El abrazo de Apolo | Rapsodia IV :: Escena 2 - Para leer on line~

Febrero ya está aquí y a mí me gusta este segundo mes muy mucho.

Continuamos con la última de las rapsodias que voy a compartir hasta el momento. Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.


Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.

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Para leer la Escena de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.

Buena semanita para todxs


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos









El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::






RAPSODIA IV - Escena 2



Kyros correteaba detrás de su hermana gemela y de otras niñas que vivían en la casa. Algunas eran las hijas de las dos concubinas de su padre, prisioneras de guerra, pero no lo sabría hasta muchos años después. Aquella habitación era su preferida desde que tenía uso de razón. Su madre, sentada frente al telar más grande que jamás hubiese visto, pasaba horas tejiendo y a veces, cuando ya estaba muy cansado de jugar, se admiraba de sus manos. Rápidas como las de Atenea, el ovillo se deslizaba de un lado a otro para, lentamente, desvelar formas y colores nuevos. Entonces ella se daba cuenta, le sonreía y abría sus brazos para recibirlo.

  —Mi bien amado Kyros…
  —Madre, —decía después de ceñírsele alrededor del cuello —enseñadme a tejer para que os pueda ayudar.
  —Eudokia lo hará.
  —Pero a ella no le gusta el telar porque quiere aprender a montar a caballo, a cazar como Artemis.

A su lado, las madres de las chiquillas y otras esclavas también tejían, aunque sus piezas eran más modestas. Junto a ellas estaba su nodriza, la cual había sido contratada por la familia del padre para tutelar a los gemelos.

  —Vuestros destinos serán muy diferentes, hijo mío. Son las leyes de los hombres —le dio un beso en la frente. —Ve a jugar con tu hermana…
  —Dejad de importunar a vuestra madre —interrumpió la nodriza. —Kyros, sois el varón y primogénito así que tenéis que dar ejemplo a Eudokia.

La pequeña, que había oído aquellas palabras, se sentó en el suelo. Tomó una de las muñecas y se puso a jugar. Inmediatamente, las otras la imitaron y el pequeño se les unió por último. Así pasarían la mañana hasta que llegaron ruidos de fuera. Se distinguían las voces de varios hombres.

  —Madre, ¿no es nuestro padre? Ya ha llegado de la guerra… —dijo Eudokia levantándose.
  —Queremos verlo…
  —¡No iréis a ninguna parte! Esperad aquí —replicó la nodriza.

Pero no parecían conformes y se sentaron junto al portón que separaba la habitación de las mujeres del resto de la vivienda. Cuando ésta finalmente se abrió, entró una esclava para comunicarles que ya podían acceder al aposento donde aguardaba el señor de la casa. La nodriza los llevó hasta allí y nada más verlo se arrojaron sobre él al tiempo que lo colmaban de besos. Kyros se echó a llorar y tardaría algo más que su hermana en separarse de los brazos de su padre. Sin embargo, no habían reparado en el joven adulto que lo acompañaba.

  —Éste es Epaminondas. Un soldado de Tebas que días atrás le ha salvado la vida a un importante militar en la batalla contra Mantinea. Es nuestro invitado de hoy.
  —¿Y cuál es su nombre? ¿Y por qué no ha venido? —quiso saber Eudokia.
  —¿Quién? ¿Pelopidas? —Epaminondas los miraba con atención.
  —A quien tuvisteis el valor y coraje de salvar —dijo Kyros de forma muy cortés. —¿Pelopidas es su nombre?
  —Así es.

La nodriza hizo una señal de reprobación y los gemelos se situaron a su lado.

  —Dejad de hacer preguntas. No molestéis al hoplita —censuró.
  —No me molestan. Todo lo contrario —se dirigió a la niña. —Pelopidas no ha venido porque un amigo suyo ha muerto en esta guerra.
  —¿Está muy triste?
  —Mucho —respondió, y entrelazó las manos. —Se llamaba Timaios.
  —La semana pasada murió en mi regazo un pajarito que encontré en el jardín. No tenía plumas y piaba sin cesar. Kyros me ayudó, pero al final cerró los ojillos y ya no los abrió más —expuso con seriedad. —Los dos estábamos también muy tristes.

Pronunciadas aquellas palabras, los gemelos salieron de la habitación. La nodriza cerraría la puerta tras de sí y los dos hombres hablarían finalmente en privado.

Aquella noche el pequeño soñaría con el ave inerte y sus incesantes llamadas, con su madre, su hermana, su padre, la tristeza de Pelopidas y su amigo Timaios fallecido. Despertaría asustado por las diversas pesadillas donde, de mil formas distintas, la muerte lograba cerrarles los ojos. Cuando despertó, llovía y un trueno pareció quebrar el cielo tebano. Se sentó sobre el lecho y rodeó las piernas con los brazos. Sabía que Eudokia dormía próximo a él pero no quiso despertarla. Temía poner los pies en el suelo porque estaba seguro de que surgirían numerosas manos que tratarían de atraparlo. Quién sabía si hacia la morada del temible Hades donde sólo Herakles y unos pocos habían podido escapar.

Entonces oyó cómo la puerta se abría lentamente. Su cuerpo se tensó y contuvo la respiración en medio de la oscuridad. Sin saber cómo, vinieron a él imágenes terroríficas y se ocultó bajo la tela que lo abrigaba. Poco después sintió cómo alguien se sentaba en su lecho y posaba una mano sobre él. Enseguida supo de quién se trataba.

  —Sabía que estarías despierto cuando oí el trueno… —susurró con voz dulce. —Es el poder de Zeus…
  —Madre. Tengo miedo… —confesó antes de caer en sus brazos y llorar de forma desconsolada.
  —Confíate a Apolo. Él es la luz y siempre te protegerá de los males —le tomó la mano para ponérsela sobre el vientre. —No se lo he dicho aún a nadie, pero hoy he entendido que volveré a ser madre. Tú, que eres el primero en saberlo, quiero que lo cuides y lo ames tanto como así hago contigo y Eudokia desde que comprendí que dormíais abrazados en mi vientre.
  —Sí, madre —dijo lleno de alegría. De repente se sentía importante.

Aquella vez Kyros tenía casi cuatro años.

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