El abrazo de Apolo | Rapsodia IV :: Escena 5 - Para leer on line~

Y toca a su fin la Rapsodia IV. Han sido varias semanas entregándoos las diversas escenas que conforman el comienzo de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. A partir de ahora subiré episodios del resto de relatos y novelas que tengo publicadas. ¿Cuáles? Ya veré en los próximos días ;)

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs. Y agradecer también a todxs aquéllxs que habéis leído las escenas compartidas.




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Buena semanita para todxs
Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO COPIES. SE ORIGINAL::






RAPSODIA IV - Escena 5


Frente a ellos se desplegaba una abundante cantidad de platillos de todo tipo. Carne asada, nueces, pan recién horneado, queso cortado en rodajas, trozos de fruta fresca como manzanas y uvas, pasteles diversos. Todo había sido preparado con meticulosa precisión y presentado con máximo cuidado. Kyros comía despacio y procuraba tomar un poco de cada plato. El pan se deshacía en su boca, las aceitunas negras tenían la acidez adecuada. Pero Nikandros apenas probaba bocado y todo lo que tomaba era vino.

—¿Y el elixir? ¿L-lo… habéis traído?
—Está aquí —respondió al señalar la jarra próxima a él. —Lo diluí y pronto hará su efecto.

De repente, la puerta se abrió y comenzaron a entrar varias muchachas vestidas con sedas de colores. La música sonaba tras ellas y los tres músicos se sentaron frente a la pareja. Las bailarinas se dirigieron al centro de la sala para formar círculos ondulantes. Kyros estaba encantado porque reconoció la melodía. La había aprendido en sus clases de canto y pronto comenzó a tararearla. Hasta seis mujeres llegó a contar y cada una de ellas representaba un trozo de la composición mientras las otras daban palmas a su alrededor.

— ¿Te gustan?
—Sí, bailan muy bien…
—¿Y como mujeres que son? —preguntó Nikandros.

Kyros no entendía el significado de aquella pregunta y se limitó a observar a las bailarinas que continuaban en lo que era una pieza musical tradicional.

—Vamos. No tienes que callarte. ¿No te resultan hermosas?
—Como lo son nuestras diosas… —alcanzó a decir.
—No me refiero en ese sentido... Mírame cuando te hablo —ordenó antes de agarrarle de la barbilla. —¿Hay alguna que te agrade como mujer?
—No sé dónde queréis llegar… —confesó ruborizado.

Kyros ya no las miraba porque había perdido el interés. Nikandros tomó su jarra y vertió el líquido granate sobre su copa sin importar cómo rebosaba. Entonces hizo una señal con la mano y las muchachas dejaron de interpretar la coreografía que estaban realizando para acercarse al diván donde la pareja permanecía recostada. La que parecía ser la principal tomó de la mano a Kyros y, ante la actitud conforme de Nikandros, bajó del lecho. No sabía que iba a suceder a continuación.

Rodeado por las seis bailarinas, éstas reiniciaron la danza. Sin embargo, los pasos ya no eran los mismos y poco a poco cercaron al efebo hasta pegarse a él. Después empezaron a acariciarlo y otras le daban vino en diversas jarras. Todas sonreían pero había algo en aquellos gestos que no era real. Kyros no lograba comprender qué estaba sucediendo. La música se había vuelto estridente y lo que antes habían sido gestos inocentes ahora resultaban ser carcajadas grotescas. Estaba mareado.

Por fin terminó la danza y una a una las muchachas fueron abandonando la estancia. La última acercó al efebo de vuelta al diván y le estampó un sonoro beso en los labios que lo tomó por sorpresa. Quería apartarla pero no sabía cómo hacerlo sin ser grosero.

—¿Te ha gustado? —Nikandros lo atrajo hacia sí y lo abrazó por la espalda. —¿Os he dicho que esta noche estás especialmente bello?
—Sí… aprecio vuestros halagos… —cerró los ojos perfilados de negro para recibir el beso del adulto. Pero no llegaría y en lugar de ello tomó otro trago. —¿No os incomoda que… me haya… besado una mujer?

Kyros tenía mucha sed pero no se atrevía a empuñar su vaso.

—¿Es que acaso no te ha gustado?
—Sí… no… ¡No, no me ha gustado…! ¡No me gustaría presenciar cómo besáis a una mujer o a un varón que no sea yo! —expuso irritado.

Kyros deseó con todas sus fuerzas que el jinete hiciera la misma confesión tras oír su sincera declaración. Pero en lugar de ello Nikandros se limitó a beber directamente de la jarra. El vino parecía no acabarse nunca. ¡Ojalá esta absurda celebración finalice pronto!

Cuando la puerta de nuevo se abrió, el efebo dio un respingo y se le cayó la copa vacía al suelo. Ésta rodó por el mosaico hasta romperse una de sus asas de cerámica. Dos muchachos entraron haciendo malabares y se detuvieron frente a ellos. Iban vestidos como si provinieran de tierras lejanas y sus ropas de estilo oriental les daban un aire misterioso. Sus ojos pintados de colores oscuros y también dorados los situaban en escenarios propios del Egipto de los faraones. Por fin Kyros olvidaría esa sensación extraña que se revolvía por su cuerpo.

De pronto aparecieron dos panteras. Negras y brillantes, iban amarradas y aunque rugieron en un par de ocasiones, Nikandros no se alteró. Aquello dio cierta tranquilidad a Kyros, quien se abrazó a él con fuerza.

—Están domesticadas. No nos harán daño.
—Parece como si ya las conocierais… —dijo sin dejar de mirarlas. —Jamás había visto semejantes animales…
—No te pierdas lo que va a suceder. Es el número más importante de la noche —indicó antes de besarlo como hacía mucho tiempo que no hacía. Kyros se había excitado y deseó estar a solas con Nikandros, lejos de todos aquellos desconocidos.

Los dos muchachos llevarían a cabo diversos números donde los animales obedecían sus órdenes. Así saltarían a través de un aro en llamas o les dejarían tocar aquellos afilados colmillos en un acto de osadía por parte de uno de los acróbatas. Kyros estaba realmente impresionado y no podía apartar sus ojos de las panteras. Quiso acercarse para tocarlas, pero no se atrevía. Dudaba cuando comenzó a experimentar un extraño cosquilleo que le erizó la piel. Al principio creyó que era producto del miedo ante la idea de acariciar a aquellas fieras, pero luego se dio cuenta de que no era eso y cruzó las piernas para intentar aplacar la fuerte erección que tenía de repente.

Terminado el último número, la sala se quedó vacía. En cuanto la puerta se cerró, Kyros se abalanzó sobre Nikandros y comenzó a besarlo. Una violenta marea con sabor a alcohol entró en su boca cuando encontró la lengua deseada. Estaba muy excitado y necesitaba ser tomado cuanto antes. El terrateniente, detrás de él, lo atrajo hacia sí y lo oprimió bajo su cuerpo. Ya se levantaba la túnica para mostrar su poderosa erección y Kyros imaginaba que el elixir habría hecho el efecto deseado. Por fin podría gozar junto a Nikandros.

—Cierra los ojos —indicó éste.

El joven obedeció.

—Espera un momento... Y no abras aún los ojos.

Impaciente por unirse a aquél, Kyros sentía que el alcohol y el deseo habían secuestrado su cuerpo. No podía razonar porque deseaba arrancarse la túnica.

De pronto sintió cómo unas manos desconocidas le acariciaban. Se sobresaltó, pero no tenía fuerzas para apartarlas. Su piel seguía erizada, jadeaba cada vez que aquellos dedos sin rostro le pellizcaban alguna zona sensible.

—Nikandros… ¿qué sucede?

Cuando abrió sus ojos perfilados de negro se dio cuenta de que todo estaba a oscuras. No podía ver nada aunque sabía que no estaba a solas con él.

—No preguntes y disfruta, mi bello efebo —susurró antes de besarlo.

Sintió cómo el jinete se retiraba del diván y alguien se reclinó sobre él. Kyros estaba enajenado, no comprendía lo que estaba sucediendo. Gemía y apenas podía hablar. Era masturbado por varias manos y al final eyaculó tras un largo espasmo. Lejos de disminuir el deseo, continuaba con aquella carne tirante, vertical.

Después fue obligado a penetrar el cuerpo de un varón que se había sentado encima de él. Apenas emitía jadeo alguno pero podía percibir cómo resoplaba. Otra vez se derramó y el semen se deslizaba viscoso sobre el vientre.

Súbitamente se hizo una luz muy cerca. Así, al fin pudo distinguir la escena. Kyros comenzó a reconocer los rostros de los acróbatas. Seguían ataviados con sus ropajes egipcios y reconoció al que seguía rebotando sobre su abdomen. El segundo mordisqueaba sus pezoncillos. Nikandros, sentado frente a él, miraba sin pestañear y parecía disfrutar de la escena. Pese a ello, su rostro cambió de expresión y no tardó en abandonar la habitación cuando lo asistió su hombre de confianza. Kyros estaba seguro de que se había enfadado.

—Nikandros… —apenas era capaz de hablar y sintió vergüenza de sí mismo.

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