Los cuerpos magnéticos | Capítulo 6~

Desde el domingo 29 de noviembre hay un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

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Espero que disfrutes de la lectura porque mañana habrá otro nuevo capítulo. El de hoy está más abajo. Para leer los anteriores, ve AQUÍ.

Saludos y buen día ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos






INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo








6. LAS MONEDAS Y EL LOBO

Eduardo Vega y Ebba Adamsen se conocieron cuando mi tía Nicoline contrató los servicios de la agencia de seguros de la calle del Museo de Historia Natural. Mi padre había entrado como mozo de recados y, gradualmente, se fue haciendo con puestos de más responsabilidad. Su afán por trabajar mientras aprendía la lengua danesa era la demostración de su valía, la oportunidad que Cristo tenía reservada para los que seguían sus directrices. Era lo que Eduardo había deseado desde que se quedara huérfano. Mi tía debía enviar material muy valioso a diversos lugares de Europa y del continente americano como parte de las relaciones institucionales y académicas de la Sociedad Geográfica para la que desde muy pronto comenzó a trabajar. En cada aniversario de boda, mi madre nos hablaba del momento en que se vieron por vez primera. Fue a acompañar a Nicoline y pensó que Eduardo era mudo porque, mientras su hermana hablaba con el agente, se dio cuenta de que el auxiliar que lo acompañaba no había dicho ni media palabra. Sólo parecía observarla. Ebba creyó que leía sus labios cuando conversaba y que aquel hombre de tez morena guardaba algún extraño secreto que deseaba conocer.

—Cuando pensé que vuestro padre era mudo, imaginé el sinfín de vivencias que permanecerían encerradas dentro él, que no podrían ser relatadas a través de sus labios. No sé por qué me sentí tentada por aquel misterioso muchacho y quise averiguar de quién se trataba. Entonces volví a ir con Nicoline, pero ese día Eduardo no se encontraba en la oficina —nos relataba en la cena de aquella fecha especial—. Pregunté y me dijeron que el Señor Vega tenía el día libre.
—Vuestra madre volvería otra vez —rio cómplice mi tía, sentada al lado.
—Fui al día siguiente y, mientras aguardaba en la salita de espera, oí a un hombre hablar al otro lado de la ventanilla. No podía verle la cara, pero parecía dar órdenes a alguien.
—¿Era papá? —preguntó Octavia con sus grandes ojos.
—No, —sonrió Ebba a mi hermana —estaba oyendo todo cuando vuestro padre irrumpió en la salita de espera y nos encontramos de frente. Él me reconoció porque enseguida se puso colorado. Cuando le oí por vez primera fue para decir mi apellido. Ahí supe inmediatamente que oiría sus vivencias pasadas a través de aquellos labios mientras nos abrazábamos.

Entonces, en aquel momento ella se levantaba de la mesa e iba junto a Eduardo para darle un beso en la mejilla. Él, que sentía verdadera devoción por mi madre, besaba sus manos y nos animaba a mis hermanos y a mí a encontrar a una mujer, o a un hombre en el caso de Octavia, que nos amase de aquella misma manera. De alguna forma, yo me sentía incómodo, pero en aquel entonces no sabía por qué.

—Sólo así seréis felices y sentiréis que Cristo os ha bendecido.

El buque continuaba surcando los mares hacia el norte. Aquella tarde, ya en el comedor, miraba distraído aquel libro de hojas decoradas con motivos florales que conseguí antes de embarcarme. Me gustaba leer sus poemas, navegar en el exotismo de la calidez del sur. Olvidarme de mi destino más próximo y de cómo me había entregado al absurdo de reencontrarme con Ingvar. Azul… de Rubén Darío. ¿Cuáles serían sus primeras palabras tras el incierto reencuentro?

Bajé a la zona de segunda clase, seguro de que no tardaría en dar con Ladislav en cualquier momento. Parecía que iba a llover porque el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte y las familias que paseaban se dirigieron hacia el interior del barco. Había varios niños y algunos de ellos me contemplaban con la curiosidad propia de sus miradas infantiles. Afortunadamente, no había trascendido el incidente de la mañana. Respiré aliviado, aunque no tardé en olvidarlo. Encontré al joven cuando llegué al final de la cubierta de la clase que supervisaba. Charlaba con algún pasajero descontento y, de nuevo, intentaba solucionarlo con diplomacia. Me mantuve al margen, no iba a entrometerme. Quería ser testigo de aquella transformación casi milagrosa.

—¡Hay cucarachas en nuestro camarote! No he pagado para que mi familia duerma junto a esos insectos inmundos. ¡Arréglelo o lo sabrá toda la tripulación…!
—Por favor, cálmese, señor. Ahora mismo enviaremos a nuestros mozos para que lo fumiguen… —dijo mientras agitaba las manos para tranquilizarlo, pero no servía de nada.
—¿Y dónde nos alojaremos?

El hombre seguía realmente enfadado.

—Lo alojaremos en un camarote nuevo. Sígame, por favor.

Ladislav me miró, pero avanzó como si nada lo perturbase. Comenzaron a caer las primeras gotas. De repente, el viento lanzó contra el cielo el sombrero de una señora que ya se marchaba y lo depositó junto a los pies del joven quien, con un gesto ágil, lo atrapó antes de que el pequeño vendaval lo barriera otra vez. Se lo entregó a su propietaria y ésta le agradeció su caballerosidad con ojos coquetos. Atónito, permanecía sin reconocer al muchacho.

—Lamentamos que su estancia en nuestro buque se haya visto empañada por este desafortunado incidente —dijo antes de hacer una pequeña reverencia con la cabeza.

De regreso en el camarote, busqué la funda verde. Masticaba aquellos pastelillos amargos de cacao con mucha ansiedad. Tomé del cuello la botella de coñac y me lancé a sus labios hasta sentir aquel fuego descendiendo por la garganta. Quería dibujarlo. Ladislav debía quedar atrapado entre mis láminas antes de que me terminase de demostrar que se había convertido en un animal domesticado. No podía permitir que escapase de nuevo.



Aquella noche, Ingvar me despertó varias veces. Me había quedado en su casa cuando sus padres realizaron un pequeño viaje por las islas griegas. Las hermanas soñaban en la habitación aledaña, así que habíamos hablado hasta muy tarde mientras oíamos cómo el reloj de la escalera anunciaba las cuatro de la madrugada. Habíamos estado bebiendo y yo tenía mucho sueño. No obstante, él estaba algo ansioso y le pregunté qué sucedía.

—El mes que viene cumpliré veintiún años y aún soy…

Se detuvo, contrariado.

—No te entiendo…
—Ya sabes… ¡No me hagas decirlo porque es humillante!
—¿Qué es humillante?

En ese momento no sabía qué quería decir.

—Séptimo, hay veces que te detesto. ¡No bromees con algo tan serio…!
—Te juro que no sé de qué hablas…—dije después de incorporarme sobre la cama que había frente a la suya.

Arrugó el rostro con una mueca, se acercó y me golpeó contra el pecho. Era su manera de decir que finalmente creía en mi palabra.

—¿Nunca has ido al barrio de la Farándula Verde… tú solo?
—En un par de ocasiones —aseveré antes de volverme a tumbar sobre la cama, cada vez más adormilado.
—¿De veras? ¿Y por qué me entero ahora?

Ingvar parecía herido en su orgullo.

—Si te apetece podemos ir mañana por la noche —dije al sentirme un poco culpable.
—No… quiero ir solo.
—¿Por qué?

Estaba muy serio y no dejó que me acercase para intentar convencerlo. El barrio, a pesar de no contar con la mejor de las reputaciones, contenía los tres prostíbulos de la ciudad de Copenhague que las clases altas visitaban con asiduidad. Por ello, no era inusual ver en él patrullas de policías que guardaban que los hombres de finanzas y negocios pudieran ejercer su derecho a solicitar los servicios del más variopinto surtido de mujeres del placer. Sin embargo, muy pocos sabían que existía El Clavo Verde, un cuarto prostíbulo para aquéllos que no deseaban yacer con las hijas de Eva. Nunca le dije a Ingvar que fue éste último el que visité ni que allí conocí al inolvidable Dagmar. No soportaría el rechazo de mi amigo.

—No pienso contarte nada.
—Tengo sueño —dije ya con los ojos cerrados.
—¡Despierta! ¡No te quedes dormido!

Ingvar comenzó a zarandearme como si se tratara de un niño dominado por una gran rabieta.

—¡Déjame…! Estoy cansado, ya es tarde...
—Séptimo, despierta…

Se subió encima para morderme el lóbulo de la oreja. Reaccioné, dolorido, y lo empujé contra el suelo. Había ter-minado por sacarme de mis casillas.

—Pero, ¿qué te sucede?

Me toqué la oreja. Sangraba

—¡Mañana me iré de tu casa! Dormiré en otro lugar.

Salí al pasillo y entré en la habitación de invitados más cercana. Pero Ingvar apareció poco después, arrepentido. Me sacudió otra vez y oí cómo se disculpaba.

—Sabes que de alguna forma… te envidio. Has de perdonar mi soberbia… No me deja aceptar que eres mejor que yo… Siempre eres bueno conmigo, …aunque yo te trato mal… Séptimo… a veces he llegado a… odiarte, …pero…
—Sí… vamos… duérmete ya… —alcancé a decir sin prestar demasiada atención.

Entonces se metió conmigo en la cama. Sentí cómo me abrazaba y posaba los labios sobre la frente. Respiraba muy deprisa y casi oía los latidos de su corazón, lleno de orgullo desde el primer día. Asumí que, a pesar de todo, seguía enfadado conmigo y que mañana volvería a ser como siempre había sido. Más tarde, con los años, comprendí que había elegido el peor de los momentos para sincerarse. No sé si lo hizo adrede. En aquel entonces, Ingvar era un cobarde, aunque luego cambiaríamos.

—Te quiero, Séptimo…
—Sí, yo también…

Estaba exhausto y sólo quería que se callase.

—Tú también eres el mejor amigo que tengo —dije con los ojos cerrados, casi dormido.
—Sí…

Como en aquel momento, yo dormía en la cama del camarote. Oía el rumor del agua desde las ventanas, abiertas de par en par. La luz de la luna había decidido colarse a través de ellas y acariciaba mi piel bronceada por la felicidad del sur. Deseé que aquella extraña soledad no terminase nunca. Había bebido hasta notar cómo las extremidades se entumecían, cómo mi cuerpo quedaba enterrado bajo el colchón. Ni siquiera era capaz de mover la lengua, adormecida, y quise retorcerla dentro de la boca de un hombre a pesar de que sabía que aquello me haría sentir más culpable de lo que ya era.

—¡La cena está servida! —anunciaron desde el pasillo con aquella campanilla estridente.

No tenía fuerzas para subir al comedor, así que cerré los ojos y seguí durmiendo bajo el encanto de la luna marina. Ladislav no tardó en surgir con sus sombras, envuelto en terciopelo verde mientras Ingvar intentaba desprenderse de sus largos dedos sucios. Cuando volví a despertar, tenía mucha sed. Me despejé con abundante agua fría y subí a cubierta, seguro de que la frialdad de la noche me vendría bien.

Era de madrugada y eran muy pocos los pasajeros que aún permanecían despiertos. Fui al salón de juegos. Había noche de póker. De nuevo, le arrojé a la garganta aquel licor amargo mientras el humo de los cigarrillos me llenaba de su espíritu. Mis compañeros de mesa eran duros rivales y perdí una nada desdeñable cantidad de dinero en la primera hora. Hacía mucho que no jugaba y, aunque me gustaba probar mi suerte con los naipes, no se me daba nada bien. Mi hermano Segundo, desde muy pronto, demostró tener facilidades para los juegos de azar. Visitaba con él algunos casinos de la ciudad hasta que poco a poco la noticia corrió como la pólvora y en más de uno se le limitó la cantidad de dinero que podía ganar cada dos meses. Lo que no sabían era que Segundo estudió abogacía, por lo que decidió llevarlos a la Corte Suprema en uno de los casos más sonados del país. Así fue cómo el juez dictaminó que mi hermano podría ganar el dinero que su buena estrella tenía reservado para él. Varios casinos cerraron meses después.

—Muy bien, distinguidos señores. Creo que por esta noche la humillación ha sido suficiente —dije derrotado, consciente de mi mala estrella—. Les aseguro que, si estuviera aquí mi hermano, aborrecerían el póker para siempre.

Segundo se había ido a vivir al norte de Dinamarca. Allí se casó y montó una gran empresa de casinos. Más tarde, Sexto entraría a formar parte como socio.

—Les deseo buenas noches.

Dejé la silla vacía.

—Muy buenas noches, caballero. Otra vez habrá más suerte.
—Confío en que sea así. Buenas noches.

La buena suerte. Ese extraño concepto que se resbalaba de las manos nada más tocarlas. Siempre había creído que no había nada más caprichoso que la buena suerte y aquéllos que la buscaban a toda costa acababan perdiendo la cordura. Era una de las mejores quimeras mejor diseñadas, aunque yo había renunciado a la buena suerte desde mucho tiempo atrás. Iba pensando en ella de regreso al camarote cuando, en el pasillo, encontré a Ladislav. Estaba delante de mi habitación.

—¿Tienes un momento? Deseo hablar contigo.
—Subamos a la cubierta, Señor Adamsen. Aquí pueden oírnos.

Cuando subimos, no había nadie y las luces tintineaban debido a las vibraciones del barco. El joven se acercó a la barandilla, seguro de que yo iría detrás. La luna moría ya en el horizonte y su resplandor se desparramaba sobre el agua en calma. Los dos permanecimos en silencio. Sentí que el tiempo se detenía cuando me miró con aquellos ojos salvajes llenos de lujuria. Sin embargo, fui yo quien habló.

—Tengo una moneda grande de plata —dije por fin. 



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