La noche del cisne | Capítulo 10~

Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios capítulos de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz jueves!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.







10. Soledad

Varias semanas después, Spomenka vino a mi despacho acompañada de una joven desconocida. Era una amiga suya, Katarina Vlasic, y había llegado a Dubrovnik en barco desde Atenas. Había traído algunos de aquellos artefactos arqueológicos que a mi esposa tanto le fascinaban y ella la invitaría por unos días a permanecer en Nueva Alejandría, así que pensé que sería bueno que recibiésemos la visita de otras personalidades.

—¡Ah! Pero no quisiera ser una molestia. Spomenka me ha dicho que en dos semanas os marcharéis a Egipto de luna de miel…
—No, no es ninguna molestia. Nueva Alejandría es también la casa de las amigas de mi esposa —dije haciendo una pequeña reverencia.

Las dos mujeres se marcharon enseguida pues en la tarde había una charla en Dubrovnik sobre Amelia Edwards, una egiptóloga británica que había publicado un libro donde detallaba e ilustraba su viaje a través del Nilo. Yo continué haciendo gestiones y números para no tener que pedirle a mi tío un préstamo. Seguía perdiendo dinero, pero no quería que mi prima se preocupara. La tarde pasó muy deprisa porque cuando alcé la vista vi que eran casi las siete de la noche. Darija llamó a la puerta para traerme la cena. Finalizada, fui a la habitación para reencontrarme con Spomenka. La había tenido presente en mis pensamientos. En realidad, no dejaba de darle vueltas al hecho de que mi esposa seguía sin disfrutar plenamente de nuestros encuentros amorosos. De hecho, había advertido que en ocasiones su cuerpo se cerraba de forma involuntaria cuando quería entrar entre sus piernas. ¿A qué se debía? Aunque ella intentaba quitarle importancia, yo quería saber por qué su anatomía no reaccionaba a lo que por naturaleza era normal. No dejaba de repetirme que me amaba y además ya no había sangrado más, pero los gestos con los que su cara se expresaba cuando intentaba entrar dentro de ella la delataban. Por todo ello, durante una de las últimas veces hubo un momento en que cerré los ojos e imaginé que, en lugar de Spomenka, era Vesna la que estaba debajo de mi cuerpo. Recuerdo cómo aquello hizo que eyaculase de forma inmediata y experimentase tal placer que me sentí terriblemente culpable aquella noche. Sin embargo, volví a hacerlo cada vez que tuve las piernas de mi esposa en torno a las mías. Aquello se convirtió en mi detestable secreto ni siquiera escrito en mi diario. Yo necesitaba los besos y las caricias de Spomenka, pero por otro lado codiciaba el cuerpo apasionado y jugoso con el que Vesna me rendía a sus pies. Me puse la camisola y aguardé en la cama creyendo que no tardaría en llegar. Pero cuando desperté estaba solo. Todo hacía pensar que no había venido a mi encuentro. ¿Dónde estaba? Pensé que estaría con Katarina hablando de la charla de la británica egiptóloga. De repente, oí voces y también risas. Reconocí la de las dos mujeres y también la de Radovan. Salté de la cama, ligeramente enfadado, para salir al pasillo.

—¿Qué es todo esto? —dije sin contener mi enojo.

Spomenka se tambaleaba mientras sonreía. Sus ojos mostraban los colores del alcohol y sus mejillas tenían el mismo tono del carmín. Balbuceaba, pero no entendía lo que decía.

—Spomenka, estás borracha —dije disgustado.
—Katarina ha traído algunos regalos de Grecia —dijo Radovan—. Tienes que probarlos.

Era el único de los tres que parecía no sufrir los estragos del alcohol. Sin razón aparente, las dos mujeres se echaron a reír antes de que Radovan terminase de hablar. Me indigné tanto que di la vuelta y regresé a la habitación sin decir nada más.

—Ladislav… ven… no te enfades… —dijo él con tono conciliador—. No te lo tomes a mal… Solo nos divertimos.
—¿Otra vez la has emborrachado? —dije mientras Spomenka se agarraba a mi brazo de forma torpe y balbuceaba mi nombre—. Sabes que…
—Katarina ha traído vino. Y también opio —dijo Radovan con ojos pícaros.
—¿Opio? ¿Qué es eso?

Era la primera vez que oía semejante palabra. Los dos primos rieron como si alguien o algo les estuviese haciendo cosquillas. Katarina los miraba mientras intentaba retener el hipo.

—El opio es una especie de sustancia que se fuma.
—¿Como el tabaco? —dije sintiéndome un poco estúpido.
—¡Es mucho mejor! Te da una sensación muy placentera. Ven, ¿quieres probarlo? —dijo Radovan—. Te gustará.

Observé a mi esposa. Pensé que tal vez probar juntos aquella sustancia era una buena ocasión para que nuestros encuentros amorosos fueran verdaderamente gozosos para ella. Seguía sintiéndome culpable y deseaba que Spomenka también disfrutase. Encerrados en la habitación y con la luz del candelabro, el humo del opio entraba por nuestros pulmones. Notaba cómo las extremidades se aletargaban, produciéndome una extraña calma que mecía mis sentidos, mis pensamientos, mis anhelos. No era ni siquiera consciente de que Radovan estaba a mi lado, semidesnudo. Estaba tan relajado por los efectos del opio, que no importaba quién estuviese junto a mí. De hecho, si fuese el mismísimo Diablo me hubiese sido indiferente. Me sentía tan bien, tan calmado que yo solo quería seguir fumando.

—¿Puedo darte un beso? —dijo en voz baja Radovan acercándose.
—No —dije mientras notaba un leve hormigueo en la lengua.

Su voz llegaba a ráfagas. Era como estar en medio de una tormenta, pero no había rayos, ni relámpagos, ni lluvia. Solo nosotros y el abismo que nos enemistaba.

—¿Aún no te has dado cuenta? Lo supe desde que te vi la primera vez… Ladislav…
—Nunca podrás alcanzarme.
—No eres más que otro… cisne —dijo junto a mi oído.

Sentía que caía en un pozo sin fondo porque comprendí que estaba dentro de un sueño. Nada era real. Me observaba las manos, boquiabierto, y desaparecían u ondulaban cuando soplaba contra ellas. Todo daba vueltas. Oía las risas de Spomenka y de Katarina, los susurros de Radovan cual siseo de Satanás. Entonces vi a Vesna y también a Iskra. Recitaba una de sus poesías y la más pequeña de mis primas pintaba con las palmas de las manos en un lienzo blanco trazos desordenados de azul. Yo quería más opio. Vesna, desnuda con sus cabellos largos cayendo sobre los hombros y los senos, caminó hacia mí y se sentó sobre mi sexo erguido. Era el hada más perfecta de todas. Siempre lo supe. Yo quería más opio. Jadeaba al ver cómo se balanceaba sobre mí. Ella gemía y repetía mi nombre una y otra vez. Yo quería más opio. Notaba sus contracciones cuando comprendí que había alcanzado el placer en mi cuerpo. Yo quería más opio. Aquella imagen hizo que eyaculase mientras la abrazaba contra mí. Su nombre en mis labios era el conjuro que lograba calmarme.

—No sabes la de veces que he deseado tenerte solo para mí —dijo Radovan susurrándome—. La única manera de vencer al miedo es mirándolo de frente, Ladislav…
—Vete. Aléjate de mí. No te debo nada —dije apartándolo a un lado.



Caí gravemente enfermo. Como ama de llaves, Darija tenía la obligación de despertarme cada día nada más rayar el alba. La mujer llamaba a la puerta de mi estancia y le confirmaba que había oído su aviso. Sin embargo, esta vez entró en la habitación alertada por la ausencia de mi respuesta.

—¡Joven Ladislav! —dijo cuando me encontró tirado sobre el suelo.

La oía, pero apenas podía moverme. Hasta que no la vi delante de mí no fui consciente de dónde estaba ni qué hacía a los pies de la cama. Yo tiritaba y tenía muchísimo frío, tanto que no sentía los dedos de las manos ni las piernas.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué está en el suelo…? ¿Y la señora?

Recuerdo que vino el Doctor Kovac y que entonces apareció Spomenka. Hablaban, pero no podía prestar demasiada atención porque oía voces desconocidas en mi cabeza. Solo oía un murmullo tan irritante que me dolía como la peor de las jaquecas. El hombre me administró algunas medicinas. Pero seguía teniendo fiebre y a partir de aquel día no vi a Spomenka hasta pasadas casi cuatro semanas.

—Se pondrá bien, ya verá. Usted deliraba y, por mucho que cambiase el paño húmedo de la frente, seguía teniendo fiebre. Estaba sudando y… parecía que sufría mucho, señor —dijo Darija mientras me sostenía de la mano—. El viaje de luna de miel ha sido aplazado, pero podrá ir la primavera que viene.
—¿Dónde está mi esposa…? ¡Quiero verla…! Dile que venga.
—El doctor ha desaconsejado que entre.
—¿Por qué…? ¿Qué ha dicho…? ¿Dónde está Spomenka…? ¿Por qué no está aquí, conmigo?

Encerrado en la habitación día tras día, y sin más contacto con el exterior que mi fiel Darija, mi estado no mejoraba. En las noches volvía el murmullo a mis oídos y la fiebre me hacía tener delirios que obligaban a algunos sirvientes a atrancar la puerta para que no saliese de allí. Con todo, yo la aporreaba y tiraba todo lo que encontraba contra ella creyendo que se trataba de algún fantasma que venía a por mi alma.

—¿Por qué no ha venido hoy mi esposa? —decía a Darija nada más entrar en la estancia cada mañana.
—El doctor lo ha desaconsejado.
—¡Eso ya me lo has dicho, maldita sea! ¿Qué me ocultas…? ¿No me estarás engañando…?
—¡Le juro que no! —dijo casi a punto de echarse a llorar.

Estaba desquiciado. Me irritaba con suma facilidad y recuerdo que en más de una ocasión insulté a Darija, una mujer que casi me doblaba la edad, con palabras que me siguen avergonzando. Yo no era así, pero entonces, ¿por qué actuaba de aquella forma tan grosera?

—¿Qué enfermedad tengo?
—Aún no se sabe muy bien qué es lo que le mantiene enfermo, joven Ladislav. Tiene que ser fuerte. Y paciente. Yo estoy con usted.

A la semana dejé de comer. Me pasaba los días junto a la ventana, intentado averiguar qué estaba sucediendo. Pero por mucho que mirase, nunca vi a Spomenka ni a nadie más que no fuese del servicio. ¿Es que todos se habían marchado y me habían dejado allí, solo? En aquellas cuatro largas semanas tampoco vi a Radovan. Poco a poco empecé a recordar lo que pasó la noche que fumamos opio, justo antes de caer gravemente enfermo.

—¿Dónde está… Radovan?
—Se marchó la misma mañana —dijo Darija.
—¿Qué mañana?
—Cuando lo encontré en el suelo… Se fue muy temprano, antes de que amaneciese.

Nada había cambiado en mi forma de pensar y en cómo concebía el deseo: yo seguía estimando a Spomenka, quería tener muchos hijos con ella, viajar a Egipto de luna de miel, envejecer a su lado y ver crecer a nuestros futuros nietos. Tampoco habían cambiado mis sentimientos por Radovan y continuaba odiándolo por todo lo que había hecho.

—¿Sabes la razón por la que se ha ido?
—Dijo que se marchaba a París por un asunto urgente.
—¿Cuál? —dije ligeramente ansioso.

Aunque tenía la certeza de que el opio había creado imágenes falsas, no dejaba de pensar en la visión que tuve con Vesna. Su insistencia al repetir mi nombre, nuestros cuerpos poseídos por el goce.

—No lo dijo, pero dejó algo para el joven Ladislav.

Extrañado, miré a Darija. No podía imaginar qué podía ser. Sentí cierto alivio al saber que Radovan estaba muy lejos de Nueva Alejandría. Su presencia me irritaba y detestaba que Spomenka y él fuesen tan cercanos. Aunque lo había considerado muchas veces, era incapaz de decirle a mi esposa que su primo se merecía todo mi rencor. Pero, además, extrañaba los días lejanos de mi niñez, cuando mis preocupaciones se resumían en obtener las piedrecillas y botones más bonitos con los que Vesna, mi amada Vesna, me obsequiaba. Ni siquiera mis padres habían venido a verme. Nadie, excepto Darija y el Doctor Kovac. ¿Qué había quedado de todos aquellos momentos que parecían disolverse como un terrón de azúcar en un gran vaso de agua? Solo el opio parecía haberme dado la oportunidad de descubrir cómo podría haber sido el futuro. El ama de llaves volvió con una pequeña bolsa de exótica seda que me entregó nada más acercarse.

—Dejó este presente. También escribió una nota que metió en su interior. Señaló que la leyera despacio y que le diese la respuesta cuando regresara.
—Está bien. Puedes marcharte.

Después de que Darija cerrase la puerta, extraje la nota y la rompí sin el más mínimo interés por saber su contenido. A continuación, tomé el obsequio, que no era sino la pitillera dorada, y abrí la ventana. La lancé contra los manzanos.



Comentarios

Entradas populares