El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 1 - Para leer on line~

Hoy comenzamos la Rapsodia III.

Recuerda que he decidido continuar compartiendo las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.



También os incluyo una imagen de cómo vestían en esta época. Naturalmente se trata de una idealización o reconstrucción, por lo que no hay que tomarlo al pie de la letra. Además, cada polis tenía unos colores asociados a ciertas prendas como los bordes de las túnicas. Así podían distinguirse como bien podéis leer en la novela. En cualquier caso, seguro que encontráis interesante la foto ;)



Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.

Podéis adquirir una copia de la novela en Amazon por un módico precio. Allí tenéis la opción de leer varias de sus páginas para ver si el contenido os gusta.

Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Para leer la Escenas de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Prometo actualizar más seguido en los próximos días. Buena semanita

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos









                            El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 1


La cinta roja se había caído al suelo y el papiro, magullado, yacía sobre el camastro de la estancia. Nikandros parecía ausente. Gorgidas se sentó frente a él.

—Mañana partiréis de regreso a Tebas junto a los muchachos. Los esclavos ya tienen mis órdenes…
—¿Y vos? —inquirió el jinete al levantar unos ojos perfilados de negro agotados.
—Yo me quedaré aquí durante varios días más, Nikandros.

De forma instintiva, comenzó a frotarse la cicatriz de la pierna y el anciano se acercó para estudiarla. La sutura había creado una forma irregular donde la piel había sido unida con maestría. Sin embargo, ahora tenía la certeza de que las palabras dolorosas de Apolo habían sido incrustadas en cada una de aquellas puntadas.

—Tibalt volverá junto a su progenitor. Sería conveniente que eligiese a un nuevo tutor antes de ser enviado a las tropas de nuevo —anunció después. —Alexios permanecerá en tu casa a la espera del regreso de Diokles.

Gorgidas relataría las escasas noticias que le llegaban del frente contra Esparta y de cómo Corinto había caído bajo la espada de las tropas. Proseguían hacia Mantinea siendo respaldados por más ciudades que se les unían en su ofensiva contra los de Agesilaos II.

—Se prudente. No hagas algo que te pueda poner en evidencia. Kyros no puede saber nada de tus escarceos con otros muchachos —susurró. —Modérate, Nikandros.
—¿Y si no puedo? —dijo afligido. —Os juro que lo he intentado, pero este dolor… ¡Haré lo que sea para olvidarme de este suplicio insoportable…!

El anciano estaba preocupado. Quería ayudarle y no sabía cómo. Apolo había hablado pero sus palabras no podían ser peores.

—Apóyate en Kyros. Es un buen muchacho y no tengo ninguna duda de que te ama como lo hizo Iolaus con Herakles. Ten presente que también será difícil para él.


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Tibalt acariciaba el hocico húmedo de Astrid y Alexios permanecía de brazos cruzados. El más joven estaba sentado sobre la paja limpia que había al lado de un rincón.

—Pero no podrá hacerlo él mismo —dijo el protegido de Diokles.
—Seguro que buscará a alguien que pueda —señaló el atleta.
—¿Y qué sentido tiene ser entrenado por otro hombre que no sea Nikandros?

Los caballos, un poco inquietos ante la presencia de los muchachos, se vieron sorprendidos por la lluvia que comenzó a golpear el techo. El agua se escurría de los tejados aledaños y se precipitaba contra el suelo del rellano que había frente al establo, abierto en uno de sus lados. Poco a poco, la humedad del exterior se confundió con el sólido olor a heno de la cuadra.

—¡Pero yo quiero permanecer junto a Nikandros! —dijo Kyros.
—No lo dudo, pero no llegarás a ser uno de los mejores jinetes de Tebas.
—¡Estoy dispuesto a renunciar a ello!
—Eso lo dices ahora, pero dentro de diez años lamentarás haber renunciado a tu magnífica posición. Si a Diokles… —Alexios se detuvo por un breve instante —si Diokles no pudiera convertirme en uno de los mejores jinetes de Tebas daría por finalizada nuestra relación. ¡Maldito sea! Si he de permanecer separado de él durante meses con esta incertidumbre, ¿qué sentido tiene?

Kyros no deseaba separarse de Nikandros. Había insistido mucho para estar a su lado y nada ni nadie iban a separarlos. Ni siquiera las palabras de Apolo, a quien amaba en secreto. Tibalt se sentó a su lado.

—Sé que sus palabras han podido ser duras pero debes hacer lo que sea mejor para ti, estimado amigo. Apolo Pitio se ha manifestado y clara ha sido su respuesta.
—¡Oh, Apolo…! —se lamentó el joven. —¿Por qué le abandonasteis en Leuctra? ¿He hecho algo por lo que me castigáis de esta forma? Si es así ruego que me perdonéis, pero no permitáis que mi amante Nikandros se quede postrado en una silla para siempre. Eso acabará con él. ¡Tebas no se merece perder a un hombre tan valiente y ejemplar como lo es él!

La lluvia cesó y, lentamente, las nubes fueron apartándose para permitir el tintineo de las estrellas.

—Pero si es tu deseo permanecer junto a Nikandros deberás asumir las consecuencias.
—Las asumo —afirmó mientras se limpiaba las lágrimas. —Con la ayuda de Apolo lo afrontoré. Renuncio a mis esperanzas de ser uno de los mejores jinetes de Tebas…
—¡No lo hagas! —imploró el amado de Diokles. —¡No renuncies a ellas! Si tú lo haces, yo…
—¡Calla, Alexios! —gritó Tibalt.

Kyros vio cómo el efebo abandonaba el establo para luego cruzar el rellano sin volver la vista atrás. Fue tras él pero cuando salió por la puerta que daba acceso al recinto de la posada, Alexios accedió a una de las angostas calles de Delfos y echó a correr bajo el cielo nocturno.

—Alexios… —susurró Kyros. —Lo siento, amigo…


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