La lengua de Eros | Rapsodia V :: Escena 4 - Para leer on line~


¿Conseguiste un ejemplar gratuito del ebook? Durante tooooooodo el día de ayer, estuve regalando ebooks a todas las personas que fueron a Amazon para descargarlo de forma gratuita. Era mi forma de celebrar que La lengua de Eros cumplía un añito. Espero que pudieses conseguirlo y, sobre todo, que disfrutes de su lectura

Hoy os dejo con la escena 4 de la Rapsodia V. Recordad que voy a subirla por completo en los días que siguen para que puedas leerla aquí en el blog.



La imagen de hoy se corresponde con cierto diálogo entre Kyros y Alexios. Me basé en ella cuando comencé a investigar sobre la simbología de los insectos en la Antigua Grecia y pensé que sin duda merecía una escena. 

Si habéis prestado atención, encontraréis múltiples referencias en los diversos pasajes que conforman los dos libros de El discípulo que ama su maestro. Sólo hay que ver cómo las mariposas están presentes en la portada de La lengua de Eros o en el interior de la versión impresa de ambos volúmenes. ¿Te habías preguntado por qué? ;)


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Por ahora esto es todo. Mañana habrá más literatura para leer


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos












RAPSODIA V - Escena 4

Alexios vigilaba a Kyros tumbado sobre el diván. Parecía dormitar aunque a veces se despertaba con el nombre del amante en los labios.

Como tuvieron que marchar a la guerra, Diokles y Nikandros los volvieron a reunir bajo un mismo techo. Por esa razón era Kyros quien, en esta ocasión, se había desplazado a la vivienda del otro.

A Alexios no le desagradaba su huésped, pero desconfiaba de él. En algún recóndito lugar de su ser albergaba la idea de que poseía intenciones ocultas y que sólo el tiempo las revelaría.

Después de dar varias cabezadas se quedó dormido y, cuando despertó, había desaparecido. De un salto dejó atrás el lecho.

—Kyros está en el patio interior. Tenía mucho calor —respondió el esclavo al que preguntó.

Pero allí no estaba y lo buscó por toda la casa.

Por último, entró en su habitación. Lo descubrió observando una gran mariposa.

—Te he estado buscando por todas partes… —dijo molesto.
—¿No te parece preciosa?
—Es sólo una polilla…

Kyros seguía contemplándola.

—Tengo miedo… —dijo tras una breve pausa.
—¿De un simple insecto…? —preguntó el amado de Diokles.
—La mariposa transporta el alma después de la muerte.
—No entiendo a dónde quieres llegar.
—Mientras dormía en el jardín, tuve un extraño sueño… No recuerdo todo, pero aparecían lanzas cubriendo el cielo. Había infinitas. Volaban de un lugar hacia otro. No había nada más.

Alexios se había cruzado de brazos. Su pie golpeaba el suelo, impaciente.

—De repente, en todo ese caos, surgió una mariposa pequeña pero muy blanca: era admirable cómo, a pesar del entorno hostil donde podría haber muerto un ser tan frágil, ella batía sus alas y no parecía temerle a nada. Luego desperté. Estaba empapado en sudor. ¡Hacía tanto calor! Fui a beber y, cuando dejé atrás el jarrón, allí estaba ella.
—¿Quién?
—La polilla. Luego la seguí hasta llegar a tu alcoba.
—No hablarás en serio…
—No es exactamente la misma… pero el mensaje debe ser el mismo.
—¿Qué mensaje?
—Que le ha sucedido algo a Nikandros… —respondió Kyros.
—El calor te ha trastornado el juicio.
—¿Y si esta mariposa es la portadora del alma de mi amante?
—Definitivamente has tomado mucho sol.
—No te burles de mí, te lo ruego.
—Está bien. Está bien —dijo neutral.
—¿No te preocupa la suerte de Diokles?

Alexios guardó silencio. Sopesaba la pregunta.

—No te falta razón cuando afirmas que los dioses eligieron a la mariposa como portadora del alma. Pero tu interpretación…
—¿Qué quieres decir?
—Es errónea.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Ignoro si tus educadores o si el propio Nikandros te ha referido alguna vez el deseo de este insecto por agarrarse a la vida.

Kyros parecía sorprendido y su rostro bobalicón le dio más seguridad.

—Presta atención a mis palabras —dijo pasándole un brazo sobre el hombro. —Es tal ese anhelo que tiene por sobrevivir, que busca sin descanso una fuente de vida a la que aferrarse. He visto algunas ánforas donde se representa lo que te voy a revelar a continuación.

El amado de Nikandros contenía la respiración.

—En ellas aparecen dos varones: uno de ellos danza y el otro toca una flauta. Éste último derrama varias gotas de lo que parece ser su semen mientras una gran mariposa lo recoge entre sus alas.
—El esperma es… —comenzó a decir Kyros.
—… el manantial de vida que necesita.

Alexios se sentía importante.

—¿Ya no está Tibalt en tu casa?
—Nikandros conversó con el progenitor. Regresó con su familia.
—Entonces no sabe que estás aquí, ¿verdad? No será capaz de presentarse ante mi puerta…
—¿Por qué no quieres que venga?
—¿Qué es lo que más te hace gemir de placer cuando estás desnudo con Nikandros? —preguntó de repente.

Alexios lo atrajo contra sí. Le lanzó aquella mirada de largas pestañas y ojos perfilados.

—¿Por qué quieres saber algo tan personal?
—Ya has aprendido el verdadero significado de la mariposa de tu sueño. ¿Es que no te ha quedado claro?
—Tengo calor…
—Te traeré agua y a cambio me responderás. No seré injusto contigo: te confesaré algunos de los secretos más íntimos que poseo —mencionó desde la puerta.

Cuando Alexios apareció con el jarrón, sucedió justo lo que había planeado. Kyros bebió con tal ímpetu que no se percató de que el contenido del recipiente era vino aguado. Examinaba divertido cómo se había ruborizado tan pronto.

—Me has dado vino… —dijo confuso.
—¿Y bien? Aún aguardo tu respuesta —indicó antes de tomar un trago.
—Yo… —se arrugó, pudoroso. —Yo no puedo hablar de lo que hago con Nikandros…
—Sí, sí que puedes.
—No, porque él… él se enfadaría mucho si te contase que lo que más me gusta sucede cuando es… ardiente… lascivo…
—Concreta —Alexios lo había rodeado entre sus brazos.
—Me desnuda mientras me besa… se arrodilla a mis pies y… —Kyros se tambaleaba.
—No te detengas o te obligaré a confesarlo todo —le oprimió el hombro que aún sujetaba.
—Nikandros… me lame con tanta fuerza que mi semen desborda su boca… A veces le salpica y entonces me castiga empotrándome contra el diván…

El muchacho hablaba y hablaba, abducido por el efecto del alcohol, el de Eros huérfano.

—Pero levanta mis piernas por encima de sus hombros… entonces me quedo sin aliento porque empuja con tanta fuerza que siento va a desgarrarme… A veces he eyaculado sobre mi propia cara… Cuando su esperma sale de mí, ya no puedo moverme.

Kyros parecía haber olvidado que no estaba solo porque Alexios ya no tenía que obligarle a confesar.

—Una noche me abrazó tan fuerte tras correrse detrás de mí que me desmayé…
»También recuerdo aquella vez que… estuvo chupándomela durante horas… perdí por completo la noción del tiempo… no dejaba que me corriese… pero fue tan placentero… que cuando entró hasta el fondo creí que me convertiría allí mismo en agua.

A Alexios se le había humedecido la túnica y apretaba las piernas.

—Antes de que partiera a Leuctra, me encerró el día anterior en nuestra habitación. Sólo podía ser penetrado ante Eros desatado… pero no me importaba… yo quería que me rompiera por dentro todas las veces que quisiera…

Kyros cerraba ya los ojos. Alexios lo soltó y lo tumbó sobre el camastro.

No podía quitarse de la cabeza todas aquellas imágenes obscenas, los gritos de Nikandros, de Kyros, Eros jadeante. Echó de menos el cuerpo de Diokles y ser traspasado por él hasta caer inconsciente.

Sabía que se lo había prohibido, pero comenzó a masturbarse cuando decidió que ninguna guerra o batalla iba a impedir que invocase a Eros. Ni siquiera Diokles.


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