La noche del cisne | Capítulo 4~

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Con cariño, 
Eleanor Cielo💙



Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.






4. Descalzo

Vesna se casó con Eugen. La ceremonia había tenido lugar en los jardines de Nueva Atlántida. Hasta el último momento, tuve la esperanza de que mi prima cambiaría de parecer y aceptaría mi petición. Durante aquellos largos y confusos días, había imaginado miles de veces que ella, terriblemente arrepentida por haber estado a punto de casarse con otro hombre que no fuese su amado primo Ladislav, corría hasta Nueva Alejandría para confesar que no sería feliz si no estaba a mi lado. Pero nada de aquello sucedió. Me debatía entre una suerte de emociones que me arrastraban hacia la ira, la desesperación o la tristeza. Para mí, todo aquello era dolorosamente nuevo y pensé que mi vida había perdido toda razón de ser. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora sin Vesna? ¿Sin mi Violeta? Yo solo quería que todo volviese a ser como antes, a tener para mí a la mujer que amaba. Mi estado de ánimo me había arrastrado a las afueras del jardín de Nueva Atlántida. Aunque había acudido a la ceremonia, hui de allí nada más oír de Vesna las dos palabras que juré solo me diría a mí.

“Sí, quiero.”

No podía ser cierto. No podía ser que mi mundo hubiese desaparecido para siempre. Para siempre. Era horrible hacerse mayor, adulto. Me desconcertaba experimentar aquellas nuevas sensaciones dentro de mí. Sentir el mordisco de la ira, el escozor de la furiosa envidia. Sin embargo, cuando iba a llamar al mozo para que trajese a Ulises del establo ocurrió algo extraño.

—Me gustaría hablar contigo… a solas —dijo una voz masculina detrás de un arbusto.
—¿Sí…? ¿De q-qué quieres que hablemos…?

Aquella segunda voz era la de mi prima Iskra. ¿Con quién estaba hablando? Me acerqué, intrigado por conocer la identidad del desconocido.

—Mi hermana Spomenka me espera.

Era Radovan, el hermano del cretino de Eugen. Iskra sonreía y parecía coquetear con él. Por un instante pensé que habían reparado en mi presencia, pero enseguida comprendí que no podían verme. El joven se acercó un poco para acariciarle el hombro, pero mi prima pareció turbarse porque retrocedió y se marchó de forma algo precipitada. Radovan chasqueó, disgustado. ¿Qué estaba ocurriendo? No había terminado de comprender lo que acababa de presenciar cuando apareció junto a Radovan un hombre desconocido algo mayor que él. Ahora hablaban, pero yo no lograba oír nada. Susurraban y la distancia que los separaba era tan pequeña que algo dentro de mí me obligaba a espiarlos. No me inspiraban ninguna confianza. Me acerqué más. Las ramas del arbusto se clavaban contra mí. ¿Por qué Radovan quería hablar con Iskra a solas?

Entonces, sucedió aquello. Radovan rodeó a su interlocutor con los brazos y empezó a decirle algo al oído mientras le rozaba el mentón con las yemas de los dedos. Aquella imagen de dos hombres tan juntos me hacía sentir incómodo. No sabía quién era aquel desconocido que se dejaba abrazar por el joven, pero sí que aquel comportamiento no era apropiado. Aquella imagen me hacía sentir extraño y ahora solo quería marcharme. Pero cuando iba a dar la vuelta, el hombre atrajo contra sí a Radovan y empezó a besarle en torno al cuello. Aquella escena me desagradaba. Recuerdo que incluso se me revolvió el estómago. Era incapaz de mantener la mirada hacia aquellos dos varones que se comportaban de forma inadecuada. ¿Qué clase de joven era el primo de mi preciada Iskra? No podía permitir que volviese a estar a solas con él. De lo contrario, ¿quién sabía qué podía hacerle aquel degenerado? Radovan había cerrado los ojos mientras recibía los besos y yo empecé a tener arcadas. De repente, me faltaba el aire, estaba temblando. Tenía que decírselo a alguien… pero, ¿a quién? Dejé atrás el arbusto. Con el corazón ardiendo como si la sangre de repente hirviese, llegué a la zona del jardín donde se celebraba el banquete de bodas. Tardé en localizar a mis hermanos, sentados junto a mis padres.

—Ladislav, ¿dónde has estado? —dijo mi madre nada más llegar. Me había sentado junto a Sanel—. Antes ha venido mi madre porque quiere que vaya a Dubrovnik a comprar algunas telas… Hoy es navidad… Está nevando… ¿vendrás conmigo?
—Sí, madre —dije mientras aflojaba el nudo del pañuelo del cuello—. Después iremos a comprar la tela.
—¿De dónde vienes? ¿Con quién has estado? —dijo ahora Klaudio—. Compra acciones de hulla… y también de sacos de patatas. ¡Me encantan las patatas…! ¿Estás sudando, Ladislav?
—No es nada. Estoy bien —dije intentando parecer tranquilo—. Padre, no debe preocuparse. Después comerá muchas patatas. Darija le preparará un exquisito estofado.

Danica se acercó y me tomó la temperatura poniéndome el dorso de la mano sobre la frente.

—¿Estás enfermo, hijo mío?
—Madre, estoy bien.
—Pero no te vayas, ¿de acuerdo? Tenemos que comprar la tela.

Ella me abrazó con fuerza y, cuando vi que era el centro de atención de algunas miradas y murmuraban de forma disimulada, me sentí un poco incómodo.

—Madre, suélteme, …por favor… Me hace daño… Todo el mundo está mirando…

Danica me soltó y me acomodé los cabellos despeinados. Le miré detenidamente, algo consumida y con múltiples canas, intentando comprender por qué a mi madre le había sido reservado semejante destino. A pesar de que estaba acostumbrado a las muchas palabras sin sentido que mis padres proferían de forma aleatoria, no era menos cierto que todavía me confundían.

—Madre…
—¿Te acuerdas cuando te gustaba que te contase tus cuentos preferidos sobre mi regazo? —dijo en un breve momento de lucidez.

Sin embargo, y solo a veces, me sorprendía con aquellas palabras y notaba cómo se me humedecían los ojos. Aunque creía que no era posible, cuando sucedía recuperaba la esperanza y pensaba que mi madre había regresado para recordar otra vez que yo era su hijo más amado.

—Claro que lo recuerdo, madre —dije dándole un beso sobre la frente arrugada—. Claro que lo recuerdo. ¿Cómo voy a olvidarlo?

Mi hermano mayor hablaba con Karlo de forma animada.

—Voy a pedirle a Iskra que se case conmigo.
—¿Y a qué esperas? —dijo Sanel mientras le daba una palmada sobre el hombro.

Entonces recordé lo que había sucedido momentos previos.

—¿Que te vas a casar con Iskra…? —dije desconcertado—. ¿Cuándo…?
—No lo sé, Ladislav. Primero tendré que pedírselo, ¿no crees?

Mis dos hermanos rompieron a carcajadas como solían hacer cuando les preguntaba algo que no entendía e hicieron que me sintiese como un auténtico necio. A veces creía que se burlaban de mí a propósito. ¿Debía confesarles lo que acababa de ver detrás de aquel arbusto? ¿Cómo reaccionarían? Yo no quería que se rieran otra vez de mí…

—Me alegro de que hayas venido, Ladislav —dijo alguien de repente.

Me giré y Vesna, igual que un hada mágica en las que tristemente ya no deseaba creer más, me miraba con sincero afecto. Quedé sin habla, rígido como un péndulo, mientras mi familia la felicitaba. Ahora su belleza era dolorosa como jamás pensé que rasgaría mi garganta. Quería llorar como un niño, regresar a los días que había vivido junto a ella. Me negaba a aceptar que todo había cambiado. Deseé volver a tener seis años. La misma edad con la que conocí por vez primera a Vesna. Había olvidado por completo por qué estaba allí, qué había hecho que regresara a aquel jardín donde la mujer que amaba había decidido desposarse con otro hombre. No dejaba de mirar, de admirarla y, con cada fragmento de su imagen, me sentía más y más desgraciado.



—Me conmueve su espíritu de sacrificio, Ladislav —dijo Eugen en cuanto se aproximó. Vesna continuaba conversando con mis hermanos—. Reconozco que, para ser tan joven, tiene agallas.

Eugen no tardó en acercarse hasta la novia para besar sus mejillas y llevársela a la mesa de invitados más próxima. Yo había quedado inmovilizado, incapaz de reaccionar ante la luz deslumbrante de Vesna y el veneno de las palabras de su ahora esposo. ¡Cómo detestaba tener solo diecisiete años! Demasiado mayor para regresar a la feliz niñez o demasiado pequeño para ser considerado un auténtico adulto. En cualquiera de los dos casos sabía que estaba perdido. Había sido expulsado del paraíso y ahora todo apuntaba a que debía vagar errante por el mundo. Yo desconocía lo que era la violencia. Había sido educado por mis padres entre suaves acordes y mis preciosas primas habían contribuido a considerar mi vida como la más perfecta de las armonías y melodías. Había crecido creyendo que no habría notas discordantes, notas que chirriaran como lo hacían Eugen o el pervertido de Radovan. Sin embargo, no podía permitir rebajarme a su mismo nivel. Yo era un muchacho bien educado que debía huir de todo conflicto si quería que aquel mundo perfecto en el que vivía continuase. Con todo, Vesna había salido para siempre de él. ¿Por qué se había marchado si éramos felices? ¿Por qué todo era tan complicado? ¿Por qué seguía sin comprenderlo? Entonces, divisé a Radovan junto al desconocido. Se habían sentado en la mesa de nuestro lado izquierdo. Me intranquilicé, deseoso de revelarle a mis hermanos lo que sabía. No obstante, me sentía cohibido por la presencia de aquellos dos hombres.

—Deja de beber —dijo Radovan a su compañero cuando vio que se servía una segunda copa.

El otro no dijo nada y apuró la bebida de un trago mientras lo miraba como si lo desafiase.

—Te he dicho que dejes de beber, Fabien.
—Te estás perdiendo lo mejor de la celebración. Es lo único bueno del día de hoy.
—Ya hemos hablado antes. No insistas —dijo Radovan.
—Por eso bebo, mon petit. Para que se me olvide cuanto antes.
—En Dalmacia las cosas son diferentes, no son como en tu país.
—Y es doloroso que me lo recuerdes. No hay ningún lugar como mi amada Francia… À la vôtre! —dijo antes de brindar y terminar con la bebida.

Radovan parecía ligeramente irritado mientras Fabien continuaba bebiendo champán como si no hubiera un mañana. Yo los miraba desconcertado pues por alguna razón sentía cierta curiosidad.

—¿Vendrás conmigo después? La casa es demasiado grande solo para mí… —dijo el francés tambaleándose un poco al tiempo que llamaba con la mano a la sirvienta para que trajese otra botella de alcohol.
—He de acompañar a Eugen…
—¡Oh, mon petit! Eugen hoy estará ocupado como es su deber. Olvídate de tu hermano. No me dejes solo en este lugar en el que no conozco a nadie. Mírales —dijo mientras contemplaba a los recién casados—. Ellos sí pueden mostrar su amor y recibir las sonrisas y afectos de los demás. No tengo ninguna duda de que el destino se burló de mí el día que nací.
—Otra vez estás siendo importuno y dramático —dijo antes de dar un largo suspiro.
—Y ahora te diviertes de mí.
—Haz lo que quieras y déjame en paz.

Fabien se alzó, tambaleando mientras sostenía la copa colmada de champán. No parecía percatarse, pero el alcohol se derramaba con los vaivenes ante el desconcierto de Radovan y el resto de invitados de la mesa donde se hallaban.

—¡Por Vesna y Eugen! —dijo levantando de forma enérgica la copa semivacía. Creí por un momento que el hombre iba a caerse encima de la mesa—. ¡Que Dios conserve la unión de los castos y decentes que se entregan en santo matrimonio! À la vôtre!

¿Qué rara bendición era aquella? Se había producido un extraño silencio que enseguida fue solapado con el inicio del concierto del cuarteto de cuerda. Radovan se había marchado, probablemente abochornado por la actuación excéntrica del francés. Yo no conocía Francia a pesar de que hablaba su lengua con suma facilidad, pero que Fabien fuese el primer francés que conocía me disuadió de conocer semejante lugar. Entonces me percaté de que Iskra no estaba y pensé que había ido tras los pasos de Radovan. Aquello me intranquilizó.

—¿Dónde está Iskra? —dije a mis hermanos.
—No lo sé —dijo Sanel mientras miraba con aparente interés a la muchacha de la mesa de nuestro lado derecho.
—Tenemos que encontrarla... ¿Dónde está Karlo? —dije intentando controlar mi nerviosismo—. Si estaba aquí hace un momento…

Me había agarrado de su brazo con fuerza. Mis pies estaban helados. Sorprendido, Sanel me separó de su lado.

—Pero, ¿qué te ha dado? Karlo estará por ahí. Ahora vendrá —dijo de forma áspera.

Si decía lo que había visto, podía meterme en serios problemas. Estaba casi seguro. Aquellos dos hombres…

—¿Qué sucede, Ladislav?
—Es Iskra —dije por fin.

Las palabras se atascaban en la garganta y la cara me ardía.

—¿Qué quieres? —dijo impaciente.

Mi hermano chasqueó la lengua. Juro que lo intenté, pero era incapaz de confesarle lo que había visto. Estaba muerto de miedo.

—Oye, Ladislav. No tengo tiempo para tus tonterías. Déjame en paz y vete a jugar a otra parte —dijo levantándose de la mesa.

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