Los cuerpos magnéticos | Capítulo 10~

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Una pequeña joya: original, diferente y que atrapa.
Tormentosa historia de amor entre dos hombres a finales del Siglo XIX. Irán de la pasión más arrebatada al infierno más cruel. Está muy bien escrita, de una forma sensible pero a la vez realista y cruda en algunas partes. Todo el rato te preguntas si podrán vivir su amor o podrá más la presión del entorno y estarán separados por siempre. Aparte, hay historias secundarias que intrigan, muy bien llevadas. Algunos pasajes te provocan imágenes difíciles de olvidar, ponen la piel de gallina porque reflejan cómo se percibía la homosexualidad en aquella época... pero no quiero desvelar nada. Una apasionante novela, para mí una pequeña joya de la literatura independiente. Chapó para la autora, gracias por escribir este libro.

♥♥♥♥♥

Hace más de una semana comencé un nuevo ciclo de lecturas aquí en el blog. Estoy posteando varios capítulos de mi última novela para que los leáis y animaros así a conseguir la obra ❀

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Esto es todo por hoy. Mañana habrá más. 

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos





INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo







10. EL BÁLTICO


Cuando bajé por la rampa para abandonar el buque pude distinguir a Ladislav, ya en tierra. Finalmente habíamos conseguido atracar en un puerto más modesto, situado a varios kilómetros de la capital, después de una compleja maniobra por parte del capitán y de la tripulación del barco. Sin embargo, ahora todo parecía en calma. Daba la impresión de que nada de lo vivido horas antes había sido real y de que el mar, sosegado, tenía aquel mismo aspecto desde tiempos antiguos.

—Por la tarde volverá a llover —dijo alguien detrás de mí—. Espero que la compañía haya dispuesto carruajes suficientes. He de llegar a la capital cuanto antes.

Mientras aguardaba mi equipaje, ya en la dársena del puerto, no podía dejar de observar a Ladislav. Permanecía junto al hombre del traje marrón. Éste le hablaba y el muchacho parecía impaciente. Miraba hacia el barco, se rascaba la nuca, se cruzaba de brazos; pero evitaba encontrarse con mis ojos. Aún no conseguía comprender qué era lo que le unía a aquel sujeto ni por qué ahora estaba en Dinamarca. No había necesitado mis monedas, pero Ladislav se había metido en mi camarote con una intención muy clara. ¿Lo sabía el hombre que lo acompañaba?

—¡Séptimo! —gritó una voz de mujer.

Miré hacia todos lados, pero no podía ver de quién se trataba. La multitud que se había formado en torno a la rampa del buque me impedía avanzar.

—¡Oh, Séptimo! ¿Eres tú…?

Mi tía Nicoline surgió de repente. Llevaba esas largas trenzas pelirrojas que yo había agarrado cuando apenas podía sostenerme en pie. Nos abrazamos, consciente de que era la primera vez en muchos años que volvía a ver a quien amaba como a una segunda madre. Reconocí inmediatamente la calidez de su figura, la de mi familia, y sentí que las emociones se mezclaban dentro de mí. La oí reír como una niña después de pronunciar varias veces mi nombre. Su perfume no había cambiado. Así que, al cerrar los ojos, toda la infancia pasó delante de ellos. Tenía un nudo en la garganta.

—¿Cómo has sabido que el buque…? —dije cuando nos separamos.
—¡Bah! Para tu tía no hay nada imposible. A estas alturas ya deberías de saberlo… Pero mírate… ¡Casi no puedo reconocerte…! Ahora eres un apuesto caballero, todo un hombre… Pero, ¿desde cuándo no te cortas el cabello…? ¿Es que no hay barberías en el Reino de Dalmacia? —preguntó cuando me quité el sombrero.
—No llevo el pelo tan largo… —protesté. En el sur había dejado de obsesionarme su longitud.
—No sé si en la Sociedad Geográfica van a estar muy conformes… Bueno, dejemos ese asunto para más tarde… ¿Dónde está tu equipaje? Debemos irnos cuanto antes.
—Están vaciando la bodega. No deben de tardar mucho…
—La expedición se ha adelantado y tu barco sale mañana.
—¿Mañana…? ¿Qué ha sucedido…?
—El director de la Sociedad —susurró—. Acaba de separarse de su esposa y va a estar presente en la expedición, aunque viajará a la gran isla a finales de agosto. Es una larga historia que debo contarte. Pero ahora hay que encontrar tu equipaje y después irnos inmediatamente a Copenhague.

Ladislav ya no estaba allí. Lo había perdido para siempre. ¿Lo encontraría si algún día iba otra vez a la Plaza de las Flores?

—¿Cómo está mi madre?
—Espero que pueda reconocerte… Son muchos años lejos de ti, Séptimo. Nadie te ha extrañado más que ella. Créeme. Nos aguarda en mi casa. ¿Y estas nuevas arrugas en el rostro? —dijo Nicoline al señalarme cerca de los ojos y de la boca—. Quiero creer que son la consecuencia natural de haber reído mucho, de haber disfrutado plenamente de tu nueva vida.

Me acarició el rostro como si buscara en él al niño que fui, al joven en quien me convertí y, sobre todo, al adulto que abandonó el país empujado por el desprecio de Eduardo. Ebba y ella me ayudaron a embarcarme a pesar de que era lo último que deseaban.

—Ése es mi baúl —señalé.

El equipaje fue depositado sobre el suelo y Nicoline buscó un cochero, segura de que la compañía de buques habría previsto los suficientes carruajes para el grueso de la primera clase. Me di cuenta de que ya no localizaba a la pequeña Biserka ni a su familia ni a tantos otros tripulantes cuyos rostros habían llegado a ser habituales. Ladislav había dejado aquel reguero de angustia dentro de mí y no adivinaba el futuro incierto que me aguardaba. Otra vez en Dinamarca, en la casa de mi niñez y de mi adolescencia.

—¡Venid por aquí! Éste es el equipaje.

Nicoline regresó acompañada de dos hombres que su-puse eran el cochero y algún mozo de la compañía. Luego vino hacia mí con cierto aire de disgusto.

—¿Sucede algo…?
—La ciudad, que es tan pequeña, se ha quedado sin carruajes. Todos se dirigen a la capital y únicamente queda uno. Aquí no hay ferrocarril, pronto volverá a llover… ¡Todo son contratiempos…! —dijo mientras suspiraba, desanimada.
—¿Cuál es entonces el problema?
—La compañía del buque se ha visto desbordada y no hay suficientes medios para poder llegar a la capital como había sido el propósito inicial, así que debemos compartir el coche de caballos. Un señor me ha insistido tanto que no he podido rehusarme. Va con su hijo y parecía realmente preocupado. Debe de estar en la capital mañana porque ha de cerrar un trato muy importante con una agencia inmobiliaria. Al parecer vienen a mudarse a la ciudad.

Al oír sus palabras recordé aquella primera vez que pisé las orillas del Adriático, el último de mis refugios. Había llegado desolado, tratando de cubrir ese vacío que no lograba llenar, enmudecer aquella voz que allá donde fuese escupía lo sucio y repugnante que yo era. La absenta, que jugaba conmigo para borrar la ansiedad, me dejaba aquel reguero de alucinaciones más benévolas que la propia realidad.

—¡Con las ganas que tengo de conversar contigo!
—El equipaje ya está listo, señora —avisó en ese momento el mozo—. Esta misma tarde llegarán a su destino. En nombre de la compañía, reiteramos nuestras disculpas.

Apenas quedaban pasajeros sobre la dársena del puerto y ya podían oírse de nuevo los graznidos de las gaviotas. El lugar era pequeño, sobre todo después de que nuestro bu-que hubiera surgido como si fuese una especie de monstruo que había venido para alterar la calma del muelle con sus grandes chimeneas y crujidos. Hablaba con Nicoline de las bondades de vivir en el sur, de cómo allí el sol tenía tanta fuerza que casi podía oler los rayos de las mañanas veraniegas cuando vi mi equipaje adosado a la parte trasera del que sería el coche de caballos que nos llevaría a Copenhague. También estaban los baúles de nuestros acompañantes, a los que no vi por ninguna parte. Estarán dentro, pensé.

—Vamos, Séptimo. No hay tiempo que perder —apremió Nicoline.

Sin embargo, cuando entré jamás imaginé que el hombre y el hijo a los que mi tía se había referido eran el desconocido del traje marrón de dedos largos de pianista y Ladislav. Mi corazón, que golpeaba sin piedad las costillas, me dejó sin habla.



El doctor, sentado detrás de su desvencijado escritorio, miraba por encima de sus anteojos. El dolor de la espalda no remitía, y el dedo sin uña continuaba sangrando a pesar de haberlo envuelto con una gasa para detener la hemorragia. Estaba mareado, pero yo tenía que salir de allí.

—Ahora debe descansar. Un enfermero vendrá para acompañarlo a su habitación. En la planta cuatro tenemos a dos pacientes más, así que no estará solo.
—Debe de haber un error. Yo no tendría que estar aquí… —empecé a decir—. Mi madre tiene que saberlo… Ella me sacará de este lugar…
—No se resista —dijo en aquel enfermizo tono paternal—. Ya verá cómo después se alegra de haber sido curado. No son pocos los hombres o jóvenes, así de su edad, que han pasado por nuestra institución y han sido sanados. No se aflija: no debe rendirse. Sólo ha de tener fuerzas y voluntad para curarse.
—No… Yo no estoy enfermo, doctor... es lo que trato de decirle…
—No se resista —repitió—. Su padre es un buen hombre y conoce los males que acechan a sus descendientes. Ya verá cómo, dentro de muy poco, sólo querrá estar rodeado de hermosas mujeres.

Esbozó una gran sonrisa y dejó al descubierto su dentadura amarillenta. Escribió algo sobre unas hojas que extrajo y se dirigió hacia la puerta. Desde allí mandaría llamar a alguien.

—Por favor, debe entender que yo no tendría que estar aquí…—dije angustiado—. Se trata de un lamentable error…

En ese momento entró el director del centro, el Señor Bent. Me miró y sonrió de manera forzada. Se aproximó con las manos enlazadas sobre el pecho. El doctor permanecía detrás del escritorio.

—Su padre, el Señor Vega, es un hombre temeroso de Dios. Confíe en su juicio. Cuando siga nuestras terapias ya verá cómo se lo agradece…
—Eso es lo que he tratado de decirle —aseveró el otro.
—¡Quiero irme de este lugar! —grité con todas mis fuerzas. Estaba harto de aquel tono paternalista—. ¡Eduardo es un padre miserable! ¡Lo odio! No voy a quedarme aquí ni un minuto más…

Me lancé contra la puerta sin pensarlo dos veces. Mis huesos astillados crujieron y lancé un grito de dolor que hizo retumbar el cristal de la puerta. La uña continuaba sangrando y la gasa se había empapado por completo. Mi camisa almidonada de los domingos parecía el sudario donde Cristo había sido envuelto tras ser descendido de la cruz. ¿Dónde había quedado la pureza virginal del día del Señor? Aquel manicomio no estaba sobre la superficie de la tierra, sino en las entrañas del mismísimo infierno. Rápidamente, los dos hombres se abalanzaron sobre mí antes de que aferrara el pomo de la puerta entre los dedos de la mano ilesa.

—¡No nos obligue a tomar medidas drásticas, joven! No se resista ni haga nada que pueda perjudicarle —indicó el Señor Bent mientras me inmovilizaban contra el suelo.

Enseguida llegó un enfermero, alarmado por mis gritos. Se arrodilló sobre mi espalda magullada y, aunque grité de dolor, sólo alcanzó a escapar de mi garganta una especie de gruñido que terminó de desgarrármela. No obstante, no me di cuenta hasta que lo vi por el rabillo del ojo: el doctor se acercó con una jeringuilla y me la clavó en el cuello con aquella mirada cruel. Mi voz, rota ya por completo, murió en un lastimero aullido mientras mi cuerpo quedaba abandonado sobre aquel suelo apolillado.

—Cuando despierte, estará en su habitación. Nos lo agradecerá. Y a su padre también —dijo el director.
—¡Oh, mire, Señor Bent! ¡Está nevando!

Eso fue lo último que oí antes de despertar.

Anestesiado. Así me sentí cuando, sentado frente a Ladislav, íbamos rumbo a la capital. Mi tía me los había presentado como padre e hijo, pero yo sabía que no los unía el parentesco. Había entre ellos dos como una especie de acuerdo tácito para presentarse así ante el mundo sobrio en su superficie. Sólo algunos, como yo, teníamos el dudoso privilegio de conocer las sombras de las profundidades. Ladislav miraba por la ventana y el Señor Horvat, como así se presentó el que había sido el desconocido del traje marrón, se puso a leer el periódico nada más ponerse en marcha el coche de caballos, probablemente para no verse en la consideración de tener que mantener una conversación con nosotros.

—El recorrido de la expedición se hará a lo largo de la costa oeste de Groenlandia, de su mitad sur —explicaba Nicoline—. Así que no tendrás que subir al Ártico. Tu barco llegará a Ilulissat, el punto de inicio y el situado más al norte de cuantos visitarás. Trabajarás la primera semana en torno a su fiordo.

Yo no estaba prestando demasiada atención. No podía dejar de pensar que me había revolcado con el varón que estaba delante de mí y que ahora, por una extraña conjura que no terminaba de comprender, nos comportábamos como dos perfectos desconocidos. Mis ojos se fueron a la entrepierna de Ladislav y enseguida miré hacia otro lado, temeroso de que alguno de los tres pudiera darse cuenta. Aunque sabía que era un impulso de mi dudosa moral, quería volver a chupársela.

—Después bajarás a otras poblaciones menores, aunque sólo serán cuatro días. El resto lo pasarás en Arsuk y su fiordo —seguía explicando Nicoline.
—Sí… —asentí de forma mecánica.

No lograba apartar de la boca el sabor de los besos de Ladislav ni la rudeza con la que se había apoderado de mi cuerpo. Aún resonaban en mis oídos sus gemidos y sus palabras obscenas, las mismas que necesitaba oír otra vez para sentir que debía ser castigado por mis actos.

—Vibeka y Nansen debieron llegar a Ilulissat ayer. Salieron hace casi una semana. Tu amigo Ingvar ya está allí con el grueso de la expedición.

En aquel momento, tras oír su nombre, reaccioné. Así que no se había echado atrás y volvería a verle. Intenté disimular mi nerviosismo.

—¿Le has dicho que estoy en el proyecto?
—No he tenido ocasión de verle de nuevo, así que no he podido hablar con él… Sin embargo, he oído ciertos rumores que me preocupan.

Nicoline hizo un discreto gesto con los ojos. Era evidente que no quería desvelar más detalles en presencia de los desconocidos.


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