La noche del cisne | Capítulo 5~

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Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








5. El patito feo

Los alrededores de Nueva Atlántida, la casa de mis primas, también estaban poblados por una extensa arboleda. Yo había recorrido aquellos lugares desde la niñez, sabía cuáles eran sus lugares favoritos y además conocía muy bien el pequeño río que surcaba la finca de norte a sur. No podía contar con la ayuda de mis hermanos y me di cuenta de que debía actuar antes de que fuese demasiado tarde. Busqué a Iskra por toda la casa, pero no aparecía por ninguna parte. La celebración continuaba y el consecuente alboroto dificultaba mi búsqueda. Después de todo, solo yo había presenciado la verdadera naturaleza de Radovan. Dejé atrás la casa y avancé hacía la gran arboleda. Poco a poco, el alboroto de la fiesta daba paso al viento deslizándose con sigilo de entre las ramas. Aquel silencio me inquietaba y por un momento pensé en dar la vuelta. Estaba angustiado. Todo aquello seguía siendo nuevo para mí. Tenía la sensación de que mi vida había sido como el decorado de una obra de teatro que, después de terminada la función, era desmontado para ser guardado en un rincón. Una simple ilusión. No lograba comprender por qué había estado tan ciego. Mi mundo se desmoronaba lentamente ante mis ojos. Aquello me enfadaba y deseé con todas mis fuerzas que los Broz jamás se hubieran interpuesto entre mis primas y yo. Ellos eran los únicos responsables de que estuviese temblando, de que estuviese andando solo en aquel pequeño bosque mientras el atardecer comenzaba a nacer. Pero, ¿por qué Iskra se sentía atraída por un invertido como Radovan? Estaba claro que ella no sabía la verdad y que, lejos de confesárselo, era presa de un espejismo.

—¡Iskra! ¿Dónde estás?

Empecé a llamarla cuando divisé uno de los lugares favoritos de mi prima: un claro donde la luz del sol entraba a través de una vieja roca alargada sujeta por otras dos clavadas en el suelo. Era una especie de entrada en medio de ninguna parte que recibía los rayos del sol cuando llegaba el atardecer. Pero allí no había nadie. No había rastro de la muchacha.

—¿Y si le ha sucedido algo…? ¿Y si, por mi culpa, está en peligro…? —dije en voz baja—. ¿Y si…?

Vi a Fabien a lo lejos. Cantaba en francés mientras se tambaleaba. Era una imagen cómica y decadente a una misma vez. Llevaba en la mano una botella de champán y en la otra su copa sin fondo. Al principio pensé que Radovan no tardaría en aparecer junto a él, pero todo parecía señalar que lo estaba buscando. Me oculté tras una de las rocas del extraño conjunto para que no me viese y, sobre todo, porque pensé que me llevaría hasta el lugar donde se encontraría Iskra. Estaba plenamente convencido de que Radovan estaba con ella.

Mon petit! Où es-tu? —dijo con voz quebrada por el alcohol—. ¿Dónde estás, mi pequeño y bárbaro bastardo? ¿Es que anoche no tuviste suficiente cuando implorabas que azotase ese culo prieto que te gusta menear para provocarme?

¡Qué vocabulario tan vulgar! Jamás había oído semejantes groserías. Otra vez sentí náuseas. Con sigilo, seguí a Fabien. Anduvimos un largo trecho hasta llegar al recodo del río. El sol pronto comenzaría a ocultarse y mi impaciencia empezaba a enfadarme cada vez más. De repente, surgió Iskra ligeramente despeinada, con una flor roja en el cabello y uno de sus hombros descubierto. Pero mi sorpresa fue mayor cuando Radovan apareció enseguida. Me había ocultado detrás de un árbol.

—¿Qué haces aquí? ¿Ya se acabó el champán? —dijo con voz agria.
—¡Ah! Lo sabía… ¡Sabía que acabarías por seducirla! —dijo Fabien mientras agitaba la botella y la copa por los aires.
—No, no… es lo que parece… Radovan y yo solo estábamos hablando… Debe creer en mi palabra, señor…

Iskra balbuceaba al tiempo que intentaba recomponerse el peinado de la mañana.

—Ya has oído a mi prima. Solo hemos estado hablando —dijo con voz firme—. Regresa a tu casa y esta noche hablaremos de este desafortunado malentendido.
—Por favor, Radovan. Acompáñame a casa. Esta situación me incomoda.

Seguía detrás del árbol donde me había ocultado junto al río. No podía creer que mi dulce e inocente prima estuviese allí, que hubiese permitido que un hombre se aprovechara de ella. Incluso si era su primo. Estaba decepcionado.

—Iskra, vete a casa ahora mismo —dije por fin después de dejar atrás el árbol.

Aunque estaba asustado, reuní las fuerzas necesarias para enfrentarme a aquella desagradable situación. Tiritaba, estaba muerto de frío; pero tenía los puños calientes. Yo nunca había golpeado a nadie.

—¡Ladislav! —dijo totalmente sorprendida.
—Vete a casa. Tengo que hablar con estos dos caballeros.
—Pero, Ladislav…

No entendía por qué no me obedecía. Seguía sin reconocer a mi prima Iskra. Volví a ordenarle que se marchase, pero ella me imploró para que no le dijese nada a su padre. Estaba asustada de que fuese así y me hizo prometerle que no se lo diría a nadie. Estaba tan disgustado que no era consciente de que me aterrorizaba quedarme a solas con aquellos dos pervertidos. Sin embargo, la ira me cegaba y los deseos de proteger a mi prima eran los que, paradójicamente, me lanzaban a aquella situación incomprensible en mi corta vida. Iskra no quería marcharse y poco después rompió a llorar. Aquello me dolía más a mí que a ella. Era demasiado preciada para mí. Verla en aquel estado me conmovía y fui a darle un abrazo para decirle al oído que era una tonta, que ella se merecía un buen hombre. Dejó de sollozar y por ello me sentí un poco más aliviado. Hubo un largo silencio antes de que Radovan hablara a continuación.

—Le aseguro que su prima está diciendo la verdad.
—Usted… ¡Usted…! —dije enfurecido antes de dirigirme hacia él—. ¡Su hermano y usted tienen la culpa de todo!



Iskra por fin se marchó. Aunque notaba los puños sobre el resto de mi cuerpo aletargado, en realidad no quería golpear a ninguno de los dos hombres. Yo era más pequeño en estatura y tamaño, también en edad. No tenía ninguna posibilidad de salir airoso de una supuesta disputa.

—Si mi prima supiera quién es usted realmente, no hubiera venido hoy hasta aquí…
—Jovenzuelo, ¿qué quiere? —dijo muy serio—. ¿Nadie le ha dicho que no debería inmiscuirse en las conversaciones y asuntos de los adultos? ¿Por qué no regresa al regazo de su mamá para que le lea sus cuentos de niños?

Fabien rompió a carcajadas y me sentí tan humillado que me entraron ganas de llorar. Radovan se acercó y, temblando, retrocedí a duras penas. Me agaché y me oculté la cara con las manos, preso de un miedo que nunca había sentido.

—¿Quién cree que es para dirigirse a nosotros de forma tan grosera?
Mon petit, ¿no ves que solo es un enfant? Mírale, ¿no te da vergüenza haberlo asustado?

El francés se arrodilló a mi lado para revolverme el cabello con un gesto conciliador. Me limpié inmediatamente los ojos húmedos y tragué saliva.

—¿Nos vamos? Ya es casi de noche. Creo que por hoy ha sido suficiente —dijo Fabien—. Muchacho, le acompañaremos a casa. No le haga caso a Radovan. Tiene muy malas pulgas.

Por un momento, sus palabras me dieron un poco de confianza. Me sentí algo más seguro y comprendí que ahora podría advertir a Radovan.

—¡No quiero que se acerque más a mi prima! Usted… usted no la ama... Y-Yo sé… que u-usted… es un inver…

Me tapé la boca al ser consciente de la palabra que había estado a punto de decir. Como se acercó más y yo había agotado por completo mi escasa valía, eché a correr. Pero Fabien me atrapó enseguida y caímos contra el suelo. Rápidamente, traté de incorporarme, pero el hermano de Eugen me pisó los dedos de la mano derecha. Grité de dolor, sobre todo porque debajo había una roca puntiaguda que me rasgó la palma como si fuese una cuchilla.

—Fabien, ¿no te parece que este jovenzuelo sabe más de lo que aparenta?
Oui. Así parece ser —dijo mientras se ponía de pie—. Pero este juego me aburre.

Continuaba sobre el suelo, asustado y dolorido. Los colores del atardecer pronto empezarían a tornarse anaranjados, rojos, oscuros.

—Quiero que me… dejéis marchar… o de lo contrario… os golpearé… —dije sintiendo cómo cada palabra se me resistía.

Radovan sonrió de forma extraña ante mi desconcierto. Me senté para ver de cerca mi herida. Temblaba con la sola idea de que intentasen hacerme algo peligroso, pero tenía que ser valiente. Debía hacerlo por mis primas. Debía demostrar que ya no era un niño como creía Vesna, que había dejado de creer en hadas y en botones bajo la almohada. Sin embargo, ser valiente no era tan sencillo. Yo no sabía cómo hacerlo.

—Tiene ojos bonitos. Su cuerpo dejará de ser desgarbado como ahora —dijo Radovan al tiempo que me tomaba de la barbilla y me observaba detenidamente. Era como si por un breve instante estuviese pensando en voz alta—. Seguro que será más alto que tú, Fabien. Tal vez lo cambie por ti, francés glotón. Apuesto a que aún está enterito… —dijo antes de detenerse ante sus propias palabras.

Por un momento, el otro se cruzó de brazos, pero cuando quise darme cuenta fue hacia Radovan y le estampó contra la cara la mano abierta.

—¡Estoy harto de tus tonterías, bárbaro bastardo…!

Sin embargo, el primo de Iskra no se acobardó y le devolvió el golpe seco con la misma intensidad. Yo miraba atónito. Recuerdo que era la primera vez que presenciaba una disputa semejante e incluso aguanté la respiración pensando que sería el próximo en recibir una bofetada.

—Eres un maldito borracho.
—Y tú un degenerado —dijo Fabien mientras se acariciaba la mejilla dañada.
—Entonces, no te importará que hable un poco con él, ¿verdad?
—Haz lo que quieras. Es solo un niño, ya te lo he dicho.

Radovan se arrodilló. Me miró en silencio como si tratase de meterse en mis pensamientos. Aquel hombre llegado de París me ponía nervioso. Era extraño y no solo me refería a que era un pervertido, sino a que tenía los ojos de colores diferentes. Cuando mi madre me leía el cuento de Caperucita Roja, ella siempre decía que el lobo tenía un ojo marrón y otro azul. Sorprendido, le preguntaba por aquella rareza y Danica respondía que aquello lo había escrito el señor del cuento para advertirnos de que no debíamos fiarnos del lobo. No creía que la causa de aquella rareza en Radovan fuese un aviso de Dios, pero en aquel momento tuve serias dudas.

—¿Cuántos años tiene, jovenzuelo?
—¿Qué vais a hacerme…?
—¿Catorce? ¿Quince?
—Diecisiete… ¿Qué queréis de mí…? Yo… ¡yo no soy como ustedes! —dije para dejarles claro que no iba a comportarme como ellos—. A mí solo me gustan las mujeres.

Radovan volvió a sonreír para señalarme que la situación le complacía.

—Yo… ¡yo soy un hombre…!
—Yo también lo soy. Y Fabien.
—Ustedes… ustedes… ¡no son hombres…! —dije por fin—. ¡Son unos enfermos!
—¿Y quién le ha dicho semejante tontería?
—Mi hermano Sanel. Una vez lo oí hablar con Karlo y decían que los hombres que hacen lo mismo que ustedes son unos degenerados enfermos. Que, si algún día conocían a alguno, los denunciarían a la policía. Karlo también dijo que solo merecían que se pudriesen en la cárcel.

Saber que mis hermanos pensaban de aquella forma me daba la seguridad suficiente para creer que yo tenía la razón. Radovan desplegó una enorme sonrisa y le pidió al otro la botella de champán.

—¡Brindemos! La fiesta aún no ha finalizado.
—¿Por qué? —dijo Fabien con gesto apático—. Quiero irme de aquí.
—Vete —dijo sin despegar sus ojos de mí—. Aquí sobras, francés borracho.

El hombre masculló algo ininteligible y algunas palabras malsonantes en su lengua natal antes de dar media vuelta para alejarse.

—Por fin estamos usted y yo solos.

Entonces, Radovan comenzó a acariciarme la cara. Traté de resistirme, pero me sujetó con sus manos como garras.

—¿Sabe? He pasado casi toda mi vida en París. Ni se imagina la de cosas que he visto, que he oído, que he padecido. Pensé que aquí en Dalmacia encontraría algo más estimulante, pero veo que me he equivocado. Los Dragovic son solo un atajo de aldeanos paletos.
—¡No hable así de mi familia…! ¡Es usted un cretino…!

Radovan me empujó contra el suelo y me inmovilizó con su cuerpo. Se acercó hasta rozar con la punta de su nariz la mía. Notaba su agresivo aliento a alcohol en contraste con la delicadeza del perfume de su ropa. Sus ojos, inquietos, me miraban desde tonalidades distintas. Aquella extraña intensidad que me hacía odiarlo con cada segundo que pasaba.

—Si usted no tuviese miedo, ¿qué me haría?
—¡Manténgase alejado de mí! —dije tras cerrar los ojos—. Ya le he dicho que no soy como usted.
—Lo sé, jovenzuelo tonto —dijo como si aquella afirmación ahora le divirtiese—. No ha dejado de repetirlo y sé que está seguro de ello.

Yo rogaba para que se diera por vencido. Tragué saliva.

—Solo quiero un beso suyo. Apuesto a que es el primero que da...
—¡Ni lo sueñe! —dije antes de abrir los ojos.

En aquel momento noté los labios de Radovan pegados a los míos. Fríos, ásperos. Sujetó mi cabeza entre sus manos mientras notaba su carne gélida contra la mía. Quise gritar, pero el pánico que me mordía la lengua me lo impedía. Entonces forcejeé con toda la fuerza que aún me quedaba, invadido por la rabia de saberme avergonzado de aquella forma. Sin embargo, Radovan se adelantó y no logré esquivar el encontronazo de su lengua contra la mía. Caliente y viscosa, la introdujo moviéndola en todas direcciones mientras yo intentaba rechazarla sin éxito. Me miraba como si estuviese saciando su apetito voraz y cerré los ojos, aterrado y asqueado a una misma vez. Apenas podía respirar. La saliva se escurría por las comisuras de mis labios, notaba su cuerpo huesudo sobre mí, sus dedos de hielo aferrándose a mi mandíbula, su respiración serena junto a mi nariz temblorosa. Deseé que la tierra se abriese bajo mi espalda para acabar sepultado bajo una fosa anónima con tal de que aquello finalizase de una vez.

—Ahora puede denunciarme a la policía —dijo desde allí arriba cuando se incorporó.



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