La noche del cisne | Capítulo 7~

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.


Hoy lunes retomamos la serie de entregas de los capítulos de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

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El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz lunes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.









7. La carta de la ira

Después de aquel día, Iskra y yo dejamos de hablarnos. Mi prima no había atendido a razones y, tras amenazar con contárselo a mis hermanos, me previno de acercarme a ella. El incidente del beso de Radovan había traspasado las fronteras de mis labios lacrados y por ello fue casi imposible negar que yo era como él. Pero, ¿acaso lo era? ¿Ser besado por un sodomita me convertía automáticamente en uno? Iskra había afirmado con tanta vehemencia que era como Radovan y Fabien que llegué incluso a pensar que tal vez tenía razón. Pasaron varias semanas y a partir de entonces comencé a escribir con más asiduidad en mi diario secreto. Me di cuenta de que, poco a poco, lo que confesaba en aquellas páginas desnudas dejaban de ser trivialidades para convertirse en asuntos más graves. No tenía con quién hablar, pero tampoco estaba seguro de si sería capaz de compartir aquellos secretos con alguien más. El mismo día que discutí con Iskra, Sanel y Karlo se habían marchado a Zadar para afianzar algunos negocios. Pero varios días antes del regreso de mis hermanos de la capital, recibimos una carta de Vesna. Desayunaba en el comedor junto a Danica y Klaudio, y Darija trajo la correspondencia. En ausencia de Sanel y Karlo, yo era el responsable de Nueva Alejandría así que pude abrirla personalmente. La leí con ojos ávidos, buscando mi nombre al lado de un “te quiero” o “te echo mucho de menos”, deseoso de que me confirmara que se arrepentía de haber elegido a Eugen en mi lugar, impaciente por saber el momento exacto en que había comprendido su gran error. Pero Vesna no había escrito nada semejante. Todo lo contrario. De su puño y letra, mi prima relataba las maravillas arqueológicas que había visto en Viena o en Praga en compañía de su “amado esposo”, lo bello que era estar casada, lo feliz que se sentía al lado de Eugen, lo afortunada que era junto al hombre que amaba tanto. Ni una alusión hacia mí. Nada.

—¡Quiero comer patatas! —dijo Klaudio de repente.
—Sí, … padre... Ahora… ahora se las traerán —dije sin mirarle mientras arrugaba la carta y apretaba la mandíbula. Tenía que contener mi enfado delante de mis padres, aunque recuerdo que el aire se transformaba en azufre.
—¡Quiero ir a Dubrovnik! Necesito comprar lana para haceros unos guantes porque pronto será navidad —dijo esta vez Danica.

Me levanté de la mesa y salí inmediatamente del comedor. Tenía que ir a Nueva Atlántida cuanto antes. Me sentía vilipendiado, burlado, engañado, despreciado, herido. No había palabras suficientes para describir la forma en que Vesna había hecho de mí el hombre más infeliz del mundo. Por vez primera vez la odié con todos mis sentidos. Y sentí que la odiaba tanto que mi corazón supo aquel día lo que era el deseo de venganza. Montado en mi caballo Ulises, llegué poco después a la casa de mi tío Patrick. Sonaba el piano desde las escaleras de la entrada y supe enseguida que estaba dentro. Me recibió enseguida. Apenas habíamos hablado desde aquella vez en que la rechacé, pero no me importaba porque tenía algo muy importante que decirle.

—¿Qué quieres, Ladislav? —dijo un poco incómoda cuando estuvimos a solas en el salón.

Aunque la relación estrecha que había tenido con Vesna o Iskra había acabado casi por completo, la que me unía con Spomenka había sufrido un extraño revés. Si bien sus hermanas se mostraban al mundo tal cual eran, la mayor de mis primas era una muchacha reservada, silenciosa que se había mantenido ciertamente al margen de toda aquella maldita vorágine que viví cuando tuve diecisiete años.

—Creo que ya sabes por qué estoy aquí. He reflexionado durante las últimas semanas y creo que cometí un grave error —dije tomando sobre la mano uno de los escarabajos azules egipcios que tanto amaba Spomenka.

Al oír mis propias palabras, yo no salía de mi asombro. Ella parecía un poco turbada de que estuviese allí porque no me miraba a los ojos, se había retraído sobre el sofá y enlazado las manos para apaciguar sus dedos temblorosos. Entonces, supe enseguida que aún sentía algo por mí. Sonreí por un instante, satisfecho por comprobar que aún estaba a tiempo.

—¿Puedo… puedo besarte? —dije casi susurrando.
—¡Ladislav…! ¿C-Cómo puedes venir… h-hasta aquí después de que me rechazaras…? ¿Después de saber que… amabas a mi hermana?
—¡Lo sé! He sido un idiota —dije con voz un poco afectada—. Lo siento tanto…

No podía creer que aquel fuese yo. Dejé el escarabajo junto a los otros y la miré detenidamente a los ojos. Suspiré.

—Dime, ¿te casarás conmigo, Spomenka? ¿Podrás perdonar… a este estúpido muchacho?
—Dijiste que amabas a Vesna…

Mi prima parecía dudar. Algo dentro de mí me animaba a continuar porque estaba seguro de que ella accedería. Sus ojos, sus titubeos. Caminé hacia la mujer y le tomé de la mano para besar con calculada sensualidad sus mejillas coloradas.

—Ladislav… —dijo avergonzada.

Ahora tenía muchas ganas de besar sus labios, de conocer su cuerpo lozano y adulto unido al mío, descubrir la redondez de sus senos bajo el corsé que ocultaba el vestido añil que realzaba sus curvas femeninas. En realidad, era como si por fin hubiese descubierto a la mujer que había en la joven que tenía delante.

—¿Es q-que ya… no sientes nada por… Vesna?

Incluso su voz me empujaba a querer lamer sus dedos, sus piernas desnudas. Me mordí el labio.

—No. Ya no la amo, Spomenka. He comprendido que tú y yo estamos hechos el uno para el otro.

Si Vesna era feliz con otro hombre, yo iba a serlo junto a otra mujer: su hermana. Cada palabra trazada en aquella carta era una burla enmascarada que me había escrito de su puño y letra. Incluso la imaginaba redactándola junto a Eugen mientras no dejaban de reírse de mí. Detestaba a mi prima. La detestaba con tanta vehemencia que las sienes me hervían. ¿Cómo no me había dado cuenta hasta entonces de lo malvada que era?

—Esa es la razón por la que estoy aquí, Spomenka. Tú y yo. ¿No te das cuenta?

No estaba enamorado de ella, pero por otro lado comenzaba a gustarme la idea de que nos casáramos. Al fin y al cabo, era lo que desde pequeño había deseado: estar junto a mis primas para siempre, aunque fuese solo con una de ellas. Vesna e Iskra se habían marchado de mi lado, pero Spomenka era la única persona que quedaba de mi mundo ahora extinto. Tenía que impedir que desapareciera y creí que la única forma era casándonos.

—A-Acepto, Ladislav —dijo esbozando una tímida sonrisa.



La boda fue fijada para el final del verano. Mi tío Patrick nos dio el beneplácito para contraer nupcias. Como aún disfrutábamos de las tardes cálidas, habíamos decidido que el banquete tendría lugar en el jardín de Nueva Alejandría. Vendrían muchos invitados y mi casa volvería a ser aquel lugar lleno de felicidad que tanto había extrañado. Aunque Klaudio y Danica no eran plenamente conscientes de lo que iba a suceder, yo pensaba que ahora sería feliz solo con observarlos. Los tenía a mi lado y, pasase lo que pasase, eran mis padres. Sin embargo, a un mes de la celebración mis hermanos debían viajar de nuevo a Zadar. Nos habíamos despedido en la noche porque el tren partía muy temprano.

—Ya tienes dieciocho años… ¿serás capaz…? —dijo Sanel frunciendo el ceño delante de mí.
—Déjalo, no nos queda más remedio… —dijo Karlo.
—¿Y si te quedas tú…? No me quedo tranquilo cuando los dos vamos a Zadar y él se queda aquí…
—Estoy seguro de que Ladislav puede ocuparse de la casa en nuestra ausencia… No es tan difícil. De todas formas, y para que te quedes más tranquilo, Darija tiene mis instrucciones. Ella sabrá qué hacer en caso de que se presente algún asunto urgente.

Yo no prestaba demasiada atención. Nueva Alejandría sería heredada por Sanel, y Spomenka y yo nos mudaríamos a Dubrovnik después del enlace. Solo pensaba en la boda y en cómo vengarme de Vesna casándome con su hermana. A la mañana siguiente Darija llamó a la puerta de mi habitación muy temprano.

—¡Joven Ladislav…! —dijo entre sollozos—. ¡Ha sucedido algo terrible!

Me desperté e incorporé rápidamente, confundido aún por el sueño.

—Sus hermanos… sus hermanos han sufrido un accidente… —dijo tomando grandes bocanadas de aire en cuanto abrí.

La mujer apenas lograba respirar. Tenía los ojos rojos.

—¿Qué… qué ha sucedido? —dije sintiéndome un poco mareado.

Darija comenzó a llorar de forma desconsolada y se derrumbó sobre el suelo. Enseguida la agarré de los brazos, asustado por la suerte de mis hermanos.

—¡Contesta! —dije ante los llantos de la mujer que se negaba a responder.
—¡Qué desgracia!
—¿Qué ha sucedido?
—Sanel… y Karlo… han…
—¿Qué… ha pasado?

Mi voz tembló ante el escalofrío que recorrió mi espalda.

—No… han… sobrevivido.

El ama de llaves rompió a llorar más fuerte y la dejé caer al soltar sus brazos, fulminado por la noticia.

—El carruaje donde viajaban esta mañana fue arrollado por un tren… ¡Pobres niños míos…! ¿Por qué lo has permitido, Dios mío…? ¿Por qué…? Sabes que ellos no se lo merecían…

Sin pensarlo dos veces, corrí hasta el salón. Me negaba a creer que aquello estuviese sucediendo. Tenía que hablar con alguien para cerciorarme de que Sanel y Karlo estaban bien, de que aquello debía ser un desafortunado error.

—Esto no puede estar pasando… —dije una y otra vez.

Mientras corría como un poseído, noté cómo me dolía el pecho y la vista se nublaba. Los sonidos se ralentizaban, mis oídos dejaron de percibir lo que sucedía en el exterior y yo solo oía las palabras de incredulidad que repetía sin cesar. ¿Por qué todo se desmoronaba a mi alrededor? Poco después el mayordomo avisó de que el Inspector Dornik aguardaba en el salón. No quería ver a nadie y, por un momento, comprendí que la demencia senil de mis padres les protegería del dolor más demoledor que podrían sufrir: el de sobrevivir a sus dos hijos mayores. Ojalá hubiera perdido yo también la razón el día que Vesna decidió alejarme de su lado.

—Mis más sinceras condolencias, Señor Dragovic. Lamento lo sucedido —dijo el hombre después de presentarse.

Permanecí en silencio, aguantando las ganas de llorar a duras penas. Me dolía la cabeza, no dejaba de preguntarme por qué una y otra vez. Iba a volverme loco.

—Tome —dijo antes de ofrecerme su pañuelo.
—¿Qué quiere?
—Soy del todo consciente de que no es el mejor momento, pero he de comunicarle que estamos investigando lo sucedido—dijo antes de hacer una pausa mientras se atusaba el largo bigote que tenía. Carraspeó—. Todo parece indicar que una de las ruedas del carruaje quedó atrapada entre las vías del tren. De todas formas, hemos localizado al maquinista y esta misma tarde procederemos al interrogatorio.

Apenas oía sus palabras. Me sentía completamente destrozado. Sanel y Karlo… Ya no volvería a verlos nunca más. Nunca más. Con dieciocho años había perdido a mis dos hermanos. Las lágrimas me quemaban el rostro y lo hundí en el pañuelo.

—Ladislav, ¿quién es este señor? ¿Por qué estás llorando? —dijo de pronto mi padre.

Había aparecido sin hacer el menor de los ruidos. Inmediatamente, contuve el aliento y fui a recibirlo. Andaba un poco encorvado, pero enseguida se sentó en el sofá.

—¡Oh! Usted debe ser el cabeza de familia de los Señores Dragovic, ¿verdad? Permítame que me presente. Soy el Inspector Dornik.
—¿Quiere patatas? ¿Un inspector? ¿Conoce a mi hijo Ladislav? —dijo un poco preocupado—. No habrás hecho nada malo, ¿verdad?

Klaudio me vigilaba con sus ojos estriados por la rudeza del tiempo. Aún me resultaba difícil reconocer a mi padre en aquel ser extraño en el que la enfermedad lo había transformado.

—No, Señor Dragovic. Su hijo no ha hecho nada que justifique que hoy esté aquí. Es solo que… hemos encontrado a su caballo.
—¿Su caballo?
—Sí, se escapó anoche. Por eso ha venido el inspector, para decirnos que ya lo han encontrado. Esa es la razón por la que estoy llorando. Porque por fin ha regresado a casa Ulises, el caballo que usted me regaló, padre.
—¿Qué yo te he regalado un caballo? ¡Eso no puede ser!
—Sí, usted me lo regaló cuando yo tenía siete años —dije desalentado.

Aunque intentaba contener las lágrimas, algunas se deslizaban silenciosas por mis mejillas enrojecidas. Me sentía tan solo y desvalido que pensé que nunca volvería a sonreír. Aguardamos hasta que mi padre salió del salón cuando le dije que todo se había arreglado.

—Le mantendré informado de cualquier novedad en la investigación, Señor Dragovic —dijo mientras se levantaba del sofá donde permanecíamos sentados—. Vuelvo a presentarle mis más sentidas condolencias. Quiero que sepa que los tendré en mis oraciones.
—Gracias …
—Aférrese a sus seres más queridos. Ellos le ayudarán en estos momentos tan difíciles.

Darija aguardaba fuera y acompañó al inspector hasta la salida.

—¿Mis seres más queridos…? —dije sintiéndome el ser más desgraciado de todos.



Mi tío y mis primas llegaron al mediodía entre llantos y lamentos. Venían acompañadas por Eugen y por Radovan. Me había derrumbado en el sofá mientras lloraba abrazado a la fotografía donde aparecía con Sanel y Karlo. No había podido despedirme de ellos. Me arrepentía de haberles llamado idiotas en mi diario, de haberles ignorado cuando me reprendían, de no haber intentado comprenderlos, de no haber hecho todo lo posible por haberme llevado bien con ellos.

—¡Mi querido Ladislav! —dijo Vesna abrazándome mientras lloraba junto a mi hombro—. ¿Por qué han tenido que irse? ¿Qué va a ser de ti?
—Vesna…

El perfume de mi prima era como la más perfecta de las anestesias porque, nada más penetrar hasta el fondo de mi ser, neutralizó el odio que había sentido por ella. Me arrojó a los años pasados. Aquellos años donde la había amado en secreto, donde quedé impactado por la historia de Violeta y Alfredo y por ello juré que nada me separaría de ella, aquellos años donde su sonrisa había hecho de mí el niño más feliz de todo el mundo. Aunque me avergonzaba pensarlo, la Vesna que tenía ahora delante ya había sido mancillada por el cuerpo de Eugen. Me los imaginé juntos, desnudos sobre el lecho nupcial, compartiendo la intimidad más absoluta. Una parte de mí quería gritarle que la odiaba, que por su culpa Sanel y Karlo estaban muertos. Pero entonces vi a los hermanos Broz. Una enorme ola de rencor empezó a morder mi corazón y noté cómo me abrasaba de pies a cabeza. Quería que se marcharan de mi casa, que no regresaran nunca más. Eugen me había separado para siempre de Vesna, y Radovan de Iskra.

—Nos quedaremos contigo —dijo mi tío Patrick—. No podemos permitir que…
—No. No es necesario que os quedéis aquí —dije mientras dejaba los brazos de porcelana de mi prima a un lado—. Tengo que superarlo solo.

Yo tenía únicamente dieciocho años. No sabía cómo iba a afrontar aquella nueva vida donde, de pronto, debía convertirme en el adulto que tenía que representar y administrar nuestro apellido y también Nueva Alejandría. Desconocía por completo aquel nuevo mundo y comprendí que jamás lo conseguiría. Sin embargo, me había dado cuenta de que ya no había vuelta atrás. Pero, ¿estaba yo preparado de verdad?

—No puedes quedarte solo, Ladislav —dijo Spomenka—. No te mereces pasar este revés sin nadie a tu lado. Vendremos a verte todos los días.
—Me encargaré de todo, Ladislav: del funeral y de las gestiones necesarias —dijo mi tío Patrick.
—Debemos estar más unidos que nunca. Estoy segura de que es lo que hubieran deseado Sanel y Karlo.
—Ladislav… —dijo Vesna acariciándome el cabello.

Mi prima era un ser cruel. Tan cruel que, mancillada por los dedos de otro, su belleza se había transformado para hacer de ella una mujer divina como las faraonas que ella admiraba. Sus ojos brillaban de otra forma, sus labios eran más rosados, sus pechos más redondos y toda su piel parecía mucho más tersa y suave. Era doloroso comprobar cómo su imperfección, haber sido desposada por otro hombre, la hacía más inalcanzable y deseada por mi anhelo inútil. No obstante, cuando fui al cuarto de baño y terminé de enjuagarme la cara, oí la melodía de lo que parecía ser una cajita de música. Salí al pasillo y encontré a Radovan sentado junto a las escaleras de la planta superior mientras parecía pensativo. Sostenía entre sus dedos una diminuta caja de música de madera a la que le había dado cuerda. Tenía la mirada perdida y por ello pensé que no me había visto. ¿En qué estaría pensando? Me sentí ligeramente intimidado, así que no me detuve y avancé hacia el salón donde aguardaban todos. No nos habíamos visto desde el incidente del beso.

—He de confesar que, después de todo, usted es un buen muchacho —dijo el hombre antes de guardar la cajita en el bolsillo del chaleco tras cerrarla—. No debería ser tan duro consigo mismo. Incluso los héroes más valientes son humanos.
—¡Déjeme en paz!

No quería aceptar las palabras de Radovan y, mucho menos, su compasión. No las necesitaba.

—No podría dejar de hacerlo ahora que conozco tan bien cómo reacciona usted —dijo él.

Lo odiaba tanto que a día de hoy incluso me sigo sorprendiendo. Había menospreciado mi masculinidad, se había burlado de ella. Me había robado parte de la inocencia que yo atesoraba.

—Sé que no puedo evitar que entre en las vidas de mis primas porque son parte de su familia, pero quiero que sepa que usted no es bienvenido en Nueva Alejandría —dije antes de darle la espalda.
—Si no me temiera, ¿qué me haría, Ladislav? —dijo detrás de mí, ya a lo lejos.





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