Los cuerpos magnéticos | Capítulo 11~

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Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

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Nada más por el momento. Yo regreso mañana con otro capítulo nuevo. No olvides compartir esta entrada en tus redes sociales para que otras personas conozcan esta historia.

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








11. EBBA Y NICOLINE

A media tarde llegamos a Copenhague. Había oscurecido y no pude reconocer los edificios ni las calles con la facilidad que había pensado. La tormenta nos había asaltado un par de kilómetros antes y parecía haberse cebado contra el carruaje, por lo que nos vimos obligados a aminorar la velocidad. No obstante, aquello no importaba demasiado porque mis pensamientos continuaban enredados entre la estúpida distancia que me separaba de Ladislav -sentado frente a mí-, el desprecio de Ingvar, las palabras enigmáticas de mi tía y, sobre todo, el inminente reencuentro con mi madre.

—Ya hemos llegado —dijo Nicoline poco antes de que el coche de caballos se detuviese—. ¡Se alegrará tanto de verte, Séptimo…!

Yo estaba temblando, tenía los pies helados y una sensación incómoda en el estómago. Podía percibir la humedad de la ciudad de Copenhague mezclada con el salitre del mar, oculto en algún lugar. Abrí la portezuela después de colocarme el sombrero y le dediqué una última mirada a Ladislav.

—Buenas noches, caballeros —dije con mi perfecto acento danés.
—No tengo palabras suficientes para expresar lo agradecido que le estoy por haber permitido que llegásemos finalmente a la capital —expresó el Señor Horvat, el hombre del traje marrón.

Mientras Nicoline y él se expresaban palabras de cortesía, algo dentro de mí tenía la necia esperanza de que Ladislav dejaría de actuar como si fuese un perfecto extraño. Quería que me dijese que vendría conmigo, que por fin era libre para ir donde quisiera, que me acompañaría a Groenlandia para ser mi ayudante. Pero en su lugar, se limitó a darnos las buenas noches. Nada más.

La lluvia caía sobre mis hombros cuando estuve delante de la casa de Nicoline. El carruaje ya se había marchado, pero los recuerdos surgían como oscuras sombras. Había cruzado aquella puerta muchas veces mientras iba de la mano de alguno de mis hermanos mayores, reconocí de inmediato las ventanas por las que había visto llegar a aquellos otros geógrafos como mi tía y que traían objetos extraños a los que les dábamos facultades mágicas. La infancia volvía a calarme hasta los huesos, como lo estaba haciendo la lluvia. No fue diferente cuando entré y en cada rincón reconocí momentos que ya creí olvidados, como aquella primera vez que traje a Ingvar.

Aún éramos niños y hacía algunas semanas que nos habíamos conocido en la misa de los domingos. Como me gustaba hablar con él cada vez que nos sentábamos juntos en el último banco de la capilla, le pregunté a mi tía si podía llevarlo aquel día que nos reuniríamos en familia. Ella dijo que sí y Ebba preguntó que desde cuándo nos conocíamos. Después del almuerzo, mis padres y Nicoline se retiraron a la salita de los sillones forrados de cuero, pero nosotros nos fuimos al salón. Allí, Quinto decidió que jugaríamos a escondernos por toda la casa. Entonces, le encargó a Ingvar la tarea de encontrarnos entre los diferentes rincones que se prestaban a ser nuestros escondites más esmerados. Él, que desde el principio dio señales de estar interesado en superar el desafío que le había lanzado un adolescente, me vendría a confirmar con el paso del tiempo que era un competidor nato. Ingvar no conocía la casa y a pesar de ello se había mostrado decidido desde el principio. Así, cuando me encontró detrás de la puerta del cuarto de baño minutos después, bajé al salón principal y allí descubrí a Sexto y a Segundo, quienes habían sido sorprendidos por la rapidez de mi nuevo amigo en descubrir sus rincones infantiles. Faltaban Quinto y Octavia, el mayor y la más pequeña. Mis dos hermanos farfullaban algo contra Ingvar cuando Quinto surgió por la puerta seguido de aquél.

—¡He ganado! —dijo con una gran sonrisa.
—Falta Octavia. ¡No has ganado! —replicó Segundo.
—Yo no juego con niñas. ¡He ganado! —insistió.
—Debes encontrar a mi hermana para ganar —exigió esta vez Sexto.
—Como no sabes dónde se ha escondido, no quieres jugar con ella.

Quinto se acercó. Estaba muy serio.

—¡Eso no es cierto! Tengo dos hermanas y nunca juego con ellas. ¡Las niñas son aburridas! ¡He ganado! —gritó Ingvar.
—¡Eres un tramposo! —acusó Sexto detrás del mayor.

En ese momento, mi amigo se abalanzó sobre él y empezaron a golpearse. Recuerdo los rostros desencajados de los dos, la nariz ensangrentada de Sexto, Quinto empujando a Ingvar contra el suelo tapizado por la alfombra que ya no estaba, a Segundo sujetándolo por las piernas mientras Sexto hacía lo mismo con los brazos. Quería separarlos. Gritaba a mis hermanos para que se detuvieran, pero no servía de nada. Comenzaron a quitarle la ropa mientras Ingvar forcejeaba en vano.

—¡Te vas a enterar, mentiroso…! —exclamó Quinto.
—¡Dejadlo en paz…! —grité mientras me abalanzaba sobre el cuerpo de mi hermano mayor.

Pero éste me empujó y caí de bruces sobre el suelo, golpeándome la sien izquierda contra el pie del piano de Nicoline. Iba a detener a Quinto cuando llegó Octavia. Parecía enfadada porque tenía los brazos cruzados y una mueca llena de disgusto. Todos nos quedamos quietos, expectantes y en silencio por la intromisión de la niña en aquella absurda pelea de adolescentes y niños. Se acercó a Ingvar, semidesnudo sobre el suelo, y a éste se le encendieron las mejillas de forma inmediata. En ese momento pensé que, si sus hermanas me vieran en ropa interior, me moriría de la vergüenza allí mismo.

—¿Cuándo vas a encontrarme? Ya no quiero jugar más contigo. ¡No sabes jugar! —dijo antes de dar la vuelta y marcharse junto a mis padres.

Tras un breve instante, me eché a reír y mis hermanos no tardaron en hacer lo mismo. Desaparecieron poco después por la puerta, dejando a mi amigo en ropa interior. Cuando nos quedamos solos, Ingvar se incorporó para empezar a vestirse en el más absoluto de los silencios. Me aproximé y vi que aún tenía la cara colorada.

—Tienes que jugar con tus hermanas para que puedas ganarles a mis hermanos —dije seguro de que lo comprendería.

Se abotonó la camisa, pero no dijo nada. Por un momento, no quiso mirarme a los ojos.

—Tienes sangre aquí —indicó finalmente mientras tocaba con cuidado mi sien izquierda.
—No quería que se rieran de ti…
—¡Eso no me importa! —interrumpió visiblemente irritado—. ¿Te duele mucho?

Ingvar se acercó un poco más. Recuerdo que ya entonces me sorprendió su orgullo, cómo lograba dejar a un lado las burlas de mis hermanos sin que ello repercutiese negativamente en nuestra amistad.

—Ven, voy a ponerte un poco de agua —dijo antes de tomar mi mano. La suya estaba helada y era áspera.

Caminamos hasta la puerta del aseo. Me detuve, pensativo.

—Si quieres que seamos buenos amigos, tienes que jugar también con Octavia.



Ebba y Nicoline crecieron en una pequeña ciudad situada al oeste de Dinamarca. Eran las dos únicas hijas de mis abuelos maternos, los únicos que llegué a conocer, así que desde el principio hubo entre ellas una sólida amistad. Mi madre era la mayor de los Adamsen y fue la primera en abandonar la ciudad para instalarse en la capital. Ella tuvo muy claro que quería estudiar en la Facultad de Química y por eso ahorró durante largos años. Mis abuelos, que provenían de una larga familia de tenderos que había traspasado varias generaciones, pudieron ayudarle a sufragar los primeros gastos. Más tarde, Ebba compaginaría sus estudios con el trabajo que encontró en una agencia comercial, donde traducía documentos legales. Siempre hablaba de aquellos años con entusiasmo, pero también con la nostalgia que sintió por su familia y todo lo que había dejado atrás (a veces pensé que allí había dejado a algún joven enamorado de ella). De ojos traviesos y pecas revoltosas, mi madre es la persona a quien más quiero. Por eso, cuando la vi en la cama sentí que todos los años lejos de ella se habían multiplicado. Ebba, con el rostro algo arrugado, sus largos cabellos encanecidos y menguada bajo la colcha; me miraba con ojos húmedos. No podía hablar. Y yo tampoco.

—Acércate, Séptimo. No sabes cuánto hemos deseado es-te momento… —dijo Nicoline mientras se limpiaba las lágrimas.
—Hijo mío…
—¡M-madre…!

Me abalancé sobre sus brazos extendidos para llorar sobre su regazo. Sus manos tocaban mis cabellos, me acariciaban la espalda mientras me besaba una y otra vez como el hijo que regresa de una larga y lejana guerra en el exilio. Volvía a sentir su cuerpo junto al mío, a reencontrarme con la mujer que me había dado la vida. No podía dejar de llorar mientras enumeraba uno por uno los días que había permanecido lejos de su amor de madre. No lograba comprender cómo había sobrevivido sin tenerla cerca, sin poder ser bendecido con sus besos y sus palabras, sin aquella sonrisa que había echado de menos. ¡Qué distinta hubiera sido mi vida si hubiera permanecido en Copenhague!

—Séptimo, hijo mío… Durante tantos años, cada noche, he soñado que regresabas… He creído tantas veces que surgirías por la puerta de casa que, al verte hoy aquí, me pregunto si verdaderamente eres tú o es sólo un delirio de esta fiebre… —dijo antes de comenzar a toser un poco. Tomó el pañuelo que tenía a su lado.
—¿Qué te ha sucedido? —pregunté tras alzar el rostro bañado por las lágrimas.
—La semana pasada fuimos a comer junto al lago del parque que rodea la Ópera —respondió Ebba. Se había retirado el pañuelo de los labios—. Nicoline me había dicho que, por fin, después de cinco largos años, regresabas a Copenhague; y fuimos a celebrarlo. No puedes imaginar lo felices que estábamos. No podíamos creerlo. Pero durante el mediodía empezó a llover y, aunque corrimos hacia el edificio para ponernos bajo techo, nos mojamos y yo acabé acatarrada.

Acto seguido, tomó el pañuelo de la solapa de mi chaqueta y empezó a secarme las mejillas con la misma delicadeza que recordaba. Me miraba con ternura, como si tuviese entre sus brazos al niño pequeño que alguna vez fui.

—Madre… te he echado tanto de menos que no hay lágrimas suficientes para aliviar esta pena que llevo dentro de mí. ¡Cuánto lamento no haber estado junto a ti durante estos años! Perdóname, por favor…

Los recuerdos me abrumaban de tal manera que sentía mi corazón desbordado como si fuese un volcán en erupción. Nicoline acercó la mesita que había dejado el mayordomo con bebidas calientes y el olor de las pastas de mantequilla llegó a mí. El resto de la tarde transcurrió entre la compañía de Ebba y Nicoline. Así supe de mis hermanos, de Octavia y todo lo que había acontecido desde mi ausencia. Hablamos durante largas horas, aunque el nombre de Eduardo no apareció en ningún momento. Oían boquiabiertas cuando les describía las maravillas de las islas del sur, del Mediterráneo y de su luz; cómo me ganaba la vida de retratista y también hablé de Nueva Alejandría, la magnífica casa de campo que tenía, esperándome, a orillas del Adriático. Quería que la conocieran, que amasen los muchos libros que guardaba la gran biblioteca y que sus risas resonaran entre aquellas paredes. Mi madre sería feliz y yo no tendría que volver a renunciar a ella nunca más.

—A mi vuelta de Groenlandia, quiero que vengas conmigo. Y tú también, Nicoline —dije entusiasmado mientras tomaba entre mis manos las suyas.
—Te estaremos esperando, hijo mío —dijo antes de volver a toser—. Hoy, mi corazón, descansará lleno de júbilo al saberte aquí, conmigo.
—Ahora hemos de dejar que Ebba descanse. Tú también deberías hacerlo, Séptimo.
—¿A qué hora sale el barco? —pregunté para saber cuánto tiempo me quedaba junto a mi madre.

No quería separarme tan pronto de ella. Quería pasar más tiempo a su lado, recuperar el tiempo perdido, sentirla otra vez cerca.

—A mediodía.
—Mañana desayunaremos juntos. Quiero que me cuentes más de esos lugares que has conocido, de sus gentes, de sus costumbres —dijo antes de darme un beso sobre la frente—. Quiero saber si allí has sido más feliz de lo que aquí fuiste.

Nos despedimos y Nicoline me acompañó hasta la que sería la habitación donde me hospedaría. Allí estaban el equipaje y la funda verde. Miré por la ventana para echar un vistazo a la calle. Seguía lloviendo, pero con menos intensidad. Algunas farolas se habían apagado y no había nadie, si bien de vez en cuando se veía algún carro de caballos doblar la esquina. ¡Qué solitario estaba todo! Estaba enfrascado en mis pensamientos, cuando el mayordomo llamó a la puerta.

—Alguien pregunta por usted, Señor Adamsen. Dice que es muy urgente.
—¿De quién se trata?
—Es un joven, pero no ha querido dar su nombre. Dice que se conocieron en el buque, que vino con usted y la Señorita Adamsen en el carruaje…

Bajé inmediatamente al salón, convencido de que aquello no podía estar sucediendo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté desde las escaleras nada más ver a Ladislav sosteniendo entre sus manos la gorra que llevaba.
—Necesito hablar con usted…

Fui a su encuentro y noté cómo mi enfado crecía por momentos. Por un lado, quería echarlo de allí a patadas.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves, después de todo lo sucedido, a venir hasta mí? —dije indignado—. Quiero que abandones esta casa ahora mismo.

Abrí la portezuela. No estaba dispuesto a que jugara conmigo otra vez. Antes de que fuese demasiado tarde, Ladislav debía irse de allí. De lo contrario…

—¡Espere! Por favor, escuche lo que tengo que decir… Yo… yo quiero trabajar para usted, ser su ayudante… Quiero ir a Groenlandia… con usted… ¿Me llevará?

Cuando oí sus palabras, aquéllas que había deseado escuchar de sus propios labios, tardé en reaccionar y mirarle a los ojos. El joven delincuente de rasgos salvajes regresaba para lograr con envidiable destreza que quisiera arrojarme a sus pies, que quisiera lamérselos mientras yo recibía su mirada victoriosa. Cerró la puerta.

—¿Por qué mientes…? ¿Por qué has tenido la osadía de venir hasta aquí…? ¿Dónde está el Señor Horvat…?
—Debe creerme… —dijo mientras intentaba agarrar mis manos.
—¿Quién eres, Ladislav? —pregunté tras esquivar su movimiento—. ¿Por qué me persigues?

Retrocedí. Yo lo escudriñaba con total admiración. Ojalá pudiera tener ese poder que le había sido conferido a aquella criatura irracional. Tenía la absoluta certeza de que mi vida hubiera sido menos desdichada si no hubiese tenido que cargar con el excesivo peso de la culpa y de la vergüenza. Ladislav no parecía conocerlas y le envidié tanto por ello que empecé a creer sus palabras. Se acercó, me acarició el cuello y buscó mis labios sedientos. ¡Él los conocía tan bien! Sentí que me traicionaban cada vez que le hablaban. Aquella lengua regresaba para hacer de mí un ser vulnerable. De nuevo nuestras salivas se mezclaban. Me abrazó para restregarse contra mi cuerpo sin pudor alguno. Ladislav sabía muy bien lo que hacía.

—No hagas eso…
—Está bien —susurró.

Entonces se agachó y me desabrochó el pantalón. Cuando bajé la cabeza, mis genitales se agitaban en aquella obscena boca. Yo no podía dejar de mirar, de retorcerme de placer, de empujarme contra aquel joven que ponía patas arriba el mundo que conocía. Antes de eyacular, se detuvo y volvió a decir aquellas palabras.

—Lléveme a Groenlandia. ¿Lo hará?
—S-sí… —balbuceé.

En ese momento de embriaguez irracional, sólo pensaba en el orgasmo nacido de su boca.

—Subamos a su habitación —invitó. Ahora besaba mis labios.

Ladislav me arrojó sobre la cama y enseguida se deshizo de sus pantalones. No me había desprendido de la camisa cuando se empotró detrás, azuzando con toda la fuerza de su perversión. Yo mordía la almohada mientras mi sexo esparcía sobre la sábana el semen a borbotones. Pero aquello no terminó porque se abrazó a mi espalda y comenzó a besarme la nuca, el cuello. Entonces, susurró toda clase de groserías dignas de los de su clase. Por un momento, pensé que me las merecía. Aquello que estábamos haciendo era inmoral y me sentía terriblemente culpable. Las voces que oía me desorientaban, me atemorizaban con el fuego eterno. Sólo quería que se callasen de una maldita vez.

—No muestres compasión ni te contengas —ordené después de morder sus labios totalmente enrojecidos, deliciosos y húmedos—. Arrójame al castigo eterno y no te arrepientas nunca de ello.

Sentía las arremetidas mientras Ladislav me masturbaba con desenvoltura. Desenfrenado, oía cómo jadeaba detrás de mí.

—Perdí el alma hace mucho tiempo —confesé antes de notar sus contracciones dentro de mí.



—Séptimo. Tu madre te espera para desayunar —dijo mi tía al otro lado de la puerta.

Desperté de un sobresalto. Por un momento, creí que Nicoline entraría en la habitación y me encontraría compartiendo la cama con el hijo del Señor Horvat; aquel muchacho aparentemente inocente que nos había acompañado hasta la capital. Sin embargo, Ladislav había vuelto a desaparecer. Ni siquiera había quedado rastro de su calor sobre el colchón. Ha debido marcharse antes de que saliese el sol, pensé.

Cuando me senté sobre el borde de la cama recordé la noche anterior. Había quedado exhausto bajo el ímpetu de Ladislav y aún tenía en los oídos las palabras obscenas que había repetido mientras me retorcía los brazos sobre la espalda. Encontré algunos cabellos suyos olvidados entre la sábana almidonada. Aquélla era la prueba de que no lo había soñado, de que sus labios habían mentido incluso cuando sus dedos me habían perforado para después estrujar mi sexo. De esa forma, Ladislav había conseguido que no eyaculara hasta que él lo dispusiera. Me había mordido por todas partes. Mientras experimentaba aquel extraño placer, yo había agonizado entre los remordimientos y el goce de saberme entre aquellas fauces salvajes. Pero ahora, huérfano y desamparado entre las sábanas, comprendí que se había marchado sin despedirse. En ese momento, juré que aquella historia con Ladislav había terminado para siempre.

—Hijo mío. No quería empezar sin ti —dijo Ebba cuando entré en su habitación—. Ven, siéntate aquí.

Ella tenía mejor aspecto y aquello me calmó. Se debió de dar cuenta porque sonrió para luego continuar hablando de los acontecimientos más destacados desde entonces. Serví el desayuno, ya preparado frente a nosotros. Luego supe que Nicoline regresaría más tarde.

—Y dime, ¿has conocido a alguien? —preguntó por fin.

Entonces, vinieron a mí los rostros de aquellos hombres con los que había intimidado. Pequeñas, mínimas historias cuyo final era ciertamente predecible pero que comenzaban de mil formas diferentes. Y creo que era aquella incertidumbre la que me empujaba a los brazos de desconocidos, a buscar en ellos lo que estaba sólo reservado para seres como yo. ¿Qué extraña voluntad era la que me exponía a merced de semejantes deseos antinaturales? Pero yo no quería hablar de aquello con ella. No podía saberlo.

—No… —mentí.

Miré hacia la ventana. Lloviznaba y el cielo continuaba grisáceo. Pero eso no era relevante. Me sentía culpable por mentir a mi madre después de años lejos de ella. Era como si Ebba no significara nada para mí: yo no hacía ninguna distinción y le ocultaba la verdad como a todos. Pese a ello, hablarle de la fallida historia con Ladislav o incluso de la intensa relación que me había unido a Ingvar estaba fuera de toda discusión. Ninguna de las dos hermanas Adamsen sabía que Eduardo había descubierto aquel terrible secreto al sorprendernos desnudos en el cobertizo abandonado de la iglesia.

Oímos a Nicoline llegar poco antes de que entrara en nuestra habitación. Así, se nos unió y conversamos sobre el inminente viaje a Groenlandia hasta que llegó el momento de partir hacia el muelle.

—Volveré pronto, madre. Entonces vendrás conmigo al sur —aseguré antes de separarme de su abrazo—. Quiero que vengas conmigo.
—Y yo te esperaré e iremos a esos lugares de los que me has contado maravillas.

Tomó mis manos.

—No importa lo que hayas hecho, siempre serás mi hijo Séptimo. Hagas lo que hagas. Aunque pasen los años y estemos lejos, siempre he estado orgullosa de ti y de quien eres.

Sus ojos, emocionados, buscaban la complicidad de los míos. Ebba me acarició el rostro con sus manos, tibias y ligeramente impregnadas del olor de la mermelada de naranjas amargas. Era como si hubiera leído mis pensamientos mientras yo, seguro de que ella nada sospechaba, trataba de aparentar seguridad. Pero la verdad es que la culpa es un sentimiento que surge cuando menos lo deseamos. Yo no era merecedor del amor con el que ella me obsequiaba porque no había sido, ni sería, un buen hijo.

—Adiós, madre…

Las lágrimas asomaron empujadas por la censura con la que me castigaba otra vez. De nuevo volvía a saberme sucio, corrompido por la perversión que había nacido dentro de mí como si fuera un ángel caído. Ni siquiera el amor de mi progenitora lograría salvarme. Yo era el autor de todos los actos inmorales que había cometido. Huir no iba a cambiar nada del pasado, ni siquiera si ese lugar era Groenlandia. De repente, tenía que salir de la habitación. Sentía que iba a desfallecer, me faltaba el aire. Mi cabeza iba a estallar cuando volví a recordar los días en el Holger Mortensen. Fingí entereza y salí de allí tan pronto como pude.



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