El abrazo de Apolo | Rapsodia V :: Escena 6 - Para leer on line~

Como ya sabes, el próximo día 30 estoy de aniversario. 

Homoerótica Azul cumplirá 3 años y con ella, El abrazo de Apolo va a hacer un añito de vida. Por esa razón estoy compartiendo las diversas escenas que componen la Rapsodia V, que es la que sigue a las ya posteadas en este blog.



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Mañana habrá más

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos




El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO  PLAGIES. SÉ ORIGINAL::








RAPSODIA V - Escena 6


Cafisodoro apareció acompañado de Eirenaios cuando Alexios aguardaba en la habitación. El joven adolescente tenía entonces quince años y había sido invitado a pasar unos días en compañía de su hermano mayor, quien hacía poco había regresado de la guerra junto a su mentor. Éste era un hombre fornido, de piel tostada por el sol y de semblante serio. 

A Alexios le agradaba oír aquella voz grave cuando despertaba en la mañana y se lo encontraba en el pasillo hablando con su hermano. Observaba las caricias que recorrían la nuca de Cafisodoro, cómo se le acercaba a los labios para darle esos besos que envidiaba. Le gustaba tanto Eirenaios que, al imaginárselo desnudo, luego no era capaz de dirigirle la mirada a su hermano porque tenía la certeza de que se daría cuenta. Alexios estaba enfermo de amor. 

Aquella mañana habían acudido a la colina y al templo que habían consagrados a Apolo, cerca de una de las siete puertas. Próximo corría un río de nombre Ismenio que guardaba su propia leyenda. Alexios volvió a distinguir las estatuas de Atenea y Hermes en la parte frontal del templo y recordó aquella primera vez que las vio, cuando era más pequeño. Por entonces le parecieron grandísimas. 

A lo largo del recinto sagrado se dispersaban numerosos habitantes de la polis porque recientemente había sido nombrado un nuevo sacerdote de Apolo. Éste era elegido de entre los muchachos más hermosos y adinerados de Tebas y debía servir en el templo a lo largo de todo un año. Estos jóvenes llevaban coronas de laurel sobre sus cabezas y le ofrecían regalos para competir por ser elegido. Herakles, en su juventud, había sido también sacerdote de Apolo Ismenio. 

—Sentémonos aquí —invitó Eirenaios, quien tomó de la mano a cada uno de los dos hermanos.

Alexios, aferrado a los dedos de aquel hombre, no podía dejar de temblar. No sabía cómo reaccionar, sudaba y temió que se diera cuenta de lo que sentía. Aunque sabía que sucedería lo contrario, deseó con todas sus fuerzas que jamás le soltara la mano. 

Pasaron el resto del día entre poesías recitadas, canciones de la infancia y otras más recientes. Cafisodoro, con aquella larguísima melena cayéndole de entre los hombros, pronunciaba los versos más apasionados sin apartar la vista de su mentor. Alexios, que se daba cuenta del juego que se traían aquellas miradas que lo excluían, volvía a imaginar cómo era vencido por la lujuria de Eirenaios. 

Ya en la noche regresaron a la casa. Sabía que mañana debía regresar a casa de su progenitor y que ya no vería a Eirenaios cada día. La sola idea de no tenerlo cerca despertaba en él una intolerable sensación de abandono y aquello le tuvo pensativo todo el camino de vuelta a Tebas tras dejar atrás el templo de Apolo Ismenio. De esa forma ideó un plan. Cuando todos dormían salió de puntillas y entró en la estancia aledaña al aposento de la pareja. Una vez allí, cerró con cuidado y comenzó a palpar la pared. Estaba seguro de que casi siempre había alguna parte donde la arcilla se podría romper con facilidad. Pero Alexios buscó y buscó y no hubo forma. Así que puso la oreja contra el muro. Esperó.

Como no oía nada al final se impacientó. Su plan había fracasado y decidió regresar a su habitación. Se dejó caer sobre el suelo y empezó a llorar. Nunca superaría que el hombre al que amaba en secreto era el amante de su hermano. ¿Qué pensaría Cafisodoro si lo supiera? Se sentía tan culpable que no podía dejar de llorar. 

—Eirenaios, Eirenaios… —susurraba. 

Alzó la vista y por un momento creyó verlo recortado contra el umbral de la puerta. Iba desnudo y estaba ungido por ricos aceites, en la cabeza una corona de laurel. Desde allí, pronunciaría su nombre e invocaría a Eros. Alexios temblaba. Se secó los ojos y se alzó rápidamente.

—Sois vos…

Pero cuando se acercó, Alexios se dio cuenta de que sólo había sombras. 


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