El abrazo de Apolo | Rapsodia V :: Escenas 3 y 4 - Para leer on line~

Como ya sabes, el próximo día 30 estoy de aniversario. 

Homoerótica Azul cumplirá 3 años y con ella, El abrazo de Apolo va a hacer un añito de vida. Por esa razón estoy compartiendo las diversas escenas que componen la Rapsodia V, que es la que sigue a las ya posteadas en este blog.

Hoy traigo doble escena




Si estás interesadx, es posible adquirir una copia de la novela en Amazon por un módico precio. Allí tienes la opción de leer varias de sus páginas para ver si el contenido te gusta. Si quieres comprarla con otro método, no dudes en ponerte en contacto conmigo :)

Favor de compartir la entrada en tus redes sociales favoritas si te gusta: sólo llevará un segundo y podrá llegar a más personas. ¡Gracias!


Mañana habrá más

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos



El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO  PLAGIES. SÉ ORIGINAL::






RAPSODIA V - Escena 3

Ya en la tarde, los dos beotarcas se reunieron en privado. Pelopidas le relataría lo sucedido a Argyros y solicitaría la adopción de nuevas medidas.

—Habla con Diokles —sugirió Epaminondas—. Pero mucho me temo que no va a desentenderse de su acusación, sino todo lo contrario.


Para cuando Pelopidas lo encontró, estaba jugando con otros hoplitas a los dados. Entre aquéllos reconoció a Lysandros y a Asopico, quienes se sentaban a cada lado. El beotarca aún podría notar el olor a carne asada y vio algunos huesos junto al fuego que se agitaba próximo a ellos.

—¿Podemos hablar en privado? —le preguntó a Diokles.

Los dos hombres, ya en la carpa del oficial, se sentaron frente a frente. Un silencio interminable precedería las palabras de Pelopidas donde daría a conocer los hechos que, en el fondo de su alma, le clamaban la más cruel de las venganzas.

—¡No! —dijo categórico.
—¿A qué se debe esta rotundidad? El prisionero necesita más protección. No quiero que se repita lo de anoche. ¡No lo permitiré!
—¡Es un traidor! —afirmó Diokles muy serio—. Tebas no tiene ninguna obligación con él.
—Tebas se encargará de juzgarlo según sus leyes —señaló ligeramente irritado.

Pelopidas dejó atrás el taburete donde había permanecido sentado y tomó un poco de agua. No comprendía la negativa del oficial ni su actitud de revancha. La pérdida del ojo parecía haber agriado aún más su actitud. Pensaba que Diokles ahora tenía un aspecto grotesco y creyó ver en él a un hombre atormentado por algo que desconocía por completo.

—Pondré a algunos de mis hombres del Batallón Sagrado para que lo custodien. Sólo sigo las leyes de Tebas para con sus ciudadanos, incluso si éstos las han desobedecido. Por otra parte, no parece que sea de tu interés conocer quiénes intentaron asesinar al muchacho. —Se sirvió más agua.

Diokles se revolvió en su asiento. Del exterior llegaban voces algo lejanas y el rumor de los caballos que relinchaban en algún lugar del campamento.

—Sería más fácil contar las piedras que hay en Grecia que dar con los que trataron de matarlo. Nuestras tropas tienen más de cincuenta mil soldados. Si es tu voluntad poner tus hombres para protegerlo, hazlo —dijo el oficial—. Pero si de verdad tratas de salvarle la vida como hizo Epaminondas contigo, estás siendo realmente cruel.





RAPSODIA V - Escena 4

Aquélla era la octava mañana que Argyros descubría el casco de Pelopidas junto al camastro donde yacía aún convaleciente. De bronce y adornado con un penacho rojo y blanco, era inconfundible. La pareja del Batallón que acompañaba al médico en la primera de las visitas de cada jornada se ocupaba después de llevarse la pieza metálica. Durante los primeros días había sido incapaz de acercarse a él. Argyros se imaginaba la mirada grave de Pelopidas y aquellos ojos casi azules que se habían helado desde entonces. En más de una ocasión creyó que podía espiarlo a través de la silueta del casco. Era obvio que el comandante iba a visitarlo cuando dormía. Y que no quería hablar con él.

Fue sorprendido por la entrada de la pareja del Batallón y el médico que iba detrás. 

—¡Argyros…! —se sorprendió uno de los hoplitas.
—Timoleon… ¡eres tú…! ¡Y Akakios! —indicó al señalar al otro militar.
—No era capaz de creerlo cuando lo supe. ¿Qué ha pasado para que estés en esta situación?
—¿Lo sabe Lysandros?
—No puedo deciros nada, estimados compañeros —afirmó con tono desanimado—. No deseo perjudicar otra vez al hombre más extraordinario que he conocido.
—Pero Lysandros…
—¡No se trata de Lysandros! —interrumpió Argyros.

Había terminado por aborrecer ese nombre y se juró a sí mismo que si hubiese otra oportunidad lo mataría sin remordimiento alguno.
Timoleon daría a conocer las nuevas alianzas con la Liga Arcadia y los planes de invasión contra Laconia, la región de Esparta. En aquellos días habían comenzado los preparativos y el aprovisionamiento de las tropas para que, con el beneplácito de los dioses, fueran en dirección sur tal como había expuesto Epaminondas.

—Tenemos que marcharnos.

La pareja iba a salir del pequeño recinto cuando Argyros, desde detrás, los llamaría.

—Por favor, decidle al comandante que me gustaría agradecerle personalmente que me salvase la vida.

Necesitaba hablar con él. Le gustaría explicarle que no pretendía perjudicarle. Si iba a morir, Pelopidas debía saber la verdad de sus acciones. Jamás descansaría en paz si no se sinceraba con el hombre al que más había amado en su corta vida.



Comentarios

Entradas populares