Los cuerpos magnéticos | Capítulo 12~

¿Ya has leído lo que dicen de Los cuerpos magnéticos en Amazon?:

Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀




Nada más por el momento. Yo regreso mañana con otro capítulo nuevo. No olvides compartir esta entrada en tus redes sociales para que otras personas conozcan esta historia.

Saludos ;)
Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos







12. UN DOMINGO DE PRIMAVERA

Cuando desperté aquella vez, lo primero que vi fue un techo descolorido. No lograba distinguir si había sido blanco, rosado o amarillo; pero al querer mover los brazos, algo me lo impidió. Estaban fijados a la cama donde yacía. En ese momento, noté el olor a orín y llegaron algunos gritos que provenían de algún lugar. Me dolía la espalda, el dedo, el cuello, … y recordé la paliza de Eduardo. Después, la escena en la enfermería. Quise incorporarme, pero como no podía tiré varias veces de las correas con las que había sido inmovilizado.

—Espere —dijo de pronto una voz.

Enseguida surgió un hombre de presencia impoluta acompañado de un enfermero. Éste abrió la hebilla con la que habían sujetado las correas. Me senté y descubrí la estancia en la que nos encontrábamos. Era pequeña, no había muebles. Sólo una cama y una mesilla donde descansaba una biblia algo desvencijada. En la parte superior de la pared había un pequeño tragaluz por el que entraba la luz natural del exterior, pero ahora nevaba.

—Puede llamarme Señor Fritz. Administro esta planta —se presentó aquél de aspecto relamido—. Aquí tiene la ropa que usará a partir de hoy…

Señaló un camisón blanco idéntico al que vestían los dementes que nos asaltaron a la llegada.

—¡Yo no debería de estar aquí! —interrumpí.
—La puerta no tiene llave y se abre tanto si la empuja como si tira del pomo, así que podemos entrar cuando lo consideremos oportuno —siguió explicando sin inmutarse por mis palabras desafiantes—. Puede transitar libremente por la planta excepto más allá de la portezuela de hierro que encontrará al fondo si sale al pasillo...
—En cuanto mi familia sepa que estoy aquí, ¡vendrá a buscarme!
—Aparte de usted, hay otros dos muchachos internados. No fraternice demasiado con ellos —dijo remarcando la palabra ‘fraternice’—. Ustedes ya no volverán a ser los mismos de antes. No permita que sus avances queden en nada: no les hace ningún favor y a usted tampoco. Como podrá suponer, esta zona está reservada a gentes de bien, así que compórtese como tal y no nos obligue a aislarlo. Créame: no es algo que usted deba experimentar.

Otra vez los gritos y cada vez más cercanos. Sentí una especie de sudor frío que me recorrió la espalda.

—A propósito, ¿no fue su padre quien lo trajo hasta aquí? —preguntó antes de abrir la puerta—. No olvide que Dios lo observa cada día. Siempre.

Eduardo me había engañado. En lugar de ir al doctor nos habíamos dirigido al Holger Mortensen.

—La cena se sirve a las seis, Séptimo. Pero no se preocupe por el tiempo: pronto se acostumbrará a nuestras normas.

El Señor Fritz se llevó las correas de cuero. Había dejado el camisón a los pies de la que sería mi cama. Entonces comprendí que aquel hedor a orín era mío. Aún llevaba la ropa de la mañana, la de los domingos, aunque estaba manchada de sangre. Anduve hasta la puerta y, dolorido, salí al pasillo.

El pasillo era amplio. Había seis puertas cerradas a ambos lados, un par de sillones y una pequeña mesilla con más biblias. Al fondo localicé la portezuela de hierro y junto a ésta una cabina con ventanas de cristal donde podían divisarse al Señor Fritz y a otros empleados del lugar. En la otra dirección, dos puertas cerradas y una pared que cercaba la planta. Otra vez aquellos gritos que no cesaban. Me tapé los oídos, di la vuelta y corrí hasta la habitación. ¿Cuándo iba a venir mi familia? No conseguiría soportarlo por mucho más tiempo. No quería pasar allí la noche ni ponerme aquel camisón: era afirmar que yo debía de estar allí, darle la razón a Eduardo y a todos aquéllos que ahora me miraban con lástima. No importaba oler a orín si con ello yo no olvidaba ni por un segundo que iba a salir de allí antes de que anocheciera. Ebba no debía de tardar mucho.

Avanzaba por el pasillo y de repente una de las puertas se abrió. Apareció un joven muy delgado vestido con el camisón blanco del que yo renegaba. Aquélla fue la primera vez que vi a Ejnar.



Me miraba con sus ojos tristes y bobalicones. Aunque tenía cuatro años más que yo, aquel padre de familia parecía haberse quedado en la adolescencia y su rostro imberbe era incapaz de ocultar la pequeña cicatriz que tenía sobre el labio.

—Era muy travieso —confesó Ejnar cuando se dio cuenta de que la observaba, curioso—. Mi padre murió cuando yo apenas era un mocoso y solía escaparme por la ventana de la habitación a pesar de las advertencias de mi madre.

Ojalá Eduardo hubiera corrido la misma suerte, pensé.

Me di cuenta de que su camisón blanco estaba perfectamente alisado. Era imposible encontrar arruga alguna y su cabello corto se alineaba a la derecha con envidiable exactitud. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron sus manos escuálidas. Permanecían cubiertas por unos guantes también de color blanco y aquella vez temblaban tanto que resultó irritante.

—Mire, ésta es mi esposa Annelise y mi hijo Enok —dijo mientras extraía de la biblia que portaba una foto algo arrugada—. Estoy aquí por ellos. Y usted, ¿por qué está aquí?

Ejnar se aproximó y su agua de colonia saturó el aire que nos separaba. Tuve que concentrarme para poder distinguir los rostros de la fotografía porque ésta comenzó a saltar sobre su mano temblorosa. En realidad, detrás de aquel camisón blanco parecía haber un lunático que había renunciado a toda cordura. Era incapaz de apaciguar los propios demonios, manifiestos en sus extremidades larguiruchas y convulsas. Yo no quería hablar de mí con aquel extraño. Pronto me marcharía y todo quedaría en un nefasto domingo para olvidar y enterrar bajo llave. Además, no me interesaba conocer las razones de Ejnar. Yo no era como él ni teníamos nada en común.

—Este sitio está sucio —dijo de repente—. El suelo, las paredes, el aire que nos rodea, la comida, el agua, ellos, usted. Todo está corrompido en este lugar. Sólo aquí descansa la verdad.

Señalaba la biblia que llevaba en la mano derecha. La abrazó, la besó y después -al dejarla sobre la mesita del pasillo- se santiguó.

—Venga conmigo. Un joven de su clase no puede ir vestido como si fuese un pordiosero —señaló con desagrado—. Si no cuida la limpieza de su cuerpo, no puede aspirar a la del alma. ¿Por qué está manchado de sangre?

Pero no quería hablar de ello y opté por permanecer en silencio mientras intentaba poner en orden los acontecimientos de aquel nefasto domingo. ¿Cómo había averiguado Eduardo que Ingvar y yo estábamos en el cobertizo? Ejnar me miraba contrariado y de repente, sin decir nada más, dio media vuelta y se fue a su habitación.

Comenzaba a sentir las horas sobre la espalda y no dejaba de preguntarme cuándo aparecería mi madre para regresar por fin a casa. Estaba cansado, aturdido y tenía mucha sed. Los gritos lejanos que nos rodeaban me estremecían como si fuese la primera vez y sólo quería huir de allí cuanto antes. Pero Ejnar volvió a aparecer y sacó un cigarrillo estampado de vivos colores de su reluciente pitillera. Percibí un ligero toque de licor y me percaté de que estaban aromatizados. Aquélla fue la primera vez que los vi. ¡Olían tan bien…!

—Tome. Esto le ayudará a calmarse. Aunque ingresé por voluntad propia, es normal sentirse ansioso lejos de la familia.
—¿Y las cerillas? —pregunté contrariado cuando se guardó la pitillera.
—¿Desde cuándo hay cerillas en un manicomio? Sólo podemos fumar junto a la cabina. Ellos nos las proporcionarán.

Ejnar parecía haber aceptado por completo su estancia en aquel sitio del que yo era incapaz de mencionar el nombre. Fue ahí cuando mi curiosidad por su historia hizo que lo mirase de otra forma. ¿Qué hacía allí un padre de familia? ¿Sabía su esposa Annelise la verdadera razón?

—¿No va a cambiarse aún? —preguntó mientras extraía un pañuelo del bolsillo para ponérselo en la nariz.

Cuando el humo entró a través de mis pulmones trajo un poco de la calma que yo necesitaba. Sentía cómo las extremidades se relajaban y los ojos se volvían turbios cuando exhalaba lentamente. Quizá por ello no me percaté del contenido de la conversación que Ejnar mantenía con alguien de la cabina. En aquel momento sólo deseé que se detuviera el tiempo. Cada vez que acercaba el cigarrillo a los labios, tenía delante de mis ojos la carne viva en el lugar donde había estado la uña. La miré detenidamente y tuve que apartar la vista porque aquel mar coagulado, viscoso era nauseabundo. Sabía que mi alma estaba localizada en un lugar más profundo, pero aquella herida parecía querer burlarse de mis intentos por impedir a los demás su acceso.

Entonces oí un grito desgarrador que llegó de algún lugar del Holger Mortensen. Dejé caer la colilla en un acto reflejo de verdadero pánico. Apreté la mandíbula cuando Ejnar volvió a aproximarse. La calma anterior se había esfumado por completo.

—¿Q-qué… qué ha sido eso…?

Mi voz sonó aterrada y el otro se dio cuenta. De pronto, sentí un miedo tan atroz que me quedé sin aliento. Me fal-taba el aire y avancé hacia una de las sillas del pasillo.

—¿Se encuentra bien…? Hoy viene el sacerdote. Verá cómo se siente mucho mejor. Es un buen consejero, ya verá…

Ejnar, de pie junto a mí, estaba empleando aquel tono paternalista que yo tanto odiaba. En un acto involuntario me ceñí a sus piernas escuálidas bajo el camisón. Todo daba vueltas y mi alma se había helado por el terror de saberme olvidado en aquel perdido rincón del mundo. El hombre de los guantes blancos quiso desprenderse de mis brazos, pero le rogué para que no lo hiciera.

—Por favor, espere. ¡Se lo suplico…! —dije mientras cerraba los ojos, en un estado de pánico casi absoluto.
—Séptimo, usted ya no es un niño…
—¡Por favor…!

Por un momento, oí al Señor Fritz detrás de nosotros, allá en la cabina. Parecía reprender a alguien y después se oyó cómo una puerta se cerraba.

—¿Por qué está aquí? ¿Qué le ha llevado a estar en este lugar? Aún no me ha respondido —inquirió Ejnar, ligeramente impaciente.
—M-mientras yo dormía esta t-tarde, ¿s-sabe si ha venido una mujer p-preguntando por m-mí? —balbuceé.

Quizá Ebba había venido y…

—¿Una mujer? —preguntó desprendiéndose de mis brazos con visible inquietud—. No me toque. Si estoy aquí es para curarme, no para resistir a sus disimuladas provocaciones. Los hombres respetables no se abrazan unos a otros porque sólo pueden darse la mano de forma educada. Tampoco se acarician las piernas ni otras partes del cuerpo porque pueden inducir a deseos impuros. Los hombres de verdad no tienen miedo porque somos fuertes y no unos cobardes. Lea la Biblia, es el único consejo que puedo darle.

Permanecía sentado en la silla cuando pude ver cómo los ojos de Ejnar abandonaban su ingenuidad para tornarse duros.

—Aséese de una vez por todas. El padre no podrá darle la comunión de los lunes.
—¿L-lunes…?

En ese momento mi corazón se detuvo y un frío inexplicable me recorrió la espalda sin piedad.

—¿C-cómo que lunes…? ¿No es hoy domingo…? Y-yo llegué esta mañana y… desperté esta tarde en mi habitación… —expliqué temblando.
—Está en un error. Usted llegó ayer domingo —dijo antes de variar el tono de su voz—. Por cierto, ¿puedo saber a quién espera?


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