El abrazo de Apolo | Rapsodia IV :: Escena 1 - Para leer on line~

Hoy comenzamos la Rapsodia IV. La última que por el momento voy a compartir salvo si más adelante cambio de opinión ;)

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.



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Para leer la Escena de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.

Buen finde para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo

::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA IV - Escena 1


Muy temprano, antes de acudir a la casa de su maestro, Kyros subió hasta el ágora. De planta rectangular, la plaza estaba cubierta por una fina capa de rocío que comenzaba a fundirse con los primeros rayos del sol que surgían por el contorno de los edificios de la cara este. Las golondrinas se habían marchado y extrañó sus graznidos de atardeceres estivales. Ahora tenía frío y avanzaba con rapidez por el pórtico de columnas del lado oeste.

Más allá, el nutrido grupo de tenderos del mercado comenzaba a preparar los diversos productos y servicios que ofrecían. Se iba creando un murmullo constante que se confundía con las llamadas de los animales que se agolpaban en las jaulas de algunos negocios. El muchacho dejaría atrás telas exóticas, verduras y frutas, vasijas y cerámicas varias, pan y pasteles, cabras y bueyes para sacrificar en los muchos templos de la ciudad, prestamistas, joyas, cosméticos; hasta dar con el comercio deseado. Kyros ordenaría entonces al esclavo que lo acompañaba a que lo esperase junto a las escaleras que daban acceso al ágora. Así, cuando se hubo asegurado de que se había retirado, preguntó al vendedor.

—¿Tenéis algo para dar fuerzas? —preguntó mientras miraba de reojo a cada lado. No deseaba que nadie supiese que estaba allí.
—Probad con este elixir. Es un remedio contra el agotamiento físico… —señaló cuando le mostró un pequeño tarro de vidrio verdoso. —Debéis de ser un alumno realmente perseverante… —especuló.
—¿S-sirve para… varones más adultos?
—¿Para varones más adultos?

El comerciante examinó al muchacho. Kyros se puso muy nervioso al saberse sorprendido y se dio cuenta de que no debería de estar allí. El comerciante le hizo un gesto para que se acercara.

—Lo que buscáis es esto —susurró al entregarle otro frasco de similar tamaño pero de colores más vivos. —Dadle a vuestro amante dos gotas de esta composición y os aseguro que sólo pensará en yacer con vos —dijo antes de soltarle la mano.

Kyros tomó el tarro para ocultarlo inmediatamente entre los pliegues del manto y, conforme pagaba al comerciante, se percató de que éste se lamía los labios con disimulo. Se colocó el gorro para que nadie lo reconociera y se marchó de allí con rapidez mientras oía cómo el otro le insistía para que regresara otro día.

Ya en la tarde, en el gimnasio, se encontraría con Alexios. Terminados los ejercicios, los dos varones fueron a la sala del baño. Ésta, llena de vapores, estaba semivacía porque los más jóvenes ya se habían marchado.

—¿Sabes si ha comenzado Nikandros a planear tu celebración de efebía? ¿O, por el contrario, se resiste a revelaros algo? —preguntó Alexios mientras le frotaba la espalda. —Diokles se cuidó de que todo fuese una sorpresa.

Pero Kyros no le prestaba demasiada atención. Estudiaba la simetría de su propio cuerpo. Los pies, las piernas, rodillas, muslos. Silenciosos, sus genitales se movían de forma tímida porque Alexios continuaba detrás, frotando con la esponja.

  —¿He dejado de ser hermoso? —preguntó antes de continuar ascendiendo por aquella anatomía mojada y enrojecida por la temperatura de la sala. —No soy tan alto como Tibalt o tú, pero nunca creí que fuese a perjudicarme.
   —¿Qué te pasa?

Kyros se tocó el torso. Lampiño como el resto de su cuerpo, descubrió los lunares que jugueteaban alrededor del ombligo como si se tratase de una constelación milenaria. Cuando se tocó la cara, se dio cuenta de que sus labios se habían hinchado un poco y el cabello, empapado, descansaba sobre sus hombros esbeltos. Finalmente separó los brazos y los estudió. Abrió las manos. Las palmas eran amplias y sedosas. Alexios lo miraba desconcertado.

El joven recordó las cicatrices que Nikandros tenía repartidas por el cuerpo y cómo sus manos eran ásperas y estaban curtidas. Tal vez esa era la razón por la que ya no le resultaba atractivo y por eso Nikandros no se excitaba. Kyros creía que era por su culpa.

—¿Cuál fue tu sueño en el santuario? —preguntó de repente a Alexios. —Aunque te he insistido desde aquella vez, aún no me has dicho nada.
—Apolo me lo prohíbe…
—¡Mientes! ¡Eres un mentiroso…!

El efebo retrocedió, visiblemente escandalizado.

—Decir o no la verdad es lo que nos distingue como ciudadanos o embusteros sin más —acusó Kyros. Apolo era demasiado puro para amar a Alexios y a su lengua desvergonzada.
—¡No soporto tu grosería! —gritó antes de marcharse. —¡No la voy a tolerar!

Cuando Kyros regresó a la casa solo, lo primero que hizo fue subir a la habitación donde sabía que encontraría a Nikandros. Éste escribía algunas cartas y cuando entró, se aseguró de apartarlas a un lado. Extrajo el frasco con cuidado y se lo mostró. Temblaba.

—E-esto os dará fuerzas, mi s-señor.

El terrateniente estudió el recipiente de colores vivos y lo tomó para verlo más de cerca.

—Mi único deseo es ayudaros… Por favor, no toméis a mal mi osadía… Sabéis que os amo y os respeto…

Pero Nikandros no dijo nada. Dejó a un lado el tarro y besó al muchacho en la mejilla.

—No he olvidado que muy pronto cumplirás los dieciocho años. He pensado que, debido a la guerra, será más apropiado preparar un banquete de efebía más íntimo.
—¿Más íntimo?
—Sí. Sólo para ti y para mí.
—¿Y qué sucede con mis amigos…? Ellos sí están en Tebas…

Kyros sabía de la importancia de aquella celebración y la relevancia social que adquiriría si asistían numerosas figuras destacadas de la ciudad. Conocía las normas y el protocolo de la efebía desde hacía años.

—No, no. No me has entendido. Cuando termine esta guerra lo celebraremos sin reparar en gastos y acudirá toda Tebas. Pero hasta que llegue ese día he decidido festejarlo sólo contigo —dijo con una enigmática sonrisa. —Ahora necesito descansar.
—¿Y el elixir…?
—Lo usaré para ese día —lo volvió a tomar entre sus de-dos—. Hasta entonces, continúa durmiendo en la otra habitación.


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Kyros salió de la habitación en silencio y Nikandros permaneció con los ojos sobre el cristal de colores. Luego lo destapó y sintió cómo sus pensamientos, oscuros, parecían disolverse en aquella mixtura penetrante y amarga. Por un momento creyó que hacía efecto, que recuperaba su vigor sexual pero al final sólo experimentó un leve mareo. Volvió a taponarlo y lo agitó. Los tonos se movían perezosos y lentamente regresaban a su posición inicial. Era inútil. Jamás volvería a dar placer a Kyros ni a ningún otro muchacho. Era un eunuco. Y un lisiado.

El terrateniente alzó el brazo e iba a estrellarlo contra la pared cuando se detuvo. En aquella postura absurda, decidiría conservar el frasco.

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