El abrazo de Apolo | Rapsodia IV :: Escena 3 - Para leer on line~

Continuamos la Rapsodia IV.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.



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Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos




El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA IV - Escena 3


—Me envía Gorgidas. Mi nombre es Drakon.
—¿Sigue en Delfos? —preguntó mientras abría la carta que le había entregado.
—Sí.
—¿Eres de allí, verdad? —tras leer el escrito por encima, volvió a dirigirle la mirada. —El acento te delata.

Nikandros iba a llenarle la copa pero se dio cuenta de que no había bebido aún. A continuación, tomó la suya y la apuró con rapidez. El líquido se derramó de entre sus labios y se limpió con el dorso de la mano. Por fin Gorgidas le enviaba a alguien para que le ayudara a ocultar sus escarceos furtivos.

—Seré breve, Drakon. Estás aquí para servirme sólo a mí —se cruzó de brazos tras echarse contra el respaldo del asiento. —Te prohíbo que hables con el resto de sirvientes o moradores de esta casa y con cualquiera que habite bajo mis dominios, especialmente con mi protegido o sus amistades. Sólo tendrás palabras para mí.
—Sí, mi señor.
—A cambio, tendrás tu recompensa cada mes y no te faltarán mujeres. O muchachos. Me es indiferente.
—Sólo me interesa el dinero, mi señor —dijo Drakon.

Nikandros se acercó al borde de la mesa que los separaba y esbozó una desconcertante sonrisa.

—Si desobedeces mis órdenes nadie sabrá dónde tiraré, yo mismo, tus huesos.


-----∞0∞-----


Varios días después, Kyros y Nikandros fueron a la casa rural para la celebración de la llegada de la efebía del muchacho. Tal como había dispuesto el terrateniente, se trataría de un festejo privado. El joven ignoraba los detalles del acontecimiento aunque en su recuerdo estaba el que había preparado Diokles para Alexios. No habría nadie. Sólo Nikandros y él.

Adara y Evadne, las esclavas de confianza, permanecían en Tebas por orden de Nikandros; así que Kyros fue despertado por una de las muchachas de la casa rural. Lo acompañaría a la sala de aseo donde, con otras iguales, lo bañarían y le darían masajes con aceite de oliva. Con un peine nacarado habían ordenado sus cabellos sobre la espalda. Luego perfilaron sus ojos de negro. Lo vistieron con una túnica de lana que tenía una orla de color verde en su extremo inferior. Se la ciñeron a la cintura como era habitual y luego fue cubierto con el manto sobre el hombro izquierdo. Se puso los dos anillos de plata que le ofrecieron y finalmente fue conducido a la sala. Allí lo aguardaría Nikandros. La esclava que lo acompañaba lo dejó delante de la puerta.

—Aquí he de retirarme, mi señor. Sólo tenéis que llamar y entrar. Por favor, no olvidéis cerrar. Son órdenes del amo.

Kyros fue abandonado a su suerte y entonces se percató del silencio que había. Nada se oía más allá de la portezuela ni del resto de la casa. Parecía que, de repente, estaba totalmente solo. Su corazón comenzaría a latir muy deprisa y sus manos, de palmas amplias, sudaban.

Sin saber de dónde, el sirviente privado de Nikandros surgió de repente. Sin mediar palabra, abrió la puerta. Kyros dio pasos cortos e inseguros y accedió a la estancia. Detrás, el hombre la cerró.

El muchacho comprobó entonces la falta de claridad que lo rodeaba. Sólo una luz al fondo. Decidió avanzar hasta ella mientras se preguntaba qué significaba aquello. Poco a poco se deslizaría por el suelo y, descalzo, caminaría sobre el gran mosaico que oscurecido se abría bajo él. Había en el ambiente un delicado perfume que le recordó a los jardines de su casa en Tebas. Llegó hasta la luz y la tomó entre sus manos. Estaba caliente pero sintió cierto alivio porque sus manos estaban frías.

—¿Nikandros? ¿Estáis ahí? Por favor, salid… —dijo cuando creyó que estaba oculto en la oscuridad.

Kyros oyó cómo la puerta, por la que había accedido, volvía a ser abierta. Intentó averiguar si era él pero no podía ver nada. Como se impacientó, la lámpara caería al suelo y la sala quedaría totalmente a oscuras.

—¿Nikandros? ¿Sois vos? Me estoy asustando…

El muchacho caminó desorientado con los brazos extendidos para no tropezar. Se sobresaltó cuando fue atrapado por unos brazos que surgieron de repente. Dio un grito e intentaría escapar hasta que oyó una segunda voz.

—¡Soy yo! Tranquilízate —dijo Nikandros al tiempo que lo agarraba con sus enérgicas extremidades. —Estoy aquí.

Pero Kyros quería desprenderse de su lado y salir de allí como fuese. Se había enfadado y creyó que se había burlado de él.

—¿Dónde crees que vas?
—Me habéis asustado y sin razón alguna. ¡Quiero irme de este sitio!

Había un silencio extraño que impacientaba aún más al muchacho. No tenía un buen presentimiento.

—Discúlpame si así ha sido. Por favor, no te marches. Esta celebración es para ti —dijo antes de acariciarle las manos.
—¡Pero aquí no hay nada…!

Nikandros entonces golpeó el suelo con algo y el portón se abrió despacio. Así entró una fila de esclavas portando lámparas de aceite que de forma inmediata iluminaron el lugar donde se hallaban. Kyros quedaría sin palabras cuando vio las flores sobre el suelo y un diván ricamente adornado muy próximo a ellos. Junto a él, una mesa contenía un par de copas y un jarrón de cerámica brillante. Ya no insistía para zafarse de los brazos que lo rodeaban.

Las sirvientas dejaron también la comida y muy pronto volvieron a quedarse solos. Esta vez, unidos por los besos que se regalaron.

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