Lázaro | Volumen I :: Para leer on line~

Después de este pequeño retiro del blog, inicio una nueva entrega: Lázaro. Esta seriada ya finalizada nos acerca a una bella historia de nostalgias y sentimientos que se creían perdidos entre los pliegues de una serie de cartas que van desgranándonos ese amor que de alguna forma aún flota en el aire.

La historia de Lázaro tiene un origen onírico, al igual que algunas otras obras que tengo publicadas, al que decidí darle forma gracias a las letras y a las palabras que nacían gracias a su espíritu. Naturalmente después cobró vida y lo que fue un pequeño recuerdo de un sueño, luego se hizo más grande y vino para quedarse entre nosotrxs


La sinopsis~

El imborrable recuerdo del sabor del amor que habita en el pasado a través de una serie de cartas.

Para leer sin que nadie os interrumpa: buscad un lugar tranquilo y ya veréis ;)

Más abajo está la historia para leer, pero si lo que queréis es descargar el primer volumen id AQUÍ.


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¡Mil gracias por vuestro apoyo que me llega de tan diversas formas! A pesar de la distancia física, se siente ♫♪♪♥♥♥♥♫♪♪

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos





de esta obra registrada.

::NO COPIES. SE ORIGINAL::
 



Carta primera~

Recuerdo a Lázaro. Cómo sonreía mientras yo abrazaba mi pequeño felino contra mí, sintiendo la tibia calidez de aquella criatura que comenzaba a conocer lo que era la substancia.

También vienen a mis memorias su tierna fragancia, su admirable adultez y su adorable inocencia. Siempre respondía con una sonrisa, aunque yo fuese irritable o mezquino. Lázaro, con su aura, posaba su luz sobre mi enquistado karma.

Ahora, con el paso de los años, hay muchas cosas que quisiera declararle. Ahora entiendo sus silencios cuando tal vez lo más inútil hubiera sido hablar. Lázaro, te extraño.

¿Cómo te conocí? ¿Puedes creer que no lo recuerdo en este preciso momento? ¿Podrás perdonarme? De ti mi memoria rescató tu sabor, tu paz. En cómo me sentía querido aunque tu cuerpo no me rodease, aunque tu alma me robase todo mi ser, a pesar de que no dejaras tus huellas sobre mi piel desnuda y encendida. ¿Podrás perdonarme?

¿Dónde estarás ahora?

Y entre tanto, suspiro cuando mis recuerdos me entregan el dibujo de tu sonrisa, cómo tus labios se plegaban en arco y me recitabas aquellas palabras que me estremecían. Confieso que experimentaba un excitación que sólo tú lograbas producir. Sólo tú eras capaz de hechizar mi piel al son de tu mirada. Ahora alcanzo a reconocer que tus ojos, a pesar de no ser extraordinarios o notar en ellos algo excepcional, velaban el tesoro más bello y noble. ¿Te das cuenta? Rememoré ese efecto de cuando nuestras miradas se descubrieron verdaderamente.

Mucho me sorprendí cuando me señalaste tu edad natural. A mí en realidad, aunque comprendiste que me perturbara un poco, aquello me hizo sentirme distinguido, elogiado, ungido. Juzgo que fue el principio de mi adicción por ti.

¿Impresionado? No lo creo. Tuviste que ser consciente cuando reverenciaba y admiraba tu cuerpo de la forma en la que lo hacía. Y aunque jamás te lo insinué, anhelaba siempre -desde el rabillo del ojo- que me atraparas por sorpresa y que me abrazaras y que te quedaras así, una eternidad, envolviéndome con tus fértiles brazos y esculpidos por Eros, por debajo del cuello, y me besaras como un niño lo hace con su venerada madre. Con eso yo era feliz. ¿Y tú? ¿Lo eras? Mi amado Lázaro.

Mi pequeño felino creció. Ha pasado tiempo desde la última vez que nos amamos. Siempre que lo veo aseándose junto a la ventana de la habitación me evoca tu presencia. Señalabas que apartaba los maléficos espíritus y la pieza quedaba purificada. Supongo que sólo te creí entonces, ahora no sé si de algo sirve como tampoco pueda hacerlo esta carta...

Te extraño. Ésa es la verdad.




Carta segunda~

Hoy estuve contemplando nuestras fotografías, y me pareció un sueño todo lo que vivimos. Pero también te confesaré que por un momento me dejé llevar y osé planear sobre el futuro qué hubiera estimado para ambos. Me ruboricé.

¿Sabes? Hoy te distinguí sentado en la terraza como gustabas hacer las tardes de los jueves. Tu mirada se había enredado en el infinito, tú te revelabas taciturno y grave. Afirmo que luchabas contra esos fantasmas a los que frente a mí nunca perseguiste para darles nombre. Tu deseo de separarte en esos momentos siempre obtuvo una doble respuesta dentro de mí: lo interpreté muchas veces como tu tentativa por no permitirme pasar, traspasar, aquella línea que insistentemente mi inseguridad me reclamaba a gritos que superase. Pero luego aparecía dentro de mí aquella vocecilla cálida que me repetía con voz cubierta de miel que la razón, incorpórea e invisible, era tu arrebato meditado por proteger y mantenerme a salvo de tu pasado extraño, incierto y creo arduo.

Hay mucho que acaricié preguntarte y no reuní fuerzas para ello. Lo sabes, siempre lo supiste. Tomabas tu dedo índice, y lentamente me hacías desvanecerme en el silencio para posarlo con tibieza sobre mis labios, entrecerrando los ojos y mirando de soslayo, cómplice. Con un susurro dócil me permitías atender a la quietud que nos envolvía… shhhhhhhhhhh... Y entonces tomabas mi mano y la enroscabas sobre tu pecho desnudo, me acercabas y hacías que lo besara con pasión para que comprendiese cómo crepitaba tu corazón, para que gozara de tu esencia masculina, tu perfume varonil -que jamás podré describir- y permaneciera postrado, de nuevo, ante tu carácter etéreo.


Aún permanecen muchas remembranzas que atesoro como pequeños e inmortales terrones de azúcar que paladeo cada vez que libero y me alimento con gajos del recuerdo, cada vez que reiteradamente me vinculo a tu presencia aun en la distancia.

Pero quise llegar a ti y abrazarte en esa soledad, en esa perpetua insistencia tuya por abandonarte donde nadie pudiese acumular tus pedacitos, esos pedacitos que ibas cediendo sin darte cuenta, invisibles quizás para ti, brillantes para mí. Pequeñas esmeraldas que trazaba tu sendero.

¿Cómo te encuentras? No te lo pregunté. ¿Yo? Añorando lo que nunca será de nuevo.

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