La noche del cisne | Capítulo 12~

Nos acercamos a los últimos capítulos. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Mañana, más. Feliz sábado!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.






12. La Pequeña Venecia

—¿Qué quieres? Ni siquiera lejos de Nueva Alejandría vas a dejar de perseguirme.

Radovan encendió un cigarrillo. Aspiró varias veces con ansiedad y vi cómo sus pómulos se contraían para darle un aspecto enfermizo a su rostro. Luego tiró la colilla a un lado.

—Tu ama de llaves me dijo que estabas de viaje —dijo después de una larga pausa—. Como no supo dónde te alojarías, entré en tu despacho y rebusqué entre tus cosas. Lo siento, pero no tuve más remedio.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que eres la última persona a la que quiero ver?

Sobre el rostro del hombre se dibujó una leve sonrisa.

—Eso lo hace más interesante, Ladislav. Eres demasiado ingenuo aún para comprender cómo actuamos algunas personas. Ven, te invito a un trago…
—¡Ni lo sueñes! —dije levantándome del suelo—. Mis amigos me aguardan…
—Esos de ahí dentro no son tus amigos —dijo encendiendo otro cigarrillo.

¡Cómo me sacaba de quicio aquel aire autosuficiente que tenía!

—Solo hay que ver que ni han reparado en tu ausencia —dijo antes de ofrecerme su pitillera—. A esos nada más le importan las faldas.

¡Cómo odiaba darle siempre la razón!

—Mira, parece que va a llover —dijo después de que presenciáramos un relámpago—. Dejemos atrás este incidente.

A continuación, oímos el trueno.

—Conozco un lugar aquí en Zadar mejor que este —dijo señalando el burdel—. Es como un segundo hogar…
—¡No voy a ir contigo a ninguna parte! Regreso al hotel.
—Como quieras, pero le diré a Spomenka lo que ibas a hacer.
—¡No serás capaz!

Radovan se acomodó la chaqueta y se frotó las manos.

—Te dije que es mi prima preferida.

Igual que un roedor ante un gato hambriento que sabe que no puede escapar. Así me sentí al comprender que podría confesarle a mi esposa mi desliz.

—Ven conmigo, Ladislav. Sabes que no tienes alternativa.
—Te odio.

Pronto comenzaron a caer las primeras gotas y el suelo se llenó de puntos húmedos que se multiplicaban con rapidez.

—¿Dónde está ese lugar? —dije mientras guardaba las manos en los bolsillos.

Llegamos al sitio indicado. Yo me había cubierto con el abrigo, pero Radovan se había empapado por completo.

—¿Es aquí? —dije al detenernos frente a un edificio de varias plantas.
—Nosotros la llamamos La Pequeña Venecia. En realidad, es la casa de un buen amigo. Nos reunimos siempre a partir de las ocho, así que llegamos justo a tiempo.
—Vas a enfermar si no te cambias pronto de ropa…

Radovan me miró sorprendido mientras me arrepentía de haberle mostrado mi instintiva preocupación.

—¡Vaya, Ladislav!
—No te confundas… Ha sido solo cortesía… Ni siquiera lo dije pensando que eras tú…

Él sonrió, pero no dijo nada más. Entonces llamó a la puerta y poco después abrió un hombre. Iba vestido con ropas de arlequín y llevaba un antifaz, de modo que no podíamos ver la totalidad del rostro.

—¡Giovanni! Sei? ¿Eres tú?
—Sì, sono. ¡Salvatore!

No entendí casi nada, pero después supe que hablaban en italiano. Se abrazaron y continuaron hablando un poco más en aquella lengua desconocida para mí.

—Mira, Salvatore, te presento al esposo de mi prima Spomenka, Ladislav —dijo Radovan después ya en eslavo—. Hoy tenemos un invitado especial, así que no me lo atosiguéis.
—¿Cómo puedes ser algunas veces tan egoísta? —dijo el italiano.
—Por cierto, necesito cambiarme cuanto antes. Me he calado hasta los huesos.
—Cada vez tienes mejor gusto, Giovanni. ¡Qué suerte tienes! —dijo mirándome de arriba abajo—. Habéis llegado justo a tiempo para el carnaval.
—Pero, ¿a qué lugar me has traído? —le dije en voz baja a Radovan cuando nos dirigimos hacia el interior de la casa—. ¿Tu amigo es… como tú?

Estaba atrapado y empecé a sentirme intranquilo ante la idea de estar rodeado de invertidos y afeminados. Pasamos por un largo pasillo lleno de máscaras de colores y rombos, y también cuadros de Venecia. En ellos había calles llenas de agua con pequeños barcos en su interior. No eran como la pequeña balsa en la que mis padres me habían paseado por el mar cuando aún conservaban la memoria, pero por un momento recordé aquellos días felices. Ahora me encontraba lejos de mi casa y acompañado del nefasto Radovan. ¿Giovanni? ¿Salvatore lo había llamado Giovanni? Pero cuando accedimos a un gran salón, rápidamente me calmé. Había varios hombres disfrazados de arlequín como Salvatore, pero también mujeres con elegantes vestidos. Respiré, notando cómo el cuerpo se destensaba. Todos portaban máscaras que ocultaban la parte superior del rostro. La música de un gramófono fue lo único que oímos cuando todos guardaron silencio poco después de que repararan en nuestra presencia.

—¿Quién es toda esta gente? —dije en voz baja un poco abrumado al percibir que éramos el centro de las miradas.
—No te separes de mí en ningún momento, ¿me has oído? —dijo Radovan cerca de mi oído antes de saludar al resto de invitados.
—¿Por qué?

Aquello me inquietó. Quería irme de allí y volver al hotel. Sin embargo, Radovan había sido tajante y yo no deseaba que Spomenka supiera nada. No quería ni imaginar qué sucedería si se enteraba.



No tardamos en ser abordados por algunos invitados. Preguntaban por Fabien y otros nombres que imaginé habían sido los amantes de Radovan. No quería saber nada de la vida privada del invertido ni de la suerte del francés borracho. Pero, por otro lado, dejar de ser el centro de atención mientras todos hablaban con el primo de Spomenka me permitía estudiar las mujeres enmascaradas que se acercaban. Figuras misteriosas que lo único que hacían eran despertar mi curiosidad masculina. Aunque Radovan me había amenazado, mi cuerpo había vuelto a recuperar el deseo de conocer a una nueva mujer, pasar una noche junto a ella y olvidar mi nula vida matrimonial. Sus cuerpos, perfumados, me rodeaban y más tarde comprendí que Radovan era la excusa para conocerme, pues poco a poco la conversación derivó hacia quién era yo.

—Giovanni, ¿no vas a presentarnos a tu compañero? —dijo uno de los invitados.
—Seguro que no lo volveremos a ver —dijo Salvatore—. Veni, vidi, vici como dijo Julio César. Vine, vi, vencí. Pues así es nuestro amigo Giovanni cada vez que nos visita con un nuevo compañero. Cada vez más apuesto, todo sea dicho.

¿Hablaban de mí como el amante de Radovan? Aquello me indignó y quise golpear al primo de Spomenka. Pero no podía hacerlo ahora. Tal vez me había llevado hasta allí para mostrarme sus sucias inclinaciones. No ignoraba que quería seducirme y que estar lejos de casa le daba la oportunidad ideal para mostrarse tal como era, sobre todo en aquel lugar donde comencé a adivinar que había más invertidos como él. Por todo ello, mientras Radovan perdía el tiempo con Salvatore y otros invitados, reparé en las mujeres que me miraban desde sus enigmáticas máscaras de colores. Yo estaba totalmente excitado. Las imaginaba desnudas junto a mí, besándonos.

—Tome, Ladislav —dijo el italiano entregándome una copa de champán.
—Lo siento, no debo beber más por esta noche. El médico me lo ha desaconsejado…

Todos se rieron de mí y me sentí ridículo. ¿Cómo iba a demostrar que era un adulto si no podía beber alcohol?

—¿Quiere un vasito de leche? —dijo Salvatore antes de estallar a carcajadas.
—Bebe, Ladislav. No me seas ingenuo —dijo Radovan.

No quería caer otra vez enfermo. Aunque el Doctor Kovac había averiguado la causa, los síntomas seguían siendo los mismos. Pero, por otro lado, odiaba la idea de que todos viesen en mí a un niño. Estaba cansado de las burlas, de las bromas, de no ser tomado en serio, de que mis sentimientos no contasen para nada.

—Está bien…
—Voy a cambiarme de ropa —dijo Radovan—. Aguarda aquí.

Entonces, intentó acercarse a mí, pero mi reacción fue retroceder para esquivar su movimiento. Aquello divirtió a nuestro público, congregado en torno a nosotros, y molestó al primo de Spomenka.

—¡Vaya! Sí que es tímido tu amante, Giovanni.
—No. Él no es mi amante.

Nunca había hablado tan en serio delante de desconocidos. Las risas no cesaban y en cierta forma me crecí.

—Tonto, no es eso. He de decirte algo importante al oído —dijo Radovan.
—¡Dilo aquí! No tienes que susurrarme nada. Ya sabes mi opinión de ti.
—¡Tozudo y encarado! —decía Salvatore—. ¡Me encanta!
—¡Bah! Haz lo que quieras. Después no digas que no te lo advertí. Voy a cambiarme de ropa.

Radovan se fue y desapareció tras una puerta.

—Se le pasará el enfado, Ladislav —dijo Salvatore mientras me guiñaba un ojo.
—Me da igual si se enfada —dije apurando la copa por completo.

Fue entonces cuando una de las damas que nos había rodeado se acercó a mi oído. Su perfume era cautivador y quise saber qué rostro se ocultaba detrás de aquella máscara negra de bordados azules.

—¿Nos marchamos a una habitación? Me gustaría charlar en privado con un joven tan atractivo como usted.

Salvatore parecía complacido y no tuve que decir nada porque él se adelantó.

—No le diremos nada a Giovanni —dijo antes de guiñar otra vez el ojo—. Páselo bien con Rosabella. Es una mujer increíble.

Indeciso, tomé la mano que ella me ofrecía.

—No piense que soy descortés, pero no estoy seguro de si debo hacer esto…
—Será nuestro secreto.

Miré hacia la puerta cerrada por donde Radovan había entrado, pero no apareció. Rosabella me guio a través del salón mientras notaba las miradas clavándose en la espalda. A pesar de todo, no tardé mucho en imaginar cómo iba a ser el encuentro con aquella mujer misteriosa cuyo vestido negro se deslizaba delante de mis zapatos. Me consumía por el deseo. Solo tenía el recuerdo de mis escasas ocasiones con Spomenka y me había convencido finalmente de que no había sido placentero para ella: la sangre sobre mis rodillas, su gesto de dolor, sus senos fríos, su mirada perdida en el techo. Aunque yo había alcanzado el éxtasis entre los espasmos de mi cuerpo y ahora esperaba un hijo, quería conocer cómo era el arrebato que poseía a una mujer bajo el joven cuerpo de un hombre. Si bien nadie ni nada me lo había confirmado, pensé que las mujeres de aquella casa eran prostitutas. Me convencí de ello nada más cerrar la puerta de la estancia donde entré con Rosabella. Su seguridad, sus movimientos me rebelaban que aquello no era nuevo para ella. La certeza de que debía ser mucho más experimentada en los temas del placer que Spomenka me erizaba la piel y noté bajo el pantalón una fuerte presión. No quería decirle que era un ignorante, pues mi experiencia se reducía a varios episodios angustiosos en los que terminaba eyaculando al pensar en otra mujer que no era mi esposa. Una señorita como Rosabella habría conocido a muchos hombres y yo no deseaba ser el más inepto de todos. 


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