Los cuerpos magnéticos | Capítulo 3~

Damos la bienvenida al último mes de 2015.

Desde el domingo 29 he comenzado un nuevo ciclo de lecturas online, aquí en el blog. Postearé varios capítulos de mi última novela para que podáis leerlos y animaros así a conseguir la obra

Tenéis Los cuerpos magnéticos en Amazon, tanto en formato digital como físico. En la misma página podéis acceder a las primeras páginas de la novela, en concreto hasta la mitad aproximada del capítulo 3 (donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada en Amazon).

El capítulo de hoy está más abajo ;)



Espero que disfrutes de la lectura. Mañana habrá más. 

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos



Pd: Entrada dedicada a Bella MP por haber comprado la novela a pesar de que la había conseguido gratis con la nueva suscripción. Gracias miles por tu precioso gesto ✿♥




INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo







3. LA SOMBRA DE INGVAR

El cochero me avisó cuando llegamos. Me había perdido entre las letras del telegrama y viajaba a la velocidad del código Morse mientras agarraba con mis manos al fantasma de Ingvar. El hombre esperó a que bajase del carruaje, cerrase la puertezuela y le diera las buenas noches.

Empujé la verja y accedí al pequeño sendero que me separaba de Nueva Alejandría, la casa de campo. Había pertenecido a un acaudalado burgués venido a menos por culpa de la adicción al opio que seguía haciendo estragos entre las clases acomodadas europeas. Una larga historia en la que el agente inmobiliario se había prodigado en detalles que yo encontré innecesarios. La magnífica residencia conservaba los muebles, todos ellos preciosas reliquias del siglo anterior, y tenía una descomunal biblioteca que hacía las delicias de mis tardes invernales cuando, ocasionalmente, llovía a cántaros durante días. La chimenea principal apenas la utilizaba, excepto cuando hacía frío o regresaba de Dubrovnik. Aunque amaba aquella ciudad mediterránea, necesitaba despegarme del hedor a hollín que sus fábricas expulsaban. Entonces, como ahora, la encontraba en su cenit y mi mayordomo, un hombre tan discreto como sensato, abría la puerta tras oír la campanilla del exterior. Después de darnos las buenas noches, me entregó una pequeña nota sobre una bandejita de plata.

—¿De quién se trata? —pregunté mientras rompía el lateral para leerla.
—De la Duquesa de Luksic. Estuvo con su hija…
—¿La viuda? ¿Otra vez?
—Así es, señor. Desea que le haga un nuevo retrato.
—Ya veo —dije de forma mecánica tras leer con rapidez aquellas letras apretadas unas encima de otras, como si se adivinaran sus intenciones.

Lo despaché. Cerré la puerta y arrojé los zapatos contra la alfombra mientras notaba cómo el calor de la chimenea me traspasaba lentamente. En la esquina, protegidas por una vitrina de cristal de Bohemia, mis viejas amigas miraban sin pestañear. Absenta, dije como si pronunciara un conjuro.

La noche transcurrió en el más absoluto de los silencios. La madera crujía y yo tenía el cuerpo en llamas. Abandoné el sillón donde había quedado atrapado por los recuerdos que se confabulaban contra mí. Junto a la puerta había una pequeña colección de libros encajados en la pared que parecían formar parte de los muebles. Pero sólo era el efecto de la luz mortecina y del polvo que se había acumulado entre las rendijas que los separaban. Fui decidido hacia ellos y tomé el de la derecha. Era un libro de botánica en el que reconocía la labor de otros ilustradores y donde se distinguían muchas de las especies que en algún momento del pasado había ilustrado para la revista geográfica. Al principio pasé las páginas lentamente, pero después me pudo la ansiedad y la busqué con cierta violencia. Cayó al suelo cuando comencé a zarandear el libro, irritado por pensar que no estaría allí, que alguien del servicio se la habría llevado. La absenta me golpeaba desde el estómago contra la cabeza y los sentidos, y yo quería hacer lo mismo con Eduardo.

—Aquí estás —dije cuando la recogí de la alfombra.

Era una lámina un poco amarillenta. Estaba arrugada y también rota. A pesar de ello, podía distinguirse a un muchacho lleno de pecas que llevaba unas gafas gigantescas y feas. Parte de su cuerpo había sido seccionado en lo que parecía ser una mutilación artística. A carboncillo, se podían adivinar las diminutas pecas que salpicaban sus mejillas, lo escuálido de sus hombros y el cabello ligeramente alborotado por un viento que debió de soplar aquella vez. Las gafas redondas sobre sus ojos lo desfiguraban, aunque le daban un aspecto intelectual del que me había burlado cada vez que terminaba la misa de los domingos cuando dejábamos atrás el banco que habíamos compartido. Pero lo que me atrapaba era su expresión risueña, el brillo de las pupilas irradiaba algo que debió ser felicidad. No había sido sencillo dibujarlo, pero allí permanecía oculto sólo para mí.

Desde muy pronto, comencé a dibujarlo todo. Los pájaros que se posaban en la ventana de la habitación que compartía con mi hermano Sexto, los árboles que había detrás de la capilla, las hormigas que se colaban en la despensa de la cocina cuando llegaba el verano, las florecillas que cada primavera nacían próximas al sendero de la estación de ferrocarriles, las arañas de patas largas que invadían el baño en invierno y se ocultaban detrás de la bañera, las ardillas que correteaban por el parque del Museo Arqueológico, los ramilletes de hierbas secas que adornaban la mesa de navidad y otras ocasiones especiales en familia, los perros que perseguían a veces al nuevo tranvía, los gatos que maullaban sobre los tejados de la ciudad y, lógicamente, a mi familia. Los había dibujado de mil maneras. La pequeña Octavia insistía para que la retratara con su muñeca preferida y el recién y flamante vestido diseñado por la modista preferida de mamá. Creo que dibujar es lo único para lo que alguna vez he servido. Desde que descubrí mi verdadera y dañada naturaleza masculina, he tenido la decepcionante sensación de que todo lo demás es defectuoso, anómalo en mí.

Cuando dibujaba no podía dejar de hacerlo. Por esa misma razón, hubo un momento en que la gran casa donde vivíamos se llenó de ilustraciones porque ya no había sitio para más, ni siquiera en el despacho de Eduardo. Entonces eligió una y, muy serio, dijo aquello que hizo que empezara a odiarlo en secreto. Mi madre no podía saber que yo albergaba aquellos sentimientos contra mi progenitor.

—Esto es sólo un juego, una distracción para niños. Es indudable que tienes un don para dibujar, pero esto por sí solo no te hará ser digno ni respetable —dijo mi padre agitando uno de mis dibujos—. Serás arquitecto.

Cuando Ingvar venía los sábados, yo le enseñaba los dibujos que continuaba haciendo a escondidas de Eduardo. Tuve que tirar un sinfín de ellos, aunque Ebba siempre escondía algunos. Estaba segura de que convencería a mi padre para que pudiera, al menos, seguir ilustrando como siempre había hecho. A partir de aquel momento, comenzaron sus discusiones. Recuerdo cómo mi padre daba aquel portazo que hacía temblar la pared de su estudio, desde entonces inaccesible para todos nosotros. Incluso para mi madre. No obstante, ella mostraba mis dibujos a todos nuestros invitados y éstos siempre se deshacían en palabras amables. Hasta Eduardo lo reconocía muy a su pesar. Pero a Ingvar no le gustaban. Reconozco que la primera vez que me lo dijo pensé que estaba bromeando, que era imposible si todos alababan mis ilustraciones. Él se tumbaba sobre la cama, agitaba sus botas negras en el aire y lo decía mientras me observaba muy serio. Yo me lanzaba sobre su cuerpo menudo cuando lo repetía varias veces y le tapaba la boca para no oír cómo se burlaba de mí, cómo insistía sin importarle lo mucho que me enfadaba. Notaba su aliento contra la palma de la mano y su tibia saliva se quedaba pegada entre mis dedos. A veces le propinaba algún golpe y no fueron pocas las ocasiones en que estrellé sus gafas contra la pared, haciéndolas añicos. Entonces nos enzarzábamos en una absurda pelea y me gustaba tenerlo prisionero contra mi cuerpo, notar su ira y saberme el claro vencedor.

—¡Suéltame…! O de lo contrario…
—¡Eres tan debilucho…! —dije mientras reía.

Luego, apretaba aún más sus manos entre las mías. ¡Qué poderoso me sentía!

—Algún día seré más fuerte que tú… ¡Ya verás…!

Pero no podía zafarse y en su lugar resoplaba hasta ponerse muy colorado porque mi hermana se colaba en la habitación, se sentaba delante de nosotros y esperaba a que alguno de los dos dijese algo. En aquel momento, me echaba a un lado y le decía a Ingvar que aquello que afirmaba jamás sucedería. Octavia lo observaba en silencio y conseguía que se marchara sin que ninguno de los tres dijese algo.

Ingvar tiene exactamente catorce meses menos que yo. Así que era imposible olvidar cuándo eran nuestros cumpleaños. Desde que supe que detestaba las ilustraciones que hacía, me empeñé en dibujarlo en cada aniversario. Él se oponía de forma rotunda.

—¡Lo romperé y te lo haré tragar! —amenazaba con sus gafas enormes.

Curiosamente, él entró en la universidad para estudiar botánica, pues había sido alentado por su padre quien era un fiel devoto de los estudios que se estaban desarrollando por entonces. El caso contrario era Eduardo porque afirmaba que la botánica era más una disciplina inútil y poco trascendente. Pero yo sabía que, en el fondo, la comparaba con las Bellas Artes. Aunque estudiamos en diferentes escuelas universitarias, los primeros fines de semana de cada mes nos reuníamos en casa de Ingvar. Allí, la Señora Olsen siempre nos hablaba de los avances de las sufragistas y me daba recados para Ebba, quien acudía con ella a los eventos que organizaban. No fueron pocas las veces que Ingvar me pidió que le dibujase numerosas plantas que debía incluir en los dossiers de cada periodo académico. Me burlaba y le hacía pagar una moneda de plata mediana por cada lámina que le entregaba. Nunca se quejó del trato. Aún conservo muchas de esas monedas.

Pero cuando empecé a pasar más tiempo con aquella amiga de Octavia, Sofie Clemensen, Ingvar dejó de reunirse conmigo. Me agradaba su compañía y mi hermana se empeñó en que la conociera mejor. Por entonces, sentía la presión de mi familia y del entorno universitario para relacionarme con algunas muchachas de mi edad. Tenía que evitar cualquier sospecha sobre mi verdadera condición masculina. Quería creer que si pasaba más tiempo con ellas podría acostumbrarme a su presencia y, en especial, a encontrarlas sexualmente atractivas. Una parte de mí necesitaba creer que yo acabaría siendo un hombre normal. Un respetado y honorable hombre de familia como lo era mi padre y el de tantos otros muchachos que había en el mundo. Quería sentir que sería así, que muy pronto lograría ser como mis hermanos o como Ingvar.

Aunque iba a su casa, él no estaba y la Señora Olsen me decía que estaría en alguna reunión del Consejo Universitario. Tardé varios meses en coincidir con él. Fue en aquel pequeño café, frente al Tribunal de Justicia. Yo estaba hablando con Sofie cuando de pronto entró y se sentó en la mesita que había junto a la ventana. Nosotros estábamos un poco más al fondo y gracias a las cortinas de acceso a la otra sala pasamos desapercibidos. Desde donde estaba sentado, podía observar todos los movimientos de Ingvar. Leía algún periódico arrugado y ya no llevaba aquellas enormes gafas, sino otras más proporcionadas. Después comenzó a mirar por el ventanal mientras bebía algo caliente. No podía dejar de pensar que nos habíamos convertido en perfectos extraños y sentí cierta nostalgia que terminó por irritarme. ¿Por qué se había apartado de mí sin más? ¿Era por Sofie? Nos acercamos.

—Has adelgazado —dije cuando lo tuve delante, ya sentados frente a él. Había logrado calmarme—. Se te ve algo desmejorado...
—Son los exámenes finales —interrumpió.

Ingvar, detrás de las nuevas gafas, miraba a la joven universitaria con disimulo y descubrí cierta expresión de derrota en sus ojos.

—De todos modos, …
—¿Sí? —pregunté cuando se detuvo.
—Nada, déjalo. He de irme.
—Espera, tenemos mucho de qué hablar… ¿Por qué no vienes a casa este sábado y…?
—Tengo que marcharme.

Salió inmediatamente de allí y tardé varios meses en dar con él. Era algo más de medianoche, pero hacía un calor inusual. Esta vez vino a casa, magullado, con el labio ensangrentado y un ojo morado. Nada más verlo aparecer por la puerta, algo se quebró dentro de mí.



En la mañana del noveno día, un mensajero de la compañía de buques trajo los documentos que Nicoline había enviado. Aún estaba enfadado por haber aceptado su oferta y, sobre todo, porque abandonaría la calidez del sur para adentrarme en el infernal norte. ¡Maldita sea! ¿Cómo había sido tan ingenuo?

Oí que tu amigo de la infancia, Ingvar Olsen, estaría en el proyecto.

Recordé sus palabras y otra vez resonaron dentro de mí como si fuesen una especie de onda expansiva que recorre la superficie del agua cuando lanzo pequeños guijarros contra ella. Me pregunté por qué había aceptado después de todo lo que había sucedido, cómo podía albergar la estúpida idea de que Ingvar se alegraría de verme. ¿Qué esperaba de ese reencuentro? Pensé que tal vez se había casado, tenía varios hijos y su vida ya nada tenía que ver con la mía... O, quizás… quizás aún no… porque, como yo, guardaba aún alguna esperanza…

El barco saldría de puerto adriático en dos días. No quería empaquetar otra vez mis enseres, hacer el equipaje y dejar atrás el último de mis refugios. Divisé la funda de terciopelo verde y los diversos útiles y materiales para dibujar junto al sillón. No me había separado de ellos desde que Ebba me los entregase la primera vez que entré en la escuela de Bellas Artes. Ella había convencido a Eduardo -aún no sé cómo- de que yo no haría arquitectura, si bien él no pagaría mi formación. Ahí fue cuando Nicoline me respaldó y decidió apoyar a su hermana. Años después, mis padres se separarían y yo tomaría el apellido de mi madre, Adamsen.

Aún tuve tiempo de visitar Dubrovnik y bajar hasta la Plaza de las Flores donde solía vender mis servicios de retratista. Había dejado el equipaje en el hotel, así que quise recorrer el barrio más bohemio de la ciudad y llevarme conmigo aquella sensación de plenitud que sabía iba a extrañar cuando el frío se metiese, de nuevo, hasta el fondo de mis huesos. El sol comenzaba a descender sobre los árboles más altos que surgían al fondo. Sonaba el organillo y las palomas revoloteaban en torno a la fuente central. Pero yo me notaba inquieto y pensé por un momento que se debía al viaje, al violento encuentro con mi pasado. Sin embargo, me descubrí mirando hacia la boca de la calle por la que solía llegar aquella banda de jóvenes maleantes. Quería ver al jovenzuelo que había amenazado mi sexualidad con aquella expresión áspera, directa. Era algo que me desconcertaba de las clases más bajas: aquella brutalidad que les impulsaba a comportarse como animales salvajes, a no pedir permiso y a utilizar continuamente aquel lenguaje soez, tan alejado de los buenos modales en los que yo había sido educado. ¿Qué estaría haciendo? ¿Chupándosela a un burgués acomodado por una moneda de plata? ¿O más bien apoyado contra una asquerosa pared del muelle mientras algún supuesto y respetable hombre de negocios lo ensartaba repetidas veces como si se tratase de un animal en celo? Aquellos pensamientos obscenos me degradaban y volví a sentir que la piel se convertía en carne putrefacta que debía arder cuanto antes en el infierno. Antes de que fuese demasiado tarde y la perversión me devorara.



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