La noche del cisne | Capítulo 9~

Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios capítulos de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

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El capítulo de hoy está más abajo 😚



Mañana, más. Feliz miércoles!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








9. Viento de verano

Spomenka y yo nos casamos en la fecha señalada. Todo transcurrió muy deprisa, pero aún conservo algunos recuerdos. Nueva Alejandría se llenó de invitados y por primera vez en mucho tiempo recuperé un poco la felicidad que me había sido robada. Ojalá pudiese regresar a aquel momento para detenerme en todos los detalles que, debido a la rapidez con que sucedió todo el día de mi boda, me perdí. La verdad es que aquel día fue uno de los más felices de mi vida, sobre todo porque lo que el futuro nos aguardaba me daría la razón. Mi prima Vesna seguía sin tener hijos. Tuve una pequeña conversación con Spomenka y, apesadumbrada, me reveló que su hermana estaba en tratamiento médico, que había dejado el Club de Poesía y también el de Ajedrez. Tampoco se interesaba ya por los nuevos descubrimientos arqueológicos, ni siquiera los que pertenecían al Antiguo Egipto. La vi sentada junto a Eugen. Por alguna razón percibí que su luz se había apagado un poco. No sabía hasta qué punto quería ser madre, pero sí que debía ser muy doloroso haber perdido a dos criaturas más desde entonces. Iskra había venido a Dalmacia y, aunque no hablamos mucho, me reiteró una y otra vez que si hacía infeliz a su hermana me arrepentiría hasta el fin de mis días. Sin embargo, estaba convencido de que nada de aquello sucedería: sentía un gran afecto por Spomenka y, aunque no estaba enamorado de ella, estaba seguro de que lograría hacerla feliz. A diferencia de Vesna, Iskra tenía una niña, Neda. La pequeña había encandilado a su abuelo y a todos los presentes, a mí incluido. Era tan bonita y tan vivaracha que tuve unas ganas enormes de ser padre cuanto antes. Spomenka pronto cumpliría los veintiséis años y yo no me conformaba con traer al mundo una sola criatura. También vino Radovan. Había sido el padrino por iniciativa de mi ahora esposa. Yo había preferido a mi tío Patrick, pero ella parecía haberlo tenido claro desde mucho antes. Por todo ello, desde muy temprano lo vi llegar con Fabien. Me sorprendía un poco que, después de despotricar contra el francés, volviera a estar con él como si nada hubiese ocurrido. Pero yo no quería inmiscuirme en aquellos turbios asuntos. Había decidido que, por Spomenka, haría lo que fuese con tal de que nada enturbiase nuestra relación y ello incluía aceptar que Radovan formaría parte de mi vida de ahora en adelante. No obstante, lo que hiciese con Fabien nada tenía que ver conmigo ni con mi esposa. Yo creía sin duda alguna que los sodomitas nunca lograrían conocer lo que era el amor verdadero: aquel que solo nacía de la unión entre un varón y una mujer.

—¿Habéis decidido ya dónde iréis de luna de miel? —dijo más tarde en la mesa nupcial cuando nos quedamos a solas.
—Spomenka quiere viajar a Egipto. Lleva deseándolo desde hace muchos años…
—¿Y tú? ¿Dónde quieres ir, Ladislav? ¿Me dejas tutearte? Ya somos familia.

Asentí con cierto reparo, pues a pesar de mis intentos por admitirlo en mi nueva vida aún había una parte dentro de mí que se resistía.

—Nunca has salido de Dalmacia, ¿verdad? —dijo mientras compartíamos los cigarrillos de mi pitillera.

En solo varios meses me había dado cuenta de que sentía un enorme placer al fumar. De hecho, me había comprado una pitillera que siempre llevaba conmigo. El francés, sentado en otra mesa de invitados, continuaba su particular costumbre de beber champán sin medida. Con la otra mano, intentaba llamar la atención de Radovan, quien lo ignoraba por completo. Mi ahora esposa llevaba horas bailando con cada uno de los invitados. Resplandecía como la luna llena cuando nace sobre el horizonte. La observaba con su traje de bodas, con sus curvas y su cuerpo femenino similar al de una flor que se retuerce gozosa cuando siente que va a ser fecundada. No podía dejar de pensar en aquella misma noche cuando estuviéramos solos en nuestra habitación. Estaba ansioso, pero quería disimularlo a toda costa; sobre todo ante la presencia de Radovan.

—¿Puedo decirte algo, Ladislav?

Asentí con la cabeza, un poco inseguro.

—Solo es un cumplido, ¿de acuerdo? No te lo tomes a mal, pero hoy estás especialmente… deslumbrante —dijo con una extraña sonrisa—. Además, la barba que has empezado a dejarte…

En verdad no me molestaban aquellas palabras, pues aquel día todo el mundo me había dicho cosas muy parecidas. Lo que me incomodaba era la mirada con la que Radovan recorría de pies a cabeza mi cuerpo. Era como si pudiese devorarme a dentelladas. Sus ojos, llenos de algo que no alcanzaba a descifrar y su lengua viscosa sobre los labios cuando pronunciaba mi nombre era a lo que, de lejos, no conseguiría acostumbrarme por mucho que lo intentase. Estaba convencido de que, si nunca hubiese descubierto que era un desviado, Radovan no jugaría a perseguir mi alma con sus palabras llenas de intenciones ambiguas.

—Toma, es para ti —dijo mientras depositaba sobre la palma de mi mano una pitillera ligeramente dorada—. Me he tomado la libertad de llenarla con la clase de cigarrillos que fumamos…
—Gracias, pero he de rehusar tu regalo. Sabes que no puedo aceptarlo —dije sin pensarlo dos veces.

Me sentía incómodo con aquel regalo delante de mí. No deseaba estrechar lazos con Radovan, solo tenía que aceptar su presencia para satisfacer a mi esposa. Nada más.



El viento se había levantado de repente. Los cristales vibraban en medio del silencio que ahora reinaba en Nueva Alejandría. La fiesta había terminado a altas horas de la noche y, al cerrar los ojos, aún veía los numerosos rostros que se habían congregado en el jardín aquel día. Aunque estaba agotado por las muchas emociones vividas, seguía sumido en aquella ansiedad que no me había dejado en paz desde que comprendiese que finalmente Spomenka y yo éramos una pareja de recién casados. Tenía un molesto hormigueo en la garganta, pero de algún modo era una sensación placentera, nueva. Notaba el cuerpo caliente, la piel se me erizaba a cada momento e imaginé que aquella era la forma en que todo mi ser deseaba diluirse con Spomenka. Yo era virgen. No sabía qué era amar la carne de una mujer ni cómo debía comportarme. Sanel y Karlo apenas hablaron de ello conmigo y cuando lo hacían solo sabían reírse de forma tontorrona mientras se les ponían las orejas coloradas. Me las toqué en un acto involuntario y descubrí que estaban ardiendo. A pesar de todo, quería impresionar a mi esposa y pensaba en las palabras adecuadas que quería decirle. Iluminado por la luz del candelabro, me encontraba en nuestra habitación nupcial cuando poco después llegó acompañada de Radovan. Andaba con dificultad y enseguida comprendí que estaba borracha. Totalmente borracha.

—Ladislav, ¿es cierto que has rechazado el presente de mi primo…? Dime que ha sido un malentendido —dijo como si estuviese a punto de enfadarse.

Spomenka iba agarrada de su brazo y su cuerpo no dejaba de tambalearse como si fuese de papel. Sus ojos se entrecerraban, pero ella volvía a abrirlos de súbito. Creí que en algún momento iba a desplomarse delante de mí. No obstante, él parecía complacido al sorprenderme entre las sábanas con aquella ansiedad que me estaba consumiendo como el fuego devora a la madera seca. Verlo allí, en nuestro rincón privado como el intruso que era, me enfurecía.

—Sí,… es cierto —dije algo inseguro.
—¿Y por qué lo has rechazado? Radovan lo compró especialmente para ti cuando estuvo en Zadar —dijo alzando la voz cada vez más.

No sabía qué responder, aunque tenía la respuesta en algún rincón de la lengua. Aquella situación era ridícula, pero no quería estropear la primera de nuestras noches juntos. Spomenka había bebido demasiado, no hablaba en serio.

—Déjalo, querida prima. Ya te lo dije. Está claro que tu esposo no quiere aceptar mi regalo. Se la daré a Fabien o algún muchacho del servicio... —dijo con voz afligida.
—¿Podemos hablar mañana de todo este asunto…? Creo que no es el momento más adecuado —dije con la esperanza de que los dos comprendieran lo ridículo de la situación.
—Ladislav, Radovan es como un hermano para mí... Si le ofendes, recuerda que también me ofendes… —dijo ya enfadada como jamás la había visto—. ¡Vamos, Radovan! Esta noche dormiré en tu habitación...

Por un instante, pensé que se estaban burlando de mí, que todo era una broma. Pero cuando vi que no regresaban, comprendí que Spomenka hablaba muy en serio. No daba crédito a lo que acababa de presenciar. ¿Qué estaba ocurriendo? Yo se lo achacaba todo al alcohol y también a Radovan, quien estaba seguro de que había provocado a mi esposa con su lengua llena de veneno. Abandoné el lecho nupcial no consumado y fui tras los pasos de los dos primos, intentando no perder la paciencia. Al salir al pasillo, Radovan permanecía sentado sobre un sillón y sostenía la pitillera entre sus dedos.

—¿Y Spomenka?
—Vendrá enseguida —dijo antes de levantarse y caminar hacia mí.
—No estará enfadada, ¿verdad?

Saber que algo de lo que yo hacía podía perturbar a mi esposa, me hacía sentir un poco intranquilo.

—No, ya he hablado con ella y todo está bien. Ha ido por una botella de champán.
—¿Champán? ¿Ahora?
—Le he dicho que la ocasión así lo requiere, ¿no te parece?
—Entonces todo esto ha sido idea tuya —dije disgustado.
—La noche de bodas merece ser un momento inolvidable y yo quiero que mi prima así lo recuerde. Es un champán especial que os he regalado.

Asentí y opté por permanecer en silencio. Con suerte por fin se iría. Pero Radovan no se movió y encendió un cigarrillo. Como creí que podía confesar algo de su vida privada, me vi obligado a hablar antes de que lo hiciese él.

—Esta noche se va a desatar una fuerte tormenta —dije al oír cómo el viento seguía azuzando los grandes ventanales del pasillo.
—¿Nunca has sentido curiosidad por saber cómo es? ¿Qué se siente?

Radovan se cruzó de brazos mientras me examinaba en silencio de arriba abajo. Otra vez.

—No sé de qué hablas.

¿Dónde estaba Spomenka?

—Claro que no… —dijo arqueando una ceja.
—Ya está, Ladislav. Ahora sí podremos celebrarlo —dijo ella de repente cuando llegó como si nada de lo anterior hubiera tenido lugar.

Seguía tambaleándose, pero su rostro tenía una expresión totalmente diferente. ¿Qué le había dicho Radovan para que olvidase su enfado? La agarré de la mano, dispuesto a no dejarla marchar. Deseaba consumar nuestra unión y por fin nos dirigimos a la habitación.

—Buenas noches, querida prima —dijo él desde el pasillo con aquella asquerosa sonrisa.



—No estás molesta conmigo, ¿verdad?
—Toma, bebe de este champán especial —dijo sin atender a mis palabras mientras servía el contenido—. Radovan nos lo ha traído de París.

Daba la impresión de que no me había oído. Spomenka vertía el alcohol como si no hubiese nada más importante en aquel momento. Por un fugaz instante, tuve la sensación de que aquella mujer era otra distinta de la que yo había conocido.

—Pruébalo... ¡Está delicioso!

Dio un largo sorbo y se tambaleó como si un escalofrío la hubiera recorrido por completo. Después vino hacia mí con una desconcertante sonrisa seductora mientras mostraba su hombro desnudo. Verla así despejó todos mis pensamientos anteriores y sentí cómo mi cuerpo despertaba.

—¿Estás nervioso? —dijo en voz baja.
—Un… poco… ¿Y tú?
—También —dijo cuando agarró mi mano para ponerla sobre su cuello.

Yo temblaba y en la voz podía notar cómo el miedo había alcanzado mis cuerdas vocales. Estaba un poco mareado.

—Tendrás que guiarme.
—Y tú a mí, Ladislav —dijo susurrando cerca de mi oído.

Me costaba respirar. Era como si mis pulmones se hubieran olvidado de cómo hacerlo. Su cuerpo estaba tan cerca de mí que luchaba por no desplomarme contra el suelo.

—Por favor, no te rías ni… te enfades si hago algo mal… Es que no sé cómo es…

Cuando los labios de Spomenka tocaron los míos, cerré los ojos. Aún recuerdo muy bien cómo fue. Me estremecía entre el placer y la felicidad, entre el deleite y la certeza de que no era ningún invertido como había jurado Iskra. Aquel torbellino de emociones deliciosas me daba sin género de dudas la razón y lo único que ahora tenía en la cabeza era que quería yacer con Spomenka. ¡Qué suaves eran los labios que besaba! ¡Qué calidez me recorría todo el cuerpo! No podía compararse con el beso repulsivo de Radovan. Pero, ¿por qué tenía que traer a mi memoria aquel desagradable incidente? No podía permitir que otros pensamientos me distrajesen. Después de separarnos me abrazó. Entonces noté sus senos y sentí entre las piernas una fuerza violenta nunca antes experimentada. Me inquieté porque no sabía cómo reaccionar a algo que estaba fuera de mi control, que no conocía. Ella pareció darse cuenta. Iba a decir algo, pero se adelantó.

—No me dejes nunca, Ladislav —dijo mirándome a los ojos—. Te amo.

Spomenka estaba pletórica y olvidé por completo lo que había sucedido horas antes. Amaba verla así, feliz junto a mí. Había echado mucho de menos aquella sensación de saberme amado, necesitado. Nos besamos otra vez. Me abracé rápidamente a su cuerpo terso como los pétalos al mediodía mientras recorría con las manos sus formas torneadas, esponjosas, tibias. Ya no soportaba por más tiempo aquella angustia que me saqueaba el aliento. No quería desprenderme de su piel, de su fragancia a primavera. También estaba caliente y comencé a besar cada parte desnuda. Spomenka intentó retirarme la camisola, pero estaba muerto de vergüenza porque no quería que me viese desnudo.

—E-Espera.
—¿Qué sucede?
—Es que es… la primera vez que… una mujer me ve… sin ropa.

La cara me ardía tanto que empecé a sudar copiosamente. Me sentía ridículo al imaginar que estaba desnudo delante de ella. Era como si me despojase de todo para presentarme con el peor y el más extravagante aspecto posible.

—¡Ah, Ladislav! Deja de comportarte como un niño y sé un hombre. Hoy debes ser un hombre —dijo mientras reía de forma coqueta.

Spomenka me retiró la camisola y quedé frente a ella completamente desnudo. Mi sexo erecto atrajo su atención, lo que hizo que me temblasen más las piernas. Entonces ella se quitó el camisón. Lancé una pequeña exclamación producto de la admiración y también del deseo que me producía el cuerpo femenino de Spomenka. Había en el mundo pocas cosas más exuberantes que aquellas curvas y carnes suaves. Luego besé sus labios con más pasión. Pero la impaciencia y la codicia por tomarla hizo que no tardase en eyacular junto a su piel.

—¡L-Lo… lo siento! —dije agachándome para limpiar el semen con mi camisola en un gesto frenético—. Yo no quise… De verdad que lo siento…

Volvió a servir más champán.

—Bebe, Ladislav —dijo sin dar importancia a lo ocurrido—. Ven, en la cama estaremos más cómodos.

Agarré la copa y la apuré de un sorbo. Tal vez el alcohol disiparía mi timidez, como parecía haber hecho con ella. Haría que me sintiese más fuerte, más valiente. ¿No era aquello lo que ella y todos esperaban de mí?

—Así es —dijo cuando entré dentro de ella con cuidado—. Ahora muévete despacio y, cuando te diga, ve más deprisa.
—Sí…
—Pero recuerda, poco a poco.

Me movía tal y como Spomenka decía. Procuraba seguir sus instrucciones al pie de la letra para que mi cuerpo no le hiciera daño. Aunque estaba mareado por el champán, no lograba entender por qué aquella unión debía ser dolorosa para ella. A pesar de que íbamos despacio, el placer que había sentido desde el principio no había variado y me encontraba en una especie de letargo delicioso cuyo fin no deseaba. Notaba todo mi cuerpo tenso, en una suerte de continua ebullición. Incluso parecía desprender un olor diferente al usual. Era como si me transformara en otro ser, en otro Ladislav. Sin embargo, no veía aquella metamorfosis en Spomenka. Dejando de lado las caricias y los muchos besos que nos regalamos, daba la sensación de que ella no gozaba con aquella unión. ¿Por qué?

—¿Estás… bien? —dije cuando vi el dolor en su gesto.
—Sí… Continúa.

Noté algo húmedo y tibio en las rodillas y, al echar un vistazo, vi que era sangre. Me aparté, asustado.

—Es normal… Olvídalo.
—P-Pero…
—Ven, Ladislav… No me abandones.

Aunque no podía dejar de pensar en la sangre de Spomenka, al final eyaculé dentro de ella en un baile frenético de cuerpos ciertamente extraños. Ella no había dejado de mostrar aquel gesto de dolor por muy cuidadoso que había sido.

—¿Lo has hecho dentro?
—Sí… —dije extasiado sobre sus senos fríos.
—¿Estás seguro?
—Sí…
—Está bien. Durmamos ya, Ladislav —dijo mientras me apartaba con suavidad.
—¿No quieres que continuemos…?
—Estoy agotada, amor mío. Hoy ha sido un día muy intenso.

Hubo un extraño silencio. Dudé pues yo desconocía por completo cómo funcionaba el cuerpo de una mujer.

—Buenas noches, Spomenka… Te… quiero.
—Yo también te quiero, Ladislav. Gracias por ser tan gentil conmigo.

Nos dimos un último beso antes de quedarme dormido.


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