El abrazo de Apolo | Rapsodia V :: Escena 1 - Para leer on line~


Homoerótica Azul cumplirá 3 años y con ella, El abrazo de Apolo va a hacer un añito de vida. Por esa razón voy a compartir durante estos días las diversas escenas que componen la Rapsodia V, que es la que sigue a las ya posteadas en este blog.



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Mañana habrá más

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos





El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO  PLAGIES. SÉ ORIGINAL::






RAPSODIA V - Escena 1


Cuando Argyros despertó lo hizo porque algo afilado le oprimía el cuello. Iba a gritar pero alguien le tapó la boca.

—Cállate si no quieres que te atraviese con mi espada. 

El muchacho distinguió a varios hoplitas frente a él. El que le apuntaba con el arma le horadó la piel y sintió una especie de aguijonazo en el cuello. Era muy de madrugada, todos dormían y los soldados de guardia estaban al otro lado del campamento. Lykaios y Heron, lejos de presentir lo que sucedía, yacían próximos a ellos. El silencio era casi absoluto. Argyros los miró, tratando de averiguar quiénes eran pero se dio cuenta de que no los conocía. Las tropas se habían multiplicado desde que habían salido de Tebas. Eran miles los hoplitas de otras polis los que se habían unido para ponerse bajo el mando de Epaminondas y Pelopidas. 

—Levántate y no hagas ninguna tontería —ordenó el que apuntaba ser el cabecilla.

El joven tenía un mal presentimiento. Obedeció y, con sigilo, dejaron atrás el campamento. Más tarde accedieron a un pedregal rodeado por una maleza espinosa. Había luna llena y su luz plateada parecía un sol de medianoche. 

—¿Cinco contra uno? —preguntó cuando se detuvieron. Argyros se echó a reír—. Estoy seguro de que ninguno de vosotros sois tebanos.

Pero alguien lo empujó contra el suelo y comenzó a propinarle patadas contra el vientre. Aunque trató de cubrirse, no logró esquivar los repetidos golpes.

—¡Silencio! —exclamó uno de ellos.
—¡Vas a morir, traidor! —señaló otro.
—Aquí no hay sitio para los traidores —le dijo mientras le tiraba del cabello.

Por un instante, el joven supo que iba a morir en manos de aquellos hombres. Lo veía en sus rostros y en cómo blandían sus espadas, rodeándolo lentamente. Podía oír los pies arrastrándose por la superficie pedregosa. Derrocado sobre el suelo, permanecía con las manos amarradas y estaba totalmente desarmado. Argyros entendió que aquello era su inevitable final. Atrás quedaría su Tebas natal. Atrás quedaba Pelopidas. Cerró los ojos y, aunque aguardaba las muchas dentelladas que lo traspasarían, evocó la presencia del hombre al que amaba. Ni la muerte en aquel olvidado pedregal iba a lograr que se llevase los recuerdos que atesoraba junto al comandante. Se encomendó a Atenea cuando trajo a la memoria sus últimas palabras.

—No nos guardes rencor. —Se echaron a reír.




Pero Atenea, cuyos ojos no descansan nunca, había sido testigo desde que la hoja afilada rozase el cuello del joven. Mientras se lo llevaban, la diosa acudió a la carpa del beotarca y se metió en sus sueños.

—¡El muchacho de plata, el muchacho de plata! —insistía.

Pelopidas dio un brinco y despertó, empujado por alguna fuerza extraña que no lograba adivinar. Tomó la espada y salió con urgencia de su carpa. Varios hoplitas lo siguieron. Cuando llegó, Lykaios y Heron aún dormían. El fuego ya se había apagado y sólo quedaban las brasas que, enrojecidas, aún latían.

—¿Dónde está…? ¡Maldita sea! —vociferó cuando se dio cuenta de que Argyros no estaba con ellos.

Los tebanos se dispersaron y la claridad de la luna les reveló el pedregal que se situaba hacia el sur. Pelopidas, guiado por esa desconcertante fuerza, se dirigió hacia allí y enseguida comprendió que pronto lo encontraría.

—El muchacho de plata… —susurró el comandante.

Cuando finalmente encontraron al muchacho estaba solo, tirado sobre la áspera superficie y parecía inconsciente. Pelopidas hizo una señal y los soldados comenzaron a rastrear la zona para dar con los que habían traído hasta allí al reo. 

—¿Está vivo? —murmuró detrás uno de sus soldados.
—No estoy seguro... —respondió otro. 

El beotarca se acercó despacio. Argyros estaba de espaldas y, ante los rayos de la luna, parecía cubierto por una fina capa plateada. La túnica estaba destrozada, los pies descalzos y sucios, y los cabellos parecían haber encanecido gracias al polvo del suelo. Lo rodeó y distinguió un pequeño charco de sangre junto a la boca. Pelopidas se quedó sin habla pero rápidamente se abalanzó sobre él. Respiraba muy despacio y apenas sentía la tibieza de su aliento. Arrodillado junto a él se dio cuenta de que tenía la cara hinchada, el labio inferior partido. Después descubrió sus manos magulladas y atadas. Con lágrimas en los ojos, el comandante cortó las cuerdas. No podía dejar de lamentarse. Estaba aterrado. No era capaz de dejar de pensar en el fatal desenlace. 

—¿Por qué los dioses han reservado para ti este triste final? —musitó—. ¡Cuánto lamento que no consiguieras saberte amado sin condiciones!

Pelopidas lo tomó entre los brazos. La cabeza de Argyros cayó hacia atrás y distinguió la cuchillada en el cuello. La sangre, ya seca, se había mezclado con el polvo. Sin poder decir ni pensar en nada más, el beotarca irrumpió en el campamento portándolo como si de un animalillo herido se tratara. Algunos soldados que ya habían despertado lo vieron avanzar, y no fueron pocos los que afirmaron ver en él a Agamemnon llevando el cuerpo de su amado fallecido Argino. Con delicadeza, lo depositó sobre el lecho indicado por uno de los médicos que ya había sido avisado. Acto seguido, Pelopidas despachó a todos los curiosos que se acercaron a la carpa y no permitiría que nadie más accediera.



Arriba, sobre el firmamento, Eos y su aurora comenzaban a colorear las nubes grisáceas que en el cielo ya se amontonaban. 

Zeus lanzaría después el primer relámpago y el destello los sorprendió en pos de un lugar donde guarescerse. Luego nacería el trueno, y la lluvia comenzó a precipitarse de los nubarrones como hacía mucho tiempo que no lo intentaba. 


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