La lengua de Eros | Rapsodia V :: Escena 5 - Para leer on line~


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Hoy os dejo con la escena 5 de la Rapsodia V. Recordad que voy a subirla por completo en los días que siguen para que puedas leerla aquí en el blog.





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Por ahora esto es todo. Mañana habrá más literatura para leer


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos




pd: Dentro de un ratito, me voy al Salón de Manga que os comenté ayer para presentar mis obras. Deseadme suerte ;)










RAPSODIA V - Escena 5



Cuando Argyros descubrió a uno de los caballeros derrumbado por el efecto de una lanza enemiga, supo inmediatamente que Lysandros se había salvado. Tenía la certeza de que, por la cercanía del herido, la diosa Nemesis había atendido a sus palabras. Sin embargo, la presencia del jinete había torcido los planes divinos.

Con todo, el muchacho se interesó por la evolución de aquél. En su interior se agitaba cierto sentimiento de culpa, pero su deseo de venganza lo cegaba.

—¿Te encuentras bien? —se interesó Lysandros.

Éste parecía como si quisiera adivinar qué estaba pensando cuando lo miró detenidamente. Le limpió la sangre que le había salpicado la cara pero Argyros no se opuso.

—Sí… —se retiró para ayudar a los heridos.

Ahora Tebas se encontraba cerca. El regreso a la polis se había hecho de forma ininterrumpida excepto cuando el oficial y un gran número de soldados se escindieron del grupo. Por las noches descansarían para reanudar la marcha con los primeros rayos del alba desplegados por la diosa Eos.

Argyros hubiera querido no tener que dormir junto a Lysandros, pero se prometió que aquélla sería la última vez.

Cuando se acurrucó detrás de él, percibió la calidez del cuerpo que lo abrazaba. Sus piernas se rozaban y los genitales reposaban junto a sus nalgas.

Por un instante, en el silencio de la noche, el joven deseó que nada de aquello hubiera sucedido. Así podría volver a sentirse dichoso al ser elegido por ese hombre de ojos grises que lo había seducido en el templo de Dionysos.

Lysandros dormía. Su respiración sosegada se deslizaba entre los cabellos de bucles azabaches y a veces lo atraía contra sí en sueños, como si una parte de él permaneciera en alerta y conociese sus intenciones.

Algunos soldados montaban guardia, el resto yacía descansando junto a diferentes fuegos que retenían el calor ante la frialdad que precedía a la aurora.

Desde allí podía observar los rostros dormidos de algunos de sus compañeros, otros copulaban bajo el manto o conversaban entre ellos.

No muy lejos de donde se encontraba, distinguió a Epaminondas y a su amado Asopico quienes, tomados de la mano, se escabulleron tras unos matorrales. No serían los únicos.

En ese sentido, reparó en Pelopidas. Nadie le había conocido ningún amado durante la batalla. Lysandros alguna vez le había revelado que el último, Timaios, había muerto en una ofensiva contra la polis de Mantinea; años antes de ser fundado el propio Batallón por Gorgidas. Desde entonces, no había tomado a ningún muchacho como pupilo.

Comenzó a reflexionar sobre aquel hecho pasado. Argyros estaba convencido de que aquella relación debía de haber sido realmente profunda, como la que unió a Patroclo y Aquiles. Si Pelopidas no había tomado a nadie más en tantos años era porque el amor, la amistad que se profesaban debieron ser tan grandes que aún lo amaba. Sabía además por Lysandros que el nuevo comandante tampoco se había unido a una mujer para proporcionar a Tebas más hijos e hijas.

Entonces, ¿tomaría Pelopidas a otro muchacho algún día? ¿Y si fuese impotente? Había oído que les sucedía a algunos hombres, aunque también existían ciertos remedios para ello.

Argyros quería saber cómo era Timaios, qué cualidades lo hicieron ser el favorito de Pelopidas.


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