Los cuerpos magnéticos | Capítulo 14~

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:

Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀




Nada más por el momento. Yo regreso mañana con otro capítulo nuevo. No olvides compartir esta entrada en tus redes sociales para que otras personas conozcan esta historia.

Saludos ;)


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








14. POESÍA A DESTIEMPO


—Séptimo, llegaremos pronto al muelle —dijo Nicoline, ya dentro del carruaje.

Copenhague había cambiado y eran numerosos los nuevos edificios que no lograba reconocer. La lluvia había cesado así que las calles volvían a la normalidad.

—Me han llegado rumores sobre Ingvar.
—¿Qué tipo de rumores?

Al fin podría saber qué había sucedido.

—Dime, sobrino. ¿Tuvo algo que ver tu amigo en la decisión de… Eduardo?
—¿Qué…?

No comprendía cómo lo había descubierto. Estaba seguro de que era algo que mi padre no había compartido ni siquiera con Ebba. Era demasiado vergonzoso para él. Sentí una punzada en el estómago y rememoré aquel fatídico domingo del año que cumplí veinticinco. Nicoline debió de darse cuenta de mi desconcierto porque su tono de voz cambió por completo.

—Disculpa si la pregunta es tan directa, pero…

Hizo una pausa y me tomó de las manos, consciente de que aquella conversación me incomodaba.

—He sabido que Ingvar está directamente relacionado con las infidelidades del director de la Sociedad Geográfica, el Señor Tosh Larsen. Al principio no lo podía creer. De hecho, cuando me enteré de que había abandonado a su esposa por tu amigo pensé que era un rumor para perjudicar a los implicados. Ni Nansen ni Vibeka saben esto que te cuento.

Ingvar en labios de otro hombre. De repente, tenía celos. ¿Por qué? ¿Se debía a que pronto me reencontraría con él? ¿A que él había rehecho su vida sin mí? ¿O a que de pronto era más consciente que nunca de mis sentimientos hacia él?

—¿Aún… sientes algo por él? —preguntó mi tía.
—Creo que… sí…

Ya no tenía fuerzas para mentir más. Quería gritar. Habían pasado cinco años desde que Ingvar y yo nos viéramos por última vez. Quería abrazarlo de nuevo, decirle que lo sentía, que me perdonase. Para eso iba hasta Groenlandia. Por esa razón había renunciado a mi paraíso en el Adriático.



Estaba apoyado sobre la barandilla del navío cuando alguien en cubierta señaló la costa de Groenlandia a lo lejos. Confieso que no sentí entusiasmo alguno ni siquiera cuando desde muy atrás comenzaron a surgir los trozos de icebergs que nadaban errantes en época estival. El día había amanecido nublado y aunque era verano, no había podido renunciar a mi abrigo ni a mi sombrero. Fumaba un pitillo para calentarme un poco.

Había transcurrido media semana desde mi última conversación con Nicoline antes de abandonar Copenhague, la ciudad de mi infancia. Me había dado algunos consejos y dijo que debía confiar en Vibeka y Nansen si tenía cualquier problema. En cuanto a Ingvar y el Señor Larsen, señaló que lo más prudente era no inmiscuirme entre ellos dos. El director de la Sociedad Geográfica era una persona muy influyente y se codeaba con algunos ministros del Partido Conservador. Sin embargo, mi tía no imaginaba hasta qué punto yo había quedado huérfano de los besos de Ingvar y necesitaba recuperar el tiempo perdido. El mismo que había poseído la primera vez.

Aquella semana, tras regresar del extranjero, Ingvar había ingresado como botánico en la Sociedad Geográfica. Yo lo había sorprendido sonriendo mientras hablaba de su reciente viaje por las Islas Baleares, al sur de Europa. Había estado de muy buen humor y algo en él irradiaba de forma distinta. Y no es que mi amigo no sonriese nunca, sino que lo hacía muy pocas veces y siempre contraía rápidamente los labios para volver a su semblante serio. Pero en aquella ocasión fue diferente. Sus ojos brillaban como si por un momento hubieran regresado a ser los de un niño risueño. Cada vez que bebía del vino que había traído de Baleares, tuve la sensación de que a Ingvar le había sido revelada alguna clave secreta para vivir sin los remordimientos que a mí me asolaban.

Pocos días después, se presentó en mi casa con su bicicleta. Traía algunos regalos y otra botella de vino, así que almorzamos junto al río mientras el alcohol nadaba en nuestras copas.

—Dime, Séptimo. Si la felicidad pasara frente a tus ojos, ¿sabrías reconocerla?

Aquella pregunta me sorprendió. Ingvar era una persona muy pragmática y ese tipo de discusiones abstractas le aburrían tanto que dejé de compartirlas con él mucho tiempo atrás. Estaba tumbado sobre la hierba verde de la primavera ya madura y observaba hacia el cielo con aire resuelto. Luego me miró y volvió aquella nueva sonrisa cándida.

—Yo sí —respondió sin esperar mi respuesta.

Cuando llegó el sábado, Ingvar apareció y me sacó literalmente de la cama. Octavia, que por entonces tenía algunos años menos de los veinticinco que yo había cumplido meses antes, lo había seguido como siempre hacía cada vez que mi amigo entraba en mi habitación. Ingvar quería que paseáramos por la ciudad porque se celebraba el Festival Anual de Literatura y había jurado que en las calles habría poetas, literatos y toda suerte de comediantes leyendo en cada rincón de Copenhague. De esa forma, pasamos el día juntos y yo seguía sorprendido por cómo había cambiado en tan poco tiempo. Lo descubrí absorto en la lectura de cada poema de cada esquina y también rio a carcajadas ante cualquier comedia representada en el escenario que había en la Plaza del Palacio Real. Aquella tarde fue maravillosa. Mientras lo miraba desde mi bicicleta, deseé que nunca se acabase la felicidad de la que rebosaba mi amigo.

Pero cuando Ingvar me abrazó antes de despedirnos, sucedió algo extraño. Como si antes mi cuerpo hubiese sido un témpano de hielo, sentí que comenzaba a derretirme y experimenté una cierta calidez que avivó mis instintos más masculinos. Entonces descubrí por vez primera los labios de Ingvar, sus seductoras pecas, su camisa ligeramente sudada, su efímera agua de colonia, su cabello revuelto tras pedalear por media ciudad, sus brazos aferrados a los míos mientras mi corazón se aceleraba más y más. Las gafas, que ocultaban aquellos nuevos ojos, acentuaban su aspecto varonil e inaccesible. Me separé rápidamente de él. De repente, tenía mucha sed.

—H-he de irme ya —mentí.
—Mañana te espero donde siempre —dijo con voz re-suelta.

Habíamos hecho lo mismo durante años y nada hacía pensar que aquella vez algo había cambiado.

—Sí, en el último banco de la iglesia —señalé ligeramente avergonzado por la reacción de mi cuerpo.


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