La noche del cisne | Capítulo 15~

Hoy llega el último capítulo que compartiré de mi nueva novela, La noche del cisne. A lo largo de estas semanas he subido varios para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la novela en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.







15. Divergencias

Radovan y Alojz aceptaron la invitación de Spomenka. Había insistido y los dos aceptaron hospedarse en nuestra casa por un tiempo indefinido.

—Cuando mi primo lo conoció iba en silla de ruedas y se negaba a andar a pesar de que podía hacerlo como ahora. No quería ver a nadie, ni siquiera salía de su casa —dijo mi esposa poco antes de meternos en la cama—. También me ha dicho que el Señor Vukoja llevaba prometido seis años con una señorita de Zadar antes del desdichado accidente, pero luego entró en un profundo estado de melancolía y renunció a su prometida. Ella no quería abandonarlo porque deseaba permanecer a su lado, seguir adelante con el enlace. Estuvo visitándolo durante meses, pero él se negaba a verla. Pobre hombre, se apartó para que no tuviese que sacrificar su vida cuidándolo…
—Ya… —dije sin prestar demasiada atención.

Como no quería dejar nada al azar, a la mañana siguiente le di órdenes estrictas a mi fiel Darija para que el pequeño Matko nunca estuviese solo en compañía de los dos hombres, para que me informase de cualquier anomalía por muy pequeña que fuese.

—Así haré, Señor Dragovic.

Varios días después del cumpleaños de mi hijo, Radovan se marchó a Zadar por una semana. Alojz desayunaría con nosotros mientras Spomenka no dejaba de hacerle preguntas. Yo leía el periódico.

—¿Es cierto que en la India la gente se sube a los elefantes como si fuesen caballos?
—Así es. Cuando estuvimos en Bombay, Radovan y yo tuvimos la oportunidad. Pero no me atreví, pensé que iba a aplastarme con sus patas.
—¡Oh! ¿Has oído Ladislav? ¿Y mi primo sí se subió?
—Sí, él no tuvo ningún reparo.
—Hace tiempo leí que en el Japón no se come con cubiertos, que utilizan dos pequeñas varillas que toman con los dedos de una sola mano… ¿has oído, Matko?
—¿Y… cómo se toman la sopa?
—Con una pequeña cuchara de cerámica —dijo Alojz—. No estoy muy seguro, pero creo que era así…

Como de repente dejaron de hablar, levanté la vista del periódico y vi a los tres jugando con los cubiertos.

—Necesitaríamos dos pequeñas varillas, pues con el tenedor, la cuchara o el cuchillo no podemos hacerlo.
—¿Y sirven dos lápices de colores? —dijo Matko inmediatamente.
—Yo creo que sí —dijo Alojz con una sonrisa y aquel breve gesto amanerado que a veces hacía con la mano.
—¿Me espera un momento, por favor? —dijo antes de levantarse de la mesa.

Observamos al pequeño salir del comedor. Los tres adultos nos miramos y Spomenka se agarró de mi brazo.

—Tiene una curiosidad innata por conocer las cosas. Yo creo que va a ser explorador… o arqueólogo del Antiguo Egipto… —dijo llena de satisfacción—. O también Almirante de la Marina.
—Es un niño muy despierto. Estoy seguro de que el futuro le tiene reservado un gran destino —dijo Alojz mirándonos a los dos.
—Así es. Es nuestra principal obsesión —dije mientras dejaba el periódico a un lado—. Solo queremos lo mejor para él y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para que sea así.

Matko entró acompañado de Darija. Portaba la caja de lápices de colores que había recibido como obsequio de Radovan y de Alojz. Seguía oliendo al elegante sándalo. Por un breve instante, lo sentí en la punta de la lengua. ¿Cómo un aroma así podía causar semejantes efectos sobre mi cuerpo?

—Aquí están —dijo el niño un poco exaltado. Todo apuntaba a que había ido corriendo hasta la habitación.
—¿Se unirá, Ladislav? —dijo el antiguo almirante.
—¿A qué se refiere?
—A cómo utilizar las varillas para comer en el Japón...
—Papá, únase a nosotros… ¡Parece muy divertido!

Se había sentado a su lado y miraba atento los colores que el hombre empezó a extraer cuidadosamente para colocarlos en parejas.

—Participe de esta nueva experiencia —dijo Alojz—. De vez en cuando, es divertido hacer las cosas de manera diferente, conocer otras costumbres. Si algo he aprendido en este viaje es que no existe una única forma de vivir la vida, que el ser humano tiene muchas maneras diversas de expresarse. No importa si hablamos de la ropa, de la comida, de la religión o incluso del amor que nos une a los seres que amamos. Viajar transforma la visión que tenemos de nosotros mismos, de quiénes somos en realidad.
—Claro… —dije sin mucho entusiasmo—. Suena muy interesante, pero prefiero leer sobre esos lugares desde la comodidad del sofá. En la biblioteca tengo numerosas enciclopedias que hablan sobre todo eso de lo que usted comenta.

Spomenka levantó la silla donde permanecía y se sentó justo al lado de Alojz.

—Vamos, Ladislav —dijo ahora mi esposa.
—Hay ciertas vivencias que jamás podrán ser descritas, simuladas a la perfección por un libro. Por ejemplo, ser padre —dijo con cierta calma—. ¿Nunca ha viajado más allá de Dalmacia?
—Disculpe la rudeza, pero no tengo necesidad alguna de salir de Dubrovnik.

Había aprendido que todo lo que procedía del exterior ponía en peligro mi mundo. No pude evitar recordar por una fracción de segundo el capítulo de Zadar y Rosabella, Eugen y Vesna, Radovan e Iskra.

—Aquí tengo todo cuanto preciso. No quiero conocer nada nuevo.
—Está bien. Me doy cuenta de que no tiene duda alguna —dijo Alojz como dándose por vencido.
—Papá, ¿se quedará con nosotros? —dijo Matko.
—He de ir al despacho, hijo mío —dije para ver también cuál era su reacción.

Aunque era un estúpido juego, me fastidiaba que Matko quisiera estar en compañía del amante de Radovan. En el fondo, deseaba que mi hijo solo tuviese ojos para mí o para Spomenka.

—Está bien. Me quedaré aquí con mamá y Alojz, y después se lo enseñaré a usted en la tarde —dijo con expresión radiante.

Yo no quería comprender que era un niño, que su ternura o el interés que mostraba por ciertas cosas o personas ajenas a mí no tenían las barreras mentales de los adultos. De pronto tenía en la boca un sabor amargo cuyo origen desconocía. Tragué saliva, pero lejos de desaparecer, se hizo más intenso.

—Tal vez su hijo le haga cambiar de parecer —dijo el antiguo almirante mientras apartaba la caja vacía de los lápices de madera.

No respondí a su provocación y me dirigí enseguida al despacho.



Llegaron las fechas navideñas. Recuerdo que aquel día era domingo. Habíamos pasado toda la tarde en familia con juegos, cuentos sobre las divinidades de Egipto, la música del piano de mi esposa y también un pequeño teatro de marionetas que hizo Alojz. Había representado una pequeña leyenda oriental que había encandilado a mi hijo, sentado junto a nosotros. Reconozco que no le presté demasiada atención, así que apenas recuerdo el argumento. No obstante, Spomenka y Matko parecían muy concentrados. No entendía qué tenía de especial aquella historia. En realidad, desaprobaba cualquier cosa que Alojz o Radovan hiciese, sobre todo si lograba que por un instante mi pequeña familia dejase de verme como el centro de su atención. Impaciente, quería que terminase cuando antes la representación y miré a Radovan. Estaba enfrascado en la sexta novela que leía de su venerado Julio Verne. A él no le interesaban los cuentos infantiles como era lógico. Era un hombre soltero y, además, ambiguo. Tampoco solía prestarle atención a mi hijo durante más de diez minutos ni participaba en los juegos que organizábamos. De hecho, me sorprendía que estuviese allí con nosotros. Sin embargo, recuerdo que Matko a veces me hablaba de las historias que Alojz había vivido en alta mar cuando era almirante, de los libros que le había leído o de los dibujos que hacía de algunos animales extraños que vio durante el viaje alrededor del mundo con Radovan. No comprendía muy bien por qué dedicaba parte de su tiempo, un hombre como él, a mi hijo. Si Spomenka o yo no estábamos con Matko, Darija estaba siempre con él. La mujer me detallaba las conversaciones que tenía el antiguo almirante con mi pequeño y de ninguna de ellas pude extraer nada extraño. Mi fiel ama de llaves contaba que el hombre parecía tener cierta facilidad para hablar con el pequeño, que Matko disfrutaba mucho de aquellos momentos en su compañía. ¿No había creído siempre que a los ambiguos solo les interesaba cometer actos monstruosos? Era lo que había oído de Sanel, lo que yo había experimentado.

Pero aquellos años de felicidad junto a mi pequeña y nueva familia se truncarían durante las fechas navideñas. Cuando cayó el sol alguien llamó a la puerta de forma insistente. Era una de las muchachas que servía en la casa de mi prima Vesna. Nunca olvidaré lo que vino a decirnos.

—Se ha intentado quitar la vida —dijo mientras rompía a llorar—. La Señora Vesna… ha aparecido en el río.

Spomenka se desmayó inmediatamente y puede tomarla entre mis brazos con un rápido movimiento. Radovan, alarmado, fue a por las sales para reanimarla.

—La hemos encontrado hace una hora… Había desaparecido en la mañana.... Todos estamos desolados.

¿Vesna había intentado suicidarse? ¿Por qué?

—Querida mía… ¿me oyes? ¿me oyes? —dije mientras pasaba por debajo de su nariz las sales para que despertase.
—Prima, despierta…

Alojz y yo la habíamos reclinado en el sofá. Fue entonces cuando advertí el inconfundible aroma del sándalo. Noté cómo el corazón se aceleraba, cómo de repente tenía un calor inexplicable. Incluso sentía las mejillas tibias. ¿Por qué reaccionaba así? Era solo una fragancia. Nada más.

—V-Vesna… V-Vesna —dijo ella volviendo en sí.
—Trae un poco de té —le dije a Darija en cuanto llegó—. Le vendrá bien para reanimarse por completo.

Mi esposa fue recobrándose poco a poco mientras sostenía sus manos entre las mías.

—Ladislav, dime que todo ha sido un mal sueño, que mi hermana no… —dijo implorándome con la mirada.

Spomenka se echó a llorar y nos abrazamos, consternados por la noticia. Darija acercó la bandeja con la tetera y la taza. El carruaje nos dejó frente a la verja de la pequeña mansión. Allí encontramos también a mi tío.

—Vesna será ingresada en un centro de curación. Allí estará en observación —dijo Patrick después de limpiarse los ojos.
—No hay duda de que no poder concebir hijos le ha afectado —dijo Eugen. Recuerdo su cara llena de angustia—. Comenzó a mostrar síntomas cuando perdimos a nuestra criatura durante el pasado verano, cuando fuimos otra vez a Viena. Estuvo muy decaída y, aunque estuvimos de viaje, su ánimo no mejoró.

No lograba comprender lo que había sucedido. Mi Vesna, mi amada Vesna había intentado abandonar este mundo.

—La encontramos en el río —dijo mi tío—. Se había amarrado a un árbol… esperando que la corriente subiera... Cuando la trajeron a casa, nos dimos cuenta de que llevaba botones en los bolsillos.

Spomenka y yo nos miramos. A mí se me saltaron las lágrimas.

—Cuando éramos aún niños, ella siempre nos los regalaba…

¿Por qué, Vesna?

—¿P-Podemos verla? —dijo Spomenka.
—Está dormida. El Doctor Kovac le ha dado láudano.

Varios días después, Vesna fue ingresada en un sanatorio. Spomenka y yo la visitábamos todos los lunes y jueves. Le llevábamos el ajedrez y uno de sus muchos libros de poesía, pero lejos de recuperarse, mi amada prima iba asemejándose más y más a otros pacientes del lugar. Su rostro se volvió demacrado, las manos arrugadas, el cuerpo se curvó. La larga melena menguó y muy pronto sus escasos cabellos se volvieron canosos. La luz que había irradiado desde el primer día que la conocí había desaparecido por completo. Incluso olía diferente. Vesna había dejado de ser el hada que me había protegido durante muchos años y, sobre todo, empezaría a borrarme de su mente para siempre. El mismo camino que habían recorrido mis padres por culpa de la demencia senil.

—¡Pobre hermana mía…! —decía Spomenka limpiándose el rostro cada vez que nos marchábamos del sanatorio.

¿Vesna había enloquecido porque no había podido ser madre? ¿Era aquella la verdadera razón? Había recordado la charla que habíamos tenido después de superar mi enfermedad. Se había lamentado de su suerte y había fantaseado con que fuese diferente: qué hubiera sucedido si finalmente hubiese aceptado casarse conmigo. Ahora lo comprendí todo. ¿Vesna había venido hasta mí para que… volviese a pedirle que fuese mi esposa? ¿Fue allí por eso? Había venido a verme, pero sus palabras habían parecido ocultar algo más. Dentro de los bolsillos del traje con el que se había intentado suicidar solo había botones y piedrecillas… ¿Era por eso, Vesna? Aún hoy no dejo de sentir una inmensa tristeza cuando lo recuerdo. Yo apreciaba muchísimo a Spomenka, pero el amor que había profesado por Vesna superaba y superaría cualquier otro. Hasta que encontré a Séptimo. Pero no quiero adelantarme a los hechos narrados de mi vida.



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