Los cuerpos magnéticos | Capítulo 9~

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:

Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀
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Espero que disfrutes de la lectura. Mañana habrá más. No dejes de compartir esta entrada si te gusta, plis. Sería genial que otras personas la conocieran ^^~

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos





INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo









9. LADISLAV Y EL TERCIOPELO

Ladislav saltó de la silla, agarró el abrigo y salió inmediatamente del camarote donde nos encontrábamos. Había esperado a que la confusión provocada por el riesgo de naufragio lanzara al pasillo a los diversos pasajeros de la primera clase y a los de la segunda, que ya se amontonaban delante de la escalera. No había tenido ocasión de darle las monedas ni de conocer las verdaderas razones por las que se rehusaba a acompañarme. Pero ahora la campana apremiaba y debía subir a cubierta junto al resto de tripulantes. El barco continuaba zozobrando, afuera llovía sin parar y mi ciudad natal me aguardaba.

Ya en cubierta comencé a ser consciente de la gravedad de la situación en la que se hallaba el buque. La costa estaba muy próxima y el faro nos iluminaba de forma intermitente. Los mozos corrían de un lado para otro, las olas más altas golpeaban el casco con tanta fuerza que teníamos la certeza de que no tardarían en romperlo por la mitad. Descubrí a la pequeña Biserka llorando junto a su padre. Todos parecían aterrorizados y tratábamos de no perder el equilibrio con cada arremetida. Oía los lamentos de muchos de los pasajeros, algunos tan asustados que se debatían entre el pánico y el terror. Aunque no había contemplado la posibilidad de acabar ahogado, no pude evitar acordarme de Eduardo y de su experiencia milagrosa en la travesía por el Atlántico. Él había sido un superviviente de la fatalidad del destino, se sentía agradecido ante Cristo y de ahí la fuerza de sus convicciones, de sus acciones. Sin embargo, yo no poseía aquella certeza. Había sucumbido a la indecencia, había pervertido mi condición de hombre para satisfacer las bajas pasiones. Ingvar me había apartado de su vida y se había marchado para siempre dejando aquel reguero de podredumbre dentro de mi alma. Hui creyendo que esta herida sólo sanaría en la distancia, pero la sentía como si fuese reciente, como si alguien la hubiera abierto en canal con un cuchillo oxidado.

—¡El capitán y sus hombres están haciendo todo lo posible para que el barco no encalle! ¡La costa está muy cerca y hay algunas rocas en esta zona! —vociferó uno de los mozos—. ¡Por favor, mantengan la calma!
—¡Probablemente atraquemos en otro puerto más próximo! —anunció otro que había a su lado.

Ladislav no aparecía por ninguna parte. No quería morir sin volver a notar una vez más cómo se empotraba detrás de mí mientras ardía entre sus piernas. Debía entregarle las monedas y convencerle de que trabajase para mí en Groenlandia.

—¡Mirad! La tormenta está amainando —señaló uno de los pasajeros hacia lo que parecía ser un pequeño claro a lo lejos.
—Pronto llegaremos a tierra. Lo peor ya ha pasado.
—¡En breve podrán regresar a sus camarotes!

Los mozos que nos custodiaban intentaban reestablecer la calma. Poco a poco dejé de oír los llantos de los más pequeños y los lamentos de algunos adultos. A pesar de todo, tenía miedo. Por un momento -y ante la incertidumbre de lo que guardaba para mí la dolorosa Dinamarca y la hostil Groenlandia- quise huir a Nueva Alejandría, al Adriático. Visitar la ciudad de Dubrovnik y reencontrarme con Ladislav aquella primera vez. Debí de haber aceptado su propuesta, arrastrarlo hasta mi habitación y permitir que me hubiese corrompido hasta el fin de nuestros días. Lo hubiese retenido con diez, quince, veinte monedas diarias. Le habría ofrecido las mismas que Ingvar me había entregado por mis ilustraciones. Hubiese hecho lo que fuese para que aceptara vivir en aquella casa, a mi lado, como amante. Sólo para mí. Lo desnudaría y lo amarraría a los pies de la cama como si fuese el guardián lascivo de mi cuerpo. Pero la realidad era que yo iba a Groenlandia, a aquel proyecto absurdo e incierto del que ya me sentía preso. Era consciente de que comenzaba a detestar aquella masa de tierra congelada y perdida junto al Polo Norte.

El amanecer estaba muy cerca. Entonces, miré hacia otro lado y lo vi. Ladislav hablaba con un pasajero, pero no podía oír nada de lo que decían. En algún momento me pareció que se conocían porque éste le puso una mano sobre el hombro para que se aproximara. Cuando finalizase, lo persuadiría hasta el camarote para hacerle saber de mis intenciones y recompensar el placer que me había brindado a lomos de su resbaladizo abdomen. Sin embargo, el pasajero se giró como si hubiera advertido mi presencia gracias a alguna señal invisible de Ladislav. Los dos me miraban como si pudiesen ver a través de mi ropa. Quedé paralizado. Era el hombre del traje marrón.



Ladislav se acercó mientras el extraño con el que había hablado aguardaba en el mismo lugar. Yo estaba mareado y no comprendía qué relación los unía. Fue entonces, y no antes, cuando comencé a preguntarme quién era realmente aquel varón llamado Ladislav.

—Al final vamos a atracar en el puerto más próximo, Señor Adamsen. Al parecer una de las hélices se ha estropeado y todo hace indicar que durante la mañana volverán las tormentas —dijo algo cansado. Volvía a hablarme en aquel tono impersonal.
—Sí… —dije, desconcertado.
—Quiero lo acordado —susurró esta vez.
—Vayamos al camarote.
—Prefiero esperar aquí…
—¿Quién es él? —expresé con cierta irritación.
—Nadie que deba conocer.
—¿Nadie que deba conocer?

Mis palabras sonaron ridículas.

En ese momento, recordé el incidente con el padre de Biserka y de cómo el desconocido me había guiado, sin decir absolutamente nada, hasta encontrar a Ladislav. Desde entonces, había desaparecido y después lo había olvidado, inmerso en la cacería del muchacho y en mis recuerdos. Sin embargo, comprobar que entre ellos había algún tipo de relación cercana que no lograba comprender me fastidiaba. Mucho.

—Ven conmigo. No llevo el dinero encima. Salí de la habitación sin más.

Ladislav miró al hombre y éste pareció asentir. ¿Qué estaba sucediendo?

—Está bien —indicó finalmente.

La tormenta había amainado por completo y el barco se dirigía hacia la ciudad más próxima. Una vez allí, la compañía facilitaría algunos carruajes para alcanzar la capital. Pronto abandonaríamos aquel cascarón, pero antes bajamos a la zona de primera clase.

—Aquí tienes —dije tras depositar el dinero sobre la palma de su mano.

Se iba a marchar cuando lo retuve del brazo. Ladislav me miró como si fuera un completo extraño.

—Espera. Hace tan sólo unas horas te propuse que trabajaras para mí. No he cambiado de opinión.

Me acerqué hasta tenerlo muy cerca. Su aroma varonil volvía a penetrarme.

—No lo comprendería.
—¿Qué es lo que no puedo comprender? —pregunté furioso.

Se apartó, metió la mano en su bolsillo y me devolvió las treinta monedas que acababa de entregarle. Aquello terminó de confundirme por completo.

—¿Qué significa esto?
—No las necesito —indicó sin dejar de mirar con aquellos ojos felinos.

Ladislav cerró mi puño lentamente y las monedas acabaron precipitándose contra el suelo, una a una, para rodar sobre la madera gastada que nos sostenía. No quería de vuelta las monedas de Ingvar, no podría soportar más el peso de aquellos recuerdos. Cabizbajo, el sentimiento de derrota me devoraba y reprimí aquella necesidad de llorar. Él se acercó, lentamente, como si el silencio reclamara el espacio que nos envolvía. Tras un breve instante, me dio un sentido beso en la frente.

—Espero que nos volvamos a encontrar en un futuro, lejos de los miedos de cada uno —susurró—. Entonces, podré contarle mi historia.
—Ladislav… ¿por qué? ¿Quién es ese hombre…? ¿Por qué viniste a mí esta noche cuando ya había renunciado a tu éxtasis…?
—He de regresar a cubierta...
—¿Quién… eres? —alcancé a decir.

Estaba aturdido. La nostalgia y los hechos más recientes me martilleaban sin parar. Pero no dijo nada. En su lugar pasó los brazos alrededor de mi cintura y, con aquella mirada feroz, nos dimos un largo beso. Había llegado la temida despedida. No quería separarme de él, de su violencia ahora reprimida ni de la habilidad amatoria de sus labios. Volví a sentirme huérfano y recordé aquella sensación que experimenté cuando entré en el Holger Mortensen.

Llegamos a la enfermería nada más cruzar el portón. Habíamos dejado atrás el vestíbulo, un espacio que había quedado ahora anticuado gracias a su estilo arquitectónico recargado y coronado por una escalera gigantesca que conectaba con las plantas superiores. Pero la enfermería estaba en la planta baja y accedimos al pasillo que se abría a mano derecha. Era algo lúgubre, mal iluminado y tenía un olor a moho tan fuerte que me tapé la nariz. Cubiertos por una especie de camisón blanco, había algunos desequilibrados sentados sobre el suelo de madera desvencijada. La escena era grotesca porque cantaban, lloraban, se balanceaban e incluso algunos iban desnudos, mostrando unos cuerpos marchitos por los que no experimenté más que repulsión. Yo no quería acabar como ellos y tenía que salir de allí de cualquier forma.

De pronto, se abalanzaron sobre nosotros entre aullidos. Grité cuando uno me mordió la mano derecha, desgarrándome de cuajo la uña del dedo índice. Mientras yo gritaba de dolor, uno de los enfermeros que me cargaba lo empujó con tanta violencia que cayó de bruces. Mi dedo goteaba, destrozado, y vi las manchas de sangre sobre el suelo, seguro de que aquello era un mal augurio.

Finalmente llegamos a la enfermería. Nos recibiría un doctor, algo encanecido y de ojos diminutos, que despidió a los dos asistentes. Allí dentro olía a vómito.

—En la habitación también encontrará ropa interior limpia —dijo al percatarse de que me había orinado encima.

Mientras curaba las llagas de la espalda, yo oía los gritos provenientes del pasillo. Resonaban con tanta fuerza que parecía que había un ejército detrás de la puerta de la enfermería. Estaba agotado. Me dolía hasta el alma, pero sabía que aquella noche no podría conciliar el sueño.

Entonces alguien llamó a la puerta del camarote del buque.

—Atracaremos en menos de una hora. Por favor, no olvide sus pertenencias antes de abandonar el barco.

Ladislav se desprendió de mí y luego abrió la puerta.

—Si nos volvemos a ver, ¿me dibujará? —preguntó con la primera de sus sonrisas. Aquella expresión…
—C-claro… —balbuceé.

Localicé la funda verde sobre la silla. Permanecía exactamente en el mismo lugar donde la dejé en la tarde después de entregarle a Biserka sus ballenas. Acto seguido, vi cómo la puerta se cerraba. Ladislav había desaparecido tras ella. Se había esfumado como lo hizo Ingvar. 


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