Los cuerpos magnéticos | Capítulo 2~

Desde ayer he comenzado un nuevo ciclo de lecturas online, aquí en el blog. Postearé varios capítulos de mi última novela para que podáis leerlos y animaros así a conseguir la obra

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El capítulo de hoy está más abajo ;)



Esto es todo por hoy. Mañana habrá más. 

Saludos ;)

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos







INFO sobre la licencia de esta obra:
Los cuerpos magnéticos - (c) -Eleanor Cielo






8 de julio de 1898
Dubrovnik,
Reino de Dalmacia
(actual Croacia)


2. EL ADRIÁTICO

—¿Se puede saber cómo me has encontrado? —dije algo enfadado.
—Sabías que tarde o temprano iba a hacerlo, Séptimo —respondió ella al otro lado del teléfono—. No importa dónde te escondas ni lo pequeña que sea la isla donde intentes ocultarte.

Oí cómo se reía con aquel tono risueño que había oído tantas veces durante mi infancia, sobre todo los sábados porque había reunión familiar y la casa se llenaba de invitados mientras la música del piano de mi madre no cesaba durante toda la velada. Casi había olvidado lo felices que habían sido aquellos días.

—Entonces, ¿cuándo regresarás? —preguntó mi tía Nicoline después de ponerse otra vez seria.
—¿Qué te hace pensar que voy a volver?
—La semana pasada coincidí por casualidad con él en una librería, con Eduardo… —pronunció con su acento danés— tu padre…
—No me saques ese tema. No quiero hablar de él…
—Tu madre continúa viviendo en la zona sur de Copenhague y ha adoptado un perro que encontró herido en el camino que está junto al muelle.
—¿Otro? La última vez…
—Sabes que ella se alegrará mucho de verte.

No quería regresar de nuevo, ser testigo de cómo Eduardo había envejecido con sus ideas llenas de odio. Si me fui de allí fue para no volver, para no tener que revivir aquel asco hacia mí mismo. Aún me duelen sus palabras arrojadas sin misericordia.

—Tienes que venir —insistió Nicoline.
—Sabes que no lo haré —afirmé categórico—. No sé por qué te has molestado en enviarme el telegrama para que te llamase.

Entre mis manos estaba el comunicado que había llegado en la mañana. Había corrido hasta la centralita, alarmado por algún tipo de presentimiento que no deseaba confirmar. Mi madre, Ebba Adamsen, se hacía mayor y aún tenía que sincerarme con ella, pero yo no tenía ni el valor ni las fuerzas necesarias.

—Tengo un gran proyecto para ti. La revista geográfica quiere una crónica extensa y les dije que tú podrías hacerlo.
—¿Pero no me has oído? No cuentes conmigo —repetí.
—Te recuerdo que fui yo quien te apoyó cuando viniste a mí. Si por él hubiera sido, nunca habrías terminado Bellas Artes. Sabes muy bien lo que pensaba de los que querían estudiar en aquella escuela.

Claro que lo recordaba. ¿Cómo podía olvidarlo? ¡Invertidos y sodomitas!

—Necesitan de tus habilidades como ilustrador para un extenso estudio que hará la Sociedad Geográfica. Presiento que ésta es tu gran oportunidad para codearte con los grandes. Vibeka y Nansen te acompañarán.
—Es verano y no tengo ninguna intención de subir al norte. Sabes que odio el frío.

Era otra razón para dejar atrás el país y abrazar la calidez del sur. Se trataba de mis raíces, paradójicamente.

Mi padre, de nombre Eduardo Vega, había sido un emigrante pobre como las ratas. Por eso, llegó a Dinamarca creyendo que podría hacer algún tipo de fortuna. Había ahorrado algo y se embarcó de polizón en un ballenero hasta cruzar el Atlántico de principio a fin. Nunca había visto el mar y mucho menos navegado sobre el océano totalmente enfurecido. Debió vomitarlo todo por la borda cuando vio cómo los marineros despedazaban las toneladas de carne de las ballenas, cómo todo quedaba impregnado de sangre y no había forma de quitarse ese olor nauseabundo durante días. Él nunca lo confesó, pero cuando asistí a un despiece para la revista geográfica comprendí muy bien porqué jamás nos permitió comer carne ni a mí ni a mis hermanos. Aún tengo en la retina aquella imagen grotesca. Eduardo debió ver muchas más en ese largo viaje.

Se había quedado huérfano con tan sólo diecinueve años y por ello no tuvo reparos en dejar atrás el país que le vio nacer. Sin hermanos, tías ni pariente alguno; mi padre no tenía nada que perder. No obstante, Dinamarca no era como se la había imaginado. Así nos lo explicaba junto a la gran chimenea de la sala de estar cada aniversario, el primer domingo de otoño, mientras afuera se oía el ruido de los carruajes que pasaban cerca del ventanal.

—Tienes tres sobrinas nuevas —anunció mi tía al otro lado del auricular.
—¿Tres sobrinas? —repetí ligeramente contrariado.

Si algún día regresaba, ¿qué podría decirles cuando las viese? ¿Y a mis otros sobrinos? Apenas conocía a mi nueva familia, ni siquiera había tenido ocasión de hablar con las parejas de mis hermanos y de mi hermana. Tuve que irme de Dinamarca, no podía vivir en aquel ambiente opresivo por más tiempo… ¿Cómo iba a importarme lo que le sucediese a mi padre después de todo?

—Son de Octavia, Segundo y Sexto. Justo ayer una de las pequeñas iba en el tranvía con tu hermana… Quinto sólo tiene un hijo. Cuando vengas, se alegrarán de ponerle voz a su tío. Sólo te conocen gracias a la foto familiar que os tomasteis aquella primavera…
—Sí, la recuerdo… —indiqué con cierto aire de nostalgia.

Aquel día vino el fotógrafo a casa, aquél que casualmente tenía el mismo acento que Eduardo. Nos vestíamos con la ropa que nuestra niñera había dispuesto siguiendo las indicaciones de mamá, cuando de repente oímos cómo Quinto le gritaba a alguien. Nos miramos desconcertados después de salir al pasillo y bajamos la escalera de forma atropellada. Estaba delante de Eduardo, parecía muy serio y tenía la mejilla izquierda colorada.

—¡Te prohíbo que continúes con esa muchacha! —le señaló mi padre, severo.

Quinto es mi hermano mayor, había cumplido los catorce años el mes pasado y conocido a la hija del frutero de la esquina de la calle de la iglesia. Recuerdo que él le hablaba de ella a Segundo cada vez que nuestro padre se marchaba en la tarde a la oficina del Señor Rohde, antes de que llegara la Señora Norup a darnos las clases de piano. Yo no entendía mucho del tema porque aún era un niño, pero me gustaba cómo Quinto se refería a ella. Cómo suspiraba mientras le detallaba a Segundo la conversación de la tarde previa, cómo se habían dado la mano por vez primera cuando fue a acompañarla a su casa. Mientras narraba, a mi hermano mayor le brillaban los ojos.

—Quinto, Segundo, Sexto, Séptimo y Octavia. Quedaos aquí y no mareéis más al señor fotógrafo —nos dijo Eduardo, ya más calmado—. Querida, faltas tú.

Ebba, mi madre, llegaría enseguida.

—Señor Vega, he observado que sus hijos tienen nombres peculiares —preguntó el hombre tras terminar de ajustar la cámara de fotos—. ¿Puedo preguntar a qué se debe?

Entonces, Eduardo le explicaría lo que nos contaba cada vez que llegaba uno de nuestros cumpleaños. Que su padre se había llamado Quinto, que su madre había sido bautizada como Octavia y que no quería olvidar su lengua natal. Había cruzado el gran océano mientras contaba cuántas veces creyó que moriría bajo los bramidos de grandes tormentas y, tanto fue así, que maldijo a Dios hasta diez veces por arrojarlo a la orfandad. Una noche de grandes tempestades, al salir a cubierta, cayó al mar encrespado y pensó que aquello era su final. Con ojos húmedos, Eduardo nos contaba que Cristo se le había aparecido cuando perdió el conocimiento y le hizo prometer que, si daba a sus descendientes los nombres de las veces que lo había maldecido, llegaría sano y salvo a puerto danés. Así fue cómo yo recibí el nombre de Séptimo antes de que naciera mi hermana Octavia. Pese a su firme voluntad, mi padre no lograría completar el juramento: Ebba no estaba dispuesta a traer cinco hijos más al mundo.



—¿Cuándo llegarás? Debes estar aquí antes de que termine julio. Es importante para que el informe sea completo, de lo contrario habrá que esperar al año siguiente y los de la revista no están dispuestos a demorar sus planes. Sabes cómo funcionan —insistía Nicoline desde el teléfono—. El proyecto tiene una duración exacta de tres semanas. La Sociedad Geográfica lo ha dispuesto meticulosamente.

La Sociedad Geográfica. Ingvar trabajaba en ella. Me pregunté si después de lo sucedido continuaría ocupando su cargo o si, por el contrario, solicitó algún tipo de traslado. Él me odiaría por el resto de sus días. Aún no podía creer lo que le había hecho, incluso después de tantos años lejos de él. Yo era un ser miserable.

—Hace un año vi en el periódico el enlace de Sofie Clemensen con un magnate de la banca. Se casó en la capital después de invitar a figuras destacadas del país —confesó mi tía.

Cada vez que Nicoline sacaba a escena nombres y hechos del pasado, yo tenía menos ganas de volver a mi país. Había huido hacia el sur, hacia el Mediterráneo. Intentaba refugiarme en islas cálidas que en nada se parecían al norte, donde la nieve y los recuerdos lograban engullirme a pesar de mis intentos por detenerlos. Tenía el dinero suficiente para subsistir y me había ido hasta Dalmacia, un pequeño reino situado a las orillas del Adriático. Vivía en una magnífica casa de campo, “Nueva Alejandría”, muy próxima a la ciudad de Dubrovnik y donde me ganaba la vida haciendo retratos a sus personajes más pudientes.

—¡Cuánto siento que al final lo vuestro se acabara! —se lamentó la hermana de mi madre al otro lado del auricular.

Con todo, y a pesar de haber escapado hacia el sur, me sentía vacío. No sabía cómo empezar de nuevo. Quizá por ello recordé la extraña tarde en la ciudad, cuando bajé a la Plaza de las Flores días atrás. Me gustaba ese lugar porque, mucho antes de producirse el ocaso, siempre había gente bohemia que daba color a las tardes veraniegas mientras las familias salían a pasear para refrescarse. Sin embargo, cuando el sol ya casi se ocultaba, la plaza se trasformaba y era ocupada por algunos muchachos callejeros de Dubrovnik. Rondaban la veintena y tenían esa fiereza en los rostros que tentaba, de alguna forma, a domarlos. Eran dos los que parecían tener el mando y, a veces, huían después de robar con maestría la cartera o el valioso reloj de bolsillo de algún transeúnte despistado. En aquella ocasión, uno de ellos se acercó para pedirme un cigarrillo. Tenía ojos felinos y era un palmo más alto que yo. Me miró como si conociese mi maldito secreto. Entonces, en un intento desesperado para que no continuara viendo a través de mí, fingí no estar nervioso.

—Vienes mucho por aquí, ¿eh? ¿Estás buscando algo? —preguntó inclinando el pecho hacia delante como si fuese un gallo de pelea—. Dame un cigarrillo.

Como la luz de la farola no alumbraba demasiado, no pude ver cuando acercó la mano y apretó contra sus dedos mis genitales, sorprendidos por la rudeza del gesto. Me quedé sin aliento, sin saber qué decir. Ante el desconcierto y el calor que sentí en las mejillas, el joven continuó con su juego y noté cómo dentro de mis pantalones la carne antes flácida se retorcía entre aquellas garras. El delincuente apestaba a cebollas podridas, pero yo era incapaz de moverme. Estaba a su merced. Ante mi gesto de dolor, lanzó una sonrisa perturbadora y se mojó los labios muy lentamente. Entonces, sin apartar la mugrienta mano de mi entrepierna, se acercó al oído.

—Te la chupo por una moneda de plata pequeña —susurró muy seguro de sí mismo—. Si me das una grande de plata, te dejo que me la metas. Entera. ¿Me has oído? ¡Entera! ¡Toda la polla!

Retrocedí, más asqueado que asustado, ante la invitación de aquellos labios obscenos y sucios que se rozaban con mi cuello sudoroso por el calor de la noche veraniega. Iba a vomitar. Me desprendí de sus garras salvajes y eché a correr. Atrás, oía risas y cómo se burlaban de mí. Llegué al recodo del río, convencido de que allí el aire me parecería menos opresivo. ¿Por qué había huido? No era la primera vez que un hombre me susurraba palabras soeces o recibía propuestas similares. Encendí un cigarrillo mientras contemplaba la corriente del río. Aquel muchacho había logrado turbarme y aún no sabía por qué. Exhalé largas caladas y, poco a poco, fui tranquilizándome. Cuando regresé al lugar, ya no estaba el grupo de jóvenes delincuentes. Confuso por lo que había sucedido, guardé los lápices y láminas en el forro de terciopelo verde y regresé al hotel donde me hospedaba cuando iba a Dubrovnik. No podía quitarme aquella sensación de los genitales. Aún notaba la presión y el aliento a podrido de su boca. Aquellas repugnantes manos, aquella sórdida voz, aquellos ojos lascivos.

—Quiero una muchacha de cabellos cortos, sin curvas ni maquillaje… Por favor, nada de perfumes almibarados ni trajes excesivos —dije nada más ver aparecer a la Madame tras las cortinas de seda la misma noche.
—Así será, señor.

Mientras la prostituta intentaba ganarse las monedas que luego depositaría sobre la mano codiciosa de la dueña, yo recordaba los cuerpos ardientes y masculinos de Dagmar, de Torben, de Harald. Sus besos, las fragancias con las que se rociaban, las impetuosas arremetidas contra mi cuerpo. ¿Qué había sido de ellos? ¿Alguna vez volvería a verlos? Luego surgió la sombra de Ingvar. Miraba desde cada rincón oscuro de la habitación de la casa de citas donde yo acudía en raras ocasiones: señalaba en silencio mientras me ahogaba en la humedad del propio orgasmo. El asco que sentía por mi condición y por mí mismo no desaparecía. Resonaban una y otra vez las palabras de Eduardo. Era un invertido, un sodomita que ardería en el infierno hasta el fin de los días.

—No iré —dije decidido—. Diles a los de la revista que busquen otro ilustrador. No necesito ningún prestigio de la Sociedad Geográfica ni tampoco el dinero. Tengo algo ahorrado y con lo que gano en la ciudad puedo vivir. No necesito más.

Estaba cansado. Quería regresar a Nueva Alejandría, oír la cadencia de las olas nocturnas que llegaban a mi habitación. Bebería hasta perder el conocimiento y amanecería otra vez para sentir que, algún día no muy lejano, acabaría muerto.

—¿Sabes? Oí que tu amigo de la infancia estaría en el proyecto.
—¿Ingvar…? —pregunté desconcertado.
—Sí, Ingvar Olsen.

Noté cómo el corazón estallaba en mi pecho y supe que tenía que sentarme inmediatamente. Me apoyé contra la pared forrada de papel amarillento en ausencia de silla alguna.

—¿No es aquel joven que vivía cinco manzanas más arriba? El que venía cada domingo con sus dos hermanas para acompañaros a la iglesia. Recuerdo que tú y él os sentabais siempre casi al final de la capilla y cuchicheabais hasta que terminaba la ceremonia —expuso Nicoline casi censurándonos.

Ver a Ingvar una vez más. No sabía qué hacer.

—Sí, es él —respondí intentando no tartamudear—. ¿Cuál sería mi labor en dicho proyecto?

De repente me sorprendí torciendo mis propios planes. ¿Qué iba a hacer?

—Debes ilustrar las nuevas especies que se catalogarán —dijo entusiasmada—. Les dije que ibas a regresar a Copenhague y entonces les mostré algunas de tus láminas a carboncillo. Luego solicitaron las hechas a color y ahí volvieron a apreciar tu trabajo. ¡Estaban asombrados! Aunque han transcurrido cinco años, no se han olvidado de ti, Séptimo.

Mi tía parecía eufórica.

—Pero…
—Siempre lamentaron que tuvieras que dejar la revista de forma tan precipitada —dijo Nicoline con voz más sosegada, casi melancólica—. Séptimo, todos merecemos una segunda oportunidad.

Cuando hui de Dinamarca me sentí muy desdichado. Tuve que abandonarlo todo de un día para otro. No pude despedirme ni decir la verdadera razón de mi adiós. Como si fuese un delincuente que huía porque había hecho alguna fechoría, tomé un barco y dejé atrás todo lo que hasta el momento había sido mi vida.

—Quieren clasificar algunas variedades de aves y plantas que aún no aparecen en los registros del Ministerio.
—¿Que no aparecen? ¡Pero si Dinamarca es pequeña…! —protesté—. Además, he leído todas las revistas de la Sociedad Geográfica publicadas hasta la fecha…
—El proyecto no se hará aquí, Séptimo.

El fantasma de Ingvar regresaba desde el pasado para desmoronar con la mayor de las facilidades el mundo de ficción que había creado desde que huyese del norte. Era como aquel nuevo invento llegado desde Francia, el cine: a pesar de que las imágenes que proyectaba sobre un lienzo blanco parecían reales, al final todo era un mero producto hecho de luces y sombras. Una ilusión que nos hacía tomar por verdadero lo que nuestros ojos veían.

—¿Entonces…? —pregunté sin poder ocultar un poco de mi ansiedad.
—Será en la gran isla. Deberás viajar a Groenlandia.




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