Cosmos | Volumen IV :: Para leer on line~

Como dije hace poco en mi página de Facebook, las obligaciones de mi otra vida me apremian. Es por eso que he estado un poco desconectada de todo lo relacionado con el blog. 

Sin embargo, en los últimos días he estado retomando mis clases de narrativa y recursos literarios, y he avanzando en los cimientos de mi próxima novela. Una historia narrada en primera persona que ahonda en la vida del protagonista principal: un ilustrador atormentado del siglo XIX que huye de su pasado para al final acabar enfrentándose a él.
Os prometo que la obra no os defraudará

Pero hoy quiero seguir avanzando en la serie de entregas literarias para leer en el blog. Habíamos dejado la historia de Cosmos en el volumen tercero. Hoy toca el cuarto


Recuerda que la portada ha cambiado y que puedes conseguir esta pequeña gran novela tanto en formato digital como en papel. AQUÍ más info.

Los capítulos de hoy son pura delicia para los cinco sentidos. Eso es para mí Cosmos: un canto a la vida y a lo sensorial, a la sencillez de cada día y a sus acciones diarias

No te pierdas el volumen de hoy. Y si ya lo conoces, es un buen momento para recordarlo.

Nada más por hoy. Que paséis un estupendo fin de semana y hasta muy pronto~!!

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











::NO COPIES. SE ORIGINAL::




CAPÍTULO VII

Deslizó suavemente los cabellos que le caían graciosamente sobre el rostro, y se quedó contemplando sus facciones pueriles y otras ya adultas. Sus párpados, cerrados, ocultaban aquellos bellos luceros, grandes y negros, que guardaba anudados en sus noches solitarias. Se acercó, despacio, y se inclinó un poco más sobre él con el propósito de robarle del dulce bálsamo que desprendía a azahares. Se llevó esa esencia a la boca y la saboreó con mesura.

Sin abrir los ojos, acortó más la distancia que los separaba hasta posar sus labios e imprimir un delicado beso sobre el rostro. Los dejó allí hasta sentir, a través de ellos, la calidez que irradiaba el cuerpo del joven para ascender a los suyos. Lentamente.

Se dio cuenta de que sus manos se habían posado sobre él. Una, sobre la base del cuello; la otra, casi superpuesta sobre la del muchacho, buscando de nuevo la incandescencia que emanaba de forma natural, mezclado con las suaves fragancias que lo emborrachaban de pasión.

Desde la base del cuello acarició con admiración las formas que se ocultaban bajo la delicada tela con la que Ibrir se cubría para dormir, y adivinó la morfología de sus huesos bajo la carne dorada. Las yemas de sus dedos gemían extasiadas.

La mano enlazada era examinada con precisión, admirando las líneas que surcaban la palma y apreciando el diminuto lunar redondo con que se caracterizaba la mano diestra del joven. Quiso besarlo.

La noche seguía caminando y las estrellas la seguían. Afuera sólo se oían las esporádicas llamadas que realizaban las cabras y otros animales, que se agitaban cuando había alguna pequeña ráfaga de aire. La luna estaba desaparecida y la oscuridad en el desierto era total a no ser por las pequeñas antorchas que proporcionaban lumbre en la zona central donde las carpas se disponían como en círculo o elipse.

En una de ellas yacía Aram, completamente dormido, cuyos dedos agarraban la tela azul del turbante de Ibrir.


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El amanecer llegó puntual y descubrió a todos sumidos en el sueño profundo, excepto a él. Se había aseado en la mañana con agua fresca y cubierto con otra ropa, limpia y dispuesta para el día de hoy. No obstante, llevaba la cabeza descubierta y el cabello, húmedo aún, caía sobre los hombros de forma resuelta. Se calzó las sandalias y salió del interior de la lona para dedicar la última mirada a Amwal; éste yacía a unos palmos de lo que había sido su lecho y parecía sumido en un sueño intenso.

Cuando llegó a la carpa del extranjero, éste aún dormía plácidamente. Sonrió con ternura y después picardía. Depositó sobre la alfombra, y a un lado, la bandeja con lo que había dispuesto para el desayuno: queso fresco, miel, té caliente, y los pastelillos pegajosos que más le gustaban.

Se reclinó y, tímido, comenzó a morder el lóbulo de la oreja que quedaba al descubierto. A Ibrir aquello le divertía y dejó escapar los espasmos que la risilla le producía. Pese a ello, no se había percatado de que Aram fingía estar dormido desde mucho antes. Expectante, aguardaba el momento adecuado.

El bereber mordisqueó con más fuerza y, cuando se dio cuenta, se encontró bajo el cuerpo ardiente y vigoroso del adulto. Atrapado bajo los brazos de éste, había quedado a su merced. Pronto percibió la grandeza de los genitales hinchados contra su pelvis, que se agitaban bajo la prenda, y se ruborizó un poco.

—Trajiste el desayuno. Puntual —señaló mientras le mostraba aquella sonrisa devoradora. —Veamos qué tenemos por aquí.
—Te traje dulces, té... —explicaba mientras intentaba señalar la bandeja situada en el suelo.

Aram lo escuchaba sin atención, asintiendo de forma mecánica. Esperaba que el adolescente concluyese para boicotearlo. Silencio.

—El alimento del que hablo no está a tu vista —y mojó sus labios, provocador y lascivo.

Dicho esto, comenzó a descender entre caricias por el cuerpo del joven. Ibrir sentía cómo las grandes manos se clavaban en su cintura mientras la lengua alzaba cada poro de piel. Las mejillas le ardían.

Apartó la vista del techo para examinar cómo su epidermis y su sexo eran devorados sin misericordia. Se mordió los labios, el dedo índice, y dejó escapar los gemidos que Aram perseguía. La victoria fue un manantial blanco y fértil que brotaba sin control. Succionó, hambriento y poseído, por la soledad de la noche previa.

Subió a los labios para besarlos despacio, con ternura. Sin dejar que el muchacho se recuperara, localizó la bandeja y dejó allí tendido y desnudo al tuareg, quien temblaba por el éxtasis derramado.

—Conozcamos ese delicioso desayuno que has preparado —dijo levantándose para acercar la fuente. Acto seguido sirvió los tés y le ofreció un par de pastelillos.

Ibrir devoró los alimentos y se acurrucó en el regazo de Aram. Éste masticaba despacio, bebiendo el líquido a pequeños sorbos para mezclarlo con aquellas texturas empalagosas y dulzonas. El adolescente, desde su posición, lo contemplaba y admiraba perdiéndose en sus propios pensamientos.

Cerró los ojos, su rostro resplandeció satisfecho y permaneció allí para que el tiempo se detuviera. El adulto comenzó a observar y acariciarle una vez se hubo quedado puerilmente dormido entre sus piernas, abrazado a él.




CAPÍTULO VIII

Había transcurrido una semana desde su primer contacto con el desierto. Sofocado por el calor, los días eran duros y pesados. Como cada mañana, el sol se hacía enorme y poderoso a unos palmos del horizonte, llevándose consigo el fresco nocturno y las fragancias suaves y dulces con las que la luna se había convertido al lado de Ibrir.

A pesar de ello, se sentía complacido. Desde que llegó de la ciudad había sido acogido como un integrante más en aquella gran familia, participando en las tareas de pastoreo, fabricación de pieles caprinas y su cuidado, e incluso aprendiendo a elaborar quesos frescos y pastelillos aderezados con miel.

Me siento... ¿feliz? ¿Es ésta la palabra que acude a mis labios de forma silenciosa?

Descubrió que gozaba acechar a Ibrir desde el ángulo de sus ojos. Sin que éste fuera consciente, Aram quedaba embelesado en cada uno de los actos del muchacho, especialmente en los cotidianos o más sencillos. Sus sentidos siempre andaban revoloteando alrededor de su presencia. Aquel joven le había elevado.

Bajo una de las carpas principales, ambos preparaban queso. Reían y bromeaban cuando Amwal se deslizó como un espectro y apareció ante ellos. Su rostro serio contrastaba con la jovialidad de los otros dos.

—Ibrir, nuestro Padre desea verte.

El adolescente dejó de preparar los moldes para las cuajadas y salió sin mediar palabra. Sólo quedaron en el interior de la lona los dos adultos. El más joven observaba las manos del otro quien, con sutileza y resolución, las hundía en el líquido inmaculado que ya comenzaba a espesarse muy ligeramente. Así permaneció por un largo instante, evaluando el aprendizaje del mayor al no perder detalle de todo cuanto hacía. Aram esperaba sus palabras.

—Hace una semana que llegasteis. ¿Os encontráis cómodo entre nosotros?
—Sí. Agradezco Vuestra hospitalidad —expuso alzando la cabeza para detenerse en aquellos ojos oscuros. —Si hay algo que preciséis, será para mí un placer atender Vuestras peticiones.

Amwal asintió, sobrio aunque educado, mientras el extranjero reanudaba su tarea. Aquél pareció irritarse un poco. Se aproximó decidido para posicionarse frente a él.

—Mi hermano profesa verdadera devoción por Vos. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo vi tan...
— ¿Colmado de vitalidad? —Aram continuaba su labor como si fuese mero testigo de un diálogo del que no formaba parte.

Ahora, una vez mezclada la leche con el cuajo, se disponía a verter el líquido sobre los moldes que el adolescente había preparado. Con cuidado y curiosa destreza, iba rellenando los redondos recipientes mientras el otro, detrás, seguía observándolo en silencio. Permanecía callado cuando de repente el mayor prosiguió el extraño diálogo.

—No busquéis en mí el origen de ello. Vuestro hermano es quien ha dado ese paso por sí solo. Yo únicamente soy un simple espectador. Como Vos. —Y esta vez clavó de nuevo los ojos en el otro, quien desvió la mirada hacia las molduras, ahora rebosantes de leche espumosa.

Ésta empezaba a solidificarse y comenzó a impregnar el espacio que los envolvía con un sabor aún más penetrante y ácido. Aram reanudó su tarea sin dejar de prestar atención a los moldes. Amwal había quedado inmovilizado por las palabras que acababa de oír.

—Ibrir me comentó que os conoció en Marrakech…

Su mirada seguía anclada sobre la nívea textura de los quesos, aunque su espíritu se movía inquieto alrededor. Reunió la soberbia que había nacido dentro de él y alzó la mirada para alinearla con la del foráneo. Una batalla silenciosa.

— ¿Puedo preguntaros qué hacíais allí?
—Fui objeto de un malentendido y secuestro. Disculpad, pero es un asunto del pasado del que no deseo remover sus cenizas —se dibujó una amarga sonrisa en el rostro. —No temáis. No albergo sentimientos dañinos contra Vuestro hermano —Amwal apartó la vista y cambió de tema.
—A propósito, partirá con mi Padre a Casablanca. Mañana. Es un asunto familiar, pero regresarán al cabo de una semana. Entiendo que gozaremos de suficiente tiempo para conocernos —y acto seguido el adolescente llegó con la noticia a la carpa.
—No te preocupes, permanecerás aquí con él y mi familia. Ya sabes que estás entre iguales y que todo es de la comunidad —observó al otro — ¿Por qué no le llevas al reducto de observación? Estoy seguro de que le gustará.
—Es una buena sugerencia —señaló sin apartar los ojos de Aram. —Mañana podemos comenzar a organizar los preparativos. Calculo que en la noche estaremos instalados.
— ¿Se encuentra muy lejos? —Amwal se sorprendió de que el extranjero supiera perfectamente de qué hablaban.

Ibrir... te has entregado a este hombre, ¿verdad?

Los celos comenzaron a entumecer su mandíbula y sus puños.

—No, en caballo no se demora demasiado. Hace algo más de un año que no he podido visitar aquel lugar. Él prefiere que permanezca aquí y...
—Estimo que ha llegado el momento de que vuelvas a acompañarme en aquellos viajes —dijo acercándose al joven y tomando sus manos entre las suyas. —Ha sido mucho tiempo, es cierto. Pero deja que te compense esta vez. Cuando regreses de Casablanca serás testigo —y acto seguido lo besó muy cerca de las comisuras de los labios.

Amwal se despidió y salió del pequeño pabellón, ebrio de la acidez de los requesones que comenzaban a fermentar y de su orgullo herido pero ávido por demostrar de lo era capaz.

Ibrir, Ibrir.


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—Creo que aquí hemos terminado. Todos los moldes han sido cubiertos.
—Vayamos a asearnos.
—Llevaré agua a tu carpa. Espérame allí.

Ya en la lona, comenzaron a enjuagarse y desprenderse de los vahos lácteos. El agua recorría la piel del adulto cuando, una vez desnudo, había dejado caer la ropa a un lado. Su cuerpo, exquisito y varonil; su sexo, tirante, erguido. Miró fijamente al bereber y sólo necesitó pronunciar una palabra.

—Ven.

El muchacho obedeció de forma automática, hipnotizado. La voz de Aram le sumergía en un submundo donde se sentía acariciado por aquel tono rasgado y seductor. Parecía como si se hundiera en su garganta, como si no pudiera escapar al encanto mágico que se creaba cuando vibraban sus cuerdas vocales.

Se fundieron en un abrazo. La boca del adolescente fue violentamente asaltada por una febril lengua. El adulto buscaba en ella su alma para intentar sustraérsela, para ponerla a salvo. Sus brazos estrechaban con fuerza su cuerpo, prisionero entre aquellos muros llenos de hermosa convicción.

Lo rodeaban de tal forma que podía sentir como suyos los agitados latidos de Aram quien juzgaba, aterrorizado en su interior, que iba a desmoronarse con la sola idea de perder a su amado Ibrir.


Continuará...

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