El abrazo de Apolo | Rapsodia V :: Escena 7 - Para leer on line~

Como ya he anunciado, el próximo día 30 estoy de aniversario. 

Homoerótica Azul cumplirá 3 años y con ella, El abrazo de Apolo va a hacer un añito de vida. Por esa razón estoy compartiendo las diversas escenas que componen la Rapsodia V, que es la que sigue a las ya posteadas en este blog.



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Mañana habrá más

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos




El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo

::NO  PLAGIES. SÉ ORIGINAL::







RAPSODIA V - Escena 7


—¿Qué haces aquí? —preguntó Patroclo.
—Olvida que estoy aquí —respondió Aquiles mientras se desnudaba.

Aquél se apartó del cuerpo de la mujer y ésta se volvió a abalanzar sobre él, cubriéndolo de besos. Se abrazó a él y lo rodeó con sus piernas.

—No os marchéis… Sois tan gentil, tan noble que sería injusto que ahora me abandonarais… —Le tomó de la mano para ponérsela sobre su rosa encendida.
—Ya has oído a la muchacha.

Aquiles se tendió junto a ellos y comenzó a besar a su compañero, seguro de que finalmente accedería a permanecer en la carpa. Había venido por todos aquellos besos que sabía que Patroclo había guardado desde entonces. Lentamente la dejó atrás para tumbarse sobre él. Satisfecho por tener a su amigo de infancia a su merced extendió los brazos hacia atrás. ¡Cuánto había extrañado aquel sudor suyo!

Patroclo le separó las piernas y hurgó con los dedos aquel recóndito hueco donde sólo estaban ellos. Sin embargo, cuando Briseida quedó a un lado quiso hacer lo mismo y le acarició las nalgas al mayor. Ninguno de los dos hubiera esperado que la empujase. Ella pareció avergonzarse y se apartó. Ya no los miraba con el afecto con el que solía mostrarse con él y acto seguido empezó a acomodar sus cabellos despeinados. Entonces Aquiles se echó a un lado. Aunque era una esclava le había tomado aprecio y no quiso verla así, afligida. Le tendió la mano mientras Patroclo los miraba muy serio. 

—¿Estás bien? No se lo tomes en cuenta. No ha querido hacerte daño. —El hijo de Peleo le hablaba con voz suave—. Ven aquí con nosotros.

Aquiles le hizo una señal a Patroclo y se acomodaron uno a cada lado. Comenzaron a acariciarla de arriba hacia abajo. Sus cuerpos quemados por el sol contrastaban con la piel delicada y limpia de la muchacha, cuyos labios besaban a la vez. Los párpados, los labios, el cuello, los senos y los hombros fueron recorridos con delicadeza. La lengua de Aquiles se enredó en la suya y Patroclo volvió a llenarse los dedos de la humedad caliente de Briseida. Cuando lo vio chupándose los dedos el hijo de Peleo supo que había quedado hechizado por aquella rosa. 

Por un momento se preguntó por qué no era blanco como el de los hombres, pero después adivinó que quería más y separó las piernas de la mujer para adentrase, arrastrado por su propia glotonería, en aquel jardín en llamas. Como la esclava ya no hacía nada por ocultar sus gemidos, Aquiles quiso atravesar su cuerpo y entonces retiró a Patroclo, quien continuaba seducido por aquella rosa cada vez más grande, más roja.



Quedó encajado entre las piernas blancas de Briseida y entrecerró los ojos como si estuviese siendo poseído. Su balanceo era cada vez más rápido, Aquiles jadeaba y sudaba. Los senos de la muchacha se movían a la par.

Patroclo se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Había quedado finalmente al margen mientras los observaba, paralizado. Una ola de celos empezó a abrasarle las entrañas, a consumirlo por dentro y no esperó a que los dos terminasen aquella extraña danza. Enfurecido, se ajustó la túnica y salió afuera. Al calzarse las sandalias oyó el largo quejido de Aquiles. Patroclo quiso golpearlo con toda la furia de la que ahora era consciente. Los celos lo estaban volviendo loco. Iba a entrar de nuevo pero fue alcanzado por el propio Agamemnon, a quien seguían algunos soldados que portaban antorchas. 

—¿Dónde está Briseida? —preguntó nada más llegar.
—¿Qué sucede…?
—El profeta Calcas ha dictaminado que Criseida, la esclava de Agamemnon, ha de ser entregada a su padre, sacerdote de Apolo —explicó uno de los soldados.
—Nos asola otra plaga desde esta tarde. No nos podemos permitir perder más hombres —señaló impaciente el hermano de Menelaus.

Patroclo lo miró, olvidando por un momento sus deseos por golpear a Aquiles. El jefe de las tropas volvía a enfadar a los dioses con sus acciones, esta vez contra Apolo y hermano de Artemis. Había llegado a sus oídos que el padre de Criseida imploraría a los pies de Agamemnon el rescate de su hija. Le había ofrecido una gran suma de monedas, pero de nada sirvió ni las súplicas del anciano, quien fue maltratado por los hombres que custodiaban al líder griego.

Señaló la carpa de Aquiles a pesar de que sabía que el jefe de las tropas griegas era un hombre orgulloso y egoísta. Estaba tan enfadado en ese momento que la suerte de su amigo no le importaba. De repente salió, advertido por las voces de mando de los guerreros. Estaba totalmente desnudo y desarmado. 

—¡Entrégame a Briseida! —ordenó Agamemnon nada más verlo—. Será para mí a partir de ahora.

El hijo de Peleo extendió sus brazos lampiños y llamó a la muchacha. Ésta salió con paso lento, asustada por conocer su nuevo destino y se situó detrás del joven de belleza andrógina.

—Entrega a Criseida como ha dicho el oráculo —dijo con voz solemne. Era obvio que había oído la conversación de afuera—. Te confiero a Briseida, la esclava que tú mismo me ofreciste. 

La esclava, antes de dejar atrás a Aquiles, le dio un beso en la mejilla tan sentido que Patroclo creyó ver cómo se emocionaba. Un soldado la agarró del brazo cuando estuvo cerca. Agamemnon parecía satisfecho tras estudiar en silencio a la mujer, cuyo rostro ahora parecía totalmente ausente.

—¡Jamás te perdonaré esta afrenta! —aseveró Aquiles—. Y jamás lucharé en esta guerra a menos que el fuego de Troya destruya nuestros barcos allí en la orilla. ¡Que las llamas de los hijos de Príamo arrasen con todo esto!

Patroclo, que continuaba localizado entre Aquiles y el líder griego, pudo ser testigo de cómo éste se alejaba entre antorchas sin alterarse por las graves palabras del hijo de Peleo y Thetis. Aliviado por la marcha de Briseida, entró en el interior de la carpa con cierta sensación de victoria.

—Antes quise golpearte por muchas razones, pero sé que tu egoísmo no comprenderá jamás cuánto he sufrido desde del oráculo del profeta Calcas, aquella primera vez que nos visitó —dijo Patroclo—. Pudiste elegir quedarte conmigo allí… lejos de todo esto, de Agamemnon, de Briseida, de la maldición de Apolo y de Artemis, de Troya y de la muerte que acecha en toda batalla. Pero ahora me doy cuenta. Sólo miras por ti y tus intereses. Sabías desde el principio que yo te iba a seguir donde fueses, poniendo a prueba mi lealtad por ti. —E hizo una pausa. Se sentía tan decepcionado que no podía creer lo que diría a continuación—. Hoy renuncio a tus besos, a la melodía de tus labios, a los rincones de tu cuerpo. Ya no quiero más ni tu sonrisa ni tu compañía.

La noche había corrido desde entonces y la luna, sobre el horizonte, parecía haber despertado justo en ese momento. El carro de Selene recorría la Vía Láctea y se juró a sí misma que le regalaría un rayo plateado a Ganymedes.



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