La noche del cisne | Capítulo 11~

Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios capítulos de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

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El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz viernes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.







11. Entre distancias

—¡Spomenka…! —dije cuando la puerta se abrió y apareció con lágrimas en los ojos.

Nos abrazamos como si hiciera siglos que no nos veíamos, preso de unas terribles ganas de llorar. El Doctor Kovac había concluido que el alcohol había afectado a mi hígado y que debía suprimir o reducir su consumo si no quería tener más problemas en el futuro. Aunque le había explicado que lo consumía de vez en cuando, el médico aseguró que no importaba pues la constitución de mi cuerpo era débil ante la ingesta de licores y demás alcoholes. Antes de que el doctor me revelase el diagnóstico final, le había terminado por confesar que aquella misma noche había fumado grandes cantidades de opio. Sin embargo, alegó que aquellos síntomas no estaban vinculados a dicha sustancia, pero que había sido el detonante de que mi cuerpo se colapsara.

—¡No sabes cuánto te he extrañado, esposa mía! Por favor, no me abandones nunca más, Spomenka…

Seguía abrazándola, incapaz de creer que era ella, que todo había terminado.

—Lo siento, Ladislav —dijo la mujer—. No sabíamos qué enfermedad tenías... Tu piel se había vuelto amarillenta y no parabas de delirar... Tenías muchísima fiebre. El Doctor Kovac pensó en un momento que podía ser contagiosa y optó por desaconsejarnos entrar a verte. Tuvimos que marcharnos a la casa de mi padre. Estábamos muy preocupados…

Spomenka se limpió las lágrimas con el pañuelo que extrajo de la manga y volví a abrazarla. Aquella misma tarde, recibí la visita de Vesna. Recuerdo que me sorprendió verla en mi casa, sin la compañía de Eugen, y también que su luz, lejos de seguir brillando, se apagaba cada día más y más. Sentí cierta tristeza. ¿Es que no era feliz?

—No hemos tenido ocasión de hablar desde que me casé, Ladislav —dijo con tono casi melancólico—. Durante todo este tiempo, las cosas han sucedido tan deprisa que apenas he sido consciente de cada una de ellas.

Vesna hizo una pausa. De pronto, su rostro se ensombreció.

—Hace dos semanas volví a perder al hijo que estaba esperando —dijo limpiándose los ojos de lágrimas—. Eugen me culpa… Bueno, no me lo dice de esa manera, pero sé que en el fondo lo hace, Ladislav. ¿Qué hombre no quiere ser padre? ¿Qué hombre puede amar a una mujer que no consigue darle hijos, descendencia?
—No creo que Eugen piense eso de ti y tampoco que vaya a dejar de amarte solo porque no puedas tener hijos —dije para animarla—. No he tenido muchas oportunidades de hablar con tu esposo, pero apuesto a que siente verdadera devoción por ti…

Yo no hablaba realmente de Eugen sino de mí.

—¡Ah, Ladislav! No lo comprendes… —dijo dejando de llorar para luego sonreír de forma amarga.
—¿Qué quieres decir?
—Aún sigues pensando como un niño. Nada sabes del mundo de los adultos.

Las palabras de Vesna eran como colmillos que descuartizaban mi corazón. Mi prima no era consciente del daño que me hacían, de cómo su menosprecio era el arma con la que nos distanciábamos cada día que pasaba. En aquel momento, fue muy difícil creer que ella había sido la artífice principal de la felicidad de la que había disfrutado hasta la aparición de sus detestables primos. Por un instante, vislumbré parte de Eugen y Radovan en su confesión. Era como si ellos hablasen a través de su boca.

—Entonces, ¿para qué has venido hasta mí si sigues considerando que soy un inmaduro? —dije levantando la voz—. ¿Es que no tienes a nadie más? ¿O es que te sientes tan terriblemente sola que el único que podría soportarte es un niño?

Notaba toda la ira acumulada en aquellos años. La odiaba. Quería odiar a Vesna.

—¡Eres una egoísta! ¿Acaso has considerado alguna vez mis sentimientos? ¿O tan solo te importan los tuyos?

Me levanté del sillón y señalé la puerta.

—¿Sabes una cosa? Quiero que te vayas, que te vayas con Eugen, que le cuentes a él tus problemas y que no te atrevas a venir a mi casa para decir que soy un inmaduro. ¡Vete con tus odiosas hadas a otra parte!
—P-Pero, ¡Ladislav…! Jamás te había oído hablar así…
—Pues acostúmbrate. ¡No soy ningún niño! —dije mirándole muy serio.

Vesna sonrió. Yo no entendía nada.

—¿Y ahora por qué sonríes? ¿No te sentías antes triste y miserable por no ser madre…? —dije antes de arrepentirme por la crueldad de mis palabras.

Pero ella ni se inmutó. Se acercó a mí y me tomó de la mano. Aquello me confundió por completo.

—Si algo me consuela en este mundo es que, pase lo que pase, siempre serás mi primo más amado —dijo mientras me tomaba de la otra mano.
—¿Qué quieres, Vesna? Aún no sé por qué estás aquí…

La odiaba. La amaba. La odiaba. La amaba. Iba a volverme loco porque mi corazón no iba a poder soportarlo durante mucho más tiempo.

—Dime, si me hubiera casado contigo y no hubiese podido tener hijos, ¿te habrías arrepentido?
—No —dije inmediatamente—. Sabes que nada hubiera cambiado lo que sentía por ti.

Vi una sonrisa sobre su rostro y creí ver a la Vesna que había conocido durante la niñez. Aquella muchacha que me había enseñado a amar mis días, nuestra sola existencia. La misma que solo sabía sacar lo mejor de mí.

—Pero eso nunca lo sabremos porque tú decidiste casarte con Eugen y yo con Spomenka —dije con cierto rencor.
—Es cierto. Nunca lo sabremos.

Permanecimos en silencio y me acarició el rostro como si fuese nuestra despedida. La que, años atrás, no habíamos podido consumar.

—Tú nunca tendrás las dudas de Eugen.
—¿Qué quieres decir?
—Spomenka espera un hijo tuyo.



Mi esposa se apartó del abrazo que nos dimos para señalarse el vientre. Yo había corrido hasta el salón para confirmar si lo que Vesna había dicho era cierto. ¿Iba a ser …padre?

—En menos de nueve meses nacerá nuestro hijo. ¿Estás contento?

La alcé entre mis brazos para después besar sus mejillas. ¡La vida volvía a ser maravillosa! Recuerdo que sentí como si mi corazón hubiese doblado su tamaño pues sentía los latidos incluso en las sienes y en la nuca. Mis lágrimas se tropezaban sin darme cuenta.

—Estate quieto, tonto —dijo al tiempo que rompíamos a reír de alegría—. ¡Ah, Vesna estropeó la sorpresa! Yo quería decírtelo personalmente. Tener plena certeza de que era así.

Mi prima se había marchado sin despedirse. Yo había salido disparado en busca de Spomenka tras oír que iba a ser padre.

—¡Pobre Vesna! Eugen también lo está pasando muy mal. La próxima semana irán a Viena a un gran especialista. Ya no saben qué hacer…

No dejaba de ser paradójico. Iba a ser padre gracias a Spomenka. Si me hubiese casado con Vesna, quizá nunca conseguiría saber cómo era, qué se sentía. Era la primera vez que me alegraba de que las cosas no hubieran sucedido como me hubiera gustado, como había escrito en mi viejo diario a tan corta edad.

—¿Puedo poner la cabeza sobre el vientre? —dije entusiasmado.

Ella lanzó una espontánea carcajada.

—¡Ay, Ladislav! Aún es demasiado pronto. Nuestro hijo solo tiene algo más de un mes.
—No lo sabía —dije mordiéndome los labios.
—Pero no te avergüences, mi pequeño Ladislav. Eres un varón y los varones no saben de estas cosas ni se interesan por ellas.
—Pero prométeme que si hay cualquier problema me lo dirás —dije mientras besaba sus manos.
—Está bien. De todos modos, no tienes que preocuparte demasiado. Katarina va a ayudarme durante el embarazo. Y he pensado que lo mejor será que durmamos en habitaciones separadas…
—Pero, ¿por qué? Somos recién casados…
—Y así es, Ladislav —dijo ella antes de darme un beso en los labios—. Pero ahora lo más importante es nuestro futuro hijo. ¿Sabes? Tengo mucho miedo de que me suceda lo mismo que a Vesna…
—Pero Iskra ha sido madre… ¿Por qué ibas a perder…?
—¡Deja de llevarme la contraria, por favor!

Spomenka parecía hablar muy en serio y su actitud me acobardó.

—¡Tú no sabes nada sobre estar embarazada! No sabes nada sobre el calvario que ha vivido Vesna ni la has oído llorar como yo lo he hecho —dijo casi a punto de emocionarse—. Mi hermana nunca podrá tener hijos, Ladislav, y por mucho que mi familia, Eugen y yo intentamos animarla; ella sigue llorando cada aborto como si hubiese tenido a esas criaturas en su regazo, como si de verdad hubiera visto fallecer a sus hijos, uno detrás de otro sin poder hacer nada para evitarlo.

Por un momento fugaz, imaginé a Vesna meciendo una cuna vacía al tiempo que hablaba sola, con la mirada perdida. ¿Lograría comprender algún día su desolación?

—Ladislav, lo siento muchísimo, ¿de acuerdo? —dijo ya más calmada mientras besaba mis mejillas—. Solo deseo que todo salga bien. No quiero que tengamos que arrepentirnos. ¿Lo comprendes? Estoy muy asustada y, aunque quizá esté exagerando con todo esto, necesito tu apoyo más que nunca, amor mío.
—Tienes razón.

Sin embargo, mi relación con Spomenka durante los casi nueve meses que siguieron se fue deteriorando lentamente. El transcurso de los días vendría a constatar que mi matrimonio no me hacía feliz. Había días que apenas nos veíamos varios minutos. Nuestros horarios no coincidían y ni siquiera para desayunar o almorzar nuestros rostros se cruzaban. Darija me contaba que la Señora Dragovic se pasaba los días y las noches en compañía de la Señorita Vlasic, que siempre estaban juntas hablando del Antiguo Egipto o en el conservatorio. Fue durante aquella época cuando empecé a refugiarme en la administración de nuestra maltrecha fortuna. Había perdido grandes cantidades de dinero en inversiones catastróficas y continuaba sumido en una espiral de caos financiero que parecía no tener fin. A partir de entonces, comencé a pasar casi todo el día y parte de la noche encerrado en el despacho. Prescindí de toda ayuda de mi tío Patrick, pues no quería que nadie de mi familia estuviese al corriente de la situación financiera de Nueva Alejandría. Por ello, consulté a varios agentes e inversores para que mi hijo no tuviese que verse en la obligación de renunciar a su vida como les había sucedido a mis dos hermanos. Aquello no iba a pasar y me juré que haría montañas de dinero para asegurar que Spomenka y mi futuro vástago vivieran sin preocupaciones. Como mi vida matrimonial era inexistente, comencé a realizar pequeños viajes de negocios alrededor del país, sobre todo a la capital, Zadar. Tenía ya casi veinte años. Como todo joven sano, rebosaba de un enorme deseo por mantener relaciones de tipo sexual. Y he de confesar que no era tanta mi voluntad espiritual como la física la que me empujaba a hacer ciertas cosas que nunca creí acabaría realizando. Al principio me prohibí tajantemente buscar el placer fuera del cuerpo de Spomenka. Aunque solo habíamos estado juntos varias veces, estuve convencido de que lograría resistir la falta de caricias, de besos y de encuentros amorosos. Pero cuando empecé a viajar por todo el país, la oportunidad de conocer a otras mujeres se multiplicó de forma considerable. Yo había crecido en Nueva Alejandría y, en mi corta vida, no había ido más lejos de Dubrovnik (con el embarazo de Spomenka, habíamos aplazado indefinidamente la luna de miel). Por todo ello, descubrir que existían otros mundos y también otras mujeres que no eran mis primas eclipsaría muy rápido a la burbuja en la que me había criado junto a Spomenka, Vesna e Iskra. Fue en Zadar donde por vez primera tuve la oportunidad de entrar en un prostíbulo. Iba acompañado de otros socios con los que más tarde crearía una firma propia destinada a gestionar las acciones del acero. Me habían animado a solicitar los servicios de aquellas mujeres cuando, entre botellas de alcohol y cigarrillos, me sonsacaron que Spomenka y yo no estábamos en nuestro mejor momento.

—Estoy demasiado cansado. Me voy al hotel —dije para no tener que acompañarlos.

No quería romper la confianza que mi esposa había depositado en mí. Aunque las cosas se habían torcido, aún tenía esperanzas de que el hijo que esperábamos uniría aquellos largos meses que nos habían lanzado lejos el uno del otro.

—¡Vamos, Ladislav! Tu esposa debe entenderlo… Si no te da lo que quieres, lo buscarás fuera.
—Te aseguro que después de hoy, te alegrarás de que Spomenka no quiera dormir contigo…
—¡Fíjate que empiezo a envidiarte!

Los tres compañeros se reían mientras no dejaba de sentirme como un auténtico idiota.

—Esta corre de mi cuenta. Elige la que quieras que yo te invito.
—Vamos, Ladislav. ¡Decídete, que no tenemos toda la noche!

Estaba dividido. Mi cabeza me decía que debía serle fiel a Spomenka, que si de verdad la estimaba no entraría en aquel lugar. Sabía que aquello no estaba bien. Yo había amado a mis primas desde muy pronto y dar aquel paso irreversible suponía traicionarlas. Pensar en ello me inquietaba. Pero, por otro lado, Iskra y Vesna me habían apartado de sus vidas como si fuese un viejo calcetín en momentos en que solo quise protegerlas y velar por su bien. Spomenka, aunque no me había rechazado de forma definitiva, también había actuado sin considerar mis sentimientos. Incluso nuestro futuro hijo parecía ser lo único que le importaba. Ingenuamente, había creado mi realidad en torno a ellas cuando ninguna de las tres había hecho lo mismo. Despechado, las culpaba desde el fondo de mi corazón. Tenía que cortar para siempre el cordón umbilical que me unía a ellas o de lo contrario nunca sería feliz.

—Está bien. Entremos —dije por fin.
—Eso es, Ladislav. ¡Deja de someterte a Spomenka! ¿Qué sabrá ella por lo que estás pasando? Las esposas deben mantenerse al margen.

Iba a entrar detrás de mis compañeros cuando alguien me agarró del cuello y caí contra el suelo.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Era Radovan. Yo no salía de mi asombro y fui incapaz de levantarme.

—¿Qué haces tú aquí?
—Te vi a lo lejos y no podía creerlo. Pero cuando me acerqué, no tuve duda alguna. ¿Así respetas a mi prima? ¿Pagando por una furcia que no le llega ni al talón?
—¡No te consiento que hables así! —dije antes de levantarme y empujarlo con violencia contra la pared.

Mi rabia, lejos de desaparecer, se había multiplicado con la presencia del ser que más odiaba sobre la faz de la tierra.

—¡Quieto, Ladislav! No me obligues a usar la fuerza —dijo muy serio.
—¿Qué vas a hacerme? Esta noche no tengo tiempo para tus tonterías. ¡Vete y déjame en paz!

Radovan intentaba intimidarme con sus ojos de diferentes colores, pero no lo iba a conseguir. La ira me cegaba y era la mejor vacuna contra sus artimañas. Quería darle un buen puñetazo. Pero al final, hizo un rápido movimiento y me tiró al suelo.

—Olvidas que soy más listo que tú, tonto.




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