La noche del cisne | Capítulo 3~

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Con cariño, 
Eleanor Cielo💙



Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.



 






3. Dentro del espejo

Pasaron algunos años más. No había olvidado la trágica historia de amor entre Alfredo y Violeta. Además, el deseo que sentía por Vesna me atormentaba noche y día, no importaba si ella estaba presente, y empecé a hacer algunas cosas que jamás llegué a imaginar tiempo atrás. Un día entré en su habitación. Todos almorzaban en el jardín, pero yo no podría resistirme ante aquella obsesión por mi prima que nació con La traviata. Entré con cautela y cerré la puerta. Todo estaba en silencio, si bien oía los cantos de algunos pájaros. Abrí los cajones de su cómoda y luego los del armario. No sabía qué buscaba exactamente, pero estar rodeado de los objetos personales o las prendas de Vesna apaciguaban de alguna manera mi enfermiza inquietud. Tomé un par de guantes de seda del cajón y me los acerqué a la mejilla. Eran suaves como su piel, de tacto aterciopelado como debía ser su cuerpo desnudo bajo el rayo de la luna. Cerré los ojos y aspiré con suavidad. Olían a ella. Era como estar entre sus inmaculados y torneados senos que se movían tímidamente con cada paso que daba. Me senté sobre la cama y me vi reflejado en el espejo de la esquina. Por un momento, imaginé a mi prima detrás de mi imagen. La joven abría la puerta, me tomaba de la mano y nos encerrábamos en el armario. A oscuras, entre sus vestidos y sus muchos pañuelos de seda italianos perfumados, nos besábamos por vez primera. Pero Vesna, lejos de ser tímida como yo, llevaba la iniciativa. Me atrajo contra sí mientras oía cómo susurraba mi nombre una y otra vez.

—Ladislav… Ladislav… Ladislav…

Sus besos, de puro almíbar, lograban calentarme el cuerpo como nunca antes había experimentado y yo jadeaba al sentir el roce de sus dedos sobre la mejilla. Mi cuerpo había cambiado. Ya no era el de un niño. Ahora temblaba con solo notar el de Vesna junto al mío. Nunca pensé que podría sufrir semejante metamorfosis. Cerré los ojos como el enamorado sin remedio en el que me había convertido finalmente y la llamé por su nombre.

—Vesna… Te amo… Vesna…

De pronto, me di cuenta de que estaba abrazado a su almohada. Olía a ella. Suspiré.

—¡Ladislav! ¿Dónde estás…? —dijo Karlo de repente a lo lejos.

Me incorporé de inmediato y aguardé detrás de la puerta. Cuando mi hermano abandonó el pasillo, salí de puntillas y me dirigí al jardín. Allí estaban todos, excepto Karlo que llegó poco después.

—¿Recitarás hoy, Vesna? —dije nada más descubrirla con su libro de poemas entre las manos.
—No podrá ser, mi estimado Ladislav. Mi papá acaba de anunciar que ha llegado un telegrama urgente confirmando que los Broz vendrán esta tarde de Zadar.
—¿Los Broz…? —dijo Karlo levantando una ceja.

Era el apellido de su tío y esposo de la hermana de mi tío Patrick, fallecida años antes. Eugen y Radovan eran los primos que, al quedar por completo huérfanos muerto recientemente también el padre, se mudaban a la ciudad.

—¡Eugen es tan apuesto…! —dijo Iskra mientras revoloteaba junto a las violetas del jardín como si fuese una mariposa—. Ojalá tuviese más años…
—¿Para qué? —dijo Karlo visiblemente malhumorado.
—¿Para qué va a ser? ¡Para casarme con él!
—Quiero conocer a ese tal Eugen —dijo mi hermano.

Cuando ella y Karlo discutían, podían hacerlo durante horas. De todas formas, no le di demasiada importancia a la noticia de la llegada de los Broz y actué convencido de que haríamos alguna actividad juntos como había sido desde entonces. Yo tenía planes para aquella misma tarde. Entusiasmado, saqué un sobre del bolsillo.

—Ha llegado el circo a Dubrovnik y está instalado en la Plaza de las Flores. Podemos ir a la sesión de la tarde. ¡Mirad! ¡He conseguido cuatro entradas…!
—Los Broz se quedarán en casa durante estas dos semanas, Ladislav. Debemos recibirlos a su llegada —dijo Vesna—. Pero el sábado podremos ir al circo. Hablaré con Eugen y Radovan. Estoy segura de que les gustará la idea. ¿Serías tan amable de conseguir dos entradas más, por favor?

No quería compartir mi tiempo con aquellos dos desconocidos y, especialmente, la atención de mis primas.

—Pero no… Es que el circo acaba de llegar y yo… Estas entradas solo son para la función de hoy… —dije intentando reprimir mi desacuerdo absoluto.

Era la primera vez que no me sentía el centro de atención de mis primas. Ni siquiera había experimentado aquella desagradable sensación cuando mis padres no tenían problemas de memoria. ¿Por qué estaban actuando así? Me dolía el pecho y tenía un ligero picor en torno a los ojos. Spomenka, que había estado leyendo uno de aquellos libros del Antiguo Egipto, habló a continuación.

—Discúlpanos, Ladislav. Papá dijo que los Broz quieren venir hoy porque hace casi un año que no nos vemos. Desde que regresamos de la Exhibición Arqueológica de París no nos hemos reunido. Los Broz se han mudado a Dalmacia después de vivir en París durante casi toda una vida. Mi tío murió el mes pasado y por eso sus dos hijos regresan a Dubrovnik para instalarse.

Dejó el libro a un lado para acercarse y me rozó con los dedos la mejilla.

—Pero te prometo que pronto iremos al circo.



Cuando vi a Eugen el sábado, supe enseguida que estaba interesado en Vesna. Sostenía la mano de la muchacha mientras charlaban cuando entré en el salón donde mi tío Patrick había organizado un baile. Iba a su encuentro cuando Spomenka me salió al paso.

—Ladislav, ¿podemos hablar… a solas? Es muy importante.
—¿Sucede algo? ¿Ha habido algún problema? —dije cuando salimos al jardín.

No podía dejar de pensar en Vesna. En realidad, aún seguía enfadado por sentirme desplazado. Era como si, de repente, me hubiesen olvidado. Estaba un poco mareado.

—¿Quieres… casarte conmigo?

La mujer, que me miraba fijamente, sonrió ante mi cara de absoluta sorpresa. Jamás había imaginado ni por un segundo que mi prima diría semejantes palabras. Estaba desconcertado y sentí la tirantez de mis cejas curvadas.

—¿Estás hablando en serio? —dije un poco escéptico.
—Sí… Desde hace algún tiempo… siento por ti algo especial.
—Pero… Spomenka…

¿Cómo no me había dado cuenta de que mi prima había desarrollado por mí aquellos sentimientos tan profundos? Yo permanecía en silencio. En un pasado había sentido curiosidad por conocer los pensamientos de Spomenka con respecto a mí, pero ahora me arrepentía de ello.

—¿Te casarás conmigo?

¿Qué debía de hacer? No estaba enamorado de ella. Ni siquiera había contemplado dicha posibilidad. Para mí era como una hermana mayor, alguien a quien admiraba.

—Spomenka… yo… yo… no puedo… casarme contigo. En realidad, … yo… amo a… Vesna... Lo siento…
—Pero Ladislav… Ella… —dijo antes de bajar la mirada y detener sus palabras.

No sé cómo reuní las fuerzas necesarias para rechazar a mi prima, pero aún hoy recuerdo su rostro afligido. Sin embargo, mi mente estaba en otro lugar porque cuando quise darme cuenta había regresado al salón donde hallé a Vesna y a Eugen.

—Pensé que hoy iríamos a Dubrovnik —le dije a la joven después de las oportunas presentaciones—. El circo se marcha mañana…
—Eugen dice que quiere ir de picnic a la playa. ¿No sería una magnífica idea ir en esta época del año al mar?
—Pero el circo…
—¡Ah! El circo… ¿Qué tiene de especial ver a cuatro saltimbanquis y a un puñado de animales peligrosos? —dijo Eugen con cierta sorna.

Aquello no me molestó, pero sí lo hizo la breve risilla de Vesna. Notaba la sangre en las venas, los latidos de mi corazón airado.

—¿Cuántos años tiene, Ladislav?
—Casi dieciocho.
—Lo supuse —dijo antes de cruzarse de brazos y mirarme de reojo.
—¿Lo supone? ¿A qué se refiere?
—¡Oh! ¿Lo he ofendido? Ruego me disculpe, yo…
—No me ha ofendido. Tener dieciocho años no es algo de lo que me avergüence. Seguro que hay cosas peores —dije con una mueca de desagrado—. ¿Me concedes este baile, Vesna?

Había empezado una nueva pieza musical. Tomé la mano que me ofreció y fuimos a la pista de baile. No soportaba verla con aquel idiota de alta cuna. Aunque había olvidado por completo la conversación con Spomenka, tenía una incómoda sensación en el estómago.

—No estarás molesto, ¿verdad? —dijo ella mirándome a los ojos.
—Cásate conmigo, Vesna —dije sin pensármelo dos veces—. ¿Para qué seguir ocultándolo?

Aunque había escrito en mi diario secreto que no revelaría el deseo de casarme con ella hasta cumplir los dieciocho años, aquella ocasión merecía romper dicha promesa.

—Ladislav, eres demasiado joven y… —dijo un poco incómoda.
—Sabes que esa excusa no va a detenerme —dije muy seguro de mí mismo mientras la ceñía más contra mí.

Los dos nos movíamos por el salón junto a los otros invitados al son de la música. Nunca pensé que me declararía en una situación como aquella. En realidad, me divertía porque lo estaba haciendo delante de las narices de Eugen. Nos miraba con impaciencia. Vesna y yo habíamos vivido muchos momentos especiales, habíamos forjado unos lazos tan fuertes que todo lo que pudiera ofrecerle aquel estúpido joven llegado de París era -simplemente- insignificante.

—Ladislav, no quiero hablar de esto… Para mí… para mí eres como un hermano… Por favor, olvidemos esto —dijo con gesto preocupado.
—Vesna. Aún no has oído mis razones. Te amo —dije por fin—. Son muchos años sintiendo que nadie más puede reemplazarte, que te amo por quien eres… Necesito que entiendas que no es un sentimiento pasajero ni un capricho. Te sorprendería conocer la seguridad de mis convicciones. Ojalá pudieras oír cómo late mi corazón desde el pecho hasta las sienes cada vez que pronuncio tu nombre o estás cerca de mí…

Intentaba no mirarme. Sus ojos recorrían la sala entera y noté su cuerpo ahora rígido. Suspiró.

—Ladislav —dijo con voz débil—. Voy a… casarme con Eugen... Antes de que llegaras, hace un rato, me lo ha pedido y mi padre ha accedido a mi deseo de que sea así… Lo siento si has albergado esperanzas. Yo no sabía nada…

Me detuve en medio del baile. No podía creer lo que acababa de oír. De repente, empezó a dolerme el pecho tan fuerte que sentí que iba a caer al suelo de un momento a otro.

—¿E-Estás bien…? —dijo ella.
—S-Sí… Lo siento, he de marcharme...

Di media vuelta y corrí hacia la salida mientras oía a Vesna llamarme varias veces. Me faltaba el aire, me desanudé el pañuelo del cuello que me oprimía como si fuese una soga. Estaba asustado, avergonzado, confundido. Mi prima me alcanzó por fin cuando me apoyé en una esquina para recobrar el aliento robado. Ninguno de los dos decía nada, solo nos mirábamos. Vesna se mordía el labio como si se sintiera terriblemente culpable, pero no tardé en descubrir a Eugen andando hacia nosotros.

—Esta es una conversación privada —le dijo ella antes de que fuese a decir algo.
—Como quieras —dijo él mientras se retiraba de inmediato.
—Ladislav, … ¿estás bien?

Yo no quería mirarle por más tiempo. Sabía que terminaría de romper a llorar delante de ella. Sin embargo, en aquel momento no era capaz de lograr algo diferente.

—Sí, … —dije después de un breve silencio— pero creo que ahora debería de irme. ¿Puedes decirles a mis hermanos que me he marchado, por favor…?
—Claro —dijo ella antes de ponerme la mano sobre el hombro.

Me eché a un lado. Sus dedos podían destruirme para siempre. Me abrasaban la piel. La rabia y el dolor que recorrían todo mi ser acabaría por hacer de mí un puñado de cenizas que desaparecerían con el primer silbido del viento.

—Lo siento, Ladislav... —dijo con voz triste—. Lo siento tanto…

Durante el camino de regreso a casa lloré por saberme rechazado como nunca imaginé. Era la primera vez que experimentaba aquella sensación. Sentía que todo mi cuerpo se entumecía como si alguien lo retorciese entre sus dedos. Estaba mareado y vi cómo mi alrededor temblaba como si fuese la superficie de un estanque azotada por el viento. Me bajé de Ulises, mi caballo, y preferí ir a pie a pesar de que era de noche. Vesna iba a casarse. Ya no podría protegerla ni amarla como me había jurado después de ver aquella ópera que transformó la visión que tenía de nuestra relación, de lo mucho que la amaba. Nuestra historia de amor ni siquiera había nacido y ya me sentía más desgraciado que el propio Alfredo. Él al menos tuvo la dicha de ser correspondido por Violeta. Yo no lograría ni siquiera un beso de los labios de Vesna. No sería su esposo como había deseado cada vez que ponía un botón o piedrecilla bajo la almohada. En el fondo, tenía la sensación de que había sido un estúpido por creer en cuentos de hadas. Estaba seguro de que Eugen no creía en aquellas historias. Si se las hubiese creído, seguramente, Vesna nunca hubiera accedido a casarse con él.




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