframundo. Allí se oculta.

Iolaus y Herakles habían recorrido un largo camino hasta alcanzar la región de los manantiales. El joven había guiado el carro pero ahora los caballos parecían exhaustos, inquietos: el lugar estaba desolado y flotaba en el ambiente una extraña calma, como si el tiempo se hubiera extraviado entre los colores rojizos del cielo. A lo lejos, como en susurros, el aullido del mar parecía disuadir a los intrusos.

—Toma, ponte esto sobre la boca y la nariz —dijo Herakles al ofrecerle un trozo de tela.

Se detuvo junto a una ciénaga.

—¿Es cierto lo que cuentan?
—Se trata de un ser muy antiguo. Se desconoce su edad, pero existe desde mucho antes de que naciéramos.

Caminaron con paso lento hacia la fuente de Amimone, refugio de la criatura, y donde Iolaus hizo un pequeño fuego. El otro extrajo su arco, comenzando a lanzar flechas incendiadas hacia la guarida para forzarla a salir.

Herakles aguardaba, seguro de que no tardaría en aparecer.

El lago, antes sosegado, comenzó a agitarse, a burbujear. El muchacho miraba perplejo ante lo que estaba a punto de suceder: de las profundidades, surgió una inmensa hidra, una enorme serpiente de hasta nueve cabezas que comenzó a expulsar su aliento venenoso, creando una neblina fétida y sucia.

Los dos varones se aproximaron y Herakles blandió su espada para lanzarse contra el engendro alcanzada la orilla.

Se encaramó sobre la hidra y empezó a cortar cada una de las cabezas que se agitaban amenazantes, cayendo ensangrentadas al suelo.

Sin embargo, por cada una que Herakles cercenaba brotaban dos nuevas, más fuertes que las anteriores.

En ese preciso instante, vio cómo Atenea aparecía detrás de Iolaus, quien observaba desconcertado la escena que tenía frente a sí. Fue un instante fugaz, pero la diosa susurró al joven unas palabras de las que no parecía ser consciente porque ni se inmutó.

El muchacho entonces reaccionó. Tomó una antorcha y comenzó a atacar a la hidra mientras Herakles se empeñaba en decapitar las cabezas que nacían.

Cuando Iolaus rozó con el fuego uno de los cuellos recién seccionados, comprobó con sorpresa cómo era cauterizado al instante. Ya no surgieron otras dos nuevas tal como había ocurrido hasta ahora, sino que dejaron de brotar hasta que la hidra se desplomó sobre el suelo encharcado, desmembrada.

Herakles había saltado tras asestarle el toque de gracia. Se acercó al cuerpo ya inerte, tomando de entre aquel gran amasijo de carne pestilente la cabeza principal del monstruo.

—Hay que enterrarla para que nunca más vuelva a renacer…
—¿Dónde?
—Lo sabrás cuando lleguemos al lugar. Ahora prepara el carro y los caballos para abandonar este sitio maldito.

Dejaron atrás el lago Lerna. Como el joven lo miraba de reojo, Herakles supo enseguida lo que estaba pensando. La noche anterior se lo había repetido mientras lo embestía dentro de la pequeña laguna que encontraron.

Se posicionó detrás y lo aprisionó contra el borde del carro. Deslizaba contra las nalgas su sexo endurecido y empezó a susurrarle sobre la reciente noche de pasión.

Iolaus, inmovilizado, dejó caer las riendas. Los caballos percibieron la pérdida del mando, encabritándose.

—Ni se te ocurra detener el carro. Continúa y recupera la dirección —adosó la lengua junto al cuello.
—Sí…
—Aún nos queda un largo camino que recorrer, pero enterraremos pronto la cabeza de la hidra.

Pasó sus manos por debajo del vientre del muchacho para manosearle los genitales, ya tensados.

—Sí…
—Los caballos se inquietan, preciado Iolaus. Los caballos —Herakles disfrutaba.
—Lo intento… pero… —dijo entre jadeos.
—Pero, ¿qué sucede?

Comenzó a frotarlo mientras le mordía el cuello.

—Yo… no…

El líquido brotó entre los dedos.

—Y ahora presta atención al camino porque enterraremos la cabeza allí, bajo aquella gran roca.




Continuará...


Pica AQUÍ para leer la siguiente Rapsodia.
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Atenea: diosa de la sabiduría, protectora de los héroes y guerreros.





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