El abrazo de Apolo | Rapsodia V :: Escena 2 - Para leer on line~

Como ya sabes, el próximo día 30 estoy de aniversario. 

Homoerótica Azul cumplirá 3 años y con ella, El abrazo de Apolo va a hacer un añito de vida. Por esa razón estoy compartiendo desde ayer las diversas escenas que componen la Rapsodia V, que es la que sigue a las ya posteadas en este blog.


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Mañana habrá más

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos



El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO  PLAGIES. SÉ ORIGINAL::






RAPSODIA V - Escena 2

—¡Habéis perdido el juicio!
—¡Nadie ha sido capaz de semejante hazaña!
—¡Ni siquiera con el doble de tropas lo lograríamos!

Los diversos magistrados se alzaron de sus asientos cuando Epaminondas expuso su plan en dos palabras nunca antes unidas.

—Invadamos Esparta.

Después de lanzar aquella osada propuesta, un murmullo de indignación recorrió la sala y los de Mantinea y otras ciudades de la región se rebelaron ofendidos. Epaminondas permanecía de pie y no hacía caso a las voces críticas. Nunca lo había tenido tan claro.

—Nuestras tropas albergan a más de cincuenta mil hombres y sólo tienen un propósito: derrotar a Esparta. Polis de Arcadia, —el beotarca cambió el tono de su voz— a lo largo de vuestra historia habéis padecido la opresión de la región de Laconia, al sur. Ni vuestros ancestros ni vuestros padres y abuelos pudieron conocer sus polis lejos de la tiranía del gobierno de Esparta. Ciudadanos de Mantinea, de Tegea y otras polis de Arcadia, no le otorguéis una vez más la victoria a vuestros, a nuestros enemigos. Ellos ya cuentan con nuestro miedo. Ésa es su principal arma, de lo contrario tendrían su ciudad amurallada y todos sabemos que no es así.
»Pero yo os aseguro que son hombres como aquél o éste que está a mi lado, y no dioses ni titanes. Quiero que seáis conscientes de este momento crucial en el que nos encontramos. ¿Cuándo habrá una oportunidad así? ¿Dentro de diez años? ¿De veinte? ¿Quizá cincuenta? ¿Cien? Y os pregunto, ¿viviréis para entonces? O tal vez recordaréis este día, estas mismas palabras cuando sintáis el peso de los años sobre vuestros cuerpos. Ya nada podréis hacer. ¡Os juro que nos lamentaremos de no haber dado el paso que ahora os propongo!

Epaminondas regresó a su asiento con paso decidido. Se acomodó y contempló satisfecho cómo el silencio predominaba ahora en la sala. Los arcadios parecían dudar y todos pusieron sus ojos en Licomedes cuando se levantó de su asiento para dirigirse al estrado. El magistrado de Mantinea había guardado la compostura cuando el de Tebas expuso sus planes de invasión.

—Apasionados y valientes son los hombres de Beocia. Ciudadanos de Arcadia, he aquí a uno de ellos. Epaminondas nos exhorta a ser valerosos como lo fueron los héroes de un tiempo pasado.
—¡Pero Herakles era hijo de Zeus…! —interrumpió uno de los magistrados más reacios.
—Así es. Pero también sufrió la cólera de Hera y tuvo que vencer a numerosos enemigos —replicó Licomedes—. Avancemos hacia el sur y desafiemos el poder de Esparta. Nunca estuvimos tan cerca. ¡Confiemos en los dioses y en los tebanos!

Cuando regresó a su asiento, se produjo cierto alboroto. Epaminondas estaba satisfecho porque todo parecía indicar que sus planes se llevarían a cabo. Era el turno de Pelopidas.

—Cuando conocí a Epaminondas, éste era un joven hoplita como yo. Por ese entonces, Tebas se había resignado al sometimiento de Esparta y luchábamos a su lado allá donde nos ordenase. Como bien habréis de recordar, durante aquellos años nuestras polis estaban enfrentadas y llegamos a este lugar como sus aliados. Durante la batalla fui rodeado por varios soldados. Yo había caído al suelo y, al intentar levantarme, recibí una estocada aquí —dijo al señalarse a la izquierda de la cintura—. Quise levantarme y seguir combatiendo. Estaba perdiendo mucha sangre y sentía que las fuerzas me abandonaban. De pronto surgió un muchacho que derrotaba a cada soldado que venía hacia mí para darme la última estocada. Yo no podía dejar de admirar su destreza, su valentía. Era como si el mismísimo Herakles estuviese a mi lado.
»Epaminondas me salvó la vida aun a riesgo de la suya. Fue precisamente aquí, en Mantinea, donde se forjó nuestra amistad y desde aquel día hemos permanecido juntos. Sólo los dioses lo conocen mejor que yo. ¡Arcadios, os aseguro que Epaminondas no ha perdido el juicio y sólo hay verdad en sus palabras!

Más tarde, tras la votación de sus magistrados, la Liga Arcadia accedería a los planes del beotarca no sin oponentes que aún juzgaban que era imposible derrotar a Esparta en su territorio propio.



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