La noche del cisne | Capítulo 13~

Nos acercamos a los últimos capítulos. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz domingo!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








13. Carnaval para dos

Cuando Rosabella se quitó el antifaz, pude apreciar por fin la belleza de sus ojos almendrados. Los pómulos, un poco angulosos, tenían un intenso color carmesí que quise besar de forma inmediata. Se acercó a mí y me rozó con los dedos de su mano enguantada. Percibía la seda recorriendo mi abandonada piel de caricias y afectos, mientras todo mi ser temblaba. Noté el ardor de mis ojos ligeramente humedecidos.

—Desnúdese —dijo junto al oído.

Aunque ahora tenía unas ganas terribles de estar con ella, seguía sin vencer el pudor de quedar desnudo. Rosabella me intimidaba con aquella mirada enigmática. Ella habría visto muchos hombres así, desnudos e indefensos, pero ninguno como Ladislav Dragovic. Yo era un ser frágil. Aturdido y angustiado por un pasado que ya nunca volvería, sin deseo alguno por aceptar el mundo en el que ahora era obligado a vivir. Si me entregaba a Rosabella, sabía que me alejaría un paso más de mi pasado. Con todo, ni ella ni nadie más iban a convencerme de que debía guardar botones bajo la almohada, de que mis padres volverían a quererme o de que algún día llegarían otra vez las hadas revoloteando entre los cabellos de mis primas. Pero el futuro también me perseguía: Spomenka y mi primer hijo nunca aprobarían que estuviese con una desconocida; sin embargo, en aquel momento no importaba. Ansiaba corromperme entre los brazos de Rosabella, diluirme como un azucarillo, desaparecer de la faz de la tierra por un instante. Era como una fuerza irracional que me empujaba a actuar pensando solo en mí, en mi placer más inmediato. Lo necesitaba. Los dos nos tumbamos sobre la cama. Ella aún llevaba el vestido.

—¿No… se va a desnudar?
—Solo si usted me dice que se casará conmigo —dijo al reír juguetona.

Aunque estaba impaciente por ver su cuerpo desnudo, acepté el juego y nos besamos. Notaba los senos contra mí y nuestras lenguas se rozaban mientras me dejaba llevar por la destreza de Rosabella. Sus dedos acariciaban mis cabellos, hundiéndolos y provocándome aún más.

—Quítese el vestido…
—Alíviese junto a mí —dijo al oído.

Todo mi ser parecía arder bajo el influjo de aquel cuerpo oculto bajo el elegante vestido negro. Quería sentir su piel contra la mía, recorrer con los dedos a la mujer que me había llevado hasta aquella habitación.

—Al menos, permita que le quite los botones del cuello y la espalda.

Fui a desabotonarle el vestido, cuando ella me apartó la mano.

—Espere, no sea impaciente —dijo después de sonreír.

Me acarició los genitales y enseguida eyaculé sobre sus guantes negros.

—Discúlpeme…L-Lo siento…

Entonces, la mujer se acercó al quinqué que nos iluminaba y lo apagó. Se me erizó la piel. Ahora llegaba el ruido de afuera. Era como si momentos previos no hubiese nadie detrás de la puerta.

—¿No deseaba quitarme el vestido?
—Sí, pero no pensé que usted sería tan tímida.
—Aguarde un momento. Me estoy desvistiendo. No es timidez, sino expectación.

Tenía una sed terrible y notaba el cuerpo como si ahora fuese de piedra. Respiraba tan rápido que creía que de un momento a otro el corazón saldría ardiendo. Finalmente, percibí la mano desnuda de Rosabella junto al rostro. Se tumbó junto a mí y enseguida nos besamos. Sin embargo, di un respingo cuando su cuerpo desnudo rozó el mío.

—¿Q-Qué ha sido eso?
—¿A qué se refiriere?
—Lo que he notado… junto a… mis…

La mujer no respondió e intentó besarme mientras notaba su piel ardiente.

—¿Y sus… senos…? ¡Deténgase! —dije cuando noté que ya no estaban en el lugar de antes.

Rosabella no se detuvo y continuó aferrada a mí. Yo luchaba por alejarme de ella.

—Usted… es…

Agobiado, aparté con violencia su cuerpo y gateé a oscuras hasta dar con el quinqué. Tanteé la cómoda donde se encontraba y tardé un buen rato hasta lograr encender la llama. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder.

—¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho? —dije una y otra vez.
—¿Va a regresar al lecho, Ladislav? ¿O ya no tiene fuerzas? —dijo una voz desconocida de hombre.

En aquel momento la llama del quinqué iluminó la estancia. Yo estaba de espaldas a la cama y vi, en el espejo situado sobre la cómoda, las piernas de Rosabella. Estaba paralizado. Era incapaz de girarme y comprobar lo que parecía ser la peor de mis pesadillas.

—¿Va a mirarme o va a estar así toda la noche? —dijo la voz masculina—. ¿No le explicó Giovanni el tipo de lugar que es La Pequeña Venecia?



—¡Eres un maldito pervertido! —dije a Radovan cuando lo encontré sentado en el salón charlando con otros invitados—. ¿Qué digo? ¡Todos sois unos sucios depravados! ¡Voy a denunciaros a la policía!

Me había vestido rápidamente y salido despavorido de la habitación de Rosabella. Tenía que salir de allí antes de que me volviese loco. O peor aún, que acabase como aquellos libertinos repugnantes. Pero, ¿qué clase de monstruo era Radovan?

—¡Cállate! —dijo mientras dejaba a un lado la copa que sostenía—. Te dije que no te separaras de mí.
—¡Eso no es excusa! ¿Por qué no me avisaste?

Se cruzó de brazos.

—Deja de gritar y montar este escándalo, Ladislav. Si entraste en la habitación con Rosabella fue porque así lo quisiste…
—E-Eres… —dije negando con la cabeza.
—Ven, hablemos en privado —dijo antes de intentar tomarme del brazo.
—¡Ni hablar! ¡Aléjate de mí o, de lo contrario, nada me producirá más placer que denunciarte a las autoridades, maldito sodomita!

Avancé decidido hasta el pasillo ante el silencio de los invitados. Luego oí sus murmullos y a Radovan llamándome.

—¡Por favor, Ladislav! —dijo Salvatore aparentemente afligido desde el quicio de la puerta del salón—. No nos denuncie a la policía… ¡La Pequeña Venecia es nuestro hogar! Por favor, perdónenos si no le avisamos… pensé que su amante le había dicho que Rosabella, como el resto de nuestras invitadas, no es una mujer de nacimiento…
—Si nos diera otra oportunidad, se daría cuenta de que no somos monstruos —dijo ella con voz quebrada.

Desnuda, había avanzado para apoyar su cabeza sobre el hombro de Salvatore. Aparté la mirada, asqueado por la imagen de aquel hombre maquillado que había pretendido ser una mujer. Sus formas afeminadas lo asemejaban a los seres andróginos o ambiguos que tanto me inquietaban. Había caído en sus redes. Había besado a otro afeminado, pero en este caso con mi consentimiento. No podía caer más en desgracia. ¿Qué iba a pasar si Spomenka lo descubría? ¿Huiría como Iskra? ¿Me alejaría de nuestro futuro hijo?

—No malgastéis vuestros esfuerzos —dijo Radovan—. Es un joven malcriado incapaz de ver más allá de sus propias narices.
—¡No te atrevas a decirme lo que soy, maldito! —dije antes de dar un portazo.

Continuaba lloviendo, pero enseguida llamé a un coche de caballos. Me dirigí al hotel donde me hospedaba. No habría jabón ni agua suficiente en el mundo para quitarme el perfume y el sabor que aquel monstruo llamado Rosabella había dejado por todo mi cuerpo. ¿Cómo podían existir seres semejantes? A la mañana siguiente, me pellizqué para comprobar que estaba despierto. Fui consciente de que lo ocurrido la noche anterior había sido dolorosamente real. Solo quería regresar a Nueva Alejandría y no salir jamás de allí. Intentaría olvidar todo lo ocurrido. Continuaría entregándome a mi familia para esperar ansioso el nacimiento de mi primogénito. En realidad, estaba convencido de que aquella criatura solucionaría todos mis problemas porque desaparecerían sin más. Enfrascado en aquellos pensamientos, preparaba el equipaje para partir cuando alguien llamó a la puerta. Fui a abrir, pensando que era alguno de mis socios. Ya tenía la coartada preparada: les diría que al final regresé al hotel porque lo del prostíbulo me había recordado lo mucho que extrañaba a Spomenka. ¡Qué miserable de mi parte utilizarla en vano!

—¿Nos vamos? El carruaje nos espera abajo —dijo Radovan nada más abrir.

Rápidamente, intenté cerrarla. No quería verlo y mucho menos que me recordase lo sucedido en la noche.

—¡Deja de actuar como un idiota y abre la puerta! —dijo al otro lado—. Tus socios se han marchado ya a la estación de ferrocarril.
—Mientes.
—No lo creo. Al venir hacia aquí, los encontré en la entrada del hotel. Te esperaban, sí, pero les dije que vendrías conmigo en el tren de las nueve. Vámonos ya o lo perderemos.
—Puedo ir en el tren de las once…
—Sí, pero sabes que no me moveré de aquí.

No sabía qué hacer. Radovan no se daba por vencido y empecé a creer que me acompañaría hasta el día de mi muerte.

—¡Vamos, Ladislav! ¡Sal de ahí! ¿Aún no has comprendido que nuestras vidas están trenzadas? Me lo dijo una adivina en Dubrovnik cuando vino el circo a la Plaza de las Flores.

Yo seguía sin abrir la puerta. Tenía la muy remota esperanza de que acabaría por marcharse.

—¿Quieres saber qué dijo exactamente? —dijo ante mi silencio—. La mujer tomó mi mano y, mientras señalaba las líneas de la palma, leyó mi futuro.

En la habitación, caminé hacia la ventana. Por un breve instante pensé que saldría por ella y huiría hasta la estación antes de que partiese mi tren. Abrí el cristal, pero estaba en una tercera planta. Aunque no me parecía del todo descabellado saltar, deseché la idea cuando comprendí que prefería conservar la vida a perderla de aquella forma ridícula.

—Dijo que un joven apuesto, próximo a mi familia, acabaría enamorado de mí. Yo le pregunté si podía darme alguna pista más.

Radovan se echó a reír.

—Ella siguió estudiando las líneas de mis manos y dijo que el nombre del misterioso joven empezaba por “L”.

Su voz sonaba entusiasmada y yo empezaba a comprender que, si no hacía nada, acabaría por ser engullido por su sucio mundo. Debía urdir un plan para que la policía lo arrestase sin ser señalado como delator. Si Spomenka lo supiese, no me lo perdonaría nunca; pero era la única solución.

—¿Verdad que es increíble, Ladislav?

Despacio, abrí la puerta. Me había armado de valor porque mi plan era perfecto. Por fin conseguiría librarme de Radovan y de sus sombras.

—¿Le dirás a mi esposa… lo que pasó… anoche?

Él no pareció sorprenderse por la pregunta porque encendió un cigarrillo y después me ofreció otro.

—¿Lo…harás? —dije ante su silencio.
—Vamos a hacer un trato, Ladislav: yo guardo tu secreto y tú guardas el mío, ¿te parece bien? —dijo muy serio—. Jamás me volverás a increpar por lo que soy y tampoco amenazarás a mis amigos bajo circunstancia alguna. ¿Estás de acuerdo?

Era justo lo que necesitaba para callar mis miedos. Haría lo que fuese para que Spomenka no supiera nada de aquel terrible episodio, incluso si aquello significaba ignorar la ambigua condición de Radovan y de sus iguales. No sabía qué era peor: lo que había hecho la noche previa o lo que estaba a punto de hacer. Era muy mezquino de mi parte, pero quería salvar mi matrimonio. Radovan levantó la mano para estrecharla contra la mía.

—Pero con una única condición: solo si vamos juntos de regreso a Dubrovnik.
—Está bien —dije después de pensarlo por un breve instante.
—Trato hecho —dijimos al unísono mientras establecíamos nuestro inédito pacto secreto.

Era la primera vez que una parte de mi cuerpo entraba en contacto con una suya sin que me sintiese violentado.

—Está bien, iremos en el mismo tren —dije muy serio—. Pero no viajaremos en el mismo vagón. Es mi única condición.

Radovan asintió con una enorme sonrisa.



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