El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 5 - Para leer on line~

Continuamos la Rapsodia III.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Hace varios días que os anuncié una sorpresa que traigo entre manos. Puedo adelantaros que va hacia adelante y creo que para febrero pueda por fin darse, así que espero traeros buenas noticias en breve ;)



Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Para leer la Escena de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Por otro lado, he mejorado la portada de Cosmos. Sigo en mi camino de editado de imágenes y mundo de la maquetación y confieso que es un vicio jijiji
Ojalá os guste tanto como a mí :P



Nada más por hoy. Sigo trabajando para traeros sólo lo mejor. Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos







                     
El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 5

Habían pasado los días y Aquiles amanecía cada día rodeado por los brazos de Briseida. Patroclo prefería dormir junto a un fuego al otro lado del campamento. No quería saber nada de lo que sucediese dentro de aquella carpa.

Aquella mañana, el hijo de Peleo lo abordó cuando lo descubrió junto al arroyo donde se daba un baño.

—¿Cuándo regresarás a mi carpa?

Patroclo se sumergió bajo el agua. Su cabello, negro, ondulaba siguiendo la corriente y su piel oscura simulaba confundirse con la tierra ocre del fondo. Con suerte, esperaba que se marchara.

—Te ordeno que esta noche duermas en mi carpa. Junto a mí y junto a Briseida —señaló Aquiles cuando salió a la superficie.
—¡No puedes obligarme a nada! —afirmó de espaldas.
—No hablarías así si hubierais probado los jugos de Briseida.

El mayor se giró. El agua se escurría de entre sus cabellos, sus labios, y varias gotas habían quedado suspendidas sobre las pestañas.

—Créeme. El cuerpo de una mujer guarda delicias recónditas que deberías probar —se acercó hasta tenerlo muy próximo. —Te ofrezco esas exquisiteces, Patroclo.

Pero éste se apartó y avanzó hasta cruzar hasta la otra orilla. Así, Aquiles no podría llegar a él a menos que entrase en el agua. Estaba tan enfadado que no podía creer lo que estaba oyendo.

—¿Qué te sucede? ¿Por qué te alejas? ¡Mírame cuando te hablo!
—¿Para qué has venido a interrumpir mi baño? —preguntó al girarse.
—Yace con Briseida. Sólo deseo que el placer y el deleite que yo he experimentado a través del amor de Afrodita no te sean desconocidos —se agachó y le lanzó una pequeña piedra que encontró. —No te pongas celoso. No es propio de ti. Es sólo una esclava.

Patroclo había atrapado la piedrecilla sin inmutarse. La dejó caer al agua y permaneció en silencio.

—No quiero conocer el cuerpo desnudo de Briseida.
—¡No seas tan terco! —Aquiles se alzó. —Si te hace sentir más seguro, estaré junto a ti y te guiaré.
—¡No!
—¿Por qué no?
—No estarás conmigo cuando esté con ella —dijo de forma rotunda. Patroclo pensaba que si era lo que él quería, yacería con Briseida sin su presencia.

Sobre el rostro de Aquiles se esbozó una gran sonrisa de satisfacción. A continuación, se desprendió de la túnica y se lanzó contra el agua. Bajo la superficie, agarró las piernas de Patroclo para atraerlo contra el fondo. Allí, se lanzaría a sus labios y se abrazaron. Cuando salieron al exterior, Patroclo continuó violándole la boca y empezó a penetrarlo con uno de sus dedos. Aquiles jadeaba y pronto su esperma salía despedido para confundirse con el agua cristalina. Ante la cara desencajada del menor, el otro se posicionó detrás y lo empotró contra la ribera del arroyo. En aquella postura, Eros vino a lamer la capa blanquecina que ambos derramarían sobre el riachuelo mientras engullía los sexos de los guerreros.

Por fin llegó el atardecer. Sentados junto al fuego, los dos varones comían la presa que habían cazado después de regresar del río. Briseida dormía en el interior de la carpa. Al entrar en su interior, Patroclo la descubrió a un lado. Descansaba con la túnica arrugada sobre los muslos y su atención se dirigió a las formas generosas y redondas que se adivinaban bajo el tejido. Estaba muy nervioso y también algo irritado. Él no quería estar allí sino que todo volviese a ser como antes. Sólo Aquiles y él. Por eso no comprendía porqué se había encaprichado con aquella esclava, porqué había renunciado a estar con él. ¿Cuáles eran las intenciones de Aquiles?

La zarandeó con cuidado. La mujer, que no tardó en desperezarse, pareció sorprenderse al descubrir que no se trataba de Aquiles.

—¿Dónde está mi señor? ¿No vendrá hoy?
—No. Esta noche te acostarás conmigo —dijo sin mirarla. No era capaz de ello.

La esclava lanzó una pequeña ovación y, con un guiño coqueto, se acercó. Observó su rostro serio y comenzó a acariciarle las mejillas angulosas. Patroclo reaccionó, apartándose un poco. Ante ello, Briseida se aproximó otra vez y dejó caer la parte superior de la túnica. Así surgieron sus grandes senos, la calidez que los envolvía.

—No temáis, hermoso varón. Quisiera que comprendáis que este cuerpo es para vuestro goce y el mío —afirmó después de acariciarse los pezones. —Permitid que Afrodita, diosa que desata el deseo entre un hombre y una mujer, honre esta unión entre nuestros cuerpos.

El muchacho se limitó a asentir ante aquellas palabras. Estaba tan avergonzado que no podía hablar. Se reclinó y la lengua de Briseida se estrelló contra sus labios. Al encontrarla, una viscosidad caliente con olor a vino se lanzó contra la suya. Forcejearon y pronto comprendió que las manos de la esclava buscaban su sexo. Patroclo se giró, tumbando a la mujer contra las pieles que cubrían el suelo de la carpa. Le bloqueó las manos y le apartó la túnica. Ella lanzaría un largo gemido y separaría las piernas con un gesto obsceno.

Así le mostró la rosa encendida de la que Aquiles le había hablado. Nada de lo que se había imaginado se podía comparar a lo que descubrió. Quería tocarlo. Absorto, permitió que Briseida se desprendiera de sus brazos. Ella le volvió a besar los labios y acarició las mejillas. El varón, despacio, horadó la flor con su dedo nervioso. Cuando dio con la textura acuosa y blanda descrita en la mañana, su sexo se irguió con rapidez. Patroclo estaba desconcertado.

Briseida se le abrazó y aquella fragancia femenina terminó por enloquecerlo de deseo. Apenas conseguía respirar y su empeño por introducir otro dedo no se hizo esperar. El chasquido de los mismos en aquel mar infinito y febril era una excitante melodía que no podía finalizar.

Pero la esclava se los apartó y con cuidado encajó a Patroclo entre sus piernas desplegadas. Las ciñó en torno a la espalda del varón y los dos iniciaron entre lastimeros gemidos aquella danza tan antigua como interpretada.

—Mi señor… Aquiles —jadeó ella cuando lo vio entrar en la carpa. 


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