Los cuerpos magnéticos | Capítulo 8~

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:


Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.



Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

Tienes Los cuerpos magnéticos en Amazon, tanto en formato digital como físico. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela, en concreto hasta la mitad aproximada del capítulo 3 (donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada en Amazon). También puedes comprar el libro en CreateSpace AQUÍ.




Espero que disfrutes de la lectura. Mañana habrá más. No dejes de compartir esta entrada si te gusta, plis. Sería genial que otras personas la conocieran ^^~

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos





INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo









8. NOCTURNO OPUS 9, NÚMERO 1


—Ya no hago ese tipo de cosas, Señor Adamsen —expuso Ladislav.

El joven se apoyó sobre la barandilla y extrajo un cigarrillo del abrigo. Miraba hacia el infinito mientras yo lo contemplaba sumido en una especie de fascinación y desacuerdo. Quería saber en qué estaría pensando al percatarse de que yo no me había movido de mi sitio. Me aproximé para imitar su posición, de tal manera que los dos mirábamos hacia un mar en calma que aparentemente tenía toda nuestra atención.

—Te daré más dinero si eso es lo que quieres. ¿Cuánto puedes ganar en este viaje…? ¿Veinte, treinta monedas grandes de plata…?
—Doce, Señor Adamsen —apuntó antes de dar una calada al cigarrillo.
—Puedo hacer que bajes del barco con veinte —ofrecí, seguro de que accedería.

Jamás había pagado tan cara la avidez de mi perversión. Sin embargo, Ladislav lo merecía. Había quedado prendado de aquella bestia salvaje que ahora iba disfrazada con piel de cordero. No podía quitarme de encima la enfermiza obsesión de besar sus labios obscenos y jugosos, los mismos que trataron de violentarme aquella tarde veraniega. Pero no soltó ni una palabra ante mi oferta más que generosa.

—¿No dices nada? ¿Te parece poco, tal vez?
—Discúlpeme, pero no quiero, Señor Adamsen. Me gusta cómo me gano la vida ahora…
—Te daré treinta... ¡Treinta monedas!
—Por favor, no insista. No es el dinero…
—Siempre es el dinero. ¡Siempre! —grité malhumorado.

Pero, ¿quién se creía que era? ¿Cómo podía rechazar semejante cantidad? ¿Acaso algún día alguien le volvería a ofrecer una suma como la mía?

—¡Sin dinero no eres ni serás nadie! ¿Me oyes?

Cuanto más me enfadaba, más me obsesionaba descubrir la desnudez de su piel curtida, castigada por la dureza de las calles. Había sido atrapado por sus ojos felinos como una vulgar presa.

—Piénsatelo, muchacho. No creas que volverás a tener esta oportunidad. Hay cosas que sólo pasan una vez en la vida y, ésta, es una de ellas. Treinta monedas serán para ti.

Ladislav se giró. Me miró detenidamente y se abotonó el abrigo hasta el cuello. Sus dedos poderosos recorrían los entresijos de mi imaginación, violando el acceso prohibido que había al final de mi espalda.

—Treinta monedas recibió Judas por traicionar a su maestro. Buenas noches, señor…
—¡Espera!

Le agarré del brazo. Me había derrotado.

—¿Por qué te acercaste a mí aquella tarde?
—Me acerqué como me hubiera acercado a otro que mostrara algún interés. Eso se nota enseguida. Todos los días hay algún reprimido que merodea por allí —sentenció indiferente.

Yo era un cobarde y un reprimido desde su perspectiva. ¿Podía ser más cruel?

—No fue nada personal.

Aquello terminó de sepultar las expectativas y la estúpida creencia de que Ladislav volvería a elegirme como a todas sus presas, con aquella insolencia que había sacudido por completo mi ser. Yo quería que me hiciera lo mismo que al resto de clientes que alguna vez pagó para tener un trozo de su cuerpo o para tenerlo todo, olvidar por un instante lo ordenado que era el mundo en su sobria superficie. No era un mero capricho la necesidad de probar el amargo sabor de su lengua como si fuesen esos pastelillos de cacao que mordía con ansiedad. Ladislav me rechazaba de la forma más cruel. Antes de marcharse, el joven finalizó con una especie de advertencia.

—Por favor, disfrute de la última noche en nuestro buque. Mañana llegaremos a puerto y concluiremos este viaje —dijo con voz impersonal—. No insista. Ya no hago ese tipo de cosas.

Mientras se alejaba, fui consciente de la realidad. Mañana atracaríamos en el muelle de Copenhague, mi ciudad natal. Seguía sin estar preparado para reencontrarme con los rostros deformados del pasado, así que decidí bajar al camarote y emborracharme hasta perder el conocimiento. Con suerte, nunca más despertaría. Abrí la puerta y encontré una nueva botella sobre el pequeño escritorio. Al lado, más pastelillos de cacao. La descorché y preferí prescindir del vaso. El licor me quemaba la garganta, pero no importaba. Aquella noche me sentía el ser más inútil que había sobre la faz de la tierra. Iba a la deriva mientras recibía los golpes de una vida que no terminaba de ser mía. ¿Cuál era el propósito de mi existencia? A mis hermanos y a Octavia la vida les premiaba con el amor de sus parejas, con la prosperidad de sus negocios. Incluso Eduardo tuvo el amor de Ebba, una mujer que siempre estuvo muy por encima de él y de sus escasas destrezas familiares. ¿Qué era lo que yo tenía? Una funda de terciopelo verde, cicatrices que guardaba en la espalda y una larga lista de actos indecentes por los que ardería eternamente en el infierno. El sueño y su velo ya me cubrían. La botella rodaba por el suelo. A lo lejos, oí el gruñido de un trueno.

Cuando desperté, lamenté no estar muerto. Encendí el quinqué. La cabeza me daba vueltas, el barco zozobraba. Se había desatado una tormenta ahí afuera y tuve que ir al baño a aliviar los restos del licor que luchaban por desbordarse. Sin embargo, al regresar a la cama, Ladislav yacía sobre ella con aquel abrigo abotonado.

—¿Qué haces aquí…? —alcancé a decir—. ¿Cómo has entrado…?
—Olvidas que tenemos llaves maestras. No obstante, he de confesar que la respuesta a tu primera pregunta es más interesante.
—No tengo ganas de averiguar acertijos. Márchate ahora mismo… ¿Y qué es eso de tutearme? ¡Fuera de mi cama!

Pero Ladislav ni se inmutó. En su lugar esbozó aquella sonrisa maliciosa mientras se quitaba un botón del abrigo. Otra vez se mojaba los labios, despacio. Muy despacio.

—Para ser del norte, tienes la piel como el ron cuando se hace añejo. Apuesto a que nadie ha sabido chupártela como se merece —dijo sin apartar los ojos de mí.
—Pero, … ¿qué…?

Me pellizqué. Creí que todo era un sueño. No podía ser, era imposible. Sin embargo, descubrí que estaba muy despierto. Y desnudo. Fui a por el batín, pero resbalé cuando pisé la botella vacía. Ladislav bajó de la cama y me ayudó a incorporarme.

—Calma —susurró muy cerca de mis labios—. No te pongas nervioso. Estoy seguro de que no es la primera vez que estás en una habitación con un hombre que tiene las mismas intenciones que tú.

Mi corazón iba a estallar. Recuerdo que incluso me dolía. Ladislav se había metido en mis pensamientos para demostrar que conocía los entresijos de mis impulsos y deseos mejor de lo que yo había conseguido hacer desde que fuese consciente de mi desviada naturaleza, allá en los inicios de la adultez. Me atrajo contra sí apresando con aquellas manos ásperas las nalgas frías de mi cuerpo. Su abrigo, de lana, me rozaba los genitales y pronto sentí el calor que emanaba su poderosa figura. Empecé a temblar.

—Quítamelo. Es lo que has estado deseando desde esta mañana.
—Sí… —dije después de sucumbir bajo su mando.

Ladislav, como una especie de arcángel protector, había regresado para salvarme de mí mismo.



Sofie Clemensen era la amiga de Octavia. La había conocido en la Facultad de Química donde estudiaban las dos y a partir de entonces empezó a visitarnos con frecuencia. Mi hermana había decidido seguir los pasos de Ebba y continuar el sendero que había comenzado mi madre, quien había pertenecido a la primera generación de mujeres universitarias del país. De esta forma, era habitual encontrarlas reunidas en la sala de estar en torno al piano y a las melodías de Fryderyk Chopin o Ludwig van Beethoven que interpretaban con envidiable precisión. Yo no era tan habilidoso porque a mis dedos sólo les interesaba el tacto de lápices y de carboncillos. Sin embargo, Ingvar tenía más talento y era usual descubrirlo sentado frente al piano cada vez que los Olsen celebraban cualquier acontecimiento de sociedad. Yo quedaba deslumbrado, especialmente cuando interpretaba los nocturnos de Chopin. Aún hoy confieso que a veces he deseado que Dios me hubiese dado aquel don y no el del dibujo. Pero, ¿puedo asegurar que mi vida hubiese sido diferente?

Después de la música, las tres mujeres se acompañaban de una tetera humeante y de aquellas pastas de vainilla que Sofie traía de su casa mientras los nombres de Anne Marie Pierrette Paulze, Jane Marcet Ginebra y otras figuras destacadas de la química revoloteaban por el aire. Así fue cómo tuve algunas de nociones de química e incluso hubo un corto periodo de tiempo en el que me interesé por aquella disciplina, seguro de que así estaría más cerca del amor de mi madre. No obstante, a día de hoy son muy pocos los conceptos que aún recuerdo porque en la adolescencia comenzó ese extraño proceso que nos separa progresivamente de nuestros padres y de sus muchas enseñanzas.

Mi hermano Sexto, un año mayor que yo, también se colaba en la sala de estar para degustar las galletas de Sofie. Reconozco que a mí me resultaban muy empalagosas porque no podía comer más de una, pero Sexto se zampaba diez u once y al final acababa apestando a vainilla de tal forma que impregnaba toda nuestra habitación. Yo tenía que abrir la ventana o caería preso de las náuseas para luego tener pesadillas. Sofie, aunque era compañera de facultad de Octavia, era mayor que Sexto. Quizá por ello se llevaba tan bien con Ebba y podían tratar ciertos aspectos químicos con mayor profundidad. Yo por entonces no era consciente de aquello, sino de la disimulada admiración de Sexto hacia Sofie. Había algo que brillaba en sus ojos, en el gesto o en cómo sonreía mientras ella hablaba que jamás pude reconocer en mí cuando conversaba con cualquier muchacha. Quería ser como Sexto. Tener aquella expresión bobalicona cada vez que Sofie u otra joven platicaba delante de mí, encontrar en ellas aquel río de atracción sexual que no fluía en mí. Conocer cómo era sentirse borracho por aquella marea de plenitud femenina que desembocaba en el océano de sus piernas y ser arrastrado mar adentro hasta perderme en los recónditos versos que guardaban sus carnes prietas. Pero aquello no sucedió nunca.

Por esa razón, cuando Ladislav quedó por completo desnudo frente a mí no tuve ninguna duda acerca de lo que yo había sentido en todos aquellos años. Mi hambre sólo podría ser colmada por alguien como él, por un ser que comprendiese la masculinidad deforme entre los poros de su piel. Sin embargo, yo sabía que mi alma estaba ya condenada al fuego eterno y que cada uno de aquellos encuentros era la prueba de que Dios me odiaba.

—Béseme —invitó mientras tomaba mi barbilla con sutileza. Había dejado de tutearme.

Estaba totalmente excitado y supe que, en aquel preciso instante, no quería estar en ningún otro lugar. Ni siquiera en los brazos de Ingvar. Afuera llovía más y más. El barco zozobraba como una cáscara de nuez en medio del océano. El lobo, envuelto en piel de cordero, se ocultaba con maestría y a mí sólo me restaba postrarme ante él. Así, la lengua de Ladislav buscó mis labios y enseguida la humedad de la boca. Al principio iba despacio, conocedor de mi sed por lo varonil, de la impaciencia eterna por aquellos encuentros clandestinos a los ojos de aquel mundo ordenado en su sobria superficie. Aquellos encuentros prohibidos que me sumergían más y más en mi condición desviada y en un pozo de culpa infinita. ¿Cuál había sido mi pecado para que Dios me hubiera hecho imperfecto? Me sentí tan ingenuo que tenía ganas de llorar.

—¿Por qué está llorando? —preguntó cuando mis ojos se desbordaron de lágrimas. Ladislav parecía muy serio.
—No es nada… Olvídalo.

Me aparté de sus brazos a pesar de que era lo último que deseaba. No quería que viese lo frágil que era. Me senté sobre el borde de la cama y vi sobre la silla la funda de terciopelo verde. Aquel gran cúmulo de recuerdos que llevaba a todas partes y que me perseguía allá donde fuese.

De repente, sentí los labios de Ladislav sobre la espalda. Sorprendido, me giré para que dejara de hacerlo. No quería mostrarle las cicatrices de mi vergüenza porque la vergüenza es esa sensación incómoda que nos grabamos a fuego creyendo que nos la mereceremos para siempre. Me tendí sobre la cama y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. Él pareció comprender el mensaje, besándome como si nada de lo anterior hubiese ocurrido. Aferrado a sus brazos, me quemaba con su aliento y rodamos por la superficie del colchón sin darnos cuenta de que el mundo giraba a nuestro alrededor. Ladislav empujaba con la fuerza de un animal salvaje. Sentía sus arremetidas furiosas contra mis nalgas. Yo agarraba el cabecero de metal mientras reprimía los gemidos y mordía la almohada. Mi semen se derramó entre sus dedos cuando ya no pude más. Éstos habían estado perforándome momentos previos sin que yo pudiera dejar de sentir aquella placentera sensación de ser domado por un hombre al que he sucumbido con la mayor de las facilidades.

—Quiero que vengas conmigo… —alcancé a decir mientras me azuzaba. A pesar de que el agua de la tormenta golpeaba las ventanas del camarote, podía oír su respiración desbocada detrás de mí—. Quiero que seas mi ayudante…

Ladislav eyaculó poco después. Estaba empapado y su cuerpo simulaba al de algún tipo de dios griego que quise poseer para siempre. Tenía su sabor por todas partes y la idea de separarnos hizo que me sintiera ansioso. Aquel animal salvaje era mío porque yo lo había desnudado, era yo quien lo había descubierto. No podía permitir que se marchase. Se echó a un lado, resuelto, para luego mirar hacia una de las ventanillas.

—No puedo —respondió sin más.
—¿Por qué?
—Es complicado.

Se levantó para buscar un cigarrillo, pero como no tenía ninguno en su abrigo le invité.

—Es el último del paquete. Quédatelo.

Lo encendió y se sentó junto al escritorio, donde reposaban intactos los nuevos pastelillos de cacao. Mientras daba largas caladas jugueteaba con las uñas para asegurarse de que nuestras miradas no se encontraban.

—¿Qué es complicado? —insistí.
—No puedo ir donde quiera.
—¿Qué te retiene? Pensé que habías comenzado una nueva vida…
—Déjelo, no lo comprendería.
—Aún sigo sin entender cómo alguien como tú llega a convertirse en supervisor de segunda clase de la noche a la mañana... —dije mientras lo estudiaba de arriba hacia abajo.
—Es una larga historia... ¿Me dará mis monedas?

Me miró por fin. El tono de su voz había cambiado y noté cómo se impacientaba.

—Las necesito.
—El barco no atracará hasta más tarde. Tengo tiempo de sobra para que me la cuentes... —dije muy seguro de mí mismo.

No estaba dispuesto a renunciar al carácter afilado de Ladislav. Había algo en él que codiciaba. De repente, alguien aporreó la puerta mientras el sonido grave de una campana avanzaba por el pasillo.

—¡Todos a cubierta! ¡Hay riesgo de naufragio! —gritó una voz desde el exterior.


Comentarios

Entradas populares