La noche del cisne | Capítulo 8~

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.


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Mañana, más. Feliz martes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








8. El humo en las palabras

La boda fue aplazada para un año después. El Inspector Dornik finalmente confirmaría que la muerte de Sanel y de Karlo había sido un desafortunado accidente. Todas las pruebas habían sido concluyentes y por ello el caso fue cerrado en menos de un mes. Mi tío Patrick llegó a Nueva Alejandría con varios tutores que se encargarían de proporcionarme los conocimientos en finanzas y legislación que debía adquirir para administrar nuestro floreciente patrimonio y también Nueva Alejandría. Mis hermanos habían logrado enderezar la maltrecha situación en que había dejado Klaudio nuestra modesta fortuna. Mi obligación a partir de ahora sería velar por ella y hacer todo lo posible porque a mi familia no le faltase de nada. Pero yo odiaba los números, el lenguaje jurídico y la ausencia de pasión en los textos y documentos legales que se apilaban sobre el escritorio de mi nuevo despacho. ¿Dónde habían quedado las musas de la música, de la literatura, del arte? Darija se ocupaba con gran celo de que aprendiese de forma eficaz y ella fue el enlace entre mi tío y yo para que no naufragase en aquel mundo adulto lleno de problemas complejos y también tediosos. Después de tanto tiempo, he de reconocer que, aunque era muy estricta y dura conmigo, no buscó otra cosa que mi bienestar. Seguramente por el afecto que desde el principio mostraron mis padres cuando la demencia senil aún no les había dañado. Pero lo cierto es que era un pésimo alumno y me negaba a formar parte del mundo en que se habían desenvuelto mis hermanos. El mismo del que yo había renegado tantas veces. A pesar de mis esfuerzos por no ser parte de él, en aquel año tuve que madurar a marchas forzadas. Me había propuesto seguir adelante sin Vesna e Iskra y por aquella misma razón asistí a todos los actos de sociedad a los que fui invitado al lado de Spomenka. Quería olvidarlo todo y también alejarme del dolor que me habían producido mis primas. Pero yo me engañaba porque no podía olvidarlas por mucho que me lo propusiese. Había sabido que Vesna se había quedado embarazada, pero había perdido a la criatura debido a un aborto espontáneo. Esto ocurrió una vez más porque mi futura esposa también me mantenía al tanto de las nuevas noticias. Yo intentaba aparentar indiferencia, pero la verdad era que me moría de ganas por saber si ellas eran o no felices ahora que nos habíamos distanciado. Por su parte, Iskra se había ido a vivir a Génova donde residía la hermana de mi tío Patrick. Allí había expuesto por fin sus cuadros en diversas galerías de arte y había tenido mucho éxito. Además, se había comprometido con un joven de la pequeña burguesía y no tardaría en casarse.

—Hace mucho tiempo que el joven Ladislav no acoge a sus primas en Nueva Alejandría —dijo Darija un día—. Ahora que su cumpleaños será la próxima semana, debería hacer una gran fiesta e invitarlas.

Las palabras del ama de llaves me sonaron a reproche. Aunque iba a cumplir diecinueve años, me seguía tratando como si aún fuese un niño. ¿Cuándo iban a dejar de considerarme como tal?

—No habrá fiesta ni celebración de cumpleaños —dije malhumorado.

No obstante, el día que cumplí los diecinueve años Spomenka y mi tío me sorprendieron con una fiesta en Nueva Alejandría. Había pasado toda la tarde en Dubrovnik. Estuve vagando solo por la ciudad y, aunque vi que el circo estaba instalado en la Plaza de las Flores, di media vuelta y me marché a la ribera del río. Allí había algunos retratistas que, por una moneda pequeña de plata, ofrecían sus mejores habilidades. Los había visto varias veces, pero nunca había sentido curiosidad por sus dibujos porque solo me habían interesado los paisajes que había dibujado Iskra en el pasado. Suspiré y volví a sentirme desdichado. Las finanzas no estaban yendo bien. No quería estar rodeado de números y de leyes financieras. Mi desidia haría que, poco a poco, la pequeña fortuna que habían hecho mis hermanos iría menguando por la torpeza con la que la manejaba. No había nacido para aquello, no era capaz de hacer dinero ni de conservarlo. Ya en Nueva Alejandría, bajé del carruaje y abrí la verja para ir andando hasta la entrada. Ahí fue donde todos gritaron mi nombre para dar comienzo a una fiesta en la que me sentía un extraño. Sin embargo, forcé una sonrisa y agradecí a los más de cincuenta invitados su presencia. Allí estaban Spomenka, Vesna y mi tío Patrick quienes me agasajaron con regalos y palabras llenas de buenos deseos. Después de hablar un rato con mi futura esposa, agarré una botella de champán y me encerré en mi habitación. Ya era mayor de edad, así que podía beber todo el alcohol que quisiera. Pero no quería beber alcohol. Yo quería que Sanel y Karlo regresaran. Que mis padres fueran aquellos Klaudio y Danica que -desde pequeño- me habían amado, querido tanto. Deseaba enormemente que me protegiesen del mundo que había comenzado a conocer de la forma más violenta y dolorosa. Quería perder el conocimiento. Contemplé la botella de champán. Pero entonces recordé a Radovan y su beso miserable, la burla de aquel hombre que me había hecho creer que era como él. Iskra había sido una tonta y yo más aún por haber creído en sus teorías absurdas. Iba a descorchar la botella cuando alguien llamó a la puerta.

—Ladislav, soy yo —dijo Spomenka—. ¿Puedo pasar?
—Quiero estar solo, por favor…

Mi prima volvió a insistir, pero yo no quería ver a nadie. Contemplaba la botella con la mirada perdida y desde algún lugar de mi memoria quise rescatar los recuerdos que conservaba de mis hermanos, de mis padres. Empecé a llorar en silencio cuando dejé de oír la voz de Spomenka al otro lado de la puerta. Abrí el alcohol y, sin pensarlo más, bebí un trago. Cuando desperté, estaba tirado sobre el suelo. Miré y vi la botella casi llena. Todo daba vueltas y los objetos parecían aumentar o disminuir de tamaño con cada movimiento de mi cabeza. Tenía jaqueca. Me incorporé, pero enseguida tuve náuseas. Fui rápidamente al lavabo, tosí y vomité la pequeña cantidad de alcohol que faltaba en la botella. Me senté en el suelo, incapaz de mantener la cabeza erguida. Tosía y el ruido de fondo se hacía cada vez más y más insufrible. Podía oír la música deformada en mis oídos que llegaba desde el salón. De repente volví a despertar. Continuaba sentado en el suelo del baño. Por fin pude incorporarme y me lavé la cara. Salí al pasillo tambaleándome un poco y anduve hasta el balcón de la habitación de mi hermano Sanel. No había entrado en ella desde entonces, pero algo me decía que había llegado el momento. Extrañaba muchísimo a mis hermanos, sobre todo ahora que tenía buenas noticias. La habitación conservaba el mismo aspecto que cuando la utilizaba Sanel. Había decidido que era la mejor manera de honrar su memoria, así que de algún modo sentí que aún vivía allí, con nosotros. Avancé hacia el balcón, pero empezó a sonar una melodía que ya había oído antes. Me giré enseguida.

—Sabía que al final sería un apuesto muchacho —dijo Radovan al cerrar la puerta con calculada precisión.

Se había sentado y agitaba el alcohol de la copa con suaves movimientos mientras la cajita de música reposaba sobre su pierna. Parecía como si estuviera esperando mi reacción airada. Yo comenzaba a estar seguro de que él podía incluso oler cuánto lo aborrecía.

—Le señalé que no era bienvenido en mi casa —dije junto al balcón.

El aire que entraba me había devuelto los ánimos y sentí que recuperaba mis fuerzas. Miré al hombre. Solo quería que se marchase. Aún sonaba la melodía de la cajita de música.

—Lo sé, pero hoy es la fiesta del anfitrión y he sido invitado —dijo con aquella sonrisa impertinente—. Spomenka insistió tanto que no podía ser desconsiderado y rechazar semejante proposición.
—¿Qué quiere? ¿Por qué me persigue?

Radovan no respondió a mis preguntas ni a mi tono ofensivo. Ahora parecía muy concentrado mientras oía la melodía como si fuese la primera vez. Tuve la impresión de que recordaba algo agradable porque vi cómo en algún momento de la sencilla composición sonreía de forma involuntaria.

—¿Qué hace en la habitación de Sanel?
—Ojalá hubiera tenido antes este valioso objeto —dijo antes de acariciar la cajita para cerrarla con sumo cuidado. Se la guardó en el bolsillo de la chaqueta y se alzó para acercarse—. Si no me ama, no existo; pero ahora me conformo con que me odie.

Por fin vi sus ojos frente a los míos. Uno azul como el crudo acero de sus palabras hirientes y el otro negro como el de la moral de sus actos. Radovan se desanudó el pañuelo blanco que llevaba en el cuello y tomó de la copa de vino un pequeño sorbo.

—Puedo denunciarle a la policía y a su amigo francés.
—¡Oh! Veo que aún recuerda a Fabien… ¡Sucio francés! Al final todos los franceses son iguales: unos cerdos viciosos —dijo con desagrado—. Ahora no tengo pareja. En realidad, he renegado de los hombres.

Sonrió con sarcasmo y a continuación bebió un largo trago sin quitarme aquellos ojos vidriosos de encima. Su mirada me inquietaba, casi podía sentir su aliento junto al cuello.

—Si quiere denunciarme a la policía, adelante. Cumpla su palabra y no amenace con que va a hacerlo —dijo señalando la puerta—. No obstante, sabe muy bien que no lo hará. Pondría en un grave aprieto a la familia de Spomenka y deduzco que es lo último que desea. Las tengo todas conmigo. No sea ingenuo.

Aunque me enfurecía mucho, tenía razón. Me impacienté e intenté salir de la habitación. Aquella conversación me sacaba de quicio.

—¿Ya se va? —dijo acercándose más.
—Quiero que salga de mi casa, que no se cruce más en mi camino —dije sintiendo el cuerpo tenso—. ¿A qué huele…?

De pronto, había llegado un aroma extraño. Una fragancia que no se asemejaba a nada que hubiese conocido antes. No sabría describirla, pero era penetrante y recia como si fuese sólida.

—¿Cruzarme en su camino? ¿No será al revés? —dijo esta vez con tono animado—. Tal vez sea la madera de sándalo de la que está hecha la cajita de música… ¿Le gusta?
—No… Sí… —dije algo confundido por la dirección que estaba tomando la conversación.
—¿Cómo se llama? Nunca me ha dicho cuál es su nombre.
—Sabe muy bien cómo me llamo.
—Pero no nos han presentado debidamente. No he tenido la ocasión de oírlo de sus labios… ¿Por favor?

Su rostro había cambiado. Daba la impresión de que había recordado algo que le entristecía. Sin saber cómo, mi alma se calmó y la figura de Radovan dejó de resultar amenazadora.

—Mi nombre es Ladislav.
—¿Puedo pedirle un último favor, Ladislav?

Sus palabras me desconcertaron. ¿Un último favor?

—Me gustaría que me perdonase, Ladislav.
—¿Perdonarle…?
—Hace algún tiempo le gasté una broma vulgar. Algo impropio de mí, créame. Se lo juro. Fue en el bosque, durante el banquete de bodas de Eugen y de Vesna.

No lo había olvidado. Era paradójico cómo de nuevo aquel incidente regresaba a mis pensamientos con la horrible sensación de que se había llevado una parte de la felicidad en la que había vivido hasta entonces.

—Perdóneme si le causé algún malestar. No tuve en cuenta sus sentimientos, me burlé de usted, de un joven que no podía defenderse y… Aquel día yo estaba resentido con Fabien, había discutido con mi hermano y también porque mi difunto padre… Bueno, no es el momento de hablar de mis problemas personales, pero… me arrepiento mucho de haberme desquitado con usted.

No sabía qué decir. Aquel beso me había torturado durante muchos días y largas noches. Había arruinado mi relación con Iskra y también me había llenado de inseguridades, de miedos desconocidos hasta el momento. Por todo ello, no quería perdonarle. Desde aquel día, había odiado a Radovan como si no tuviese más propósitos en la vida. Pero, si yo confesaba todo aquello, sabía que le estaba otorgando un poder sobre mí que me negaba a que lo ejerciera. ¿Debía entonces aceptar sus disculpas? Radovan parecía afligido y descubrí que acariciaba el bolsillo de la chaqueta donde había guardado la cajita de música. Fruncí el ceño.

—¿Por qué… ahora?
—¿Y por qué no ahora? —dijo muy cerca de mí mientras clavaba su espiral de azul y negro en mis ojos—. No es fácil asumir que a veces cometemos los errores más estúpidos. Nos hace un poco más vulnerables.

De repente oí la música, en el salón de la planta baja. No había reparado en ella hasta entonces. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Imaginé a Spomenka divirtiéndose, radiante en aquel día que se suponía tan feliz para los dos. A pesar de ello, sentía que aún había alguna nota discordante en mi vida que no terminaba de localizar. ¿Era aquella nota Radovan Broz?

—Mire, solo he venido para presentarle mis más sinceras disculpas —dijo antes de encender un cigarrillo que extrajo de una discreta pitillera de metal gastado—. En realidad, he de marcharme pronto. Mañana voy a Zadar y...
—¿Me… da uno? —dije al sentir que ya tenía la edad para fumar. Estaba cansado de que todos me tratasen como un niño.

No sé cómo, de pronto me encontré fumando con Radovan en el balcón de la habitación de Sanel. Me ahogaba y no podía dejar de toser. Mis ojos lloraban, la garganta ardía. Fumar era absurdo y no comprendía qué tenía de especial.

—Solo tiene que acostumbrarse —dijo el primo de Spomenka—. Al principio uno se marea, tose y no sabe cómo retener el humo; pero después se habitúa y lo hace de forma natural.

Radovan me dio algunos consejos más mientras observaba cómo fumaba con desenvoltura. Sus pómulos se encogían cada vez que inhalaba con intensidad, sus ojos se volvían aún más turbios. Cuando iba por mi tercer cigarrillo explicó cómo retener el humo en los pulmones para que pudiera expulsarlo sin asfixiarme. Un rato después, aquel juego de aspiraciones y expiraciones era lo más fascinante que había conocido en muchos meses. No había terminado el que fumaba y tomé otro para encenderlo, pero Radovan me lo quitó de entre los dedos.

—Si fuma demasiado, acabará doliéndole la cabeza —dijo antes de beber un poco más de vino—. No sea impaciente. Solo es su primera vez.



Minutos después, oí a Spomenka pronunciar mi nombre. Salí al pasillo y le dije que estaba hablando con Radovan. Quiso unirse a nuestra conversación, así que entró en la habitación. El otro le ofreció un cigarrillo nada más llegar. Los tres en el balcón, contemplábamos a algunos invitados en el jardín y los manzanos en flor. Sin darme cuenta me había olvidado de toda mi congoja anterior y de alguna manera me sentí un poco más aliviado.

—¿Quieres que te cuente un secreto, Radovan? —dijo Spomenka de pronto.

Yo estaba junto a ella, enroscando los dedos en sus cabellos rizados que caían sobre su espalda cubierta por una tela semitransparente. Olían especialmente bien y, como estaba un poco mareado, mi cuerpo reaccionó y quiso sentir el de mi prima atado a él. Sonreí mientras dejaba escapar el humo del cigarrillo.

—Estoy muy feliz porque al fin podré casarme con Ladislav. Tú sabes muy bien lo que he sentido por él desde entonces —dijo después de agarrarse a su brazo.
—No sabes cuánto me llenan tus palabras —dijo acechándome con aquella mirada inquietante cuando la abrazó—. Te aseguro que no todo el mundo puede decir lo mismo.

Spomenka sonreía como lo haría una niña que sabe que ese día es su cumpleaños. Sus labios curvados la delataban y después se abrazó a mí para extenderme su provocador perfume por el cuello, los labios, las mejillas. Estaba enamorada de alguien equivocado. En realidad, seguía amando a Vesna y, aunque también la odiaba sin misericordia, no era menos cierto que soñaba con ella cada noche. De repente, Radovan me abrazó. Su presencia había llegado a ser un poco más agradable, pero aquello me parecía precipitar los acontecimientos. Aunque se había disculpado por el beso, todavía desconfiaba de él. Otra vez su perfume, aquel que ya casi había olvidado, desgarrándome las entrañas del recuerdo. Había algo en aquel hombre que despertaba mi desconfianza como nadie antes lo había hecho, ni siquiera Eugen. No obstante, mi prometida y él parecían llevarse tan bien que una parte de mí intentaba acallar a la otra para dejar de sentirme intranquilo ante la presencia de Radovan. ¿Sabía Spomenka quién era realmente su primo? Pero, por otro lado, ¿no había aprendido que si le confesaba aquel oscuro secreto podía perderla como ya sucedió con Iskra? No deseaba por nada del mundo romper mi futuro enlace con la hermana de Vesna ni renunciar al placer que su cuerpo tenía guardado solo para mí. Después de todo, ¿qué sabía yo de la vida de Radovan?

—Voy al salón —dijo Spomenka.
—Voy contigo…
—No, quédate aquí con mi primo, Ladislav. Mañana se va al norte y le vendrá bien charlar contigo.
—Solo será un momento, querida prima —dijo Radovan—. No quiero robarte a tu futuro esposo por mucho más tiempo.

Cerró la puerta después de irse y volvimos a quedarnos a solas. No terminaba de acostumbrarme, pero quería demostrar que era valiente, que ya era un adulto.

—¿Por cuánto tiempo estará en Zadar? —dije para romper aquel incómodo silencio.
—Vendré una semana antes de la boda. No quiero perdérmela por nada del mundo.

Otra vez el silencio. Tenía que buscar rápido otra pregunta antes de que el nerviosismo y la desconfianza tomaran las riendas de mi cuerpo.

—Aún no ha dicho si me ha perdonado —dijo exhalando el humo de un nuevo cigarrillo—. ¿Tengo su perdón, Ladislav?
—S-Sí… —dije sintiéndome entre la espada y la pared.

Mi compromiso con Spomenka lo cambiaba todo y fui consciente de que Radovan, tan cercano a ella, estaría presente en mi vida a partir de entonces. Pero aquello también suponía plantearme algunas nuevas preguntas.

—Spomenka es la persona a quien más quiero —dijo como si hubiera empezado a recordar—. Cuando éramos solo unos niños, antes de mudarme a París, siempre estábamos juntos y decíamos que nos casaríamos. Incluso hicimos una promesa. Es mi prima favorita.

Radovan, al ver mi cara de desconcierto, rio a carcajadas. Fruncí el ceño mientras aguardaba a que continuase.

—Spomenka cambió de opinión tiempo después de conocerle, Ladislav. En las cartas que me mandaba a París solo tenía palabras maravillosas para usted. Además, sabe tan bien como yo que no hubiese sido un buen esposo. Desde que está prometida, es como si hubiera vuelto a ser una niña pequeña. Es como si hubiera nacido de nuevo. Me alegro tanto por ella que he de agradecérselo a usted, Ladislav.

Me sentí un poco culpable, y también confuso. Spomenka parecía haber logrado lo que yo con tanto anhelo deseaba. Sin embargo, aún no lo había conseguido. De hecho, empezaba a dudar porque los acontecimientos de los últimos años me habían transformado hasta tal punto que había dejado de creer en las hadas.

—¿Quiere otro? —dijo antes de ofrecerme la pitillera—. ¿Qué hará con mi secreto? ¿Se lo llevará a la tumba?

Comencé a toser y el humo del cigarrillo me bloqueó la garganta. Después imaginé a una Spomenka más joven escribiendo sobre mí a Radovan. Quería olvidar que era de aquellos hombres confusos que, por alguna extraña conspiración de la naturaleza o del mismísimo Diablo, se encontraban ocultos entre todos nosotros.

—Sé que puedo confiar en usted —dijo al tiempo que me estudiaba con sus ojos de colores desiguales—. No sé qué es exactamente, pero tiene algo que me empuja a hacerlo. ¿Qué es, Ladislav?

Radovan hablaba como si por un momento pensara en voz alta. La confianza con la que ahora lo hacía me molestaba. Demasiado.

—Solo tiene diecinueve años, aún le queda toda una vida para desilusionarse. Ojalá nunca lo haga, Ladislav. No sea como yo. No deje que la vida le supere, que le insensibilice. Es demasiado hermoso para que el futuro se lo trague.
—Yo… yo no soy hermoso… ni soy como … usted… —dije muy serio.

Me desagradaba cuando mostraba aquel lado que había visto por error. Sanel me lo había dicho: si un hombre agasajaba a otro con semejante tipo de palabras, no era de fiar. Ojalá pudiera ir hacia atrás en el tiempo y borrar para siempre de la retina aquel asqueroso beso.

—Es cierto. Siempre me lo recuerda —dijo con una pequeña sonrisa triste y exhalando como si se tratase más bien de un suspiro—. Doy gracias a Dios de que sea así, Ladislav. Ojalá nunca tenga que pasar por mi misma experiencia, por lo que he vivido... Conoce mi nombre, pero no mi historia personal.

No hacía falta que Radovan insistiera. Yo tenía la seguridad absoluta de que jamás, nunca sería como él. Lo hubiera jurado sobre las lápidas de Sanel y Karlo una y un millón de veces.





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