Cosmos | Segundo aniversario :: Volumen V - Para leer on line~

¿Recuerdas qué sucedió tu 8 de junio de 2013? Si hiciste algo realmente importante o si te sucedió algo extraordinario, entonces puedo asegurarte que somos dos.


Mi 8 de junio de 2013 se caracteriza especialmente porque publiqué Cosmos: la primera de mis novelas. Un hito muy importante para mí que quiero festejar por segundo año consecutivo. Si me sigues desde hace tiempo, sabes de sobra que adoro celebrar aniversarios. Por esa misma razón, cualquier fecha o evento significativo de este proyecto de HOMOEROTISMO AZUL merece ser tratado con mimo y cariño.

Un día como hoy hace 2 años, publicaba mi novela de Cosmos. Una bella historia repleta de exotismo, intensos aromas y el drama que rodea a todo triángulo amoroso. Todo ello bajo el fuego del ardiente desierto.

Una bella historia que ya han leído personas de todas partes del mundo. ¡¡Mil gracias!!


Pero si no conoces nada sobre Cosmos, no importa. Aquí tienes la sinopsis

Ibrir y su comunidad viven en el desierto, son nómadas y su vida transcurre de forma apacible. Cuando el joven abandona el gran arenal para visitar de nuevo la ciudad de Marrakech lo hace con unas órdenes precisas y por ello acude sin expectativas. Todo hace prever que su estancia en la gran urbe será rutinaria.
Pero allí conoce a un desconcertante extranjero cuya presencia sacude el pequeño mundo del muchacho, un enigmático hombre de origen incierto que secuestra su alma para descubrir -junto a él- los placeres carnales que le revelan un amor incondicional.
Sin embargo, esta relación no es aceptada por toda la comunidad y surge un complejo e intenso triángulo amoroso que trenzará sus vínculos y transformará sus vidas para siempre.


Con motivo de semejante celebración, voy a compartir en el blog dos capítulos nuevos. Desde entonces, sólo había compartido hasta el octavo para poder leer de forma gratuita aquí y en Wattpad. A partir de ahora tenéis también el capítulo 9 y 10

Recuerda que la portada ha cambiado y que puedes conseguir esta pequeña gran novela tanto en formato digital como en papel. AQUÍ más info.

No te pierdas el volumen de hoy. Y si ya lo conoces, es un buen momento para recordarlo.

Aunque pueda ser un poco pesada, me gusta recordar que Cosmos es una obra con todos los derechos reservados, por los que queda totalmente prohibida la reproducción o publicación total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.

Más abajo tienes la nueva entrega de hoy. Como ahora tengo varios días libres antes de mi último examen, podré estar más pendiente del blog y de las redes sociales donde habitualmente puedes encontrarme.



Por último, y no menos importante, dar las gracias a todxs aquellxs que habéis seguido Cosmos desde el primer día, a todxs quienes os habéis hecho con un ejemplar o alguna vez habéis mostrado palabras de apoyo y cariño hacia sus personajes... o algunos de ellos ;)

Buena semana y hasta pronto ♫♪♪♥♥♥♥♫♪♪♪♥♥♪
Saludos!!!


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








::NO COPIES. SE ORIGINAL::




CAPÍTULO IX

El día anterior había sido el de la momentánea despedida. En sí no fue dolorosa, pero esparció en su corazón la sensación irracional de abandono. No era sencillo separarse de aquella preciosa criatura, aunque la promesa de que pronto volvería para ser rodeada con su amor enardecía su corazón.

Comprendió que este tiempo le permitiría conocer a Amwal. Una desconcertante fascinación por él recorría la espina dorsal de su ánimo porque en ella descansaban sus deseos: intentar resolver el enigma que su mirada proyectaba.

Recordó cómo el rostro se endurecía cuando sus visiones colisionaban y fue consciente del conflicto que se acercaba. De repente, regresó de sus ensoñaciones y terminó de preparar el pequeño equipaje que necesitaría para la zona de observación y estudio.

El astrónomo lo aguardaba fuera, dispuesto sobre un bello y ejemplar corcel negro, soberbio. Cuando salió de la carpa, le dedicó una ligera mueca de fastidio y azuzó a su équido, seguro de que el foráneo no tardaría en seguirlo. Aram ató sus pertenencias y montó con soltura sobre el caballo que le habían facilitado, alzando su rostro hacia el lugar donde se dirigían, lleno de curiosidad e incertidumbre. Espoleó y poco después alcanzó a Amwal.


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La tarde en el desierto comenzaba a sentirse templada, permitiendo recorrer el camino sin aquel sol abrasador y cruel sobre sus cabezas. La arena reproducía el mismo sonido sordo y fugaz bajo las patas de los corceles, los cuales se movían con cierta dificultad y lentitud.

Como el más joven de los dos parecía sumido en su hermetismo, el extranjero rememoró sus más privados recuerdos con Ibrir, engendrados en la noche anterior. Volvió a sentir el delicioso cosquilleo de sus labios sobre el cuello, a enumerar las palabras obscenas que le había susurrado mientras imploraba una y otra vez que lo penetrara hasta desmayarse. Había quedado extasiado ante el abundante esperma que el bereber esparció sobre su lengua. Luego, lo obligaría a engullir su enorme y candente miembro viril.

Aram se mordió el labio cuando divisó al muchacho cabalgando sobre él, lubricando su sexo contra sus nalgas en cada una de las idas y venidas. En aquellos momentos, como ahora, quería rasgar en dos al joven tuareg, sodomizarlo tan profundo que aullase de placer. Quería agarrarlo y dar rienda a la lujuria hasta caer rendido por el placer inmisericorde.

Había perdido la cuenta de cuántas veces vio correr el semen del muchacho por su propia anatomía. Lo que sí recordaba sin lugar a dudas era su rostro desencajado por el goce, cómo sus mejillas se habían vuelto de un carmesí irresistible que acrecentaba el deseo de poseerlo, de destrozarlo en la inmensidad del orgasmo.

¡Delicioso muchacho!

Cuando el bereber terminó de lamer el esperma del otro, éste trajo para sí a Ibrir y lo colmó con la calidez de sus abrazos poderosos, protectores. Esparciría la dulzura con aquellos besos cándidos para alzar la devoción que sentía por aquel hombre al que consideraba un ser extraordinario.

Había acabado deslizándose sobre la espalda de Aram, piel contra piel, para besarla. Su corazón se desbocaba cada vez que sentía el contacto directo de su epidermis, cómo sentía bajo la misma el crepitar de su corazón. Al muchacho le gustaba retorcerse ante su mirada y entregar todo su cuerpo, cuya inocencia había cedido por completo a modo de ofrenda.

Con todo, morder a Aram se había convertido en su juego favorito: dejar su señal en las zonas más recónditas le divertía y hacía que el otro se encendiera de deseo. Entonces, se enredaban entre sus piernas para rozar los sexos y luego colisionar sus bocas.


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El caballo, con su paso torpe, seguía avanzando. Dejaron a su izquierda una duna mediana y la arena continuaba perfilando el paisaje. El extranjero regresó a sus pensamientos y éstos le señalaron el día que lo conoció, en el vergel.

—Siempre me gustó este parque —dijo mientras abría los brazos de forma espontánea — ¿Por qué sonreís así? Sé que os alegráis de haber venido a Marrakech. ¿Veis? A pesar de lo que afirma Vuestro hermano, esta ciudad posee también sus tesoros. Sólo es necesario saber descubrirlos. Y apreciarlos —se acercó.
—Así es —desvió la mirada hacia el agua que caía a borbotones del pináculo de la fuente. —Hay tesoros irrepetibles. Yo descubrí el más bello de todos —susurró para sí.





CAPÍTULO X

Alzaron la vista y Amwal lo señaló.

—Allí es, dentro de ese pequeño oasis —dijo indicando una explanada esmeralda que se deslizaba para acompañar el curso de un pequeño afluente. Éste lo atravesaba para luego desaparecer de nuevo.

El vergel no era muy profundo ni extenso, pero lograba camuflar su interior bajo su verde maleza coronada de palmeras datileras que le daban sensación de verticalidad.

Se acercaron al riachuelo que nacía en las orillas del oasis para calmar la sed de los animales. Amwal acariciaba el lomo del caballo con dedicación. Éste bebía apaciblemente y parecía agradecido. Aram observaba por el rabillo del ojo cómo sus manos serpenteaban las crines oscuras.

—Las noches de luna llena son perfectas para el estudio. Pronto llegará —y acto seguido liberó al equino de los portes que llevaba anudados. —Seguidme.

El foráneo obedeció. Contemplaba sorprendido su alrededor cuando, como un rayo, un pequeño escalofrío le hizo tambalear y sentir náuseas. Desconcertado, intentó no perder el equilibrio. Se detuvo y, al cerrar los ojos por un breve instante, sintió cómo su cuerpo volvía a responder. Se recompuso rápidamente y siguió al otro.

Avanzaron hasta llegar a un pequeño claro donde Amwal depositó los enseres. Todo hacía sospechar que aquel era el lugar que solía utilizar para las observaciones astronómicas.


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El manto de la noche había cubierto el oasis. Una pequeña hoguera coloreaba las sombras que los rodeaban y las carpas que habían dispuesto. El joven se dedicó a preparar té y recogió los dátiles que yacían en ramo a los pies de varias de las palmeras. Tomó los que eran aptos para el consumo, los colocó sobre un platillo y acercó éste al fuego para que el calor derritiese ligeramente su azúcar natural, ya que en las noches se solidificaba.

Con el sabor de la bebida y los frutos en la boca, el adulto comenzó a notar su cuerpo pesado, cansado. Entró en su pabellón y se tendió con cierta dificultad. Afuera, Amwal regresó del interior de su carpa con un buen número de pergaminos y varios pliegues llenos de hojas garabateadas que dispuso sobre la cobertura verde que tapizaba el oasis.


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El fuego de la hoguera se había extinguido cuando, por el horizonte, los rayos del sol aún se hallaban muy lejos para apartar las estrellas del firmamento.

En su carpa, Aram intentó despertar. Aturdido, sentía cómo alguien lo acariciaba para palpar su cuerpo bajo la túnica, buscando la erección de sus pezones adultos. No podía abrir los ojos y permanecía inmóvil. Quería alzarse, gritar; pero le era imposible. Sin embargo, aquellos dedos continuaban deslizándose, esta vez siguiendo la estela de la horizontalidad y desbordando su abdomen.

Su indumentaria parecía deshacerse sobre la piel mientras cada pliegue emitía su quejido, seco y efímero. No podía ver nada. Todo estaba ahora oscuro. No se oía nada.

Su boca estaba pastosa, saturada aún del azúcar de los dátiles ahogados en el té. Su lengua yacía anestesiada. Las caricias se detuvieron. De pronto, apareció totalmente desnudo y su sexo estimulado. Hacia allí se dirigió la humedad de una lengua viscosa, violenta, que se detenía sobre el extremo para describir pequeños círculos.

El placer que lo tenía atrapado era extremo, un fuego le quemaba todo el cuerpo y pronto eyaculó abundantemente. El líquido, pegajoso y espeso, se deslizaba por el abdomen y la pelvis. Aunque quiso gritar, su garganta no emitió sonido alguno.

Esta vez su boca fue atacada de forma virulenta. Una serie de mordiscos apresaron sus labios, y creyó intuir que la sangre corría por una de las comisuras en un fino hilo que descendía hacia el cuello. Sentía placer y dolor sin distinguir dónde comenzaba uno y dónde terminaba el otro.

Intentó abrir los ojos otra vez, sin éxito. Pero de repente, su sentido del olfato captó una esencia que le resultaba familiar a pesar de la parálisis de su discernimiento. Sus pulmones comenzaron a henchirse lentamente, a embotarse de aquella fragancia que logró atravesar cada pequeño rincón de su ser.

Creyó oír un leve susurro rodar por sus oídos, como si fuera un gran océano en calma, como si las olas llegaran a la orilla pero en silencio; sólo murmurando su vaivén.

Pronto, su lengua fue asaltada y conquistada.

Es... ¡canela!

Como si de un milagro se tratase, pudo abrir los ojos para gritar con todas sus fuerzas.

¡Amwal!

Despertó empapado en sudor y luego distinguió su figura en la entrada de su propia carpa, quien lo observaba sorprendido por el alarido que lo había apartado de la laguna donde se daba un baño. Su cabello azabache goteaba, dejando escapar el agua matutina y fría, resbalándose por aquel torso bien formado, imberbe; aunque lacerado por el pasado y una cicatriz que atravesaba uno de sus pezones erectos de forma perpendicular.

— ¿Qué os sucede? —dijo extrañado.
—Nada... Tuve una... —miró hacia otro lado.
— ¿...una pesadilla?
—Yo… No… —se agitó sobre la alfombra y se giró para darle la espalda. —Creo... que sí —y Aram se sumió de nuevo en el letargo.



Continuará...

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