La lengua de Eros | Primer aniversario. Rapsodia V :: Escenas 2 y 3 - Para leer on line~

Hace un año, publicaba La lengua de Eros. Por entonces, no sabía qué iba a suceder en el tiempo que se abría por delante ni qué me tenía guardado el futuro; pero no creí que fuese a pasar tannnnnnn rápido =)

¿Recuerdas qué hiciste el 18 de agosto de 2014?
En mi caso, publiqué mi segunda novela. Me costó un par de años terminar El discípulo que ama su maestro y fueron muuuuchas las horas dedicadas a esta historia que hoy cumple un añito. Recuerdo que cuando la terminé, me sentía extraña: había sido mucho tiempo y, de repente, ya no había más que escribir de sus personajes. Entre las páginas se quedaban Nikandros, Atenea, Diokles, Kyros, Argyros, Zeus, Alexios, Pelopidas, Epaminondas, Aquiles, Patroclo y tantos de ellos que ya forman parte de mí.


Pero, ¿y si aún no conoces esta historia?

No pasa nada. Aquí está la sinopsis:

Tebas, Antigua Grecia.

La celebración del compromiso entre Nikandros, jinete destacado, y Kyros, su hermoso pupilo, es el acontecimiento más comentado de la ciudad.
Al banquete también acudirán Alexios y Diokles. Éste, amigo íntimo de Nikandros y oficial de la caballería, vive preso de un incómodo secreto.
Por su parte, los sentimientos encontrados entre Lysandros y Argyros, pareja de amantes del batallón sagrado, sólo acaban de comenzar.

En el año 362 a.C., la ciudad griega de Tebas alcanzó su esplendor. Inspirados por dioses y héroes mitológicos, su poder se extendió gracias a sus hombres, guerreros decididos y apasionados, que no dudaron en creer que lo lograrían.

Ésta es su historia.


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Así que ya sólo me queda daros las gracias por haberme acompañado hasta aquí. Ha sido un largo camino, pero creo que ha merecido mucho la pena ;)

Para continuar la celebración, que seguirá hasta finalizar la Rapsodia V, hoy os traigo un 2x1 que tanto me gustan :D Tienes la escena 2 y 3 para leer on line, aquí en el blog, donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

¿Vamos a por el primer aniversario de  


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











RAPSODIA V - Escena 2


Ameinias esperó a que el desconocido abandonase la sala para acercarse a su ropa. Con disimulo, tomó la túnica para llevársela a la nariz. Aspiró y experimentó la necesidad de poseer al dueño de aquella prenda.

En su retina aún permanecía vívida la anatomía del enigmático joven, quien hacía sólo un instante se había desnudado para dirigirse a la estancia de aceites. Era sublime. Sólo tenía palabras para definir la exquisitez de los músculos, el tórax, los brazos, el abdomen, los genitales, las nalgas.

Deseó horadarlo mientras le alzaba las piernas para penetrarlo y le mordía los labios hasta desfallecer. Sabía que Eros lo enajenaría de placer.

Cuando abandonó el gimnasio volvió a reencontrarse con el esclavo. Ameinias los siguió y no tardó en alcanzarlos. Se encomendó a Eros.

—¿Te diriges a la Cadmea?
—Sí…
—¿Podría acompañarte?
—Joven amo…
—No me molestes, Damen —dijo con fastidio al esclavo.
—¿Vives cerca de la acrópolis?
—Me dirijo al templo de Dionysos. ¿Y vos?
—¡Qué casualidad! También hacia allí me destino —Ameinias se sentía pletórico.

Así avanzaron hacia el epicentro de la polis mientras conversaban y en el camino se percató de las miradas que otros hombres de buena posición le lanzaron al joven.

Cuando accedieron al templo de Dionysos, Ameinias sintió la necesidad de sincerarse con el adolescente. Pero sucedió algo inesperado.

—¿Me acompañaréis a mi casa? ¿Seríais tan gentil?
—Naturalmente —dijo balbuceando.

No cabía en sí del gozo y comenzó a trazar un plan para poder declararse una vez alcanzaran la vivienda. Le prometería su amor, su respeto, su fidelidad, su amistad. Imaginó cómo serían sus besos, su abrazo y su cara desencajada por el orgasmo.

—Soy Narkissos. Mirad, aquélla es mi casa —expuso cuando entraron en una callejuela.
—¡Qué nombre tan bello! Mi nombres es Ameinias y…
—Damen, entra dentro. Disculpad que os haya interrumpido. ¿De qué asunto hablabais…?
—Narkissos, te amo. Desde el primer instante en que te contemplé supe que Eros torcería el destino para que tú y yo permaneciéramos juntos —le tomó una mano. —Se mi amado.

El otro lo observó con los ojos muy abiertos. Ameinias aguardaba la ansiada respuesta. Había imaginado aquel instante durante muchas noches y ahora comprendía que estaba muy cerca de alcanzar aquello que tanto había deseado.

De repente, Narkissos comenzó a reírse. Eran tantas las carcajadas que la gente que pasaba se detuvo a preguntar.

—¿Qué es eso tan gracioso que os ha hecho reír?

Algunos, incluso, empezaron a imitarlo contagiados por las risas del joven.

Cuando Ameinias se vio rodeado de aquellas mandíbulas batientes, comprendió lo que había sucedido. Apretó los puños y comenzó a invocar a Nemesis. Nadie parecía prestar atención a sus palabras.

—¡Oh, diosa! Os imploro con todas mis fuerzas que Narkissos no alcance jamás el dulce sabor de la amistad ni de su pasión. Que comprenda la dimensión del dolor que supone el amor no correspondido.

Narkissos dejó de reír y lo apuntó con el dedo.

—¡No podría ser vuestro amado ni aunque fuese ciego! ¡Sois grotesco, Ameinias! ¡Qué horroroso engendro sois! —indicó entre risotadas. —¿Cómo podéis siquiera soñar con ser el amante de un ser excepcional, puro como yo lo soy? ¿Acaso me creéis tan necio?

Entonces apareció Damen, el esclavo de Narkissos, quien portaba una espada. Se la entregó a su amo y éste, al ver que su público aumentaba, pareció crecerse en la ofensa.

—Tomad, Ameinias. Tengo un presente para vos —dijo con voz socarrona.

El hombre tomó la espada sin vacilar. Observó a todos los curiosos que se habían congregado y, por último, al que había sido el protagonista de sus noches.

Sin decir una palabra, Ameinias se clavó el arma en el vientre. Inmediatamente cayó sobre el suelo, vertiendo su sangre a los pies de Narkissos.






RAPSODIA V - Escena 3


—Tendremos que acampar y esperar al día de mañana. Nikandros no está en condiciones de viajar en este preciso momento. Aguardemos —explicó sin vacilar.

Diokles oía al médico que había curado la herida de su subordinado ahora inconsciente. Lo había tomado de la mano y había invocado varias veces a Atenea.

—Me quedaré con una guarnición militar y acamparemos allí. Parece un lugar seguro —señaló una formación rocosa cubierta de árboles.
—Así será —confirmó Epaminondas.
—Prefiero redoblarte el número de hoplitas. Así que permanecerán protegiéndoos la mitad del Batallón —tranquilizó Pelopidas. —El resto proseguiremos el camino a Tebas.

La mayor parte del ejército reanudaba su trayecto. Diokles quedaría como el líder del conjunto de hombres que pernoctarían hasta las nuevas declaraciones del médico.

Cuando se instalaron, el militar recorrió el campamento donde ya comenzaban a arder varios fuegos ante la inminente llegada de la noche. Quería localizar al hoplita que había atendido a Nikandros tras resultar herido.

En ese pequeño recorrido, estudiaría a los hombres quienes, entre comentarios animados, recordaban la gran hazaña de aquella mañana. No tardó en dar con el varón.

—Acércate. Deseo hablarte en privado.
—Sí.
—Dime, ¿cómo te llamas?
—Lykaios, oficial.
—Quería expresarte personalmente mi sincero agradecimiento por tu valentía, por haber auxiliado al caballero Nikandros.
—Sólo cumplí con mi deber, oficial.
—Y ello te honra. No obstante, cuando llegué al lugar de los hechos me percaté de tus ojos enrojecidos. No se derraman lágrimas por cualquiera, son demasiado preciadas.
—Nikandros fue mi tutor y amante.
—¿Hace cuánto?
—Aproximadamente dos años antes de la batalla en Tegira. Nuestra relación duró muy poco, cuarenta y tres días; pero no quiso continuar…
—… la relación.
—Sí. Le insistí varias veces, pero siempre me rechazó. Nikandros es un hombre extraordinario y mi aprecio por él es inmenso.

Cuando Diokles comenzó a conciliar el sueño aquella noche, meditó sobre la conversación con Lykaios. Se preguntó qué pensaba verdaderamente Alexios de él y, sobre todo, cómo lo recordaría pasados los años. ¿Su joven amado hablaría así de su relación? ¿Lo evocaría con esas dulces palabras?

Por la mañana el médico dictaminó su veredicto cuando tuvo frente a él a Diokles. Éste se abalanzó sobre su compañero cuando lo encontró despierto, tumbado sobre unas pieles.

—¡Qué regocijo siente mi corazón al verte de nuevo! —expresó emocionado.
—Agradezcamos a la gran Atenea. La herida está limpia y sólo es cuestión de tiempo que cicatrice. Tu espalda también se recuperará. Podremos abandonar este lugar mañana.
—Alabada sea Atenea por protegerme, por no haber muerto. Doy gracias a los dioses por ser benévolos conmigo. También les estoy agradecido por todas tus atenciones y por poder volver a verte, apreciado Diokles —le tomó de la mano.
—Pero falta alguien a quien incluir en tus palabras. También debes agradecer a tu amigo Lykaios —dijo mientras le hacía una señal para que se acercase.



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