Los cuerpos magnéticos | Capítulo 13~

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:

Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀



Nada más por el momento. Yo regreso mañana con otro capítulo nuevo. No olvides compartir esta entrada en tus redes sociales para que otras personas conozcan esta historia.

Saludos ;)


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos









13. EL CAMISÓN BLANCO

—Mañana le daré la comunión, joven. Su aspecto no es el más adecuado para la catequesis —dijo el clérigo mientras me miraba de arriba abajo—. Ejnar luego le ilustrará con el evangelio de hoy.

Aún no me había recuperado después de saber que llevaba más de veinticuatro horas allí encerrado. Ebba no había dado señales de vida y por un momento dudé de si la razón de ello se debía a que aprobaba la decisión de Eduardo. Estaba confuso.

—Ya ha oído al padre —apremió Ejnar—. El cuarto de aseo está allí. Enseguida traerán el agua caliente.

Los dos desaparecieron tras una de las puertas del amplio pasillo y a mí no me quedó más remedio que ir a por el camisón blanco. Lo encontré en el mismo sitio. Olía a almizcle y tenía un suave tacto que me desconcertó. Más tarde entré en la tina. El agua estaba muy caliente y pronto quedó teñida por la sangre pegada y seca de mis heridas. La ropa de domingo había quedado sobre el suelo y ahora era un gran amasijo maloliente que parecía mirarme en silencio. Igual que había hecho Ingvar mientras Eduardo me atizaba y golpeaba sin piedad. Volví a sentir lástima de mí mismo y me sumergí bajo el agua rojiza. No lograba comprender por qué mi madre no había llegado. Aquello me martilleaba una y otra vez. ¿Qué sucedería si Ebba pensaba como Eduardo? ¿Qué iba a ser de mí si ella también quería que yo estuviese en aquel lugar? ¿Qué pensaría Ingvar si supiera que yo había sido ingresado por mi condición desviada? La semana anterior había sido maravillosa. Yo había descubierto a un nuevo Ingvar. Había llegado de las Islas Baleares enamorado de la vida y de sus placeres. Amaba al Ingvar más hedonista y necesitaba estar con él otra vez. Si Ebba o Eduardo no iban a sacarme de allí, lo haría yo solo.

Pero cuando salí a la superficie, apareció el Señor Fritz en la puerta. Nos separaba el vapor del agua y pude ver cómo me miraba en silencio. Tuve que ser yo quien habló primero.

—¿No es éste un momento de intimidad? Aunque esté internado, debe comportarse de forma correcta ante alguien de mi clase —espeté levemente irritado.
—Disculpe, me pareció que había llamado.

Los dos sabíamos que mentía.

—Está bien. Ya me marcho. Ruego acepte mis disculpas. Me complace ver que finalmente ha comprendido el lugar en el que está y que su estancia será tan corta o tan larga como usted desee —dijo antes de abrir la puerta.
—Usted dijo antes que había otro joven en la planta…
—Sí, Gunder.
—No lo he visto…
—Mañana por la mañana estará aquí.
—¿No estaba ingresado en esta misma planta…?
—Hay cosas que es mejor no saber, hay hechos que es mejor no comprender y también hay verdades que es mejor ignorar —señaló como si lo hubiera dicho miles de veces.

El Señor Fritz hizo una pausa y me miró detenidamente mientras esbozaba una sonrisa.

—La cena está en la salita del comedor, justo al lado. Recuerde el lugar donde está, Séptimo —dijo antes de salir por la puerta y desaparecer tras los vapores.

El comedor era igual de escueto que las habitaciones. Las paredes estaban forradas de un papel que simulaba ser un rosario de flores de color verde oscuro y en una de las esquinas localicé la habitual mesita con las biblias. En el centro de la estancia estaba Ejnar sentado en la mesa principal, junto a dos sillas vacías. Leía su biblia mientras tomaba del plato un trozo de queso. Parecía muy concentrado y no advirtió mi presencia hasta que tomó un vaso de agua entre los dedos.

—¡Alabado sea Dios! Por fin se ha dado cuenta y va a dejar de resistirse. Venga aquí, a mi lado, y cenemos juntos. Tendremos una agradable charla sobre el evangelio de hoy.

No sabía qué responder. Me sentía ridículo con aquel camisón que repudiaba. Extendí los brazos y pensé que acabaría por ser como los dementes de la planta inferior, aquellos desgraciados a los que ya empezaba a parecerme.

—El padre tiene mucha fe en usted —comenzó a decir lleno de júbilo—. ¡Dios está con usted! Me dijo que estaba seguro de que Dios lo ama y de que, si usted lo desea con todas sus fuerzas, pronto se curará y podrá regresar con su familia, tener una vida normal y completamente decente.

Normal y completamente decente. ¿Era Ejnar la prueba de que yo podía llegar a ser algún día alguien aceptado por el mundo sobrio en su superficie? ¿Tendría yo la misma fuerza moral que él? Aquel padre de familia parecía totalmente convencido de sus propias palabras y no era difícil creer que, a pesar de mis inclinaciones enfermizas, había esperanza.

No obstante, si yo aceptaba ser normal y completamente decente, ¿qué iba a suceder con Ingvar? Después del encuentro del domingo en el cobertizo de la iglesia estaba convencido de que ya nada volvería a ser como antes.

—Ejnar, ¿cuánto tiempo lleva aquí? —pregunté nada más sentarme a su lado.
—Cinco años y treinta y nueve días. Exactamente. Son muchos, lo sé, pero no quiero irme sin estar seguro de que lo he superado por completo. Ya es la segunda vez y no debo caer en la tentación. Yo tengo que ser más fuerte que ella…
—¿Ha dicho que está aquí por segunda vez?
—Sí. Ingresé después de una grave crisis que puso en peligro mi matrimonio. Sin embargo, yo no estaba totalmente curado y volví a sucumbir poco después.
—¿Qué sucedió? —pregunté lleno de curiosidad.

Ejnar bajó la cabeza y tuve la impresión de que estaba muy avergonzado.

—Discúlpeme… yo no quise ser impertinente… Yo… he sido descortés con usted…
—No, no lo ha sido… Es sólo que…

Hizo una pausa. Levantó la cabeza y su rostro se había recuperado. Entonces, prosiguió con un tono ya más calmado.

—Fue cuando estuve en China, hace ya algunos años. Iba a cerrar un acuerdo comercial con una compañía británica y me acompañaban mi socio y un joven intérprete que se ofreció a ayudarnos cuando estuvimos en el consulado. Él era el hijo del cónsul danés, así que conocía muy bien el país oriental. Soren. Así se llamaba aquel muchacho de veinte años. Dada la naturaleza del negocio que estaba por firmar y los convulsos conflictos que habían asolado China décadas antes, tuvimos que ir a varias ciudades portuarias y el viaje tomó más de lo esperado. Soren y yo pasábamos muchas horas traduciendo los nuevos documentos legales y al final también empezó a ayudarme en las transacciones con los ingleses. Era obvio que tenía mano para los negocios, así que le ofrecí un puesto aquí en Dinamarca.

La sopa de Ejnar se enfriaba y la mía también. Pero yo quería saber sobre su historia, cómo se habían desencadenado los hechos.

—Él rechazó la oferta y a partir de ahí todo empeoró —continuó—. Yo no aceptaba su negativa y empecé a presionarlo. Le advertí que conseguiría otro intérprete si no accedía. Soren se mantuvo firme y aquello hizo que, sin saber cómo ni por qué, yo me sintiese atraído por él. Nunca me había pasado nada igual. Estaba horrorizado. Estaba traicionando a mi esposa y a mi hijo de apenas un año de vida. ¿Cómo podía tener esas… inclinaciones por un… hombre…?

Ejnar me miraba como si buscara la respuesta en mis ojos. Pero yo sabía que buscaba en el lugar equivocado y por eso bebí un poco de agua.

—Soren desapareció el día que le declaré lo que sentía por él. Abandonó el despacho donde nos encontrábamos y salió despavorido de allí. Yo quedé destrozado y descuidé las transacciones comerciales finales, con lo que perdí el dinero invertido y mi socio reclamó la mitad de la compañía. Estuve al borde de la quiebra y me di cuenta de que tenía que sincerarme con Annelise. Ella ha sufrido muchísimo… y todo ha sido por mi culpa… —dijo apesadumbrado.
—Pero usted está aquí. Es la prueba de que la ama… —expuse para animarlo.
—Pero volví a comportarme de la forma más miserable. Fue la misma noche que abandoné el Holger Mortensen. El Señor Fritz me aseguró que ya estaba curado, pero no era verdad.
—¿El diagnóstico no era correcto…?
—Me dirigí al Clavo Verde y pasé allí una semana —prosiguió entonando más alto, como si estuviese haciendo penitencia al revelarme sus pecados—. Cada noche forniqué y forniqué con decenas de ellos, me dediqué a vivir como un libertino hijo de Gomorra, amanecía fornicando y ni todos los jóvenes que tuve para mí fueron suficientes para acallar mis ansias. Estaba poseído y el maligno había tomado el control de mi voluntad. Por eso no se lo pude explicar a Annelise. Tuve que mentir. Le dije que había estado de viaje de negocios. Si supiera que su esposo ha fornicado como lo hice, la perdería para siempre. Y a mi hijo también. Por esa razón estoy aquí. Para asegurarme de que, el día que salga de este sitio, no fornicaré nunca más.



Ejnar permanecía en silencio. Sus ojos parecían haberse encallado en los recuerdos mientras los dedos acariciaban lentamente la biblia que tenía al lado. Yo estaba desconcertado. Tras escuchar con suma atención su historia, llegué a una extraña conclusión: lejos de creer que lo que me sucedía sólo podía vivirlo un muchacho de mente confusa y dañada como yo, también un respetado padre de familia era capaz de caer en aquel pozo oscuro y lúgubre conocido como sodomía. Ninguno de nosotros estaba libre de la tentación. Empecé a preguntarme si todos aquellos hombres y muchachos con los que alguna vez me había cruzado en la calle, en el colegio, en la iglesia, en la facultad; habían oído en algún momento aquellas voces que susurraban extraños afectos por sus compañeros masculinos. Ejnar las había oído, Ingvar también lo había hecho y todos los jóvenes que habían pasado por aquella institución con réplicas en toda Europa.

—¡Echo tanto de menos a mi esposa y a mi hijo…! —exclamó de repente—. Ellos no se merecen las cosas horribles que he hecho. No se lo merecen, no… Sé que Dios me ha castigado por haber repudiado a mi mujer, por haber buscado en el cuerpo de los hombres lo que por naturaleza debe ser satisfecho en el templo de las hijas de Eva. No quiero perderlos, Séptimo. Es todo cuanto tengo…

Ejnar me miró con sus ojos tristes y continuó.

—Pero, ¿sabe qué es lo que más temo? —preguntó acercándose la biblia contra sí.

No supe qué responder y negué con la cabeza, incapaz de alterar el curso de sus palabras.

—Que Enok, mi hijo, sea… como yo —dijo casi temblando—. Él aún es muy pequeño y podemos estar prevenidos, pero cuando tenga cierta edad temo que se desvíe del camino correcto y haga cosas horribles. No podría soportar la idea de que, por mi culpa, esté condenado desde el principio. Sería demasiado doloroso para mí y para Annelise. Eso acabaría con nuestro matrimonio, con ella, conmigo. Entiende por qué es tan importante para mí estar aquí, ¿verdad?

Las palabras de Ejnar eran las de Eduardo. Eran las del ser que me había traído al mundo para alabar con mi nacimiento la gratitud de Dios. Sin embargo, Eduardo había puesto precio a su deseo y había demostrado que estaba dispuesto a todo para alcanzarlo. Incluso si el obstáculo era yo mismo.

—¿Me ayudará, Séptimo? ¿Puedo contar con su apoyo? —rogó Ejnar mientras me tomaba de los brazos—. ¿Puedo confiar… en usted?
—S-sí… sí, y-yo le ayudaré —respondí, confuso, ante la inesperada súplica.

De repente, comenzó a sonar una campanilla y mi compañero se levantó inmediatamente.

—¿Qué sucede? —pregunté un poco alarmado.
—Es hora de descansar. Duerma un poco y no olvide estas palabras. Tenga presente mi ejemplo para no cometer esos mismos errores. Recapacite sobre la charla de antes, joven.

Tomó la biblia consigo y me dio las buenas noches para luego dirigirse a su habitación. La sopa de Ejnar estaba intacta y, al mirar la mía, descubrí que estaba hambriento. Estaba fría y aguada, pero la tomé a grandes cucharadas en un santiamén. Luego acabé con el pan y el queso, y aun así tenía hambre. Entró la mujer encargada de llevarse nuestros platos y me confirmó que pronto iban a cerrar el pequeño tragaluz de nuestras habitaciones, pero no los del pasillo. Ya en la habitación, había indicios de que alguien había estado allí. Ahora la cama tenía las sábanas limpias. Olían otra vez a almizcle.

Pero yo no quería quedarme a oscuras, pasar allí la noche. Seguía oyendo los gritos que procedían de las plantas inferiores y, dentro de mí, las historias que había escuchado sobre el Holger Mortensen. Además, no era capaz de quitarme de la cabeza el testimonio de Ejnar, de cómo le atormentaba la suerte de su hijo y de cómo se culpaba sin saber si aquellas sospechas eran ciertas. Sentado sobre el borde de la cama, aún tenía la esperanza de que Ebba apareciese. Miré hacia la puerta. El tragaluz continuaba abierto cuando me quedé dormido.

Sin embargo, aquella noche desperté algunas veces. Repentinamente, abrí los ojos tras tener aquella extraña sensación de caer por un precipicio. Durante las primeras veces todo estaba oscuro, pero podía ver por la rendija de la puerta que el pasillo estaba iluminado. Probablemente alguien permanecía en la garita de cristal con el quinqué encendido. Aquella lucecilla me calmó y, mientras me concentraba en ella para disipar los miedos, tuve la certeza de que todo era una ilusión. De un momento a otro, despertaría y estaría en la cama de mi casa. Descubriría que descansaba en la habitación que compartía con Sexto, localizada junto a la de Quinto y Segundo, a la derecha. A la izquierda estaba la de Octavia. Sí, así debía ser cuando acabara aquel mal sueño. Mientras tanto, el olor del almizcle me relajaba y sentía cómo mi cuerpo se hundía más y más sobre el colchón. Estaba seguro de que mañana vería a Ingvar, de que volvería a escuchar su risa y conocería más detalles de su viaje a Baleares. Sí, iríamos a aquel lugar los dos juntos y lograría dejar atrás los remordimientos, los enterraría en la arena de su playa o los lanzaría dentro de una botella para que se hundieran bajo las olas del mar. Los dos juntos otra vez. Sí, eso era lo único que quería hacer cuando mañana despertase en mi casa, en mi cama.

—Soren… Soren… ¡No sabes cuánto te he echado de menos…!

De repente, abrí los ojos. No se veía nada y ahora la luz del pasillo estaba apagada. La cabeza me daba vueltas, el olor del almizcle era más intenso. Estaba aturdido.

—¿H-hay… alguien ahí…? —pregunté, asustado.

Todo seguía oscuro y aún no había amanecido. Pero no oí nada más y al final creí que lo había soñado todo. Había perdido la cuenta de las veces que me había desvelado y fui consciente de que el testimonio de Ejnar me había afectado más de lo que pensé en un principio. Cuando nací, ¿llegó alguna vez Eduardo a plantearse que acabaría encerrándome en el Holger Mortensen?



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