Los cuerpos magnéticos | Capítulo 16~

Hace más de dos semanas comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. He estado posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra. Hoy terminamos las entregas con el capítulo 16. Espero que hayas disfrutado la lectura

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:

Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.



Puedes adquirirlo en formato digital y también formato libro aquí.
¡¡Muchas gracias a quienes ya lo han hecho♥♥♥!!



Nada más por el momento. Que tengas una estupenda semana. Espero volver muy pronto porque se acerca una fecha muyyy especial ;)

Saludos ^^~
Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos




INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo










16. PAPEL MOJADO

Desperté muy temprano. Al principio no supe dónde estaba, pero cuando vi la buhardilla frente a mí comprendí que estaba en Ilulissat. Nansen y Vibeka debían haberse marchado ya al fiordo porque su labor en él comenzaba más temprano que la mía. Vendrían para acompañarme hasta el fiordo donde trabajaría con ellos. Junto a la ventana, pude ver que todo seguía nublado. ¿Cuándo iba a salir el sol?, me pregunté mientras suspiraba fastidiado.

Bajé las escaleras y, cuando iba a preparar el desayuno, alguien llamó a la puerta. Miré el reloj que había sobre la chimenea y me percaté de que aún faltaban treinta minutos para la hora señalada. Aun así, creí que se trataría de Nansen o Vibeka y abrí inmediatamente. La tetera comenzó a pitar.

—Fiordo. Usted. Yo —dijo el esquimal que surgió frente a mí. Con sus manos señalaba el hipotético lugar donde debería localizarse el lugar—. Fiordo. Allí.
—¿Dónde está Nansen…? ¿Y Vibeka?

Retrocedí, desconcertado ante aquel nativo que repetía una y otra vez las mismas palabras.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí.

El pitido de la tetera se hizo ensordecedor y fui a retirarla. Pero estaba tan aturdido que al final se resbaló de entre mis dedos y cayó al suelo. Con un sonido seco, el recipiente quedó deformado mientras el agua se derramaba por completo. Entonces fui a recoger la tetera, con tan mala suerte que me quemé y el recipiente volvió a caer para terminar de deformarse.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí —insistía el nativo desde la puerta como si nada hubiera sucedido.
—Sí… un momento, por favor… —respondí ligeramente irritado mientras limpiaba con cuidado el agua del suelo—. Ya nos vamos.

Me puse el abrigo y el sombrero, y agarré la funda verde.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí.

Seguí al esquimal y por fin dejó de repetir aquellas cuatro palabras. Él avanzaba con pasos ligeros y tomamos el camino hacia el Noreste para llegar al tramo medio del fiordo. Había niebla, pero el aire no estaba muy cargado de humedad. Conforme nos acercábamos, la vegetación fue cambiando y si antes sólo había hierbas comunes, comenzaron a surgir flores y otras especies más variadas. Los graznidos de las aves también eran diferentes y a lo lejos ya podía distinguirse un constante murmullo. Entonces el aire trajo la brisa marina. Por un instante fugaz, pensé que detrás de la niebla estaría el Adriático. Mas no fue así. Yo estaba a miles de kilómetros lejos de él y de su luz. Pero, por otro lado, muy cerca de Ingvar. Muy cerca.

—Fiordo. Allí —dijo el hombre señalando hacia delante.

No era la primera vez que iba a ver un fiordo. En Dinamarca había varios y, aunque nunca trabajé junto a uno, no pensé que el de Ilulissat fuese a sorprenderme. Al fin y al cabo, un fiordo no era otra cosa que la estrecha entrada del mar debido a la inundación de un valle tallado por la erosión de los glaciares a lo largo de los años. No obstante, la niebla empezó a levantarse y los graznidos de las aves se hicieron más estridentes. Oí cómo crujía el hielo: debía de estar desprendiéndose de los desfiladeros ante los tibios rayos del sol que ya asomaban. Para mi sorpresa, los trazos del paisaje iban perfilándose como si alguna fuerza superior los estuviese guiando.

De repente, el fiordo de Ilulissat surgió frente a mí. El agua del mar, que había inundado aquel valle durante siglos, ahora me separaba de la otra orilla y vi pequeños icebergs flotando a la deriva mientras avanzaban en dirección contraria al océano.

—Fiordo —dijo el nativo.

En el margen de la orilla donde me localizaba había toda una pléyade de flores de color violeta que contrastaban con el verde de sus finos tallos. Nunca las había visto. Tenían la forma de un cuenco pequeño y la mayoría parecía abrirse con la luz del sol que finalmente surgió de entre las nubes. Con todo, sus rayos eran débiles y aunque poco después pude desprenderme del sombrero y del botón superior del abrigo, la verdad era que el sol veraniego de Groenlandia era tan frágil como lo había imaginado.

—Altos hombres. Altos mujeres. Allí.

Señalaba el campamento de mis compañeros de la Sociedad Geográfica y distinguí a Vibeka. Iba a darle las gracias al esquimal por haber sido mi guía, pero ya bajaba hacia la orilla donde sus iguales ayudaban a quienes pensé serían otros compañeros daneses. Parecía que estaban realizando pruebas sobre el caudal del agua. Nansen se acercó poco después. Tras una breve charla, me pidió que dibujara una panorámica del fiordo y de la pequeña base donde nos encontrábamos.

—Cuando termines, te daré la lista de las especies que deberás ilustrar. Avísanos si necesitas cualquier cosa. Somos un equipo —dijo Vibeka.

De ese modo, el primer día trabajé con el equipo de Nansen y Vibeka y conocí al resto de compañeros de la Sociedad Geográfica que cooperaban en las investigaciones del proyecto. Sin embargo, el grupo de nativos que ayudaban en algunas tareas me intranquilizaba. Nansen me había indicado cómo se llamaba cada uno y era obvio que hacían muy bien su labor, pero pronto descubrí que no sabía cómo actuar frente a ellos. Eran hombres silenciosos, apenas hablaban. De alguna forma, yo pensaba que aquella ausencia de palabras se compensaba porque debían ser perfectos observadores. Eso me inquietó aún más.

Pero mañana me encontraría con Ingvar. Eso era todo cuanto me importaba en ese momento.



Cuando bajé para desayunar, Vibeka retiraba la tetera abollada de la lumbre. Había dispuesto sobre la mesa un plato generoso de pastas junto a la pastilla de mantequilla del día anterior. También había un tarro de pepinillos encurtidos y aquellos barquillos de jengibre que recordaba de la infancia. Me senté y enseguida sirvió el té.

—Hoy vendrás conmigo —dijo después de saludarnos—. Nansen ha tenido que ir al tramo más alto del fiordo para coordinar con el equipo de botánica con el que trabajarás mañana. Regresará en la tarde. ¿Podrás terminar hoy las ilustraciones?
—Sí. Hoy las tendrás todas —indiqué mientras tomaba entre mis manos la taza caliente. Tenía los dedos helados.
—Muy bien. Como sabes, hoy llegará Ingvar. En ausencia del Señor Larsen, él es el responsable del proyecto.
—¿Sabes a qué hora llegará?

No había podido dormir en la noche pensando en el momento en que por fin volvería a estar frente a él. Había imaginado la escena tantas veces que ya dudaba si el encuentro iba o no a producirse. No tenía muy claro lo que quería decirle. Tal vez él seguía enfadado. O tal vez ni recordaba lo que ocurrió la última vez. Ingvar había sufrido una transformación tan radical que yo seguía dudando con cuál de sus ánimos me recibiría.

—Es difícil saberlo. Suele aparecer de improviso —respondió Vibeka.

Más tarde llegamos al fiordo. Allí nos esperaba el equipo del día anterior que, nada más vernos a lo lejos, saludaron desde la orilla. El grupo de geógrafos estaba compuesto por seis daneses, dos de los cuales eran mujeres. Los nativos, un total de cinco, aguardaban sentados junto al campamento base y apenas se inmutaron al vernos descender por la ladera. Con todo, Vibeka parecía llevarse muy bien con ellos y enseguida se pusieron a trabajar. Sin embargo, me seguía produciendo desconfianza el hecho de que apenas hablaran, de que hasta hacía muy poco no fueran civilizados como nosotros. Era como si pudieran comunicarse a través de los pensamientos y de aquella forma jamás supiéramos qué estaban tramando. Porque en el fondo tenía la sospecha de que estaban urdiendo algún plan que aún desconocía. Por alguna razón estaba casi convencido de que sabían que yo era un ser deforme en su interior.

Como debía apartarme para buscar las especies que debía ilustrar, tomé varias láminas en blanco y un par de lápices y dejé la funda verde junto a los materiales de mis compañeros. Avancé por los alrededores. Durante la mañana dibujé aves, insectos y algunas plantas acuáticas que encontré en la orilla. Pero yo no dejaba de pensar en Ingvar una y otra vez. Sus besos, la madurez de su cuerpo tras cinco años, mi necesidad de estar a solas con él, probar al fin su esencia pura y nívea como la nieve que coronaba las cumbres lejanas de Ilulissat. Chasqueé fastidiado. No lograba concentrarme. Por esa razón, me enfadé y rompí las ilustraciones. Los trazos estaban llenos de imperfecciones y no había respetado ni las proporciones ni la perspectiva. Era como si las láminas las hubiera dibujado alguien totalmente diferente. Hasta aquel momento había podido presumir de que ni siquiera las desavenencias con Eduardo me habían impedido desarrollar mi labor artística. Tampoco cuando entré en el Holger Mortensen ni cuando Ingvar y yo discutimos por última vez.

Molesto por los acontecimientos, me fui hacia el campamento. Vibeka había dicho que él podía aparecer en cualquier momento y por eso deseé que ya estuviese allí, con el grupo de trabajo. Le explicaría que no había quedado conforme con las ilustraciones pero que en la tarde las tendría todas consigo. Ingvar conocía muy bien mi destreza como paisajista e ilustrador y entendería lo sucedido. Pensaba en todo ello mientras andaba por la orilla del fiordo. Oía cómo el hielo gruñía y se desprendía del desfiladero que había frente a mí. Estaba subiendo la marea y el agua empezaba a cubrir las rocas localizadas en la orilla sobre las que avanzaba para llegar al lugar donde se encontraban mis compañeros.

Sin embargo, no vi a Ingvar cuando alcancé finalmente el campamento. El nivel de las aguas había avanzado y divisé a los nativos trasladando los materiales del equipo geográfico más arriba de la ladera. Vibeka no estaba.

—¡No…! —grité cuando vi que uno de los nativos sostenía algo verde mojado sobre las manos.

Enfadado, corrí hacia él y se lo arrebaté. El esquimal intentó quitármelo y, al forcejear, caímos sobre las rocas cubiertas por el agua de la orilla. Estaba helada y me había golpeado contra el codo y la cadera del lado izquierdo. Me la quitó de nuevo.

—¿Qué has hecho…? —pregunté airado—. Suéltala. ¡Es mi funda…!

Pero el hombre no parecía entender y continuaba dando manotazos. No entendía por qué insistía. Irritado por todo lo que había sucedido desde la mañana y ante el hecho de que Ingvar seguía sin aparecer, empujé al esquimal. Las láminas del día anterior habían quedado inservibles y ahora todo era un amasijo de papel mojado que se deshacía entre las manos. Empecé a tiritar.

—¡Eres un esquimal inútil…! ¡Mira lo que has hecho…! —grité—. ¿Cómo no has sido capaz de evitar que se mojara…?
—Es sordomudo. Deténgase, por favor. No le hable así —ordenó uno de los nativos detrás de mí.

Me di la vuelta y el hombre surgió con ojos desafiantes. Pero yo no quería dejar de increparle su error. Desde el fondo de mi alma, empezaba a detestar a los esquimales.

—¡Es su trabajo! Si es sordomudo no debería trabajar en la expedición… ¿Sabe él cuánto tiempo he necesitado para hacer todas las ilustraciones que se han perdido…? ¿Va él a dibujarlas…? ¿Lo harás tú…?
—No nos llame esquimales. Es ofensivo para nuestro pueblo —afirmó, tajante.

En ese preciso instante, me di cuenta de que Ingvar ya estaba allí. Había llegado en el peor de los momentos.


Comentarios

  1. Hola Eleonor! ya terminé de leer tu libro y me encanto, pero en Amazon no me permite dejar comentario porque tengo que comprar -cualquier compra en general- para poder dejarlo. Mi cuenta de Amazon solo la tengo para adquirir gratuitamente porque no tengo tarjeta de crédito.
    Más bien no tendrás cuenta en godreaders? Avisame, lo que si voy a hacer es una reseña en mi blog y en cuanto la tenga te aviso.
    Cariños y nos estamos leyendo <3

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    1. ¡Hola Ely!
      Muchas gracias por tu comentario. Celebro que LCM te haya gustado tanto ^///^

      Sobre lo de Amazon, que yo sepa sí se puede dejar comentario aunque no lo hayas comprado. No sé si lo has intentado, pero los 2 comentarios que tengo en Amazon son precisamente de personas que recibieron el ebook en su correo :)

      De todas formas, te dejo aquí mi cuenta de Goodreas:
      https://www.goodreads.com/author/show/11583143.Eleanor_Cielo

      Y sobre la reseña en tu blog, ¡estaré encantada de leerla! Desde ya agradezco tu tiempo e interés :)
      ¡¡¡Un abrazo y mucha suerte!!!

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    2. Si Eleanor, claro que lo intenté y me especifica que debo haber comprado algo al menos dentro de las 48 horas a las que intento dar mi comentario. No importa si es el libro o cualquier otra cosa que haya comprado en Amazon, me piden que sea compradora. Ya antes me ha pasado pero ya voy a tu cuenta de goodreads.

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    3. Oh, entiendo. No sé a qué puede deberse que no te lo permita...
      Bueno, pues entonces será genial leerte en mi cuenta de Goodreads ;)

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    4. Acabo de leer tu reseña en Goodreads y estoy llorando de emoción jajaja
      ¡¡¡Muchísimas gracias, de verdad!!

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    5. D: Dios! mi intensión no era que lloras!!! >_<u yo lloré en algunas partes Septimo me llegó al alma, tu libro es bellísimo.

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    6. jajajaja
      Son lágrimas de alegría: es muy bonito lo que escribiste ♥♥♥♥
      Un abrazo enorrrrrme ^3^

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