Los cuerpos magnéticos | Capítulo 4~

El pasado domingo comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Postearé varios capítulos de mi última novela para que podáis leerlos y animaros así a conseguir la obra ❀

Tenéis Los cuerpos magnéticos en Amazon, tanto en formato digital como físico. En la misma página podéis acceder a las primeras páginas de la novela, en concreto hasta la mitad aproximada del capítulo 3 (donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada en Amazon).

El capítulo de hoy está más abajo ;)


Espero que disfrutes de la lectura. Mañana habrá más. 

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos






INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo









4. BALLENAS VERDES

La lluvia se presentó aquella misma mañana. Oía el repiqueteo de las gotas contra el techo del carruaje mientras el cochero acomodaba mi equipaje. La actividad del puerto seguía su curso y los marineros llevaban de un lugar a otro las diversas mercancías que debían fletarse cuanto antes. Grandes armatostes de hierro se agitaban de un lado a otro para depositar enormes cajas de madera dentro de los dos barcos que dejarían atrás puerto adriático: uno iba al norte, el otro hacia el sur. Bajé del carruaje, y me cubrí con el abrigo y el sombrero bajo el paraguas negro. Vi a otros pasajeros subir la rampa con cierta rapidez. Algunos se quejaban de la lluvia hasta que se perdían de vista tras bajar a los camarotes.

Por un momento, me invadió una extraña sensación de nostalgia. Había descubierto mi equipaje, un enorme baúl y un cofre algo más pequeño, sobrevolar por encima de mi cabeza. Comprendí que ya no podría existir sin ellos: necesitaba el pasado que había creado lejos de Eduardo, aquella nueva identidad para permanecer en el mundo sobrio en su superficie. El capitán, que aguardaba de forma paciente a cada pasajero junto a la rampa de acceso, me dio la bienvenida y el segundo oficial de a bordo tuvo la cortesía de presentar al mozo que me acompañaría hasta el camarote. Sin embargo, no quise bajar aún y antes fumé un cigarrillo aprovechando la zona techada que había en cubierta.

—¿Un pitillo? —invité al muchacho.
—No, Señor Adamsen.
—Está bien. Aguarda mientras —dije después de aspirar la primera calada.

Desde allí podía ver los tejados de las casas, una pieza de colores y estampados que se apiñaban como si hubiesen extraído el aire de su interior. Algunas gaviotas revoloteaban hasta quedarse suspendidas igual que si estuvieran colgadas del cielo con alguna cuerda invisible. Había dibujado algunas en las tardes de verano, cuando bajaba a la playa y encontraba a algunos hombres enfundados en sus apretados trajes de baño. Las mujeres estaban en la zona habilitada para ellas y se podían oír los gritos de los niños. Había ilustrado cientos de veces aquellas aves, así que experimenté una pereza enorme.

—Vamos dentro —ordené.

El camarote era espacioso y parecía limpio. El mozo esperó a que le diese una generosa propina no sin antes hacerle prometer que cada tarde me trajese una botella del coñac más amargo que tuviese en la bodega.

—¿Tienen miel?
—¿Miel?
—Sí, estos pastelillos de cacao de la carta del comedor —señalé la cartulina situada sobre el escritorio de la habitación.
—No, señor.
—Entonces deberás traérmelos y también una caja de cigarrillos de ésos que están aromatizados con licor, los que tienen estampados de vivos colores.

La sirena del buque expulsó repetidas veces aquel sonido grave. Antes habíamos notado cómo un pequeño temblor recorría todos los objetos de la habitación, incluidos nosotros. Entonces imaginé las calderas del barco atiborrándose de carbón mientras el fuego que lo consumía ponía en marcha las hélices del barco. Despedí al mozo y abrí las dos ventanillas de ojo de buey localizadas frente a la pared de la puerta. Aún lloviznaba. Me tumbé sobre la cama mientras el aire salino se colaba en la habitación. El graznido de las gaviotas, la sirena del navío, el leve murmullo del casco rompiendo las aguas, la madera del camarote que crujía… Por un momento sentí que estaba ebrio y recordé aquella vez que, acompañado de Ingvar, abrimos la vitrina donde su madre, la Señora Olsen, guardaba varias botellas de colores.

—Prueba esto, sabe a miel —incitó tras sacar el tapón de corcho.
—No me gusta la miel —susurré al tiempo que olisqueaba con desgana.
—¿Cómo que no te gusta? ¡A todo el mundo le gusta la miel!
—A mí no. Y a Octavia tampoco…
—Estás hablando de una niña… ¿Eres una niña, Séptimo? —preguntó con sarcasmo detrás de sus enormes gafas.

Ingvar tomó la botella y dio un pequeño trago. Por un momento creí que sus ojos iban a salirse de las órbitas, pero mantuvo la compostura mientras intentaba reprimir las ganas de toser. Le colocó el tapón y siguió sacando frascos de cristal que agitaba para mostrármelos.

—¡No soy una niña! —protesté—. Tengo diecisiete años, así que deja de decir tonterías. ¿No hay otra botella que no tenga miel?

Quería demostrarle que el mayor era yo y que si había alguno de los dos que no fuese un niño, desde luego no era él. Ingvar me empujó contra el suelo, riéndose mientras continuaba descorchando frascos de colores. Había cerrado la puerta y nos encontrábamos casi a oscuras porque la luz del exterior de la calle se filtraba por las rendijas de las cortinas verdosas de la estancia. Poco a poco, el efluvio de los alcoholes se fue acumulando en aquel espacio cerrado. No quería irme de allí a pesar de que sabía que, si nos encontraban, Eduardo me encerraría de por vida. Notaba cómo una especie de excitación me nublaba la razón y tenía aquella curiosidad por lo prohibido que impedía alejarme de él. Estudiaba a Ingvar. Parecía enajenado bebiendo de cada una, presumiendo que pronto conocería sus ingredientes cuando estudiase botánica. Días antes, su padre se lo había confirmado y de alguna manera ya se sentía importante.

—Dame ésa —dije al señalar una de color verde clara.
—¿Estás seguro?

La tomó por el cuello y se la colocó en el regazo. Se había sentado cerca de mí. Yo lo miraba con gesto altanero. No podía permitir que se burlase de nuevo, así que se la arrebaté y me bebí la mitad de su contenido.

—Así que harás arquitectura —dijo tras observarme con una sonrisa algo pícara—. No estaremos demasiado lejos, podremos vernos con frecuencia.

Pero yo no pude oír el resto de sus palabras porque caí inmediatamente sobre la alfombra que cubría el suelo donde permanecíamos sentados. A partir de entonces, sólo conservo imágenes vagas e inconexas que nunca supe si eran reales o producto de los efectos demoníacos de aquel alcohol. Ingvar no me había dicho que antes debía ser mezclado con agua fría y azúcar: ésa fue mi primera vez con la absenta. Lo vi deslizarse por el cuello de mi camisa almidonada, desnudarse mientras se arrojaba el licor de miel sobre el abdomen, me masturbaba y mi semen virginal era verde. Ingvar prendía fuego a las cortinas verdes. Notaba cómo mi cabeza iba a estallar. Sentía algo viscoso en la boca y comprendí que la detestable miel se mezclaba en mi lengua. Todo daba vueltas y no podía dejar de oír los gritos de Eduardo y los llantos de Quinto. Ingvar me abrazaba, decía algo al oído, me quitaba la camisa almidonada. Mis extremidades estaban adormecidas, pero me besaba una y otra vez como si fuese el amante más ardiente.



—¿Qué es eso, señor? —preguntó aquella niña tras acercarse a mi ilustración.
—Es una ballena.
—Nunca he visto algo así… ¿Dónde viven?
—En el norte, hacia donde nos dirigimos, puede que divisemos a alguna si tenemos suerte.
—¿Y se comen… a las niñas? —preguntó asustada.

Cuando me oyó reír, su expresión se relajó. Sin embargo, parecía un poco ansiosa porque esperaba mi respuesta.

—Las ballenas sólo comen pececillos muy pequeños. Abren la boca así y atrapan a muchos...
—¿Y por qué no se come un pez más grande? —preguntó después de reflexionar por un breve instante.
—Porque…
—¡Biserka! No molestes a este señor —dijo el hombre que parecía ser su padre—. Discúlpela, por favor. Cada vez que la pierdo de vista, está molestando a alguien con sus preguntas impertinentes…
—Papá, ¡mira! Es una ballena y come muchos peces chiquititos…
—Vamos al comedor, la cena ya está preparada y se va a enfriar…
—No se preocupe. En realidad, estoy acostumbrado a que los más pequeños como Biserka me pregunten por muchos de los animales que dibujo —dije mientras veía a mi hermana Octavia en el rostro de la niña.

Me había despertado casi al atardecer, arremolinado sobre la colcha de la cama y aún con el abrigo puesto. Tomé la funda de terciopelo y subí a cubierta nada más dejar atrás el largo pasillo que conectaba con las escaleras. Las nubes grises se habían quedado ancladas en el muelle, así que pude sentarme en una de aquellas butacas de estribor mientras tomaba un poco de aire fresco. Fumaba un cigarrillo cuando reparé en el hombre que había apoyado contra la barandilla. No era muy alto, pero sus manos parecían las de un pianista con aquellos dedos largos y escuálidos. Vestía un traje de chaqueta color marrón oscuro que con los rayos del sol parecía estar hecho de barro. No se movía, aunque me pareció que tenía algo entre sus manos escurridizas. Había estado dibujando y la funda verde descansaba a mi lado con la caja de lápices, pero de alguna manera sentí curiosidad por aquel desconocido. Se guardó en el bolsillo un reloj o algo redondo de metal cuando comprendí que venía hacia mí. Parecía algo más mayor que yo, presumía de un bigote bien proporcionado y los cabellos arreglados con la línea hacia la derecha. Pensé que tal vez querría un cigarrillo, así que metí la mano en el bolsillo para extraer la cajetilla cuando una niña surgió de algún lugar secreto que yo aún no había descubierto. El extraño nos esquivó y siguió hacia adelante. Sentí más curiosidad.

La pequeña Biserka se marchó con su padre y me di cuenta de que la cubierta estaba vacía. Era la hora de la cena, así que tomé mis utensilios y directamente fui al comedor. ¿Estaría allí el hombre del traje marrón?

—No. Debe de haber una equivocación. Especifiqué en la agencia de navíos que mi menú no contendría carne —declaré cuando pusieron delante de mí aquella chuleta ligeramente ensangrentada. Era tan repulsiva que tuve que apartar la vista. Si Eduardo hubiera estado ahí, conmigo, hubiese palidecido. Pero… ¿por qué me había acordado de él? No tenía ninguna intención de ir a visitarlo.
—Lo siento, Señor Adamsen. En cocina han debido de confundirse. Enseguida le traigo otro plato.

En el comedor abundaban las mesas formadas por uno o dos hombres, muchos en viajes de negocios o transacciones internacionales. También había varias familias, una de ellas la de la dulce Biserka, y algún que otro alto clérigo que se pavoneaba con personajes ilustres de la banca del pequeño reino dálmata que dejábamos atrás. Entonces entró el desconocido y se sentó cerca de la puerta. Traía un libro que comenzó a leer mientras era atendido por el servicio del comedor. Las flores del mal de Baudelaire. Era desconcertante que me ignorase por completo después de que en la tarde pareciese todo lo contrario. Pero al final terminó su cena e inmediatamente se marchó.

Ya en el camarote, pude despegarme del sudor que había calado mi ropa tras el sopor del sueño y los recuerdos. El agua de la tina estaba ardiendo y la piel tomó aquel color rojizo que más tarde desaparecería. Cuando me desplomé sobre la cama, no podía dormir. Oía el sonido lejano de las hélices, del océano siendo atravesado por la mitad, de algunos pasajeros al otro lado de la puerta. Entonces decidí subir a cubierta para tenderme en aquellas butacas que ahora estarían vacías. En el pasillo había un pequeño grupo de muchachos del servicio que, cuando pasé junto a ellos, guardaron silencio. Aquello me incomodó porque creí que, por alguna estúpida razón, conversaban sobre mí. Uno de ellos miraba con disimulo y reconocí a su lado al mozo que me había acompañado aquella mañana al camarote. ¿De qué habían estado hablando? Me abroché el abrigo y subí las escaleras.

Tumbado sobre la misma hamaca de la tarde, fumaba mientras contemplaba las estrellas sobre el firmamento. Le di un mordisco al pastelillo de cacao y el sabor amargo se mezcló con el del tabaco. Saqué otro cigarrillo, el penúltimo. ¿Sabía Ingvar que iba a Groenlandia? Y si era así, ¿había aceptado de todas formas trabajar a mi lado? Probablemente habría descubierto mi nombre junto al suyo y entonces ahí habría renunciado y volvería a perderle de vista. No olvidaba sus últimas palabras.

—Si algún día vuelvo a verte, será para escupirte en la cara —masculló antes de dar aquel portazo. 



Comentarios

Entradas populares