La lengua de Eros | Rapsodia V :: Escena 1 - Para leer on line~

Con motivo del próximo aniversario de La lengua de Eros, voy a subir la Rapsodia 5 en los días que siguen. Se trata de compartir con vosotrxs las siguientes escenas a las últimas que subí y correspondientes a la Rapsodia IV.

Recordad que el próximo martes 18 de agosto se cumple un añito de la publicación del primer volumen de El discípulo que ama su maestro y que, como anuncié días atrás, voy a celebrarlo por todo lo alto ;)

Mi consejo es que estéis pendiente de las próximas actualizaciones porque ahí anunciaré algo que ya comenté sobre regalar ejemplares. Ahí lo dejo...

La escena de hoy es larga:
Muchos de nuestros personajes como Nikandros, Argyros o Diokles se encuentran en el campo de batalla. Algunos de ellos sobrevivirán, otros correrán peor suerte.

Para leer capítulos anteriores, picar AQUÍ.





Nada más por el momento. Tenéis la rapsodia de hoy más abajo, donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

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Buena semana, que ya casi comienza :3

Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











RAPSODIA V - Escena 1

Cuando Nikandros cayó de su corcel, quedó tendido sobre el suelo. No podía moverse pero oía los relinchos del animal. Desconcentrado por la carga final del enemigo y la inesperada falta de coordinación del Batallón, tenía dificultades para respirar.

Lentamente, un dolor agudo comenzó a nacer en su muslo derecho. Tanteó torpemente la pierna y sintió un líquido caliente en los dedos. Sabía que había sido alcanzado por una lanza o una flecha.

Quiso levantarse, pero era imposible. Parecía que, de repente, la coraza pesaba el doble y la espalda le ardía. El casco le impedía tomar aire e intentó desprenderse de él.

Aunque parecían proceder de muy lejos, no entendía lo que decían las voces que lo rodearon.

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En aquella mañana veraniega, Tebas y sus aliados se habían dado cita para enfrentarse a Esparta, quien acudía arropada de las ciudades que estaban bajo su influencia. El lugar elegido habían sido las inmediaciones de Leuctra, una pequeña ciudad de Beocia localizada al suroeste.

Desde la derrota de Tegira, Agesilaos II había iniciado una serie de invasiones por la región que había obligado a proteger la campiña tebana del saqueo de los espartanos. Los de Laconia habían sido heridos en su orgullo y querían demostrar a Tebas que seguían siendo superiores.

Cuando ambos bandos se hallaron frente a frente, hubo una compleja discusión entre los beotarcas representantes de las diferentes partes de Beocia: no todos querían enfrentarse a un regimiento que, de forma clara, era muy superior al suyo. Epaminondas, sin embargo, no había cambiado de opinión.

—El ejército espartano nos supera en número. Es una verdad indiscutible; por ello, no seré yo quien ose a contravenir la lógica —dijo con voz firme. —Pero nuestra caballería destaca, sin lugar a dudas, frente a la de ellos —divisó a lo lejos a Diokles, quien lideraba a los jinetes.
—Pero seremos aplastados por sus implacables hoplitas, su infantería pesada. Observadlos, allá a lo lejos. Sus falanges están repletas. Se distinguen perfectamente…
—¿No será mejor firmar la paz antes de que sea demasiado tarde…?
—Os ruego confiéis en Epaminondas —señaló Pelopidas al acercarse. —Hoy venceremos. Lo sé. Los dioses nos son favorables y así lo han expresado con los sacrificios realizados por nuestros adivinos.

En ese preciso instante, el graznido de un águila obligó a los beocios a alzar su vista hacia el cielo. El animal parecía describir una especie de elipsis mientras sus majestuosas alas se deslizaban con soltura.

—¿Os dais cuenta?
—Zeus…
—Sí… es él…
—…está con Tebas.
—Está bien. Luchemos. ¡Por Zeus que venceremos!

Epaminondas y Pelopidas se quedaron solos cuando el resto de beotarcas se unió a cada destacamento que lideraban.

—¿Crees que nos serán leales hasta el final? Presiento que pueden volverse atrás en cualquier momento. Obsérvalos. No me inspiran confianza…
—Es un riesgo que debemos tomar. Me encomiendo a los dioses y a nuestras tropas —dijo el comandante.

El beotarca principal dirigió toda la atención a los soldados que componían el ejército adversario. Escudriñaba en silencio.

Epaminondas conocía las debilidades de toda falange. Tradicionalmente, el extremo más débil era el de la izquierda porque en él se alineaban los soldados menos expertos. Las figuras más poderosas se agrupaban en el derecho.

Esto era así porque era un hecho probado que durante las batallas las falanges se torcían a la derecha por la propia inercia de los guerreros: buscaban la protección del escudo del compañero que les quedaba a su derecha. De esta forma, la lucha se iniciaba con el enfrentamiento de los dos flancos más frágiles: los situados a la izquierda.

Así, el beotarca tebano decidió revertir esta costumbre y situó aquí a sus mejores hombres, al Batallón Sagrado, para aniquilar al de Esparta. Además, él también lucharía en este flanco.

Confiaba en su estrategia porque tenía la certeza de que nadie lo había hecho antes: en el flanco derecho se hallaban los mejores hombres de Esparta y, con ellos, el rey Kleombrotos. A ellos no se enfrentarían los tebanos porque se retirarían progresivamente para retrasar el combate; mientras en el flanco opuesto, el izquierdo, Epaminondas y el Batallón destrozarían el punto débil del ejército enemigo para ir socavando su número.

Había terminado de dar las instrucciones necesarias a Pelopidas y a Diokles cuando la caballería espartana comenzó a cruzar la llanura que los separaba.

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Nikandros espoleó con los talones y se lanzó directo contra sus adversarios con la lanza en ristre. Cuando estuvo cerca de los jinetes espartanos desenvainó la espada, cercenando a todo enemigo que se le arrimaba. La sangre saltaba sobre la coraza, el casco, la espada relucía con aquel brillo escarlata. Ares irradiaba cruel en su mirada.

La caballería contraria pronto se vio desbordada y comenzó a huir en dirección opuesta, lo que provocó una momentánea confusión al advertir que los corceles de su mismo ejército venían contra ellos.

Pero cuando quisieron darse cuenta, los espartanos del flanco izquierdo tuvieron frente a ellos el izquierdo tebano: el Batallón Sagrado y Epaminondas no mostraron piedad, atacándolos sólo a ellos, al extremo más débil.

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Lysandros y Argyros luchaban cubriéndose la espalda mutuamente. Éste seguía enfadado con él aunque había hablado lo preciso desde entonces. No se atrevía a preguntarle ni lo deseaba.

Argyros evitaba el roce con su cuerpo porque encontraba particularmente irritante cómo hablaba, cómo olía.

Lo odiaba. Detestaba a aquel hombre que parecía ignorar todo cuanto significaba para él y aborrecía la sola idea de amar a alguien que lo había engañado desde el principio. Deseó su muerte, que un enemigo clavara una espada y la sangre brotase como si fuera un río del inframundo.

Como el rencor era lo único que lo consolaba, Argyros invocaría a Nemesis, la diosa que satisfacía a los amantes y amados desgraciados, para que oyese sus plegarias y urdiese cuanto antes su plan de castigo.

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Aniquilado el extremo más frágil, los tebanos prosiguieron seccionando el frente adversario, que ya había sido desbaratado por completo ante la brillante táctica de Epaminondas. Así, el propio rey Kleombrotos caería bajo la espada de Pelopidas, quien alzó su cabeza a modo de trofeo.

Cuando advirtieron que su rey había muerto, los de Esparta realizaron una última ofensiva para intentar recuperar el cuerpo del monarca recientemente fallecido. De esta suerte, los supervivientes arrojaron sus lanzas y sus jabalinas en un intento por ganar terreno.

Nemesis, que había oído las súplicas del amado, atizaría una de ellas con su rama de manzano y desvió la trayectoria.

Atenea no podría detener el arma arrojadiza porque, cuando la vio volar por los aires, ya era demasiado tarde para torcer el recorrido marcado por la otra diosa. Ares estaba demasiado ocupado admirando cómo el suelo se teñía de rojo.

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Nikandros sería alcanzado cuando creyó erróneamente que era cubierto por los hoplitas del Batallón.

Cuando intentó desprenderse del casco, un soldado apareció alarmado y gritó al cuerpo militar de élite.

—¡Aquí! ¡Nikandros está mal herido!

A continuación, le ayudó a liberarse de la pieza metálica de la cabeza.

—Mi distinguido Nikandros, resistid, por favor. Imploro a la gran Atenea para que este mortal valiente y excepcional no conozca aún a Hades, el dios de los muertos —dijo entre lágrimas.

La retirada del adversario era un hecho. Muchos de los aliados del bando contrario huyeron cuando se percataron de que la fuerza principal había sucumbido. Sin el monarca liderándolos, habían perdido toda expectativa de victoria.

Tebas había vencido a la gran Esparta.



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