La noche del cisne | Capítulo 14~

Mañana postearé el último capítulo que compartiré. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Mañana, más. Feliz lunes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








14. El Rey de Persia

El pequeño Matko nació el 26 de junio de 1889. Spomenka había manifestado las primeras contracciones muy de mañana y fue Darija la que me avisó de que el gran día había llegado. Aunque el parto duró hasta la noche, el Doctor Kovac dijo que todo había acabado bien y que mi esposa tardaría en recuperarse dentro del plazo habitual en aquellos casos. Por ello, cuando tuve al pequeño entre mis brazos volví a comprender el significado de mi nombre y por vez primera me sentí orgulloso de ser un Dragovic. No podía creer que aquella criatura, esponjosa y tibia, fuese parte de mí y me arrepentí de haber tenido numerosas dudas desde que llegué de Zadar con Radovan. Aunque habíamos ido en compartimentos distintos del tren, había reflexionado sobre lo que había sucedido en la capital. Me había sentido deprimido, vacío. Era como si, por mucho que lo intentase, no consiguiese escapar de aquella especie de tela de araña en la que había caído preso desde que tuviese diecisiete años. Me pregunté si Spomenka continuaría tan distante cuando naciera nuestro hijo y tuve dudas acerca del amor que decía sentir por mí. Pensé que no sería un buen padre, que no tendría fuerzas para abordar la nueva vida que me esperaba. Los negocios se me daban mal, era torpe con los números. Mis padres envejecían y la demencia senil los había deteriorado prematuramente. Sin embargo, cuando tuve al pequeño Matko junto a mí y Spomenka me acarició el rostro, lloré como un niño.

—Perdóname, Ladislav. Sé que he sido muy estricta contigo, pero ya todo ha pasado. ¡Mira qué bonito es nuestro hijo! —dijo ella besándome las mejillas húmedas.

Sus besos ardían sobre mi cara. Había extrañado tanto su ternura, saberme amado. En aquellos largos nueve meses me había sentido tan desdichado que estar ahora rodeado por mi pequeña familia hizo que me desmoronase con la mayor de las facilidades.

—No, perdóname tú, Spomenka... He sido un egoísta y he dudado de… ti… Lo… siento. No he sido un buen esposo…

Ella sonrió y me dio otro beso, esta vez sobre los labios. Mi cuerpo se estremecía cada vez que recibía sus mimos. Era sorprendente cómo, a una misma vez, era capaz de sentirme el hombre más feliz, pero también el más desgraciado del mundo.

—A partir de ahora, ¡vamos a cuidar juntos a Matko! —dije dispuesto a darlo todo por los dos.

Quería empezar de nuevo, poner un gigantesco punto y aparte en mi vida. Cambiar el rumbo de los acontecimientos para alcanzar el tan deseado equilibrio familiar y emocional.

—Sí, mi pequeño Ladislav.

Los meses que siguieron serían el inicio de un nuevo tiempo de plenitud y felicidad. Spomenka regresó a mi habitación y, aunque los encuentros sexuales eran escasos y mecánicos, preferí aceptarlo sin más. Había estado nueve largos meses sin ella y ya me sentía demasiado culpable como para atizar más el avispero. Seguía sin estar enamorado de Spomenka, pero el afecto que sentía por ella era lo suficientemente sólido como para querer pasar el resto de mi vida a su lado. Había aceptado por fin que mi esposa no disfrutaba con nuestros encuentros sexuales y, después de lo sucedido en Zadar, pensé que yo había perdido todo interés. Por todo ello, me dediqué a mi pequeña familia y a forjar de una vez por todas un mundo donde fuera feliz de nuevo. Matko sería la principal razón. La casa se llenó muy pronto de juguetes, de cuentos, de risas y de la luz del verano. Veía crecer al pequeño mientras, de forma milagrosa, nuestra menguante fortuna comenzó a crecer. El nacimiento de Matko me había llenado de esperanza y muy pronto entendí que su sola existencia debía ser suficiente para zanjar de una vez por todas mi desastrosa relación con las finanzas y la administración de Nueva Alejandría. Aún no sé cómo lo logré, de dónde saqué las fuerzas o la destreza para llevarme tan bien con los números; pero poco antes de que Matko cumpliese los tres años ya era el dueño de numerosos negocios y tenía acciones en casi todas las compañías del país. La vida nos sonreía y mi hijo no tendría que renunciar a su niñez de ningún modo.

“En su barquita, Pulgarcita pasó por delante de muchas ciudades diferentes y los pajarillos, al verla posados en los arbustos, cantaban: «¡Qué niña más valiente!». Y la hoja seguía su rumbo sin detenerse, y así salió Pulgarcita de las fronteras del país.”

Radovan había desaparecido otra vez. Siempre que lo hacía, todo a mi alrededor funcionaba y la felicidad me besaba cada mañana al saber que tenía una esposa y un hijo por los que luchar en este mundo. Atrás quedaban las dudas, los malos recuerdos, la desolación que había encogido mi corazón. Radovan solo sacaba lo peor de mí. Era como una fuerza maligna que el destino me enviaba para ponerme a prueba y demostrar que era merecedor de lo que me había regalado. Por ello, había terminado de urdir un plan para deshacerme de él. Solo debía de aparecer por Nueva Alejandría y encontrar el momento adecuado. Yo era feliz. Estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que nada ni nadie lo impidiese.



Cuando Matko cumplió los seis años, Radovan volvió a irrumpir en mi vida. Lo haría durante la fiesta de cumpleaños que habíamos preparado, ya casi al final de la mañana.

—¡Radovan! —dijo Spomenka cuando lo vio aparecer por la puerta del salón.

Mi esposa corrió hacia él y se abrazaron efusivamente. He de reconocer que me produjo cierto placer verla tan contenta, sobre todo porque durante aquellos años solo había recibido una docena de cartas donde ella me describía la larga lista de lugares que Radovan había visitado. Italia, Egipto, India, Hong Kong, Japón, Estados Unidos, ...

—Se ha leído ese libro de Julio Verne y quiere hacer como Phileas Fogg —dijo Spomenka divertida cuando recibió la primera de sus cartas—. ¡Lo voy a echar mucho de menos!

Excéntrico incluso para viajar, pensé después de oír los detalles de mi esposa. Sin embargo, saber que estaba a miles de kilómetros de Dalmacia era lo mejor que me podía pasar. No quería que Matko fuese influenciado por alguien como Radovan, por ello cuando este se acercó a mi hijo volví a sentirme intranquilo con su presencia. Los dos primos fueron al encuentro del pequeño, acompañado por Darija. Yo presenciaba la escena y vigilaba cualquier posible movimiento extraño del hombre. Aunque había hecho un trato con Radovan, no iba a permitir que ensuciase su inocencia.

—¡Aún no puedo creer que estés aquí, querido primo! —dijo Spomenka mientras se abrazaba a él una vez más.
—Le decía que tenéis un hijo muy despierto.
—Gracias —dije antes de tomar su pequeña mano—. Es el alma de Nueva Alejandría.
—Padre, ¿qué es el alma?
—El alma es lo más importante que tenemos, sin ella no podemos vivir. Por eso tú eres lo más importante de Nueva Alejandría —dije acariciando su mejilla.
—Hazle caso a tu papá, Matko —dijo Radovan guiñándole un ojo—. Tú y yo seremos buenos amigos, ¿a que sí?

Aquella declaración me inquietó más de lo que ya estaba. Era obvio que el primo de Spomenka era parte de la familia, pero yo tenía que impedir que mi pequeño creciese con alguien así. No iba a poder dormir por las noches. Tenía que poner en marcha mi plan para deshacerme de Radovan antes de que fuese demasiado tarde.

—Mi mamá dice que usted es mi tío, pero yo nunca le he visto en mi casa —dijo Matko mientras se abrazaba en torno a mí.
—Eso es porque he estado viajando por todo el mundo. Mira, te he traído un regalo.
—¿Un… regalo?
—Ahora mismo vendrá el Rey de Persia para dártelo.
—¿El Rey de Persia? —dije extrañado.

En aquel momento, Radovan asintió con la cabeza y aquello debió ser la contraseña para que en el salón entrase un hombre vestido de forma exótica, incluso llevaba un sombrero adornado con plumas de pavo real. Andaba con cierta dificultad, como si no coordinase bien las piernas. Portaba una gran caja envuelta en papel de colores y avanzó hacia nosotros en medio de la expectación de los invitados.

—Vengo desde muy lejos para entregaros este regalo, pequeño Matko —dijo el hombre después de hacer una exagerada reverencia—. ¿Seréis tan amable de aceptarlo?

Oí una discreta ovación detrás de mí, pero el primero en reaccionar fue mi hijo.

—Padre, suelte mi mano, por favor.

El niño se acercó, movido por la curiosidad que despertaba aquella enorme caja de vistosos colores que el hombre había depositado sobre el suelo. Yo estaba realmente sorprendido, pero lo estaría mucho más cuando Matko hizo una reverencia y a continuación habló.

—Muchas gracias por venir a mi cumpleaños. Por favor, coma todo lo que quiera porque debe estar muy cansado del viaje. Mi tío Radovan me ha dicho que él ha estado en muchos sitios. ¿Han ido juntos?
—Así es. Somos amigos. ¿Tiene usted algún amigo?
—Sí. Mi padre.
—¿Y cómo se llama su padre?
—Ladislav. Es él —dijo Matko acercándose para abrazarse a mis piernas.
—Espero que con el tiempo usted y yo seamos también buenos amigos.

El pequeño asintió lentamente con la cabeza sin dejar de mirar el regalo.

—¿Quiere abrirlo ya?
—S-Sí —dijo medio avergonzado.

Los invitados rieron y Spomenka le dio un sonoro beso. Yo estaba intrigado. Me fastidiaba reconocerlo, pero estaba seguro de que todo había sido idea de Radovan. No quería encontrarme con sus turbadores ojos.

—Padre, ¡son libros…! ¡Y lápices de colores…! ¡Y un caballo de madera…! —dijo lleno de júbilo mientras descubría cada objeto de la caja ayudado por mi esposa.

Nos aproximamos y Matko empezó a pasar las páginas de uno de los libros que había tomado. Tenía letras en otro idioma, pero sus ilustraciones eran llamativas: aparecían lugares diferentes y gente vestida de otra forma.

—¿Me leerá este cuento esta noche, por favor? —dijo él fascinado por todo lo sucedido.
—Claro que sí, hijo mío.

Recuerdo que la caja era de madera, tenía adornos hechos de nácar y desprendía un extraño perfume. Una fragancia que enseguida me resultó familiar. Era el mismo sándalo del que estaba hecha la cajita de música de Radovan. Pero ahora el olor era más fuerte y me atravesaba de pies a cabeza. Me erizó la piel e, incluso, sentí un escalofrío detrás del cuello. A pesar de todo, era agradable y pensé por un momento que así se debía respirar en lugares tan lejanos de Dalmacia. Nunca había abandonado mi país, solo conocía el mundo a través de los libros que tomaba de la biblioteca.

—Spomenka, Ladislav. Quiero presentaros a alguien —dijo Radovan—. Nos espera en el jardín.
—¿Quién era ese hombre, Radovan? —dijo mi esposa después de darle las gracias por lo sucedido en el salón—. ¡Me tiene intrigada! ¿El Rey de Persia? ¿Aquí…? ¿…en Dalmacia?

Él se echó a reír. Estábamos sorprendidos por todo lo sucedido y ni me había parado a pensar quién era aquel hombre.

—¿No queréis saber quién es el Rey de Persia? —dijo misterioso antes de abrir la puerta del jardín.
—¡Por supuesto que sí! —dijo Spomenka—. ¿Dónde lo has encontrado?
—Es el hermano de una buena amiga de Zadar.

Otro ambiguo merodeando bajo el techo de mi Nueva Alejandría, pensé mientras lanzaba un largo suspiro.

—Este es Alojz Vukoja —dijo cuando finalmente nos lo presentó—. Antiguo Almirante de la Marina del Reino de Dalmacia.
—¿Qué le pasa en las piernas? —dijo Matko detrás de mí algo avergonzado cuando además vimos que ahora andaba con la ayuda de un bastón.
—¡Matko! —dijo Spomenka sorprendida—. Señor Vukoja… Por favor, discúlpelo…

El hombre sonrió.

—No pasa nada —dijo mirando a mi hijo con tono amistoso. Tuvo aquel pequeño gesto afeminado con la mano que solo a mí pareció resultar chocante—. Sufrí un accidente hace varios años y perdí la pierna. Un proyectil en mal estado explotó contra mi rodilla izquierda cuando navegábamos en aguas del Caribe. A raíz de aquello contraje una extraña enfermedad derivada de la metralla que quedó incrustada. Los doctores dicen que en algunos años no podré andar ni siquiera con bastón…
—Se equivocan —dijo Radovan enseguida.
—Utilizo una prótesis cuando no me apoyo en el bastón, por eso cuando ando puedo llegar a parecer un pato desorientado —dijo con desenfado.

Spomenka sonrió con timidez mientras le lanzaba una mirada de aprobación al niño.

—Almirante de la Marina… El Caribe… —dijo Matko con la boca abierta.


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