Purpúrea | Para leer on line~

Buenas tardes~

La semana termina y no quería dejar pasar la oportunidad de escribir una nueva entrada con las mini actualizaciones y una obra para leer aquí en el blog

Esta vez os comento que a partir de mañana comienzo el capítulo XXXI. Muy pronto alcanzaré las 400 páginas (que se dicen pronto) y el final de la historia, aunque muy lejos aún, se vislumbra de forma tenue al fondo.

Os confieso que no me gusta apremiar al proceso de creación ni provocar su aceleración porque, entre otras cosas, al final el resultado no sale como me gustaría. Sin embargo, no es menos cierto que cuando hablo de ella a mi familia o seres más allegados me doy cuenta de que es imposible no ilusionarse cuando imagino el día en que pueda presentárosla

Acabo de anunciarlo en mi página de Facebook justo hace un ratito: a partir de ahora también tenéis mi perfil en Payhip, una de las plataformas donde podéis haceros con una copia de Cosmos. Para echarle un vistazo, click aquí.


La obra elegida de hoy es Purpúrea, una historia atípica de vampiros que me encantó crear.



Ileana ha gobernado su reino de oscuridad durante siglos. Sin embargo, guarda secretos que sólo la noche conoce.

¿Te atreves a adentrarte en el reino de sombras de Ileana?

Pues esto es todo por hoy. Os recuerdo que más abajo tenéis la obra para leerla aquí en el blog. Pero si lo que quieres en descargártela, entonces pica aquí.

 Besitos y buen inicio de semana para todxs ;)


Eleanor Cielo~



pd: Nuevo diseño y colores del blog para el mes más rojo♥♥♥♥








Sus largas uñas femeninas repiqueteaban sobre el brazo del gran trono. Impasible, examinaba la escena que tenía frente a sí. Tomó la copa que le ofreció su siervo.


—Por favor... comprended... yo... yo... lo ignoraba... Juzgué que este lugar estaba abandonado. Me extravié hace varios días y lo hallé por casualidad...os lo juro...
— ¡No oséis mentir a mi Ama, pobre hombre!
—No miento... por favor, os pido clemencia —se arrojó hacia el trono, pero la cadena con la que permanecía atado se tensó y se lo impidió, cayendo al suelo.


Desde su posición inferior, la figura femenina que tenía delante se magnificó, su hermosura diabólica, hechizante, sus purpúreos labios, su largo vestido negro de terciopelo que caía sobre los escalones que accedían al sillón real, su diadema metálica que coronaba su cabeza pelirroja, su piel lechosa, su desconcertante torso liso.


— ¡Deteneos! Tendréis vuestro castigo por aventuraros a perturbar nuestro reino y pretender acercaros a Nuestra Ama y Señora —y desapareció de la sala escoltado por dos vasallos mientras se resistía.


La noche era clara y la luz de la luna se reflejaba sobre el salón principal, amplio y ruinoso. Las velas tintineaban desde diferentes ángulos y formaban monstruosas sombras sobre las ruinas y restos que salpicaban la superficie de la sala. Las vidrieras, destrozadas por el paso del tiempo, permitían vislumbrar el exterior desde su posición, junto al trono. Permaneció de espaldas y alzó la vista hacia el infinito nocturno. Desde allí, apuraría el contenido de la copa y juguetearía con su collar de perlas blancas.


— ¿Todo está dispuesto? —inquirió sin girarse.
—Sí, Ama —respondió uno de los siervos arrodillado escalones abajo.
—Retiraos —se deslizó por la escalinata como si fuera un espectro y el terciopelo brilló al contacto de la luz de la noche.


Acto seguido se escabullía por las escaleras que quedaban junto a la puerta principal, gigantesca, apolillada y rota. El pasadizo descendía a través de unas escalinatas angostas pero bien iluminadas por antorchas. Poco después alcanzó una gran estancia ricamente decorada que contrastaba con la superior, sucia, oscura y descuidada. Este nuevo espacio estaba guardado por varios de sus hombres quienes flanqueaban algunas de las numerosas puertas que se abrían a un lado y otro del recinto subterráneo en el que se encontraban ahora.


—Señora, hay indicios de que el prisionero no se encontraba solo antes de ser capturado. Consideramos que el otro humano pudo ocultarse, por lo que estimamos es necesario atraparlo antes de que llegue la hora dormida.
—Dispensad. Me encargaré personalmente —y una sonrisa llena de malicia se esbozó en su rostro —Tened todo preparado. Si el mortal quiere jugar, no osaré negarle su último deseo.
—Sí, Ama. Se hará como ordenéis.


Se dirigió hacia la puerta decorada con ribetes rojos y entró con decisión. Una vez dentro, acudió a su encuentro la fragancia perturbadora de las rosas púrpuras que adornaban la estancia y la de los cirios quemándose, firmes. En medio de la sala se alzaba un camastro exquisito, coronado por un dosel labrado en maderas exóticas. Las cortinas ocultaban la figura que yacía sobre el lecho, inmóvil, aunque lograba oír magníficamente el latido del corazón que bombeaba la sangre del cuerpo oculto.


Pero antes estimó acercarse al gran espejo que se alzaba a un lado. Una vez frente a él, resolvió realzar el carmín de sus labios, insuflarles perverso erotismo. Agarró el cepillo nacarado y, despacio, realzó los bucles de su larga cabellera rojiza, mientras continuaba atendiendo aquella deliciosa melodía cardíaca.


Cuando finalizó, se deslizó hacia al camastro. Sin apartar la fina cortina blanca, contempló en silencio su interior. El prisionero que había estado implorando por su perdón arriba en el salón, dormía sosegadamente sobre elegantes y delicados paños, ajeno a todo. Desnudo, sus obedientes asistentes lo habían atado a los pilares de la cama.


Apartó la cortina y, como una gran ola, el halo cálido de aquel cuerpo lozano y terso la envolvió en una especie de metástasis de deseo, violencia y oscuridad. Se acercó y le introdujo una pequeña perla en la boca para a continuación besarlo, así logró que se despertara y engullera el objeto redondo. El cautivo se sobresaltó. De nuevo quedó inmovilizado por las cadenas.


— ¿Quién sois? ¿Quién sois en verdad? —No obtuvo respuesta, pero consiguió que la fémina no se alejara demasiado, situada a su lado y mirándolo fijamente —Sois... sois del inframundo, ¿acaso erro en mi juicio?
—Discutís en exceso, ¿no os parece? Renunciad, no os lo permitiré por más el tiempo —hizo una pausa —Pronto vuestra lengua conocerá un único destino.
— ¡Os maldigo! Criatura del averno...
—Sabed que no me ofendéis con pusilánimes palabras, mortal. Ninguno de vuestra especie ha podido derrotarme a través de los siglos, Yo, Señora Oscura de Ileana. Dueña del Infinito Bosque de los Tabúes Ciegos —su voz se había transformado, grave y penetrante —Y ahora vais a conocer vuestra penitencia.
—No os temo... —de repente, su rostro se transformó — ¿Qué me sucede?... ¿Por qué...?
—La perla inoculada es sabia.


Ileana se aproximó y comenzó a morder los labios del hombre, cuyo cuerpo parecía poseído por una fuerte excitación, y sus ojos se tornaron ígneos, pérfidos.


—No subestiméis el conocimiento de quien os somete —y comenzó a acariciarlo —Vuestro cuerpo arde y vuestro sexo llora —atrapó el líquido preseminal y lo lamió sin apartar la vista.


El prisionero se retorcía ante la divertida mirada de la reina. Ésta seguía coqueteando con el cuerpo tenso y convulso que tenía delante, surcando con sus afiladas uñas la piel hasta abrirse paso entre los genitales. Un instante después, el abdomen quedaba cubierto por una abundante capa viscosa que Ileana no dudó en introducir en la boca del cautivo para después besarlo con delicia y suavidad. El otro jadeaba y no lograba articular palabra alguna. De repente su sexo volvió a erguirse y fue entonces cuando ella dejaría caer el largo y enigmático vestido de terciopelo negro.


—So... so… is... sois... un... un va… rón —jadeó ofendido.
— ¿Os desagrado acaso? — rió confiada.


Ileana se reclinó sobre el cautivo y volvió a mimarlo. Adoraba sentir la calidez que desprendía el cuerpo de los mortales, tibia carne y tierna naturaleza. Embriagada, se introdujo en aquella materia para experimentar un intenso placer. El prisionero gemía enaltecido. La reina se retorcía y se revolvía los cabellos. El collar, sobre su torso raso, chocaba contra sus pezoncillos erectos.


El clímax se acercaba. Se aproximó al rostro del hombre y se aferró a su cuello, mordiéndolo con ímpetu al introducir sus colmillos. Desgarró la carne para atrapar el líquido granate y alcanzar el orgasmo al unísono, sumiéndose en un festival donde el rojo y el blanco se mezclaban en su boca y se deshacían en su garganta. Sus ojos se tornaron, rendida ante el éxtasis. Arrojó al suelo el cadáver del recluso y se quedó dormida. Su interior colmado, preparada para la caza que le aguardaba la siguiente noche.


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Cuando Ileana cerró los ojos, el sueño le aguardaba bajo sus párpados. Un manto de terciopelo negro se posó sobre su cuerpo desnudo y andrógino para comenzar a fundirse sobre su piel, como una segunda epidermis. Su rostro resplandecía ante los rayos densos de luna, postrados ante su belleza, níveos y escarlatas.


Cuando despertó, se hallaba en otro aposento. Su hombre de confianza, Razvan, había dispuesto flores frescas junto a la cabecera de la cama como había hecho cada noche, siglo tras siglo. Al observarlas recordó la única vez que yacieron juntos.


— ¡Os deseo tanto, mi Señora Ileana…! Permitid que os ame en este mar infinito de tiempo, en la oscuridad de la luna eterna. He aguardado décadas para confesaros mi devoción, desde que mi consciencia despertó en la primera noche —alteró el tono de su voz —Olvidadlo, Ama. Ese mortal no os merece…
—Callad, mi querido Razvan. No arruinéis este bello instante en el que el sabor de vuestra piel atraviesa mi lengua y vuestro semen mi garganta –y le introdujo un dedo en la boca para confirmarle que su sed no había sido satisfecha — ¡Qué extraordinaria erección!
—Tomadme otra vez, mi Reina —y se giró para apoyar sus manos y rodillas sobre el lecho —Sólo Vos habéis tomado mi cuerpo y sólo Vos sois su dueña. Haced con él lo que os plazca —y comenzó a jadear y a separar las piernas.
— ¡Qué generoso y devoto sois, mi fiel Razvan! —Y acto seguido se abría entre las nalgas del vasallo, quien lanzó un grito de dolor y placer entrelazados — ¡Sois tan delicioso! –Ileana pendulaba para colisionar una y otra vez mientras su sexo se endurecía dentro del cuerpo del amante. Encontraba irresistible mesarse los cabellos a la vez que se colmaba de electricidad y lujuria.


Desde su posición, la reina se desprendió del collar de perlas y agarró con él el cuello del otro, tensándolo fuertemente. Éste se arqueaba por el éxtasis y, al eyacular, lanzó un alarido tan intenso que Ileana estrechó el colgante con más violencia para lograr que su semen emergiese a borbotones del interior del pasivo.


Llamaron a la puerta. Era Razvan.


—Mi Señora. El intruso ha atacado a varios de nuestros hombres. Estimamos que se halla en un perímetro no muy lejos de aquí.


Ileana, sola, fue a su encuentro. El bosque permanecía en sonata nocturna y la luna como celosa centinela. La reina se deslizaba con rapidez, siguiendo el rastro de la sangre viva. Pronto halló la fuente de la que brotaba.


— ¿Quién osa adentrarse en los confines de mis dominios? – se situó detrás de la silueta humana, acorralándola. No obtuvo respuesta inmediata – ¡Contestad!
—Ionut. Ionut, ¿sois vos? – el hombre se giró despacio, perplejo.
— ¿Qui… quién sois? – retrocedió desorientada.
—Ionut… ¿no me reconocéis? Soy yo, Velkan.
—Vos…
—Os he buscado por todas…
— ¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo os atrevéis a regresar?
—Por favor, dejad que os explique…
—No hay nada que discutir… Si no os marcháis inmediatamente, os mataré y os juro que no será placentero —había odio en sus ojos.
—Habéis cambiado. No sois el mismo… — y buscó las palabras adecuadas —Por favor, confesadme qué sucedió con Ionut y me marcharé —Ileana se giró y alzó su vista hacia la luna. Sus ojos se habían transformado y en ellos brillaba la nostalgia. Silencio.
—Cuando os marchasteis durante las horas dormidas aquella mañana, supe que no regresarías jamás. Comprendí que nuestras naturalezas, semejantes a la del agua y a la del fuego, eran más infinitas que nuestro amor –hizo una breve pausa –Mi desolación me torturó para lanzarme a devorar cuerpos cada noche, cazarlos en las apartadas calles de la ciudad o en la soledad de sus hogares. Una noche me oculté en el teatro siguiendo a un joven y apuesto actor. Aguardaba en una habitación el momento adecuado de tenerlo sólo para mí. De repente el actor apareció enfundado en un pulcro vestido de terciopelo negro, sus labios eran de un intenso carmesí y sus ojos perfilados. Mi cuerpo comenzó a llenarse de lujuria, mi sed me empujaba a abrir aquella materia y beber hasta la última gota de su esencia. Salí de mi escondite con ese propósito y poseí al joven para engullir su sangre y su semen, para alzarlo una y otra vez contra el orgasmo, para arrasar su alma y apoderarme de ella –su voz se tornó victoriosa, poderosa –Muerto el muchacho, tomé su vestido y me lo puse. Aún recuerdo la sensación de tener el terciopelo adherido a mí, de mis labios realzados por el carmín, de mi silueta frente al espejo… —se giró y sus ojos se volvieron duros —Ionut murió. Ionut murió aquella noche e Ileana nació de las entrañas del joven actor para inaugurar un nuevo reinado. Y ahora vos surgís del olvido…
—Perdonadme. Fui un cobarde… pero debéis creerme cuando os juro que después fui consciente de mi error –se aproximó con cautela –Permitid que tome vuestra mano –Ileana dudó para rehusar finalmente —Os amo y estoy dispuesto a enmendar mi falta, a que todo vuelva a ser como antes: tú, el Rey y Dueño del Infinito Bosque de los Tabúes Ciegos y yo el mortal que os cautivó para siempre –Ileana oía en silencio –Pero…
— ¿Qué sucede?
—Pero para que todo vuelva a ser como antes deberéis resucitar a Ionut. Abandonad ese perfil que habéis adoptado…
—Eso no sucederá jamás.
—Miraos… ¿en qué os habéis convertido? –el hombre parecía irritado, disgustado.
—Marchaos.
—En ese caso, yo… —de repente Velkan desenfundó un puñal que llevaba oculto y erró en su intento por clavarlo en el corazón de la reina, quien, al esquivarlo, lo bloqueó con un brazo. Se aferró al cuello para desgarrarlo sin piedad y luego extraer el corazón, aún batiente, que comenzó a devorar. La sangre se esparcía sobre la boca y el terciopelo. Arrojó el cadáver y el músculo seco al suelo.


Un búho aulló cuando la vio deslizarse hacia la catedral abandonada, dejando tras de sí -y suspendido en el aire- un hilo de lágrimas amargas.


—Mi Señora Ileana, estábamos inquietos y a punto de ir a vuestro encuentro...
—Todo está bien... ¿Dónde está Razvan?
—Lo vimos antes. Debe de estar en la torre…
— ¡Estoy aquí, Mi Ama!
— ¡Razvan! –avanzó hacia él, y le susurró algo en el oído.


En su aposento, la reina se retorcía en la bañera, colmada de agua caliente y espumas suaves y perfumadas. Junto a ella, más flores frescas adornaban la habitación y permitían crear, con la luz amarillenta de las lamparillas, una atmósfera privada y etérea. De repente, Razvan surgió de las profundidades de la tina y comenzó a besar a la soberana mientras el agua escurría por su cuerpo.


—Sois única, Mi Reina. Seáis Ionut, seáis Ileana, os amo profundamente —y sus labios se descubrieron en un apasionante beso.


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