La lengua de Eros | Rapsodia II :: Escena 1 - Para leer on line~

Continuando con la entrega de La lengua de Eros, os dejo la escena primera de la segunda Rapsodia.

Recuerda que desde ayer hay un nuevo ciclo de entregas en mi blog. A lo largo de estos meses iré subiendo las diversas rapsodias (episodios) de mi nueva novela, La lengua de Eros. No subiré de una vez cada una de ellas porque son bastante largas, así que he decidido que las postearé por escenas.

Además, incluiré algunas notas sencillas a pie de página si hubiera alguna palabra del glosario o lista de personajes.
También he decidido que la frecuencia de las entregas variará en función de vuestra respuesta. Si no veo nada, actualizaré menos seguido y me centraré en subir las otras historias que también esperan :)


La sinopsis:
Tebas, Antigua Grecia.

La celebración del compromiso entre Nikandros, jinete destacado, y Kyros, su hermoso pupilo, es el acontecimiento más comentado de la ciudad.
Al banquete también acudirán Alexios y Diokles. Éste, amigo íntimo de Nikandros y oficial de la caballería, vive preso de un incómodo secreto.
Por su parte, los sentimientos encontrados entre Lysandros y Argyros, pareja de amantes del Batallón Sagrado, sólo acaban de comenzar.

En el año 362 a.C., la ciudad griega de Tebas alcanzó su esplendor. Inspirados por dioses y héroes mitológicos, su poder se extendió gracias a sus hombres, guerreros decididos y apasionados, que no dudaron en creer que lo lograrían.

Ésta es su historia.

Para leer la Escena 1 de la Rapsodia II, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Nada más por hoy. Ojalá os guste!

Hasta prontito

Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala








Algunos años antes.



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RAPSODIA II - Escena 1

Cuando accedió al interior de la casa, estuvo a punto de ser arrollado por otros esclavos que cruzaban el patio interior con urgencia. Llevaban las enormes bandejas de fruta y pan hacia la gran sala; otros cargaban pesados divanes. Los más rezagados portaban las copas que acabarían estrellándose contra el suelo, al final de la noche, después de la ineludible borrachera. Una pareja de esclavas barría el mármol con enfermiza insistencia.

Se acercó a las grandes vasijas que se disponían al fondo en hilera, las enumeró y abrió una de ellas.

—No olvides mezclarlo con agua y especias antes de servirlo. Sólo los bárbaros, aquéllos que no son civilizados como nosotros los griegos, lo beben sin mezclar.

El violento aroma del vino puro le inmovilizó cuando, por un instante, quedó deslumbrado por la quietud, por la profundidad del líquido granate. Después, volvió a colocar la tabla sobre la barrica y fue a buscar la tinaja de agua.


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Nikandros había aguardado la llegada de este día con impaciencia. En su alcoba, su esclava de confianza aromatizaba su cuerpo con meticulosidad antes de cubrirlo con la túnica de seda que le acariciaría las rodillas.

—Conseguí para el amo este nuevo perfume. Se trata de un ungüento delicado, excepcional, como sin duda lo es el amado que aguarda.

Adara frotaba gradualmente los muslos del varón.

—Los bordados de la túnica son verdes como lo son los ojos de infinita bondad del amo.
—¿Y Evadne?
—Está con el joven. También para él hemos seleccionado prendas, fragancias acordes al día de hoy.

La muchacha alcanzó la túnica, ciñéndosela a la cintura. Después le cubrió los hombros con el manto y se lo sujetó con aquel broche familiar de plata.

—He terminado. Voy a cerciorarme de que la gran sala está dispuesta, de que los invitados van ocupando los lugares que hemos acomodado siguiendo las órdenes del amo…
—Pero antes avisa a Evadne —interrumpió. —Después comprueba los preparativos.

El hombre vio cómo la esclava abandonaba la habitación. Durante un instante, el ungüento entumeció sus sentidos y experimentó un extraño hormigueo que nacía en la boca. Sintió sobre la lengua una punzada fugaz que se manifestó entre sus piernas. Pero enseguida se relajó, percibiendo una placentera armonía.

Adara regresó.

—Todo está preparado para que el banquete comience. El amado aguarda.
—¿Los invitados han sido recibidos con las guirnaldas de hojas?
—Así es.
—¿Los músicos y bailarinas están amenizando la espera?
—Sí, amo.
—Aprecio la diligencia que te caracteriza. Avisa a Evadne para que lo acompañe. Allí lo espero.

Nikandros salió al patio. Se dirigió a la estancia, de donde provenía la melodía de una lira, el murmullo de los comensales. Los saludó, y aguardó junto a la puerta que conectaba con la habitación contigua.

De repente aquélla se abrió y apareció un agraciado adolescente quien, al contemplar la escena, se ruborizó. Avanzaba de forma tímida.

El hombre lo observaba complacido, seducido por la hermosura contenida en el muchacho: la piel ligeramente bronceada contrastaba con los labios carnosos, vivos. Los ojos perfilados de negro, la inocencia de su rostro frente a la virilidad de su anatomía adolescente.

Se acercó para recibirlo y le colocó una guirnalda de flores alrededor del cuello. Unieron sus manos para alzarlas, avanzando hacia el diván principal de honor a lo largo del pasillo que formaron los invitados. Sólo se oía la música de la lira.

Nikandros dejó al joven sobre el lecho, junto a él. Tomó la copa de vino dispuesta en su mesilla y la levantó.

—Amigos, agradezco vuestra presencia en este día memorable —dijo. —Es para mí un honor comunicaros de forma oficial que, Kyros y yo, comenzaremos a vivir juntos como lo amparan las leyes de Tebas. Tras este tiempo en el que nos hemos conocido, asumo mis obligaciones, mi compromiso para con mi amado Kyros.

Le tomó de la mano para alzarla. Tenía un brazalete de plata donde aparecía la figura de Apolo.

—A partir de hoy, ante vosotros que sois testigos; soy su amigo, su tutor legal, su mentor, su amante.

Le confirió la copa de vino.

—Invitados que ahora sois mis amigos, declaro que me uno a Nikandros por voluntad propia —expuso ante la atenta mirada de todos. —Me comprometo a ser siempre valiente, justo con mis iguales, obediente con mis superiores, a ser modesto en mi día a día. Ser un futuro ciudadano honrado para servir a nuestra polis, la gran Tebas.

Tomó un pequeño sorbo de vino y le dio la copa para que lo imitara. Después se la entregó a uno de los invitados y así beber de ella por turno. La cena posterior a la ceremonia quedaba inaugurada.

Todos regresaron a sus divanes. Una hilera de esclavos comenzó a traer la carne asada, a servir el alcohol aguado.

Nikandros y Kyros se acomodaron en el lecho uno junto al otro. Entre bocado y bocado, el adulto lo arrimaba contra él para besarle el hombro desnudo.

Finalizada la comida principal, realizaron una libación en honor de Eros para rociar el lugar con unas gotas de vino. A partir de entonces, el líquido comenzaría a correr sin medida, regando las gargantas sedientas de los asistentes.

Nikandros le apartaba la copa que sostenía, le lamía los labios enrojecidos por el vino que los coloreaba. Le producía tal placer que a veces obligaba a Kyros a tomar pequeños sorbos.

—Has comido muy poco. ¿Quieres probar la tarta de queso?

Le ofreció una generosa porción. Kyros la tomó entre sus dedos y comenzó a morderla mientras le sonreía ligeramente abochornado.

Cuando hubo acabado, Nikandros le ofreció su copa. Pero ante la impaciencia con la que engullía, dejó escapar el líquido por las comisuras de los labios. Lo atrapó con uno de sus dedos y luego se lo llevó a la boca. El joven parecía temblar.

Los invitados charlaban, las bailarinas y músicos continuaban amenizando la velada, los perros de la casa circulaban de un lado a otro en busca de sobras que devorar. La noche avanzaba despacio como si fuese arrastrada por un carro.

—Ojalá Eudokia estuviese en Tebas. La extraño mucho...
—Algún día regresará. Estoy seguro.
—Sí…

Le dio un beso en la frente.

—Tibalt no se encuentra entre los invitados —dijo Kyros preocupado.
—¿Qué dices?

El aristócrata acercó su oído. El alboroto en la sala era tal que algunos cachorros comenzaron a ladrar.

—Mi amigo Tibalt y su amante Zarek no han llegado. Me prometió que vendría.
—Enviaré a alguien a su casa.
—Gracias, aprecio vuestras atenciones —dijo algo avergonzado.

Un comensal entonces se alzó. Con voz enérgica, comenzó a recitar mientras miraba complacido a Nikandros y a Kyros. Todos prestaron atención.

—Pues, a mi parecer, los hombres no se han percatado en absoluto del poder de Eros.

Mientras narraba, el varón se deslizaba con soltura de entre los invitados. Éstos guardaron silencio y los músicos también. Las bailarinas salieron para cambiarse, un esclavo se llevó afuera a uno de los cachorros que parecía haberse atragantado.

Cuando aquél finalizó, todos lo elogiaron y volvieron a brindar por la pareja de amantes. Otra vez regresaron las bailarinas, la música.

Nikandros apuró por completo su copa para después observar al muchacho detenidamente. Le acarició uno de sus hombros con serenidad.

—¿Has disfrutado?
—Me ha resultado maravilloso… Desearía poder oírlo otra vez —Kyros parecía impresionado.
—Sin duda, Attis conoce la obra del filósofo ateniense Platón.
—¿Acaso no lo ha escrito Attis…?
—Como te he contado alguna que otra vez, mi buen amigo viaja a otras ciudades siempre que la situación lo permite —respondió. —Tiene un ahijado en Atenas… Una larga historia. Hace varios días regresó de un viaje que hizo por allí. Me mostró un nuevo diálogo del filósofo y me prometió que recitaría esta parte. Te conseguiré una copia si tanto te interesa.

Le acarició la barbilla impúber.

—Me sentiría profundamente distinguido por vos —reunió sus manos sobre el regazo.

Un esclavo se acercó para hablar con Nikandros. Parecía preocupado.

—¿Sucede algo?
—Tu amigo Tibalt —dijo sin apartar la vista de los invitados.
—¿Es el esclavo que…? ¿Qué ha sucedido…? —Kyros se sobresaltó.
—Serénate. Tibalt se encuentra bien. Ahora mismo está en una de las habitaciones de arriba. Quiero que te calmes.
—Pero…
—Me reuniré en breve contigo. Ahora ve a su encuentro.

Se giró para robarle la esencia del vino macerado en los labios. Lo besó con tal ímpetu que el joven tambaleó y Nikandros le clavó los dedos en la espalda al atraerlo contra sí.

El esclavo esperaba junto a la puerta de la gran sala.


Continuará...


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Lista de dioses y personajes mitológicos. Se incluyen en orden de aparición.


Zeus: padre de todos los dioses del Olimpo, esposo de Hera.
Atenea: diosa de la sabiduría, protectora de los héroes y guerreros.
Hades: dios del inframundo.
Apolo: dios de la belleza, de la armonía, de la verdad, hijo de Zeus.
Eros: dios del deseo, del amor sexual entre hombres.



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