Los cuerpos magnéticos | Capítulo 5~

Desde el domingo 29 de noviembre hay un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

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Espero que disfrutes de la lectura porque mañana habrá otro nuevo capítulo. El de hoy está más abajo.

Saludos y buen día ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos






INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo









5. PEQUEÑOS GRANDES INCIDENTES

Antes de que pudiera recordar dónde me encontraba, oí cómo alguien aporreaba la puerta. Las sábanas y la colcha habían acabado en el suelo mientras mi desnudez era revelada por los rayos del sol filtrados a través del ojo de buey abierto del cuarto de baño. Tomé el batín y me lo anudé a la cintura, seguro de que quien estaba detrás de la puerta se habría equivocado. No obstante, el sorprendido fui yo.

—Señor, ¿hoy también va a dibujar ballenas?

La pequeña Biserka me miraba con aquellos ojos expectantes mientras yo intentaba despertarme. Permanecía en el pasillo y llevaba un sombrero que ocultaba sus perfectos rizos. Se lo quitó, sujetándolo entre sus manos infantiles.

—Anoche soñé con ellas… y nadaban cerca de mí… Yo era su amiga, pero ellas hablaban debajo del agua… Había muchos peces pequeñitos… Porque usted dijo que no se comían a las niñas…
—Así es —dije con una sincera sonrisa.
—¿Subirá hoy a cubierta? —insistió con sus ojos llenos de expectación.
—Sí… Tengo algo para ti.

Le ofrecí el platillo de pastelillos de cacao.

—Las ballenas no pueden comerlos, pero tú y yo sí.

Biserka parecía indecisa delante de los inofensivos dulces. Los miraba como si de alguna manera los saboreara en su imaginación. Aunque la escena me divertía, quería estar solo.

—Mi papá dice que este traje es muy caro, que no lo puedo ensuciar... pero se ven tan ricos…

El mozo del día anterior pasó junto a ella. No dijo nada. No despegué mis ojos de los suyos, seguro de que captaría mi mensaje disuasorio, y pronto lo perdí de vista. Enseguida despaché a la niña no sin prometerle que dibujaría a las ballenas de su sueño. Cuando cerré la puerta me di cuenta del desastre en que había quedado mi habitación. Suspiré fastidiado. La funda de terciopelo se había caído al suelo y las láminas habían huido a través de la madera desgastada, algunas incluso habían llegado bajo la cama. Los lápices habían rodado hasta quedarse enredados entre la colcha, así que metí la mano y los fui devolviendo a su lugar. Uno de ellos, diminuto, tenía aquellas iniciales: SeIn. Era una especie de amuleto que me había acompañado desde aquella ocasión donde Ingvar, tras graduarme en Bellas Artes, estuvo curioseando dentro de la funda de terciopelo.

—¡Esto es para muchachos amanerados…! ¿Cómo puedes haberte paseado por la escuela con ella como si tal cosa? —me reprochó—. ¡Tú no eres un amanerado! De lo contrario, jamás hubiera permitido que te sentaras conmigo cuando nos conocimos en aquella misa.

Ingvar zarandeaba la funda como si contuviese algún inmundo ser en su interior, y los lápices y algunas láminas no tardaron en caerse. A pesar del tiempo que pasamos juntos, no siempre comprendí aquel comportamiento pueril. ¿Era para sacarme de quicio de forma intencionada? ¿O era porque sencillamente no se daba cuenta?

—¿Cuándo podré dibujarte? —dije mientras comenzaba a recoger el material desparramado.
—¡Ni lo sueñes! Te lo he dicho muchas veces… ¡Y menos por un tipo que anda por ahí con una funda propia de…!
—No tiene que gustarte todo lo que me gusta a mí —interrumpí al creer que diría aquella detestable palabra que Eduardo escupía cada vez que oía cualquier cosa relacionada con las Bellas Artes—. Me gusta el terciopelo y no por ello tengo que ser un amanerado.

De hecho, mi padre tardó en darse cuenta de mi condición deforme. Ni siquiera Ebba lo había sospechado. Tampoco mis hermanos ni Octavia. Lo que nunca les confesé era que Ingvar y yo a veces bajábamos al barrio de la Farándula Verde, durante el último año en la escuela de Bellas Artes. Habíamos oído historias escabrosas sobre un asesino que colgaba a sus víctimas de las muñecas mientras las descuartizaba y por eso las prostitutas se arrimaban para asustarnos, irnos con ellas y estar a salvo entre las cuatro paredes de sus cuartos inmundos. Queríamos ver a las mujeres barbudas que hacían aquel espectáculo bizarro en la plaza del barrio donde, bajo una especie de carpa cerrada y por una moneda de plata mediana, podíamos verlas desnudas mientras hacían malabares junto a enanos y perrillos de las Indias amaestrados. Entonces esperábamos el siguiente número porque había una pareja de muchachos que se contorsionaban como si fueran de caucho después de formar un círculo de fuego sobre el suelo. Ingvar torcía el gesto y me miraba disgustado.

—Ése de ahí tiene ese tipo de gestos amanerados que me enferman. ¿Por qué tiene un hombre que comportarse como lo hace una mujer? Es… es… antinatural —susurraba.

Yo seguía exhalando el humo del cigarrillo mientras mis ojos recorrían a la pareja. Había cierta química entre ellos dos y me pregunté cuántas horas debían pasar al día ensayando el número una y otra vez. Parecían tan concentrados que daba la impresión de que eran uno solo. Por un momento, los imaginé enlazados mientras intercambiaban fluidos entre vapores y sudores, gimiendo al ser invadidos por aquella obscenidad animal al ser perforados mutuamente. Aquello debía ser parte de su ensayo diario. Las clases bajas no tenían que pedir permiso para degradarse.

Cuando regresamos aquella noche del barrio de la Farándula Verde, Ingvar parecía muy alterado. Me ofrecí para tomar un trago, pero no en mi casa.

—Eduardo está cada vez más insoportable… Octavia no tardará en irse a la residencia universitaria y Ebba pasa más tiempo con tu madre…
—Tengo una nueva botella de absenta importada de Francia. Además, conseguí un poco de opio.



—No vuelva acercarse a ella o le denunciaré al capitán —dijo en cuanto abrí la puerta—. Conozco muy bien a los tipos como usted. No permitiré que un degenerado ose perturbar su inocencia.
—¿De qué está hablando? ¡Cuídese de tales graves acusaciones! Ignoro qué se ha imaginado, pero usted no puede venir aquí y atribuirme comportamientos deleznables.
—No se acerque a mi hija —expuso tras señalarme con el dedo, amenazador. Se marchó inmediatamente.

¡El mozo! El mozo debía haberle dicho algo al padre de Biserka. Tuvo que ser el momento en que me vio en batín y le ofrecí el pastelillo en la puerta del camarote. Estaba realmente indignado y sólo quería dar con él para quejarme al capitán. Protestaría por el trato denigrante de saberme insultado de aquella forma tan grave. Di un salto para abandonar el camarote y me dispuse a dar con el jovenzuelo, deseoso de darle un escarmiento con una citación judicial a la llegada a puerto, pasado mañana. Con esos pensamientos recorrí la cubierta, el comedor, el pequeño salón de juegos e incluso la capilla; pero no lo encontré. Sin embargo, cuando salía de ésta última surgió ante mí el hombre del traje marrón. Sin decir nada, hizo un gesto para que le siguiera. Intrigado por aquella aparición repentina, bajamos hacia la planta de segunda clase. Nada más llegar a la parte de estribor, allí estaba él. Hablaba con otros mozos. Se reían y aquello colmó mi paciencia. Me olvidé del desconocido y avancé hacia ellos, seguro de que la justicia me daría la razón, de que podría mandarlo a prisión por mancillar mi honor. Si Ingvar estuviera en mi lugar, estoy seguro de que tiraría al mozo por la borda sin mediar palabra. Ingvar desaprobaba a los amanerados, pero odiaba a los mentirosos más que a nada en el mundo.

—¡Detente, muchacho! Vas a venir conmigo para que le expliques al capitán lo que has hecho para perjudicar mi honor. Ahora.
—¿De qué está hablando, señor? Yo no he hecho nada —dijo con una expresión de desconcierto.
—¡Dejadnos a solas!

Rápidamente, los muchachos que lo acompañaban se marcharon.

—¿No eres tú el que me ha acusado ante el padre de Biserka de comportamientos impropios de un caballero como yo?

El mozo negaba con la cabeza. Su rostro había palidecido y parecía incapaz de articular palabra.

—¿Puedo saber quién es usted, señor? —preguntó una voz detrás de mí.

Aquella voz. Yo había oído aquella voz en alguna parte. Me giré.

—¿Por qué le habla así al mozo? ¿Ha hecho algo mal? Si es así, por favor, hable con el capitán y no en cubierta. Gracias. No queremos dar una mala imagen a nuestros pasajeros —explicó el mismísimo joven delincuente de la Plaza de las Flores.

Estaba desconcertado por completo. No podía creer que fuese él. ¿Cómo era posible? ¿Qué hacía allí? Sentí cómo una ola de vergüenza me recorría de pies a cabeza. No sabía qué responder.

—Acompáñeme si es usted tan amable, por favor.

¿Y aquel lenguaje? ¿Dónde habían quedado las formas vulgares que había conocido aquella calenturienta tarde veraniega? No podía creer que fuese el mismo. En la plaza había deambulado con la ropa cuarteada, apestando a sudor mientras su sucio aliento eclipsaba su esbelta figura. Aquella vez tenía el cabello grasiento, desaliñado y ahora estaba tan limpio que no tuve dudas acerca de su verdadero color. No olía como un auténtico caballero, pero ya no había rastro de ese hedor a cebollas podridas. Sus ojos claros y la piel quemada como correspondía a los de su clase bien podrían ser ilustrados sobre mis láminas. Mi gran pasión seguía siendo la misma: dibujar animales salvajes.

El capitán, un hombre ya encanecido, me recibió tal como se esperaba. El joven, que para mi lista de sorpresas era supervisor de la segunda clase, se marchó enseguida. Aún no salía del asombro y tenía la cabeza llena de preguntas. Por esa razón, el incidente con el mozo había quedado en un segundo plano y yo necesitaba hablar con aquél.

—¿Cómo se llama? —pregunté nada más quedarme a solas con el capitán.
—¿Quién…?
—El supervisor que acaba de marcharse…
—Ladislav.

Ladislav. Aquella palabra recorrió todo mi ser. Era como si una parte de mí estuviese sedienta y únicamente se calmase pronunciándola. O eso fue lo que creí. Me di cuenta de que el capitán se impacientaba, así que le relaté lo sucedido antes de que llegase el mozo.

—No se preocupe, Señor Adamsen. Tomaremos cartas en el asunto. En nombre de la tripulación y en el mío personal, lamentamos lo sucedido. Permita que deje entrar al joven para oír lo que tenga que decir.

El mozo entró acompañado por el segundo oficial de a bordo. Tenía los ojos enrojecidos. Me percaté de que decía la verdad cuando comenzó a hablar.

—M-mi capitán, debe creerme… Y-yo no he mancillado el honor de este señor porque no he dicho nada de lo que se me acusa… ¡Por favor, créame…!

Sin embargo, tenía que haber sido él. De lo contrario, no tendría sentido porque estaba convencido de que nadie más nos había visto. Había sido el mozo. Estaba seguro. Nada iba a hacerme cambiar de opinión.

—Está bien.

Estaba agotado y sólo quería irme al camarote a descansar.

—No presentaré cargos. Pero no toleraré otra afrenta como la de esta mañana. Exijo que el padre de la pequeña sea informado de que no soy un peligro para nadie y de que todo ha sido producto de un desafortunado malentendido.
—Así será —dijo el capitán tras disculparse varias veces—. En cuanto a ti, muchacho…

Salí del despacho donde nos encontrábamos. No me importaba ni lo más mínimo la nueva suerte del mozo. En realidad, mi urgencia era otra y tenía que dar con Ladislav antes de que el barco atracara pasado mañana. Por fin podría vengarme.

¿Qué habría hecho Ingvar en este caso?



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