La lengua de Eros | Rapsodia V :: Escena 6 - Para leer on line~

Hoy finalizamos la celebración del primer aniversario de la publicación de La lengua de Eros. Han sido unos días muy especiales para mí y espero repetir el año próximo :D

¿Conseguiste un ejemplar gratuito del ebook? Durante tooooooodo el día 18, estuve regalando ebooks a todas las personas que fueron a Amazon para descargarlo de forma gratuita. Era mi forma de celebrar que La lengua de Eros cumplía un añito. Al final regalé más de 50 ebooks. Sí, ebooks gratis. Espero que pudieses conseguirlo y, sobre todo, que disfrutes de su lectura

Hoy te dejo con la última escena de la Rapsodia V. Recuerda que durante estos días pasados la he ido subiendo al blog para que puedas leerla de forma gratuita.


Fotografía por Pierre et Gilles


Muchas gracias por haberme acompañado a lo largo de estos días. Ha sido genial celebrar este primer cumpleaños junto a tu presencia ♪♪ ♪♥♥♪♪♥♫♫ ♫♪♪
Favor de compartir la entrada en tus redes sociales favoritas si te gusta: sólo te llevará un segundo. Gracias!

Por ahora esto es todo =)
¡Hasta pronto!


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos










RAPSODIA V - Escena 6


Cuando Ganymedes despertó, se hallaba en una rica habitación. Había mucha luz y se percató del mármol brillante que adornaba el suelo. Alzó el rostro para descubrir maravillado que el techo era de cristal. Desde su posición, podía vislumbrar las nubes desde una distancia mucho más reducida, tocarlas incluso con los dedos.

Recordó lo que el águila le confesase mientras viajaba en su lomo. Por un instante, dudó si fue o no un sueño. Se preguntó cuál habría sido la suerte del rebaño. Su padre le había confiado dicha tarea como parte de su educación y comprendió que estaría preocupado.

Abandonó la cama donde se encontraba, dirigiéndose a la puerta. Ésta era enorme, de madera labrada, pero tan ligera que cuando la abrió se sorprendió de ello. Salió a un enorme pasillo de idénticas características: suelo pavimentado con mármol y techo de cristal.

De repente aparecieron dos mujeres, cada una de ellas ataviada de forma diferente. Una lucía sus cabellos profusamente adornados. Su semblante parecía serio y pensativo y su cuerpo era firme. Vestía con una larga túnica que le cubría hasta los pies.

La otra fémina era totalmente desigual. Más joven, delgada y alta; la túnica era mucho más corta pero llevaba botas de caza. Su rostro parecía desafiante.

No vaciló en ningún momento. Eran Atenea y Artemis, dos de las diosas que habitaban en el Olimpo. Se quedó inmóvil cuando pasaron próximas a él pero ninguna de las dos reparó en su presencia, imbuidas en una conversación de la que el muchacho nada comprendía.

—Joven Ganymedes, acompañadme —una voz surgió tras él.

Un doncel atlético apareció. Del cabello surgían dos pequeñas alas y, aunque iba descalzo, había oído hablar de sus sandalias aladas, forjadas por el dios Hephaestus. Era Hermes, el dios mensajero.

Recorrieron largos pasillos y el efebo divisó a otras importantes deidades como Poseidon, señor de los mares, o al grandioso Apolo, mellizo de Artemis.

Finalmente, se detuvieron frente a una enorme puerta. El corredor estaba vacío, no se oía nada. Se sintió apesadumbrado y observó el techo de cristal que se alzaba majestuoso.

—Mi cometido finaliza en este preciso instante. Cruzad la puerta, príncipe troyano. Os aguarda.
—¿Quién…?

Hermes no respondió porque desapareció tras anunciar el mensaje. Miró hacia todos lados y observó la gran puerta que tenía frente así. Agarró el pomo. Lentamente, la abrió.

Ganymedes se quedó sin palabras: había un enorme jardín cubierto por una gran cúpula de cristal. En él localizó una cascada, aves de colores vivos, un vergel donde destacaba un roble milenario.

Contemplaba atónito cuando de pronto apareció el águila que lo había transportado hasta allí. Sobrevoló bajo la cúpula, posándose sobre el gran árbol.

—Deseamos que os encontréis a gusto en la morada de los dioses.
—¿A quién más os referís? —balbuceó.
—A mí.

Tras él surgiría un hombre de negra melena y barba poblada. Notaba una presencia poderosa y su aura irradiaba una fuerza única, imposible de comparar con nada de lo que conocía.

—Sois… sois el padre de los dioses, de los hombres… —masculló intimidado.
—No hay más verdad que la que han proferido tus labios, joven Ganymedes —se acercó para escudriñarlo con serenidad.

Se percató de la elegancia de sus gestos, sus profundos agraciados ojos y la vigorosidad de su cuerpo, semejante a la de aquel roble. El tono grave de su voz le confería una masculinidad salvaje.

—No concibo cómo yo, un sencillo mortal, soy digno de tener frente a mí a Zeus…
—Estimado príncipe troyano. Tu belleza no puede ser descrita con palabras, sería un agravio tratar de realizar lo imposible. Cuando te descubrí en el Monte Ida cuidando de aquellas ovejas supe que serías para mí —se acercó y lo tomó de la muñeca.
—¿Qué puedo, yo, ofreceros si sois quien sois?
—Tu esplendor, tu juventud, tu devoción por mí —hizo una pausa. —Te he reservado un nuevo destino.

Después de pronunciarse, lo besó y se tendieron junto al roble, donde enlazarían sus cuerpos desnudos en una cálida secuencia de abrazos, de caricias.


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