El abrazo de Apolo | Rapsodia IV :: Escena 4 - Para leer on line~

Nos acercamos al final de la Rapsodia IV.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs. 


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Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos






El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA IV - Escena 4


Días atrás la ciudad de Mantinea los había recibido con los brazos abiertos. Habían entrado por la puerta principal de la muralla como si se trataran de héroes a la altura de los mismísimos Herakles o Aquiles. Tebas y las polis que se le habían unido por fin acudían en su ayuda. El primero en recibir a los beotarcas tebanos había sido Licomedes, uno de los principales impulsores de la Liga Arcadia, al que inmediatamente se le unieron el resto de figuras destacadas del gobierno democrático de la ciudad. Mañana tendría lugar la reunión entre los diversos líderes. La Liga Arcadia y la creación de la ciudad de Megalópolis serían los temas principales.

Ahora había caído la tarde y Diokles, enfundado en su capa militar, se encontraba paseando entre sus hombres. Algunos dormían, otros charlaban junto al fuego o limpiaban su espada o coraza, y los más ruidosos jugaban a los dados. Desde aquella vez, el oficial apenas había hablado más de lo preciso. Salvo la ocasión en que presentaría sus tropas a los dirigentes de Mantinea, había evitado a los demás aunque había encontrado consuelo en las conversaciones con Lysandros.

Aún no se acostumbraba a la ligera tirantez de la sutura y rehusaba tocarla. A pesar de su curiosidad, era incapaz de mirarse en el reflejo del agua y llevaba varios días sin dormir no más de tres horas seguidas. No dejaba de pensar que Alexios lo rechazaría nada más verlo.

Reconoció el sonido agudo de una lechuza sobre él cuando distinguió a Asopico, el joven que lo había atendido tras despertar de la cirugía. Lo había visto varias veces y le pareció un buen muchacho, sobre todo sabiendo que se trataba del amado del beotarca. Por esa misma razón le desconcertó verlo atravesando el campamento a toda prisa. Apretaba los puños y sospechó que mascullaba algún tipo de maldición. Parecía que seguía a alguien, pero no logró determinar a quién. Al final, el hoplita entró en la carpa de Epaminondas.

Diokles experimentó una inesperada envidia que lo confundió. Se imaginó la escena entre el beotarca y su protegido. Podía distinguirlos de forma nítida en sus pensamientos y por un momento creyó oír sus jadeos imaginarios. Pero el muchacho salió despavorido de la carpa y pateó algo que se encontró en el suelo. Algunos soldados se giraron y poco después Asopico avanzó hacia él. Como no pareció verlo cuando pasó por su lado, Diokles lo llamó.

—Disculpadme, pero ahora no es el mejor momento, oficial… —parecía disgustado.
—Sólo será un momento, soldado.

Quería darle las gracias por las atenciones recibidas tras el amargo incidente.

—Olvidáis algo más —dijo Asopico después.
—¿De qué se trata?
—Quise compensaros con un par de liebres y las rechazasteis.

Entonces recordó el momento y los sucesos posteriores. Aquella mañana había estado realmente enojado porque el cautivo cambiaría su declaración. Diokles detestaba a aquellos hombres de cuya palabra no podía fiarse.

—Tienes razón. Déjame compensarte —se acercó.
—Disculpadme, oficial. He sido muy osado al hablaros en ese tono. Teníais todo el derecho a rechazarlas si vuestras obligaciones os apremiaban. Os dije que no era el mejor momento…


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Diokles comenzó a andar y Asopico lo siguió. Estaba ligeramente intrigado por el oficial a pesar de que no dejaba de pensar en Epaminondas, en cómo lo que los unía se iba desvaneciendo poco a poco. Sin embargo, tenía alguna esperanza de que permaneciese a su lado y por eso debía aprovecharla.

Diokles se paró junto a unos soldados que jugaban con los dados y se los pidió por un momento.

—¡Juguemos! —retó el oficial. —Demuéstrame que eres tan hábil como el gran Aquiles.

Asopico, a lo lejos, vio cómo Epaminondas y Cafisodoro parecían mantener la charla de casi todas las noches. Sin poder evitarlo, no reparaba demasiado en el resultado de los dados tras lanzarlos contra el suelo y esperó a que el jinete de largos cabellos se apartara como tantas veces solía hacer, pero eso no sucedió esta vez. En su lugar se marcharon del campamento.

—Juguemos, oficial. Es lo único que ahora me importa —sentenció al tiempo que comprendía que había sido derrotado.

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