Los cuerpos magnéticos | Capítulo 7~

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Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.


♥♥♥♥♥

Desde el domingo 29 de noviembre hay un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

Tenéis Los cuerpos magnéticos en Amazon, tanto en formato digital como físico. En la misma página podéis acceder a las primeras páginas de la novela, en concreto hasta la mitad aproximada del capítulo 3 (donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada en Amazon). También podéis comprar el libro en CreateSpace AQUÍ.


Disfruta de la lectura porque mañana habrá otro nuevo capítulo. El de hoy está más abajo. Para leer los anteriores, puedes ir AQUÍ.


Saludos y buen día ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos






INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo










7. PENITENCIA

Cuando Eduardo abrió la puerta de golpe, nos sorprendió a los dos desnudos. Estábamos enlazados con aquel gesto enajenado que produce el goce de los cuerpos hambrientos que se encuentran después de vagar errantes durante años. Como si fueran cuerpos magnéticos que irremediablemente se atraen porque está en su naturaleza ser así y no de otra forma. La excitación que instantes previos había estado recorriendo todo mi ser se diluyó, transformándose en una especie de descarga eléctrica que me expulsó del más absoluto de los placeres. Me sentí huérfano y recordé a Eva y a Adán cuando Dios los expulsó del paraíso. Por fin comprendí que se refería al placer mundano, el único en el que creería de ahora en adelante. Deseé que la presencia de Eduardo fuera tan sólo un mal sueño y así cerré los ojos para expulsarlo del cobertizo desocupado que había detrás de la iglesia. Pero mi padre seguía allí, paralizado, hasta que reaccionó en una fracción de segundo. Saltó hacia mí y me agarró del cuello. Con sus manos trataba de asfixiarme mientras gritaba como si estuviera endemoniado.

—¡Eres un sodomita! ¡Mi hijo es un maldito sodomita! Has caído en la perversión, en el pecado mortal… ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡A mí!

Indefenso, trataba de desprenderme de las garras de Eduardo y de los puntapiés que empezó a propinarme sin importar dónde se estrellase su zapato lustrado de domingo.

—¡No permitiré que te desvíes del camino! Ninguno de mis hijos será un vicioso pervertido ni arderá en el infierno por cometer actos impuros con otros hombres… ¡Es asqueroso…!

Apenas podía respirar. Me soltó y caí al suelo. Tosía tan fuerte que se me saltaban las lágrimas. Me arrastré por la superficie llena de polvo del cobertizo y allí lo vi, arrinconado en la esquina entre nuestras ropas de domingo mientras miraba la escena a punto de echarse a llorar. Ingvar se había quedado paralizado.

—Padre…—alcancé a decir con voz débil—. Padre… ¿por qué…?
—¡No me llames padre…! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Es que no te he dado la mejor educación cristiana?

Se agachó y me agarró del pelo. Cerré los ojos ante el dolor, intentando respirar con calma. No iba a sollozar por mucho que Eduardo me lastimara delante de Ingvar o de quien fuese. Mi cuerpo percibía la frialdad de las baldosas, pero eso poco importaba cuando vi cómo se deshacía del cinturón de cuero.

—¡No serás capaz de azotar a tu hijo…! —dije cuando intenté levantarme.
—Ahora mismo no eres digno de ser llamado así.

Alzó el brazo y atizó tan fuerte como su ira, su vergüenza y su aversión se lo permitieron. Sentía cómo el cuero perforaba la piel y creí que iba a desfallecer de un momento a otro. Eduardo continuaba desollando mi espalda mientras pedía perdón a Cristo una y otra vez.

—Mi Señor, perdóname por no haber sido un buen padre. De lo contrario, no habrías permitido que fuese seducido por la impureza de los lujuriosos que profanan el cuerpo que les entregas. Cumpliré la penitencia necesaria para que expulses de su corazón el pecado mortal que le ha llevado a cometer fornicación con otro hombre.
—¡Detente, Eduardo! —chillé al cuarto latigazo.
—Te casarás con Sofie Clemensen y tendrás hijos. No permitiré que pongas en peligro todo lo que he conseguido. No lo permitiré, Séptimo. Se lo juré a Cristo.

—Mamá nunca te lo perdonará…
—Ella nunca lo sabrá. Nadie debe saber lo que eres. ¡Nadie! Es demasiado vergonzoso. Nos has deshonrado a toda la familia... ¡A toda! Voy a internarte en el Holger Mortensen si hace falta… ¿Me has oído…?
—No… —alcancé a decir—. No puedes estar hablando en serio… Padre…

Aquello me aterrorizó. El “Holger Mortensen” era el manicomio de Copenhague. Había oído historias espantosas sobre las terapias que se les aplicaban a los pacientes, de cómo se oían sus gritos desde el exterior. Los encerraban en celdas, les arrojaban chorros de agua fría, les inyectaban toda cantidad de sustancias somníferas para nublarles el juicio y hacer con ellos lo que quisieran. No podía imaginar un lugar peor para morir. En aquel entonces yo trabajaba en la Sociedad Geográfica para la revista. Llevaba tan sólo once semanas. Después de graduarme en Bellas Artes, había entrado gracias a la belleza de mis láminas. Me había especializado en las técnicas artísticas de ilustrador y paisajista, lo que terminó de entusiasmar a la comisión de la Sociedad Geográfica que hizo la entrevista.

—Sí que lo harás —dijo Eduardo.

Se limpió el cinturón y volvió a ponérselo. Oía su respiración agitada.

—Vístete y márchate a tu casa. Se lo voy a decir a tu padre… —le advirtió a Ingvar.
—No —afirmó desde la esquina donde había permanecido en silencio—. Usted no va a decirle nada a mi padre, Señor Vega.

Se aproximó. La luz que se filtraba a través de la vidriera iluminaba sus pies descalzos, níveos y firmes. Desprendían un destello blanco que casi me cegaba y recordé el pasaje de la Biblia donde Cristo andaba sobre las aguas ante la estupefacción de sus discípulos.

—Él sabe lo que soy y, aunque no lo acepta, sé que jamás me pondrá una mano encima. ¿Y sabe por qué? Porque yo soy carne de su carne, porque yo soy sangre de su sangre. Usted, como padre que es, también debería saberlo.

Ingvar me miró con ojos llenos de compasión. Sólo entonces comprendí el dolor de mi corazón al saberme humillado delante de él. Quería llorar, pero lejos de aquel lugar.

—Márchate y no vuelvas a reunirte con Séptimo. De lo contrario, te denunciaré a la policía por comportamientos contra la moral —señaló Eduardo con voz de mando.

Ingvar había recogido su ropa del suelo, enredada entre la mía. Mientras se vestía, los dos lo observamos en silencio. Yo aún permanecía tumbado sobre el suelo, con la espalda en carne viva. Sentía lástima de mí mismo, no quería que me viese en aquella situación. Me tapé la cara, deseando que se fuese cuanto antes.

—Haga lo que quiera. No le tengo miedo.

Las palabras de Ingvar fueron demoledoras. Alcé la vista y su expresión se había endurecido. Miraba con ojos desafiantes a Eduardo. No podía creer que las hubiera dicho el mismo joven que se enfadaba cada vez que veía la funda de terciopelo verde o se mofaba de mí cuando me comparaba con Octavia.



Eduardo recogió la ropa desparramada y me la tiró sobre la espalda. Yo permanecía abatido sobre el suelo del cobertizo. Incapaz de mover un solo dedo a causa del dolor que sentía por cada latigazo recibido. Ingvar acababa de marcharse.

—Vístete —dijo de espaldas. Se había sosegado un poco—. Voy a llevarte a la consulta del doctor.
—Márchate… —respondí a duras penas. No tenía fuerzas para hablar.
—A pesar de todo, eres mi hijo y no voy a permitir que continúes por el mal camino.

Tenía náuseas. Descubrí un pequeño mechón situado junto a mí. Eran mis cabellos. Cortos, negros y limpios como cada domingo antes de ir a misa. Y allí, huérfanos, parecían despedirse de mí y yo de ellos. Aún notaba la presión de Eduardo sobre la cabeza. Parecía que latía entre violentas ráfagas de calor.

—Vete… No quiero verte nunca más… Nunca…

Aún no podía creer lo que había sucedido. Todo había ocurrido tan deprisa que mis emociones hacia él se encontraban bloqueadas.

—Levántate o yo mismo te llevaré a rastras.

Salió del cobertizo y se quedó junto a la puerta.

—¿Dónde está mi madre? ¿Y mis hermanos…? ¿Cómo has sabido que Ingvar y yo estábamos aquí…? ¿Quién te lo ha dicho…?

Pero Eduardo no respondió. Lastimosamente, me incorporé y experimenté un dolor similar al que debían sentir quienes son torturados en el infierno junto a escabrosos métodos de tormento y calderos hirviendo ante la indiferencia de Dios. Mis huesos parecían haberse astillado y no conseguía erguirme por completo. Andaba muy despacio. No regresamos a la calle de la iglesia, sino que fuimos por detrás, recorriendo la zona verde que la custodiaba. Eduardo no deseaba ver a nadie que pudiera reconocernos y yo quería encontrar a Ebba, a Nicoline o cualquiera de mis hermanos. Alguien que detuviese la cruzada que acababa de comenzar mi padre contra mí. Pero no vimos a nadie y salimos a la calle paralela a la de la iglesia. Enseguida localizamos un carruaje. ¿Cómo había sabido que Ingvar y yo estábamos en el cobertizo?

—Sube —dijo en cuanto el coche de caballos se detuvo.
—No puedo…

El cochero me ayudó ante la petición de Eduardo. Éste no quería tocarme y sus brazos cruzados demostraban que estaba totalmente convencido de la lógica de sus acciones.

—¿Dónde está mamá? Quiero verla…

Una vez en marcha, tuve que cerrar los ojos cada vez que había un bache o tomábamos una curva. Mis dientes rechinaban, aunque Eduardo lo único que hacía era mirar por la ventana.

—¿Dónde está mamá? Quiero verla… —repetí.

Probablemente ya habrían servido el almuerzo en casa y sólo faltábamos nosotros. A Ebba le gustaba sorprendernos cada domingo con platos nuevos. Se había empeñado en que la cocinera leyese unos libros que había comprado en una librería que traía obras de otras partes del mundo. Había muchos de esos libros en casa, escritos en lenguas que jamás supe leer. ¿Qué habría preparado esta vez? ¿De qué estarían hablando ahora mis hermanos, Octavia, Ebba? Tenía ganas de abrazarlos, de decirles que yo no era una mala persona, deshonesta ni depravada como afirmaba tajantemente Eduardo. Yo era su hijo, su hermano Séptimo. Necesitaba explicarles que nada había cambiado en mí, que seguía siendo el mismo y que así sería para siempre. Me di cuenta de que el pánico ante lo que pudieran pensar de mí, a ser rechazado por aquéllos a quienes amaba me provocaba un dolor mucho mayor que el propinado por la paliza de Eduardo. Sentí verdadera lástima de mí mismo.

—La consulta del doctor no está por aquí… El cochero ha debido de equivocarse.

Quise golpear la pared del carruaje para avisarle, pero estaba inmovilizado por el dolor.

—Dile que dé la vuelta…

Otra vez estaba hablando solo. A través de la otra ventanilla se veía muy poca gente por las calles y creí reconocer el este de Copenhague, donde el tranvía aún no había sido construido.

—¿Qué hacemos aquí…?

No había muchas casas y sí grandes arboledas. Más bien era una zona apartada donde se ubicaban algunas fábricas abandonadas. La zona industrial se había trasladado al norte de la ciudad, donde el mar quedaba más próximo. Aquí sólo quedaban edificios antiguos de otras épocas, aunque eran escasos los que aún seguían habitados u operativos, como el “Holger Mortensen”, el manicomio de Copenhague. Entonces, se me heló la sangre.

—El manicomio… ¡Vamos al manicomio! —grité mientras todo mi ser se volvía a estremecer. De repente, tenía aquel nudo en la garganta y no me dejaba respirar—. No serás capaz…

Quería saltar del carruaje, huir de allí como fuese. Pero era imposible. Mis extremidades parecían haber muerto y cualquier intento por resucitarlas era inútil. El coche de caballos se detuvo. Las imágenes de los desequilibrados, siendo expuestos a toda clase de tratamientos extremos, comenzaron a desfilar por mi mente. Estaba aterrado y en aquel momento tuve el presentimiento de que mis días habían llegado casi a su final. ¿Dónde estaba Ingvar? ¿Iba a morir sin despedirme de él?

Eduardo, que seguía sin hablar, bajó del carruaje y regresó enseguida junto a dos hombres. Éstos asaltaron el interior del coche de caballos, se arrojaron hacia mí y a empujones me sacaron de allí. En el cuello aún notaba la presión de los dedos del que hasta entonces había nombrado como mi padre. Alcé la vista y me sentí diminuto ante el edificio que se alzaba delante de nosotros. Iba a engullirme con sus muchas ventanas, su portón gigantesco de madera y el alboroto lejano que ya podía oírse. Nos habíamos detenido junto a la escalera de acceso.

—Estará en buenas manos. Nuestra institución así lo avala desde hace más de treinta años —señaló el Señor Bent, el director, cuando vino a recibir a Eduardo.
—¡Soltadme…! —gritaba yo una y otra vez.

No podía creer que mi padre, aquél que me había dado la vida, estuviese abandonándome a las puertas del Holger Mortensen.

—¡Quiero regresar a casa…! —chillaba con las escasas fuerzas que aún tenía.
—Yo sólo quiero que vuelva a andar por el sendero de la decencia —dijo Eduardo—. Confío en su criterio para ello.
—Así será —aseguró el Señor Bent—. Lo llevaréis a la planta cuatro, habitación nueve —indicó esta vez a los dos ogros que me sostenían entre los brazos. Apestaban a alcohol barato—. Es la zona reservada a los enfermos de familias decentes. Allí estará a salvo de la horda de dementes que tenemos en otros sectores. No se preocupe.
—Vendré cuando estés curado —se despidió Eduardo.
—¡Soltadme…! ¡Soltadme…! —grité mientras pataleaba—. ¡Ebba nunca te lo perdonará…! ¡Soltadme…! ¡Y tu Dios tampoco…!

Acto seguido, subimos las escaleras y alguien abrió aquella puerta gigantesca. Tenía tanto miedo, que me oriné encima.


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